
Irene y el fantasma del estudio
Historia de sexo con fantasmaTerror Erótico12 min de lectura
Un relato de Irene Delacroix
Irene vuelve al estudio alquilado de Madrid y las lentes no están vacías. El que trabajó allí antes va a follársela sin cuerpo y ella va a dejarlo terminar.
El estudio alquilado de la calle de Mira el Río Baja olía a calefacción eléctrica y a papel de fondo cuando Irene Delacroix empujó la puerta con el hombro. Madrid estaba helada aquella noche y el abrigo negro le llegaba hasta media pantorrilla. Tenía veinticuatro años y aun así no encendió más que la lámpara de modelado, como si ya supiera que las lentes no iban a estar vacías. La esperaba entre los trípodes, sin carne y sin sombra, detenido para siempre a los treinta y seis, y el frío de la marca que le habían dejado en la nuca fue lo único que la cerradura pidió para dejarla pasar.
Irene dejó el bolso sobre la mesa de maquillaje y se quedó quieta en medio del suelo de tarima.
«Si hay alguien», dijo, y la frase se quedó corta, a merced de que yo decidiera qué había querido decir.
La lámpara parpadeó. Una de las cámaras se disparó sola, el obturador seco como un hueso contra el silencio. Irene no retrocedió. Se quitó el abrigo con una calma que en ella siempre había parecido un juego y lo dejó caer sobre el taburete. Debajo llevaba un jersey de cuello alto y unos vaqueros oscuros. Me acerqué sin pasos. El aire a su alrededor bajó de temperatura y ella cerró los ojos, no de miedo, sino de un reconocimiento que le apretó la boca.
«Esto ya no es un estudio», murmuró, y tampoco entonces completó la idea.
Ocupé sus muñecas antes de que pudiera llevarse las manos al cuello. El frío le subió por los tendones y los dedos se le abrieron solos, obedientes, como si ya no le pertenecieran. Irene tragó saliva y no preguntó quién era ni pidió que la soltara. Se limitó a dejar que le subiera el jersey por encima de las costillas y a temblar cuando el tejido le rozó los pezones, ya duros de la primera bajada de temperatura. El sujetador era negro y sencillo. Se lo quité con sus propias manos, guiándoselas desde dentro de los nervios, hasta que las tetas le quedaron al aire bajo la luz blanca. La incliné hacia adelante sin que hubiera un pecho contra el que apoyarse y ella soltó un sonido bajo, casi ofendido de lo mucho que lo necesitaba.
«Hazlo», dijo, y miró a un punto del aire donde no había cara.
Le abrí el botón de los vaqueros con sus dedos. El cierre bajó con un ruido pequeño en aquella nave fría. Las bragas eran negras también, ya oscuras entre las piernas. Apreté su palma contra el algodón húmedo y la obligué a notar lo caliente que estaba el coño, lo mucho que se le había adelantado el cuerpo. Irene abrió la boca y no dijo nada. Se frotó contra su propia mano porque se lo pedí así, con una presión circular y lenta sobre el clítoris.
Le bajé los vaqueros hasta las rodillas y luego hasta los tobillos. Irene tuvo que dar un paso torpe para no caerse y la sujeté por las caderas con un frío que le marcó la piel en dos palmas invisibles. Las bragas se las dejé un momento, empapadas, pegadas al coño, para que sintiera la vergüenza de estar así en mitad del estudio, de pie sobre el papel de fondo blanco. Le metí la mano dentro, la suya, dos dedos que ya no obedecían a su cabeza, y los hundí en el calor hasta el nudillo.
El coño se le cerró alrededor con un espasmo que le dobló la rodilla. Irene inclinó la frente hacia mi ausencia y respiró por la boca, el labio inferior temblando. La follé con sus propios dedos despacio, buscando ese punto de delante que le hacía abrir más las rodillas, y cada vez que intentaba acelerar le sujeté la muñeca y le devolví el ritmo mío, más cruel de tan paciente. El sonido fue húmedo, claro, indecente en el silencio de la calle. Una gota le bajó por el interior del muslo y la hice recogerla con el mismo dedo y llevársela a la boca, donde la chupó sin que yo se lo pidiera dos veces.
«Hugo», dijo de pronto, y el nombre me atravesó como si todavía tuviera pecho.
No le pregunté cómo lo sabía. La marqué más dentro, tres dedos ahora, el pulgar en el clítoris, y ella se puso de puntillas sin querer, las bragas ya en un tobillo. La senté en el suelo, sobre el papel, y le abrí las piernas con sus propias manos hasta que los aductores le temblaron. Las muñecas se las clavé contra el suelo a ambos lados de las caderas, inmóviles, el frío haciéndole de cuerda. Irene tiró una vez, comprobó que no podía levantarlas, y en lugar de asustarse se le humedecieron más los ojos y se le abrió más el coño.
«No pares», pidió, la voz ya rota. «Sigue metiéndomelos así, más hondo, que se note que no soy yo quien manda».
Se lo concedí y se lo negué a la vez. Le froté el clítoris con el pulgar hasta que las caderas le buscaron el aire, y entonces le retiré el dedo y la dejé palpitando alrededor de los tres que le llenaban el coño, quietos, crueles. Irene gimió con los dientes apretados y tiró otra vez de las muñecas, inútilmente. El papel se le había empezado a pegar al culo sudado. Cada vez que le devolvía el movimiento, un hilo le salía del coño y se le perdía hacia el suelo, y ella miraba ese hilo como si le delatara delante de unas lentes que no dormían.
Le solté una muñeca solo para llevársela a la cara. Con los dedos todavía brillantes le aparté el labio inferior y le abrí la boca. Irene entendió antes de que yo le diera forma a nada. Sacó la lengua y se le llenaron los ojos de una angustia que no era rechazo, sino el miedo de desear aquello con tanta claridad. Apreté contra su paladar una densidad fría, gruesa, la idea de una polla que ella ya estaba lamiendo como si pudiera sacarme el sabor. La cabeza se le fue hacia atrás y se la sujeté por el pelo y la empujé hacia adelante contra aquello que no estaba.
Se atragantó al primer envite hondo. Un hilo de saliva le cayó por la comisura y le manchó una teta. La oí toser alrededor de mi frío y aun así abrir más la garganta, pidiéndolo con ese ruido mojado de quien no va a cerrar los labios. Le tapé la nariz con la misma presión y le llené la boca hasta el fondo, quedándome allí, sin retirarme, mientras ella forcejeaba con las rodillas abiertas y las uñas contra el papel. Conté el pánico en sus ojos y también el brillo que había debajo.
Cuando le devolví el aire, Irene inspiró con un ruido feo y se le cayeron dos lágrimas que no se limpió. Volvió a sacar la lengua y me la ofreció con un temblor que le llegaba hasta los muslos. La volví a follar la boca con esa polla de invierno, más despacio ahora, saliendo hasta que ella podía lamer el vacío y volviendo a entrar hasta que se le cerraba la garganta y se le ponían los ojos en blanco. Cada vez que se ahogaba, el coño se le contraía en el aire, buscando algo que lo llenara. La otra muñeca seguía clavada al suelo. No podía tocarse.
«Respira cuando yo quiera», le dije sin voz, y ella asintió con la boca llena, un gemido ahogado que le salió por la nariz y le hizo temblar las pestañas.
La tuve así hasta que la saliva le corría por el pecho y el papel se le había vuelto una mancha oscura entre las rodillas. Cada vez que le quitaba el aire un poco más, Irene se quedaba quieta, entregada. Cuando por fin le solté la cabeza, tosió, se pasó el dorso de la mano libre por la boca y no apartó los labios. Los dejó abiertos, esperando. El cuello le latía tan fuerte que pude contarle el pulso sin tener dedos.
La tumbé del todo sobre el papel. El fondo blanco se le pegaba a la espalda sudada y le iba a dejar marcas de pliegues en la piel. Le abrí las piernas hasta que los muslos le dolieron y apoyé contra el coño la misma densidad que le había llenado la boca. Irene miró hacia abajo, al hueco entre sus rodillas, y vio solo su coño abierto, rojo, chorreando sobre el papel. Aun así notó cómo le entraba. El frío le recorrió el vientre de un golpe y gritó, un grito corto que se le quebró en la mitad.
La follé así, sin cuerpo que le diera sombra, empujando hasta el fondo y saliendo hasta el borde para volver a entrar de una vez. El coño le hacía un ruido obsceno, chapoteando alrededor de nada visible, y ella levantaba la cadera para encontrarme, desesperada. Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza, juntas, y le apreté un poco el cuello con un collar de frío que le cortaba el aire a ráfagas. Cuando se lo aflojaba, gemía con una voz que ya no tenía nada de elegante. Cuando se lo cerraba, el coño se le convulsionaba alrededor de la presión y se le ponían los pies en arco, los dedos abiertos contra el papel.
«No puedo», dijo, y las lágrimas le corrían hacia las orejas. «No puedo y no quiero que pares, Hugo, no quiero, sigue follándome aunque me ahogue».
Esa era la angustia que yo había venido a recoger: la de una mujer que se oía mentir y decir la verdad en la misma frase. La follé más hondo. Le busqué el punto de dentro con una insistencia que ya no era amable y ella empezó a sollozar de verdad, la boca abierta. Cada vez que le daba, el estudio entero parecía encogerse alrededor de ese golpe húmedo. Irene giró la cara hacia la cámara que se había disparado sola y no apartó la mirada. Por primera vez no hizo el gesto de quien finge que la atención ajena le resbala.
Le apreté el cuello otra vez y la tuve al borde, el coño agarrándome con una fuerza ciega, las uñas clavadas en su propia muñeca porque no tenía otra cosa que agarrar. Cuando le devolví el aire, el gemido le salió roto, feo, precioso. Se lo dije sin palabras, a golpes, y ella contestó abriendo más las rodillas, ofreciendo el coño a una polla que no podía verse y que aun así le llegaba al fondo cada vez.
Le di la vuelta. Le abrí el culo con sus propios dedos, ocupados otra vez, y le hice escupir sobre la yema para que se lo untara en el agujero. Irene lo hizo llorando todavía, dócil y furiosa, y cuando el primer nudillo se le hundió soltó un quejido que no era de dolor limpio. Fui despacio, porque quería sentirla ceder milímetro a milímetro, el esfínter abriéndose alrededor de una ausencia espesa.
«Joder», dijo contra el papel. «Joder, está dentro, no pares ahora».
Se la metí del todo. El culo se le cerró con un calor desesperado y ella clavó la frente en el suelo, las rodillas abiertas, el coño goteándole entre los muslos sin que nadie lo tocara. Empecé a follársela el culo con tironcillos cortos que le movían toda la espalda. Cada entrada le robaba el aire. Le puse de nuevo el frío en la garganta y le quité la respiración al ritmo de las embestidas, soltándola solo cuando el cuerpo le daba esos tirones de animal que quiere vivir y correrse a la vez. Las muñecas las tenía otra vez presas a la espalda, juntas, inútiles, y eso le sacaba de la boca un sonido que no había usado nunca delante de una cámara.
El orgasmo le llegó desde un sitio que ella no controlaba. Se le tensaron los muslos y el culo se le apretó alrededor de nada con una fuerza que me habría dolido si yo hubiera podido doler, y en mitad de las sacudidas oí su voz, la suya de verdad, pronunciar mi nombre como quien se entrega a una cosa que ya no va a poder recoger.
«Hugo», dijo alto, sin taparse. «Hugo, me corro, Hugo, me estoy corriendo alrededor de ti».
Dejó que el nombre le saliera mientras el coño se le contraía en el vacío y el culo me ordeñaba el frío, y aquella decisión, la de no parar su propia voz, fue lo que me rompió a mí. Seguí follándola a través del temblor, más hondo, hasta que las sacudidas se le volvieron casi dolorosas y ella pidió aire con un sollozo que le llenó la boca de papel. Se lo di. Aun así empujó el culo hacia atrás, buscándome, eligiendo quedarse abierta cuando ya no le quedaba coartada ninguna.
Me corrí dentro como una corriente de agua de pozo. El frío le llenó el culo y le subió por la tripa, y Irene gritó otra vez, más bajo. Parte de esa corrida se le derramó del agujero cuando la saqué y le bajó hasta el coño, brillando entre los labios hinchados. La giré otra vez boca arriba. Le abrí la boca con dos dedos que eran los suyos y hablé con su lengua, usando el calor de su garganta para tener por fin una voz.
«Quédate así», dijo su boca, y el tono era el mío puesto en su carne, más grave, más quieto. «No mires a otro lado».
Irene se oyó y se le ensanchó la mirada. El terror y el alivio le llegaron juntos, porque por fin había un testigo dentro y ya no podía fingir que el deseo era un gesto que se apagaba al apagar la lámpara. La hice levantarse. Las piernas le temblaban. El papel se le había quedado pegado a un omóplato y se lo arranqué con su mano, dejándole la piel enrojecida. La llevé hasta el trípode donde ella misma había dejado el teléfono, esa segunda cámara con la que se ganaba la vida, y le ocupé el pulgar para que diera al recuadro rojo.
El encuadre la cogió de pie, desnuda, el cuello marcado por un rojo que no era de dedos. Irene miró el objetivo y no apartó la cara. Empezó a hablar con su voz, la de siempre, y a mitad de una frase la mía volvió a salir por los mismos labios, mezclada, diciendo lo que ella no se habría permitido.
«Quiero que me miren», dijo la boca de Irene, y ella cerró los ojos un segundo, no para negarlo, sino para aguantarlo.
Me estaba disolviendo. Lo sentí como quien siente que el frío deja de ser suyo y pasa a ser de la habitación, de la tarima, de la sangre de ella. Seguí viendo, sin embargo. Vi a través de sus ojos el rectángulo negro del teléfono y el punto rojo, y las lentes que ya no estaban vacías porque ahora había alguien mirando hacia fuera desde dentro de Irene. Se sentó en el taburete y dejó la cámara grabando mientras se llevaba dos dedos al coño con un gesto que ya no distinguió de un trabajo ni de una cama.