
Hannah, pieza de gabinete
Novela erótica época victorianaHistórico13 min de lectura
Un relato de Hannah Miller
En el Londres de la niebla, Hannah Miller entra sola en el estudio de un caballero que colecciona rarezas con el daguerrotipo. Ella posa, se ríe y se desnuda como si todo fuera un juego. Él no ríe: quiere las placas y el cuerpo.
La niebla se pegaba a los cristales del estudio cuando Hannah Miller empujó la puerta sin llamar, como si el Londres de octubre le debiera ya esa familiaridad. El atardecer se moría detrás de los tejados húmedos y el cuarto olía a colodión, a madera vieja y a la lluvia que no acababa de caer. Yo la esperaba junto a la cámara de cajón, con el paño negro dispuesto sobre el objetivo de latón, y ella sonrió enseguida, como si aquello fuera un juego y no un gabinete de rarezas. Hannah tenía veintidós años y el pelo teñido de un azul eléctrico que ninguna placa antigua había visto jamás. Los ojos, de un avellana inquieto, recorrieron las vitrinas donde yo guardaba daguerrotipos de mujeres quietas, y a mis treinta y ocho años comprendí que había venido a reírse de todo eso.
«Edmund, esto parece un museo de gente que se ha quedado dormida», dijo, y la frase se le atropelló con la siguiente porque no le cabía en la boca el tiempo de esperar. Se quitó el abrigo con un movimiento de hombros y lo dejó caer sobre una silla de caoba, y debajo llevaba un vestido fino que la niebla había marcado en las caderas. Me miró y se rio, cortándose a sí misma a mitad de un comentario sobre el olor a química, y yo no le devolví la risa. Quería las placas. Quería también el cuerpo que iba a poner delante del cristal, y ella aún no sabía que esas dos cosas, para mí, eran la misma.
Se acercó a la cámara y pasó un dedo por el fuelle de cuero, lenta, como quien tienta un animal raro. Le expliqué que el daguerrotipo no perdona el temblor, que cada retrato es una única placa de plata y que lo que quede grabado no se borra. Hannah asintió sin dejar de sonreír y empezó a desabrocharse el vestido por la espalda, de espaldas a mí, como si el gesto no mereciera solemnidad. La tela resbaló hasta el suelo. Quedó en bragas negras y nada más, el pecho desnudo, los pezones ya duros por el frío del estudio, el vientre plano y el vello del pubis asomando por el encaje. Se volvió y abrió los brazos.
«¿Así de entrada, o quieres que finja recato un rato?», preguntó, y se mordió el labio para no reírse del todo. Yo cerré la puerta con llave. El clic sonó más alto que su voz. Me quité la chaqueta, me arremangué y la tomé de la nuca con una mano, no con violencia, con la certeza de quien coloca una pieza en su sitio. Hannah inspiró. No apartó la cara. Su boca olía a menta y a la lluvia de la calle, y cuando la besé ella abrió los labios enseguida, húmeda, dispuesta, como si el estudio entero fuera una broma privada entre los dos. La otra mano se la bajé a las bragas y las empujé por los muslos. Estaba mojada. Los dedos se me hundieron entre los labios del coño y ella soltó un sonido pequeño contra mi boca, un sonido que no era risa.
La arrodillé delante del objetivo, con las rodillas sobre la alfombra desgastada y las bragas aún enredadas en un tobillo. Hannah levantó la cara y me miró desde abajo, el pelo azul caído hacia un lado, y yo desabroché el pantalón sin prisa, sacando la polla ya dura, caliente, a palmos de su boca. El objetivo de latón la apuntaba como un ojo que no parpadea. Le dije que abriera. Lo hizo. La lengua le salió primero, ancha, y lamió desde las huevas hasta la cabeza con una lentitud que no coincidía con lo rápido que hablaba. Después me metió la polla en la boca de un golpe, hasta que la glotis le apretó el extremo y los ojos se le humedecieron. No tosió. Me miró. Empecé a follarle la boca con la mano aún en su nuca, metiéndole el rabo hasta donde su garganta lo permitía, sacándolo brillante de saliva, volviendo a entrar. Hannah se agarró a mis muslos y dejó que la usara así, de rodillas, con el cristal del daguerrotipo a un palmo de su perfil.
Cada vez que me la tragaba del todo, un hilo de baba le caía al pecho y le brillaba entre las tetas. Yo empujaba más hondo y ella gruñía alrededor de la polla, un sonido ahogado y oscuro que le vibraba en la garganta y me subía por el palo. Le aparté el pelo para que el objetivo viera la boca llena, los labios estirados, las lágrimas que no eran de pena. «Mírame», le dije, y Hannah alzó los ojos avellana mientras yo le follaba la cara con tajos cortos, la polla golpeándole el paladar, el aire saliéndole por la nariz en bufidos calientes. Se le escapó una mano entre las piernas y se tocó el coño con dos dedos, mojándose más, frotándose el clítoris en círculos rápidos, como si chuparme fuera el permiso que necesitaba para correrse un poco ella también.
La saqué de la boca para que respirara y un hilo espeso unió mis huevos a su labio inferior. Hannah se rio entonces, baja, y dijo que el objetivo iba a pensar que yo coleccionaba a las que no sabían quedarse quietas. Le metí la polla otra vez para callarla, más hondo, y esta vez sí tosió, un golpe húmedo que le llenó los ojos, y aun así no apartó la cabeza. La tuve ahí, follándole la garganta con la misma paciencia con la que foco una placa, hasta que las rodillas le temblaron y el coño se le oía, chapoteando contra sus propios dedos. Le retiré la polla brillante y le limpié la boca con el pulgar. Hannah me la chupó, el pulgar, como si no quisiera que se perdiera nada de aquello.
La levanté y la llevé al mueble de pose, un diván estrecho de terciopelo oscuro que uso para las figuras recostadas. Hannah se dejó caer de espaldas, las piernas abiertas sin que se lo pidiera, el coño rosado y brillante a la luz de los quinqués. Me quité el resto de la ropa y me puse entre sus muslos, la polla aún húmeda de su saliva, y se la froté por la raja de arriba abajo, empujando el glande contra el clítoris hasta que ella arqueó la espalda. Entró de un solo envite. El coño se le cerró alrededor, caliente, estrecho, tan mojado que el golpe sonó en el estudio como una palmada. Hannah soltó el aire contra mi cuello y se agarró a mis hombros, las uñas cortas clavándoseme sin llegar a romper nada.
La follé así, hondo, con el mueble crujiendo bajo nosotros y el objetivo aún apuntándonos desde su trípode, testigo ciego. Cada embestida le subía las tetas y le hacía rebotar el pelo azul sobre el terciopelo. Le agarré las muñecas y se las puse encima de la cabeza, no para lastimarla, para tenerla donde yo quería, abierta, sujeta, con el coño tragándoseme la polla hasta los huevos. Hannah empujaba las caderas hacia arriba, buscándome, y el sonido de la carne mojada llenó el cuarto entre dos respiraciones. Le hablé bajo, cerca de la oreja, y le dije que así es como se guarda una cosa, por dentro, hasta que el cuerpo se entera de a quién pertenece. Ella no se rio. Apretó las piernas alrededor de mi cintura y me mandó más adentro con los talones.
Me corrí casi, y me detuve, clavado hasta el fondo, palpitándole contra el cuello del útero. Hannah gimió, frustrada, y movió la cadera en círculos pequeños para no perderme. Le solté una muñeca y le bajé la mano al clítoris, frotándoselo con el pulgar mientras le daba otra vez, más lento, más hondo, cada embestida un empujón que le sacaba el aire. Se corrió ella primero, el coño convulso, apretándome a oleadas, un gemido largo que le nació en el pecho y se le quebró en la boca. La follé a través de ese temblor, sin piedad de ritmo, hasta que las paredes se le pusieron tan estrechas que apenas podía sacar la polla. El diván se desplazó un palmo. Hannah tenía la cara vuelta hacia la cámara, la boca abierta, y por un segundo pareció que iba a decir mi nombre de otra manera.
La saqué de golpe, la polla oscura y brillante, y me puse a horcajadas sobre su vientre. Hannah entendió y juntó las tetas con las manos, ofreciéndome el canal suave entre ellas, pero yo no quise eso. Me corrí sobre su pecho, a chorros espesos, la leche caliente pintándole el esternón, un pezón, el hueco de la garganta. Un hilo le resbaló hacia la clavícula y se le quedó temblando. Hannah miró hacia abajo, vio el semen en su piel y no dijo nada. Aquel silencio duró más que cualquiera de sus frases. Yo ya estaba en la cámara, destapando el objetivo, calculando la luz de los quinqués sobre el blanco sucio de mi corrida. El obturador hizo su trabajo. La placa recibió a Hannah desnuda, manchada, con los labios hinchados de haberme chupado y los ojos fijos en un punto que no era yo.
Cuando volví al diván ella seguía callada, un instante nada más, y casi le oí formarse una frase que no llegó. Casi me pidió que la guardara con el cristal, que la metiera en la vitrina junto a las otras, que no la dejara bajarse del mueble. Lo vi en la manera en que se tocó el semen del pecho con dos dedos y se los llevó a la boca, lenta, como quien prueba si el sabor basta para quedarse. Después tragó y la risa le volvió, más baja, y dijo que iba a salir preciosa en esa placa, que cualquiera pagaría por un retrato tan sucio. Yo no le respondí a la broma. Le limpié el pecho con un paño de lino y le dejé, a propósito, un resto en la base del cuello, donde el pulso le latía contra la piel.
Hannah se incorporó sobre los codos y miró hacia las vitrinas. Las placas antiguas devolvían caras quietas, mujeres que ya no podían hablar. Se le humedeció otra vez la mirada, no de lágrimas, de esa humedad que le sube a uno cuando entiende el precio de ser mirado. Me agarró de la muñeca y me puso la mano otra vez entre las piernas, donde el coño seguía abierto y resbaladizo. «Otra», murmuró, y esta vez no atropelló la palabra siguiente porque no hubo palabra siguiente. La besé con la boca aún salada de ella misma y la di la vuelta en el diván, de pechos contra el terciopelo, el culo alzado, la raja brillante ofreciéndose otra vez.
La folle de pie, contra el marco de la ventana, cuando el diván se nos quedó pequeño. La niebla de Londres apretaba los cristales y nadie podía vernos, pero el frío del vidrio le puso los pezones como piedras. Hannah apoyó las palmas en el cristal, las piernas abiertas, y yo le entré por detrás de un empujón que le subió hasta la garganta. El coño, ya usado, me recibió más fácil y más hondo, y el culo se le pegó a la ingle con cada golpe. Le agarré el pelo azul y le eché la cabeza hacia atrás, no para hacerle daño, para que viera el estudio al revés, la cámara, las vitrinas, el hombre que la estaba follando como si el retrato no hubiera bastado. Hannah jadeaba contra el cristal, un vaho que se dibujaba y se borraba, y empujaba el culo hacia mí pidiendo más.
Le di más. Las palmas de las manos se me hundieron en las caderas y el ritmo se volvió sucio, largo, el sonido de los huevos contra su carne llenando el cuarto junto al crujido de la madera. Le metí un pulgar en la boca y Hannah lo chupó, saliva nueva, mientras yo le follaba el coño hasta el fondo y le rozaba el otro agujero con los dedos mojados, sin entrar, solo para que supiera que podía. Se le doblaron las rodillas. La sostuve por la cintura y seguí, más hondo todavía, hasta que se corrió otra vez, callada esta vez, el cuerpo entero en un temblor que le nació en el vientre y le subió a la nuca. El coño se le cerró a pulsos alrededor de la polla y yo la mordí en la base del cuello, donde había dejado el resto de semen, y la marca de la boca se le quedó viva, oscura, mía.
No me corrí dentro. La saqué, me hice a un lado y me acabé en la raya de su culo, la leche espesa resbalándole hacia el coño usado. Hannah se quedó un momento con la frente en el cristal, respirando, el pelo azul pegado a la sien. Después se rio, un resto de risa, y dijo que si las placas salían movidas sería culpa mía por no saber estar quieto. Yo le pasé la mano por la espalda, lenta, y no le dije que las placas no salen movidas cuando uno sabe lo que quiere conservar. Ella se volvió, aún desnuda, y me buscó la boca con una ternura que no coincidía con lo que acabábamos de hacernos. El beso duró. El estudio olía ahora a sexo, a colodión y a su piel.
Más tarde encendí otra lámpara y le ofrecí agua y un chal. Hannah se lo echó a los hombros sin cubrirse del todo y se sentó en el borde del diván, las piernas cruzadas, la marca de mi boca oscureciéndosele en el cuello. Hablamos de California, de cómo había empezado a posar porque la gente la miraba cuando bailaba, y de Londres, que le parecía un teatro demasiado serio para su pelo. Yo revelé la placa en la trastienda, el mercurio haciendo su trabajo lento, y cuando volví ella estaba de pie ante las vitrinas, el chal abierto, mirando a las mujeres de plata.
«Si me metes ahí dentro, ¿cobras entrada?», dijo, y la broma le salió ligera, demasiado ligera, como quien tapa un agujero con una sonrisa. Yo guardé la placa nueva en su estuche sin invitarla a quedarse. Hannah lo vio. Se le apagó un instante la cara y después se rio otra vez, más breve, y habló de otra cosa, del frío, de un pub que había visto al bajar del tren. Le acaricié la nuca, donde el pelo azul se volvía oscuro de sudor, y ella se recostó contra mi palma como un animal que aún no sabe si lo van a guardar. La noche se alargó entre el revelado y el silencio. La follé otra vez, más despacio, en el suelo, con el chal debajo, y esa vez la miré a los ojos todo el rato. Hannah no apartó la vista. Cuando se corrió me dijo el nombre, bajo, y el nombre sonó a algo que no quería entregar del todo.
No la invité a dormir. Le dejé el diván y una manta. Yo trabajé hasta tarde, numerando estuches, y ella fingió dormir con un brazo sobre los ojos. La marca del cuello se le veía desde la mesa. Cada vez que pasaba a su lado, Hannah respiraba más hondo, como si supiera que yo seguía tomándola aunque ya no estuviera dentro.
Amaneció sucio, con la niebla todavía pegada a los cristales y el estudio en penumbra gris. Hannah se vistió sin prisa, el vestido de ayer, el abrigo, y no se cubrió el cuello. Le pagué lo acordado en billetes, sobre la mesa de caoba, junto al estuche donde ya descansaba la placa de su pecho manchado. Ella contó el dinero sin mirarlo de verdad y se lo guardó. Yo no le ofrecí el trabajo. Las placas se quedaban. Hannah lo entendió en el gesto con que cerré la tapa del estuche, un clic pequeño, definitivo, el mismo que había hecho la llave la tarde anterior.
Se detuvo en el umbral, el pelo azul apagado por la luz sucia, y se llevó dos dedos a la base del cuello, exactamente donde yo la había mordido. Palpó la marca como quien comprueba si sigue ahí. Me miró, y en esa mirada había una pregunta que no formuló del todo, una cosa quieta debajo de la sonrisa que ya le volvía a la boca. Preguntó, casi de paso, si alguien iba a quererla de verdad cuando dejara de posar, cuando no hubiera objetivo ni juego ni semen en la piel. Lo dijo en broma, o quiso que lo pareciera, y la risa se le quedó a medias, colgada. Yo no respondí. Hannah bajó la mano, se abrochó el abrigo y salió a la niebla de Londres con la marca a la vista, y las placas se quedaron en el gabinete, existiendo ya sin ella.