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Hannah Miller

Hannah se queda a bordo

Novela erótica de piratasHistórico11 min de lectura

Un relato de Hannah Miller

En el Caribe, Hannah Miller viaja sola en un barco que abordan los piratas. El capitán Rhys Calder no quiere una recitación ni una novedad: si se queda, será suya. Ella entra en su camarote y pide que la ate.

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El camarote olía a brea, a sal y a la lámpara de aceite que temblaba sobre la mesa cuando la hice pasar y eché el cerrojo. Hannah Miller se detuvo en el centro del tablado. El pelo, de un azul eléctrico, se le había pegado a la nuca con el sudor de la cubierta, y me sostuvo la mirada con una calma que no correspondía a una pasajera cuyo barco acababa de ser abordado. El bergantín se inclinaba con la brisa de verano del Caribe, lenta, casi perezosa, y el ruido de los hombres arriba llegaba apagado, como si aquella noche el mar hubiera decidido no interrumpir. Tenía veintidós años y el cuerpo largo y firme de quien se gana la vida siendo vista. En la base del cuello se le veía una marca oscura que no intentó esconder cuando se le abrió el cuello de la camisa. Lo que había aprendido lejos de este mar se le notaba en la forma de no reír todavía.

«Puedes bajar en el próximo puerto», dije, y dejé el sombrero sobre el mapa. «O te quedas. Si te quedas, no eres una novedad ni un recitado. Eres mía».

Hannah inclinó la cabeza y el azul del pelo le cayó sobre un hombro. Habló con esa prisa cálida de quien mete al otro dentro de la frase antes de terminarla.

«Me quedo, Calder, me quedo y no quiero que sea un número más, átame, ¿quieres?».

Una risa le partió la última palabra y luego se le apagó en la boca, como si se hubiera dado cuenta de que el chiste no cabía.

Saqué un cabo del cajón de la litera, áspero de salitre. Le tomé las muñecas, las junté delante del vientre y le di varias vueltas, apretando lo bastante para que la cuerda se le clavara en la piel sin llegar a cortar. Hannah no apartó las manos. Me miró a la boca. Le desabroché la camisa, se la aparté de los hombros y le bajé las bragas por los muslos, despacio, hasta que el tejido le quedó enredado en los tobillos y ella los libró de un movimiento corto. Cuando quedó desnuda, el calor de la lámpara le pintó el pecho y el vello húmedo entre las piernas. Le pasé los pulgares por los pezones y los sentí endurecerse al instante. Metí dos dedos entre sus labios. El coño ya estaba abierto, resbaladizo, y ella empujó las caderas hacia la palma con un sonido bajo que no era risa.

«De rodillas».

Obedeció con las muñecas atadas contra el vientre, y el tablado le marcó las rodillas. Me desaté el cinturón. Saqué la polla, ya dura, y se la apoyé en el labio inferior. Hannah abrió la boca y la tomó hasta donde pudo, la lengua plana debajo. El calor de aquella garganta me subió por la espalda como un golpe de mar. Le agarré el pelo teñido y empecé a follarle la boca con calma, hondo, saliendo hasta el glande para volver a entrar hasta que le humedecieron los ojos. Tragaba. Babeaba. Cada vez que retiraba un poco se adelantaba ella, buscando más, las manos presas e inútiles contra su propio vientre. El camarote se llenó del ruido húmedo de aquella mamada y del crujido de la madera. Me corrí la primera vez en su lengua, espeso, y Hannah lo sostuvo un segundo antes de tragar, la mirada puesta en la mía, las rodillas abiertas sobre el suelo.


La levanté y la recosté en la litera con los brazos todavía juntos sobre el pecho. Le abrí las piernas con las rodillas y me puse entre ellas. La polla se me había vuelto a tensar, brillante de su saliva. Le froté el glande contra el clítoris hasta que las caderas de Hannah se alzaron solas, buscando, y entonces empujé dentro de su coño de un solo golpe, hasta el fondo. El calor la cerró alrededor con una fuerza que me arrancó el aire. Hannah arqueó la garganta y se le tensó aquella señal oscura contra la piel. Empecé a follarla con tironones largos, sacándola casi entera para volver a hincársela, y el catre golpeaba el mamparo al ritmo, aquella pared de madera que nos separaba del resto del buque. Le sujeté las muñecas atadas contra el colchón, por encima de la cabeza, y el cabo le dejó una línea roja que me gustó ver.

«Más», dijo, y la voz le salió rota, sin adorno. «Así, Rhys, no pares».

La oí y no paré. Le agarré un muslo y se lo abrí más, y cada embestida le hacía temblar los pechos. El coño le chapoteaba, empapado. Cuando le froté el pulgar en el clítoris se le cerraron los ojos y se corrió con un gemido largo, apretándome la polla a oleadas, tan fuerte que tuve que morderle el hombro para no seguirla de inmediato. Seguí follándola igual, más hondo, y el segundo orgasmo le llegó encima del primero, las piernas temblándole contra mis costados. Me corrí dentro, hondo, y sentí cómo el semen le llenaba el coño y le resbalaba luego por el culo cuando me retiré un palmo. Hannah respiraba con la boca abierta, el azul eléctrico desparramado en la almohada, y no hizo ningún chiste. Me miró como si aquella inmovilidad de las muñecas fuera lo que había venido a buscar en este barco.

Le desaté un momento solo para darle de beber de la cantimplora. Luego volví a atarle las muñecas, esta vez a la argolla de hierro que había detrás de la litera. Los brazos se le quedaron tensos sobre la cabeza, el pecho levantado. Volví a metérsela de una vez, el semen anterior sirviendo de lubricante, y la follé más despacio, sintiendo cada contracción. Hannah movía la cadera al encuentro, seria, y cuando se corrió otra vez lo hizo con los muslos temblando y un sonido que no era risa ni teatro, solo el cuerpo diciendo que sí.


Más tarde, con la lámpara ya baja, la giré sobre el costado. Las muñecas seguían presas a la argolla y el cuerpo se le arqueó, el culo hacia mí, abierto. Le pasé los dedos por el coño lleno y subí el semen hasta el otro agujero, presionando despacio. Hannah empujó hacia atrás en cuanto el dedo se le hundió. Le añadí otro, la abrí, y cuando la polla, todavía húmeda de ella, empujó contra el culo, Hannah contuvo el aire y luego lo soltó en un gemido grave. Entré poco a poco. El anillo me cedió, apretadísimo, y cuando estuve dentro del todo me quedé quieto para que se acostumbrara al grosor. El calor allí era otro, más cerrado, y el pulso se le sentía alrededor.

«Hazlo», dijo contra la almohada. «Fóllame ahí. Quiero que me la metas entera».

Empecé a moverme. Corto al principio, luego más hondo, y el culo de Hannah me tragaba la polla con una lentitud sucia que me encendía la nuca. Le agarré la cadera y le di más fuerte, el catre quejándose, y con la otra mano le busqué el clítoris. Se corrió así, empalada, las muñecas tirando de la argolla, y el culo se le cerró alrededor con una fuerza que me sacó la corrida a empujones, dentro, hasta que no pude más. Me quedé encima, todavía dentro, y le besé la marca del cuello, salada de sudor. Hannah no habló. Respiraba contra la madera y dejaba que la cuerda le sostuviera los brazos como si aquello fuera el único sitio donde quería estar.

La follé otra vez por el culo antes de que se apagara del todo la lámpara, más brusco, y otra por el coño, de frente, con las piernas de Hannah sobre mis hombros y las muñecas siempre presas. Cada vez que me corría dentro lo dejaba ahí, y el semen le bajaba por los muslos hasta la sábana. Hacia el final de la noche le desaté las manos solo para que me agarrara la espalda, y aun así las muñecas le quedaron juntas, como si el cabo siguiera ahí. Durmió contra mi pecho, el pelo teñido en la boca, y vigilé la portilla, aquel ojo de cristal abierto al mar, hasta que el cielo empezó a aclarar.


Al día siguiente el mar estaba como una plancha y el camarote, caliente. Hannah despertó ya mojada. Le até las muñecas a la espalda, el cabo cruzándole los antebrazos, y la senté a horcajadas encima. Se hundió en la polla ella misma, el coño todavía resbaladizo de la noche, y empezó a montarme con las rodillas abiertas sobre el colchón, los pechos alzándose a cada bajada. La tenía agarrada de la cintura y le marcaba el ritmo, más hondo cada vez que ella pretendía quedarse arriba. El azul eléctrico le caía hacia adelante y me tapaba la cara cuando se inclinaba. Se lo apartaba para verle los ojos, de un avellana oscuro, fijos, sin juego.

La follé así hasta que se corrió con la cabeza echada atrás. Entonces la tumbé de espaldas, las manos todavía atadas debajo, y se la metí otra vez, más fuerte, el pubis golpeándole el clítoris. Hannah gemía con la boca abierta y pedía más sin adornarlo. Cuando le dije que abriera más las piernas las abrió hasta que los tendones se le marcaron. Me corrí en su coño y se lo dejé lleno. Con dos dedos se lo metí otra vez hacia el culo y la follé ahí, de rodillas entre sus muslos, hasta correrme de nuevo. El camarote olía a sexo y a aceite caliente. Hannah, sudada, con el semen en los muslos y el rastro oscuro de la garganta más negro de tanto que se lo había chupado, me miró desde la almohada y no apartó la cara.

Por la tarde la tuve de rodillas otra vez, las muñecas atadas a la pata de la mesa, y le follé la boca hasta que le corrieron las lágrimas de esfuerzo, no de pena. Tragó lo que le di y luego apoyó la mejilla en mi muslo, respirando, y le acaricié la nuca donde el azul se volvía raíz oscura. No había en aquello ningún espectáculo. Solo el cuerpo de Hannah pidiendo sitio y el mío dándoselo sin devolverla al salón de nadie.


Cayó la segunda noche y la volví a atar a la argolla, de frente, las piernas abiertas. Estaba dentro de su coño, hondo, quieto, cuando Hannah levantó la cara. El pelo se le había pegado a la frente y la voz le salió baja, entera, sin prisa ninguna.

«Guárdame», dijo. «No lo digo para que suene bien. Quiero que me guardes».

No rio después. El silencio se quedó entre los dos, lleno del crujido del barco y del pulso que nos latía donde estábamos juntos. La miré y seguí dentro, sin salir, y le sujeté la cadera para que no pudiera huir ni un palmo de aquella pregunta.

«Ya eres mía», dije. «No hay próximo chiste. Te quedas».

Hannah cerró los ojos y asintió. Entonces sí se movió, empujando hacia arriba para que la polla se le hundiera más, y se corrió así, atada, conmigo dentro, el orgasmo largo y serio, las uñas clavándose en sus propias palmas. La follé despacio después de eso, casi con ternura, y también con ganas sucias, porque las dos cosas cabían. Cuando me corrí otra vez en su coño me quedé encima hasta que se nos igualó la respiración. Le besé la boca y Hannah me la abrió del todo, sin teatro, y por un rato solo hubo eso: la cuerda, el calor, y el hecho de que no se hubiera reído.

Más tarde, ya suelta, se durmió con una muñeca todavía rayada de rojo y la otra sobre mi pecho. Escuché a los hombres cambiar de guardia y pensé en el puerto que se nos venía encima, en lo fácil que habría sido dejarla en un muelle y no volver a saber de ella. No lo hice. La cubrí con la sábana y le toqué la marca del cuello, que ya no era solo de otros.


Al tercer sol había tierra a estribor, una línea baja de palmeras y tejados, el puerto que le había ofrecido. Ordené que se acercaran lo justo para tomar agua y vender lo que hubiera que vender. Hannah se vistió con lo que quedaba de su ropa, la camisa abierta en el cuello, y subió a cubierta conmigo. El viento le levantaba el pelo azul y la señal oscura se le veía del todo, y nadie de los míos le preguntó nada. La tenía a un palmo, la mano en la cintura, y sentía bajo los dedos el calor de la piel que había follado hasta dejarla temblando.

Un bote se acercó al costado. Un hombre gritaba precios desde el agua. Hannah miró la costa, los tejados, el pedazo de mundo donde podría haber bajado y vuelto a ser solo mirada, y no se movió. Apoyó la cadera contra la mía y dijo, sin alzar la voz, «No bajo». No pedía permiso. Lo constaba. Asentí y di orden de no esperar a nadie más. El bergantín se alejó con la marea, lenta, y Hannah se quedó en la amurada, apoyada en la baranda, hasta que la tierra fue una raya, las muñecas todavía marcadas, el cuello al sol.


Por la noche volvió al camarote sin que la llamara. Cerré el cerrojo. La até otra vez, porque ella puso las manos delante y esperó el cabo, y se lo di. La follé en la litera con las muñecas presas, primero la boca, después el coño, después el culo, y Hannah se corrió con la cara vuelta hacia la portilla, donde ya no había costa, solo agua negra. Cuando terminé dentro de ella y me quedé sobre su espalda, sudando, le oí la respiración cambiar, más honda, y le rozé con los labios aquella oscuridad de la garganta.

Hannah no habló de tierra. Se quedó quieta debajo, reclamada, sucia de mí, seria de una manera que no le había visto en el abordaje. No podía saber qué nombre se pondría si algún día este barco la dejara en un muelle. Solo veía lo que tenía delante: las cuerdas, el azul eléctrico sobre la almohada, y la forma en que no apartaba las muñecas cuando el cabo ya no era necesario. El bergantín seguía hacia el este, y ella seguía a bordo.