
Irene y el súcubo del invernadero
Relato de sexo con súcuboTerror Erótico12 min de lectura
Un relato de Irene Delacroix
En un invernadero modernista de Barcelona, un extraño le sostiene la mirada a Irene y reconoce lo que le ha quedado dentro. Se presenta como jardinero y no oculta que se alimenta de otra cosa.
El invernadero modernista del parque cerrado olía a tierra removida y a hierro húmedo, esa mezcla que deja el otoño en Barcelona cuando las fuentes ya duermen y el césped retiene el riego de la tarde. Las cristaleras devolvían una luz baja, verdosa, y el vaho corría por los hierros forjados como si el recinto respirara por su cuenta. Cuidaba las orquídeas de noche, o eso decía el contrato municipal, y tenía las manos manchadas de musgo cuando la puerta que debía permanecer cerrada se abrió sin hacer ruido.
Irene Delacroix entró con los veinticuatro años puestos con una naturalidad que no pedía permiso a nadie. La había sentido antes, en la capilla, aquella mirada que no le pertenecía del todo, y ahora avanzaba entre las palmeras enanas y las mesas de cultivo como si el recinto le debiera una explicación. El abrigo oscuro le llegaba a media pantorrilla y debajo el vestido era demasiado fino para la humedad; el pelo se le pegaba al cuello.
«Has tardado», dije, y no intenté sonar a jardinero de verdad.
Se detuvo junto a una hilera de bromelias y sonrió de lado, dejando la frase a medias para que el otro decidiera el resto.
«Si te parece...»
Esperó, y en esa espera ya daba el gusto por compartido, como si los dos supiéramos de qué se trataba y sobrara cualquier explicación. Me acerqué con la calma de quien no tiene que conquistar nada. El vapor de los aspersores le humedecía las clavículas y el pulso se le veía en la garganta, rápido, dispuesto.
«Me llamo Nil. Cuido esto cuando el parque cierra. Y me alimento de otra cosa».
No apartó la vista. El reconocimiento le llegó a la boca antes que a los ojos, y cuando la tomé por la nuca y la besé lo hice como quien recobra algo que ya era suyo. Los labios se le abrieron enseguida, calientes, y el primer sonido que hizo no fue sorpresa sino hambre. La apreté contra el borde de la mesa de hierro y metí una mano bajo el vestido, subiendo por el muslo hasta las bragas, que ya estaban húmedas en el centro. Irene empujó la cadera contra los dedos y me mordió el labio inferior con una precisión que no era tímida.
«Esto», murmuró contra la boca, y no aclaró si hablaba de la mano o de lo que yo era.
Le aparté las bragas hacia un lado y le metí dos dedos en el coño de un empujón lento, sintiendo cómo se cerraba alrededor, caliente y ya dispuesto. Jadeó en el cuello y se abrió un poco más, agarrándose a la camisa de trabajo con los nudillos blancos. La follé con los dedos allí mismo, entre las plantas, mientras el otro brazo le sujetaba la cintura para que no se fuera hacia atrás sobre las macetas. El pulgar le buscó el clítoris y lo encontró hinchado, resbaladizo, y cada círculo le arrancaba un temblor que no se molestaba en esconder. El vestido se le había subido hasta las caderas y los pechos se le marcaban contra la tela fina, los pezones duros por el frío del cristal y por lo que le estaba haciendo. Le besé el cuello, justo donde el abrigo se había abierto, y noté que se le aceleraba el aliento de un modo que ya no tenía nada de pose.
La senté en el borde de la mesa, entre dos helechos que goteaban sobre el hierro, y me arrodillé sobre la rejilla húmeda. Le subí el vestido hasta la cintura y le bajé las bragas por las pantorrillas, dejándolas colgando de un tobillo. El coño se le veía oscuro e hinchado bajo la luz de cultivo, brillante ya, los labios entreabiertos, y no esperé a pedirle nada. Le abrí los muslos con las palmas y le pasé la lengua de abajo arriba, lenta, recogiendo aquel sabor espeso y limpio a un tiempo. Irene se recostó sobre los codos y bajó la mirada para verme la cara entre las piernas, y cuando le metí la lengua dentro apretó los muslos contra las orejas con una fuerza que no pedía permiso.
La comí sin teatro, chupándole el clítoris entre los labios y metiendo la lengua lo más hondo que pude, mientras movía la cadera contra la boca como si quisiera follármela. Los sonidos que hacía se perdían entre el goteo de los aspersores y el cristal empañado. Le sujeté los muslos para tenerla abierta del todo y le di con la lengua en ese punto que la hacía arquearse, una y otra vez, hasta que las rodillas le temblaron y el coño se le contrajo contra la boca. Se corrió con un gemido largo, empujándome la cara contra el sexo, y tragué lo que le salía porque aquello también era comida. El orgasmo le duró más de lo que parecía esperar; lo vi en la forma en que intentó cerrar las piernas y no pudo, porque no se lo permití, y en cómo se le quebró la voz cuando todavía le chupaba el clítoris, hipersensible, y no decía que parara.
Sentí cómo algo se me aclaraba por dentro, una saturación dulce, el primer trago de verdad de aquella noche. Al mismo tiempo noté que no solo se vaciaba: algo en su respiración me tiraba también, un jalón breve, como si me hubiera robado un segundo de aire. Levanté la cabeza. Tenía la boca brillante y las rodillas manchadas de tierra de las macetas. Irene respiraba por la boca, el pecho subiéndole deprisa bajo el vestido, y no negó nada de lo que acababa de ocurrir entre las dos lenguas.
«Te has dado cuenta», dije, todavía arrodillado, con el sabor de su corrida en la garganta.
Pasó los dedos por mi pelo, sucio de musgo y de ella, y me acercó otra vez al coño con una insistencia que ya no era juguetona del todo. Quería más y lo pedía con el cuerpo, abriéndose, y volví a chuparla hasta que las caderas le fallaron y tuvo que agarrarse al borde de la mesa para no caerse sobre las orquídeas.
La levanté y me senté en el banco de hierro que había junto a las gardenias, abriéndome el pantalón de trabajo. La polla se me salió dura, ya húmeda en la punta, y Irene no esperó a que la invitara. Se subió a horcajadas, se levantó el vestido y se impaló de un golpe, lenta al principio solo porque le costaba tomar el grosor, y luego hasta el fondo, con un sonido mojado que me subió por la espalda. El coño se le ajustó caliente, todavía sensible, y empezó a montarme con las manos en los hombros, mirándome a la cara como si comprobara que seguía siendo lo que había reconocido. Cada bajada me la tragaba entera y cada subida dejaba la polla brillante, y el banco chirriaba contra el suelo de baldosa con un ritmo que no intentamos disimular.
Se bajó cuando quiso, se arrodilló entre las rodillas y me metió la polla en la boca de una vez, sin preámbulos, bajando hasta donde la garganta se lo permitió. Le agarré el pelo y luego el cuello, no para apartarla, sino para sentirle el tragar alrededor y para cerrarle un poco el paso del aire. Los ojos se le humedecieron enseguida. No apartó la cabeza. Al contrario, bajó más, y el sonido ahogado que hizo contra la carne me recorrió entero. Apreté un poco más, el pulgar en el lado de la tráquea, suficiente para que el pecho le subiera en busca de un aire que le dosificaba, y gimió con la boca llena y se llevó una mano al coño para tocarse mientras me chupaba.
Las lágrimas le corrieron hacia las sienes y no eran solo del ahogo. Había en esa cara una angustia que ella misma sostenía, como si quisiera que le faltara el aire y al mismo tiempo temiera lo que eso decía de las dos. Seguí follándole la boca con la mano en la garganta, sintiendo cómo se le cerraba y se le abría el paso según yo decidía, y ella se tocó más deprisa, los dedos chapoteándole entre los labios del coño, hasta que se le puso el cuerpo rígido y se corrió otra vez, de rodillas, con la polla empujándole el fondo de la garganta.
Cuando sentí que se me iba a ir, no la solté. Le llené la boca de semen, chorro tras chorro, y tragó lo que pudo y dejó que el resto le bajara por la comisura. El segundo trago me dejó el fondo del pecho hueco y satisfecho a la vez. Irene tosió al recuperar el aire, con las pestañas húmedas, y se pasó el dorso de la mano por los labios con una calma que no escondía el temblor. La voz le salió ronca cuando habló.
«Otra vez, Nil».
La puse de pie contra un pilar de hierro, de espaldas, le alcé el vestido y le entré de un empujón que la levantó de puntillas. El coño estaba empapado de su corrida y de saliva, y la follé así, con una mano en la cadera y la otra otra vez en el cuello, sin cerrar del todo, solo recordándole que podía. Cada embestida le hacía golpear las palmas contra el cristal empañado. Fuera, el parque seguía vacío. Dentro, el ruido de la piel era más alto que el goteo. Le besé la nuca y le apreté un poco más el cuello, lo bastante para que el jadeo se le volviera un hilo, y sentí cómo el coño se me cerraba alrededor, traicionándola de gusto.
«Mírame», dijo, girando la cara lo suficiente para que nuestros alientos se mezclaran contra el hierro.
Empujó el culo hacia atrás para tomarme más hondo y se arqueó hasta que le di contra ese sitio que le deshacía el hilo de la frase. La follé más fuerte, levantándola casi del suelo, y el pilar le marcaría las palmas. El vestido le colgaba de la cintura como un trapo inútil. Le metí la mano libre por delante, le encontré el clítoris y se lo froté al ritmo de las embestidas, y entonces se corrió de pie, apretándome la polla a milímetros de correrme también, y tuve que morderle el hombro para no irme dentro todavía. El orgasmo la dejó colgando de los brazos, las rodillas blandas, y en su cara había algo que no era solo placer: una angustia húmeda, como si cada vez que se vaciaba notara que me llevaba más de lo pactado y aun así no quisiera que parara.
La sostuve contra el pilar hasta que pudo volver a apoyar los pies. El cuello se le veía enrojecido por la palma, no lastimado, marcado de un modo que a los dos nos encendía. Me miró por encima del hombro con los ojos brillantes y no pidió que la soltara. Pidió, con el modo de abrirse otra vez, que siguiera.
La bajé al suelo, sobre el abrigo que ella misma había dejado caer entre las macetas de cymbidium. Me puse encima y le entré otra vez, más hondo, más lento, y la besé mientras la follaba. En el beso le robé el aire a propósito, sellándole la boca y no dándole respiro, y lo sentí todo: el pánico breve, el forcejeo de la garganta, y debajo de eso el modo en que las uñas se me clavaban en la espalda para acercarme, no para apartarme. El pecho le golpeaba contra el mío, buscando un aire que yo le negaba a conciencia, y el coño se me apretaba a cada segundo que le duraba esa falta.
Irene se corrió conmigo dentro, el coño palpitándole alrededor con una fuerza que me sacó un gemido contra sus dientes, y en mitad de eso notó lo que estaba haciendo con su aliento. Lo supe porque los ojos se le abrieron del todo, lúcidos de golpe, y porque la mano que tenía en mi nuca no me empujó hacia fuera. En vez de girar la cara, me besó más hondo, me robó ella también, y por un segundo no supe quién alimentaba a quién. El miedo le temblaba en los muslos y el gusto le temblaba igual, y los dos se le mezclaban en la boca de un modo que ya no podía fingir que era solo follar.
Me corrí dentro, hondo, llenándole el coño de semen mientras todavía temblaba, y el vaciarme aquella vez me dejó el gusto metálico de haber dado de más. Me sostuvo la cara con las dos manos, los ojos muy abiertos, y en esa mirada había cariño y había hambre y no se distinguían. Seguí moviéndome un poco, lento, hasta que el semen empezó a salirle alrededor de la polla y el suelo del abrigo se le puso frío y sucio bajo las nalgas. No se apartó. Me retuvo dentro con las piernas y me besó otra vez, ya con aire, ya con esa tristeza caliente de quien acaba de entender el precio y aun así abre la boca.
Nos quedamos así, todavía dentro, el suelo frío a través del abrigo, el invernadero goteando alrededor. El pecho me subía con dificultad. El de ella también. Cada orgasmo nos había dejado más delgados por dentro, y lo supe porque el sabor que yo solía tomar ahora tenía un eco, una ausencia que venía de mí. Le aparté un mechón pegado a la sien y le besé el párpado, salado de las lágrimas del ahogo y de lo otro, de esa angustia que había elegido no apartar.
«Tú también», dije, rozándole la sien con la boca. «No solo te he comido yo».
No lo negó. Se quedó con la mejilla en el hombro, los dedos dibujando algo sin forma en la camisa abierta, y cuando habló lo hizo contra la piel, con esa voz que le había dejado la garganta usada.
«Me has dejado un agujero. Y yo te he hecho otro».
Se rio un poco, una risa que se le rompía a mitad, y esa risa me apretó más que el coño. Le pasé la mano por la espalda, despacio, sintiendo cómo se le suavizaba el temblor y cómo, al mismo tiempo, algo en su respiración seguía tirándome, pequeño, constante, como una sed nueva que ya no sabía de quién era. Permanecí dentro hasta que se me ablandó del todo y entonces sí me salí, despacio, y ella hizo un ruido bajo, de pérdida, que no intentó convertir en broma.
«Nil», dijo, y el nombre le salió como quien prueba un alimento y decide que le pertenece.
Le besé la palma, sucia de tierra y de nosotros, y le dejé la boca ahí un rato, sin pedir nada más, porque el hambre y el cariño se me habían vuelto la misma cosa y no iba a separarlas con palabras.
Cuando por fin la ayudé a ponerse las bragas, el vestido y el abrigo, el semen le resbalaba aún por el muslo interior y lo vi con una claridad que no era solo deseo. Le limpié la comisura de la boca con el pulgar. Fuera, el otoño seguía igual, el parque cerrado, las farolas lejos. Dentro, el vaho había corrido por los cristales hasta borrar el recinto.
«Puedes irte», dije. «No te voy a retener con las plantas».
Abrochó el abrigo sin prisa, y por un momento pareció la mujer que había cruzado la puerta, no la que se había dejado comer el coño entre los helechos. Le toqué el cuello con dos dedos, justo donde el pulso le golpeaba, en la piel que yo había cerrado y abierto tantas veces aquella noche.
«Lo que te busque después de mí no se va a contentar con semen ni con aliento. Querrá sangre».
No contestó enseguida. Vi cómo se llevaba la mano al cuello, no para apartar los dedos, sino para sentir el sitio. La piel se le veía más fina ahí, como si algo se le hubiera abierto por debajo, y en los ojos había un conocimiento que ya no podía devolverme. Asintió una sola vez, muy leve, y salió hacia la oscuridad del parque con el paso todavía inseguro, dejándome el sabor de su boca y el hueco de su aliento en la mía.