
Hannah en las termas de Varrón
Novela erótica de Roma antiguaHistórico11 min de lectura
Un relato de Hannah Miller
En Roma, Hannah Miller es la extranjera invitada a la villa de un patricio que la ha visto bailar. Las termas privadas se vacían para ellos dos. Él no quiere un espectáculo: quiere su nombre.
Las termas privadas olían a vapor, a aceite de oliva caliente y a piedra húmeda. Había hecho salir a todo el servicio antes de que Hannah Miller cruzara el umbral, y el silencio entre las columnas era tan espeso que se oía el goteo del labrum. La había invitado después de verla bailar en una terraza de la ciudad y desde entonces no había querido otra cosa que tenerla aquí, sin público y sin música. Se detuvo al borde del caldarium con el pelo de un azul eléctrico pegado a la nuca por el calor de agosto. Tenía veintidós años y el cuerpo delgado y atlético de quien se gana la vida delante de una cámara, y en la base del cuello llevaba una marca oscura que no intentó esconder.
«Esto es una locura, ¿verdad? Termas de verdad, como de película, y tú ahí mirándome como si ya me hubieras comprado». Se rio a mitad de la frase, se quitó la túnica de lino con un gesto descuidado y ensayado, y las bragas negras siguieron hasta el banco de piedra. Entró en el agua hasta la cintura y el vapor le hizo brillar los pechos, los pezones ya duros, y me miró como si el silencio fuera una broma que yo todavía no había entendido.
Estaba desnudo. La polla se me había puesto dura en cuanto cruzó la puerta y no hice nada por disimularlo. Se acercó, me pasó los dedos por el pecho y bajó hasta tomármela con una naturalidad que me dejó sin aire, apretando apenas. «Hola, Marcus». Lo dijo casi contra la boca y me besó como quien prueba, no como quien se entrega. La jaboné despacio, recorriéndole la espalda, el culo, el interior de los muslos, y se dejó. Cuando los dedos le rozaron el coño, el aire le cambió. Estaba caliente y ya mojada, más de lo que el agua explicaba. «Joder, vale, esto no es una visita guiada». Lo susurró contra el cuello y se rio otra vez, más bajo.
No quería que posara. Quería oír su nombre dicho en serio. La giré hasta sentarla en el borde de mármol, con las piernas abiertas hacia mí, y me arrodillé en el agua hasta tenerle el coño a la altura de la boca.
El primer lengüetazo la hizo arquearse hacia atrás, las manos buscando el borde húmedo para no resbalar, y el sabor que me llenó la boca era a jabón, a calor y a ella. Aparté los labios con los pulgares y le lamí el clítoris despacio, y Hannah soltó un sonido que no era risa, por primera vez desde que había entrado. Me agarró el pelo y me acercó más, no como quien pide, como quien decide. Seguí, metiéndole la lengua dentro del coño, follándola así mientras el agua me llegaba al pecho. Cada vez que subía al clítoris y lo chupaba, las caderas le temblaban contra mi cara.
«Ahí, joder, no pares, Marcus, no se te ocurra parar». Lo dijo rápido y yo no paré. Le metí dos dedos mientras la lamía, buscándole ese punto por dentro que la hizo apretar las rodillas contra mis hombros. El coño se le contraía alrededor de los dedos, cada vez más apretado, y la miraba por encima del vello mojado, sin dejarla esconderse en ninguna sonrisa. Quería verla cuando se corriera.
Se corrió con un gemido largo que le nació en la garganta y le bajó hasta donde la tenía en la boca, y el coño se le cerró alrededor de los dedos con una fuerza que me hizo gemir contra ella. Seguí lamiéndola mientras le pasaba, más despacio, bebiéndome lo que le salía, y las uñas se le clavaron en el cuero cabelludo. Cuando por fin la solté, respiraba con la boca abierta y me miraba como si acabara de perder una apuesta que no había hecho en voz alta.
Me incorporé entre sus piernas, la polla dura rozándole el muslo, y le aparté el pelo pegado a la frente. No dije nada. El silencio, esta vez, no le hizo gracia. Me tomó la cara con las dos manos y me besó con la boca todavía temblorosa, sabiéndose en mis labios, y ese beso sí que no era una prueba.
Se dejó resbalar otra vez al agua y me empujó hacia el banco sumergido del tepidarium, donde el calor era más llevadero. Me montó de frente, guiándome la polla con la mano hasta encajármela en el coño de un golpe húmedo que nos arrancó el aire a los dos. Estaba tan abierta y tan resbaladiza después de corrérsele que entré hasta el fondo de una vez, y el calor de dentro no se parecía al del agua. Hannah apoyó las palmas en mi pecho y empezó a moverse, despacio al principio, subiendo hasta casi sacármela y bajando hasta sentarme encima del todo, con el culo golpeándome los muslos.
«Dios, qué grande, espera, espera que me acostumbre». Se rio contra mi boca, pero las caderas no se detuvieron. Le agarré la cintura y la ayudé a marcar el ritmo, viéndole los pechos rebotar, y le chupé un pezón hasta hacerla soltar un quejido. El coño se le apretaba cada vez que bajaba, chupándome la polla, y le sujetaba los muslos para que no se le escapara el control que tanto le gustaba tener.
Follaba con una concentración que no le había visto en el baile. Me miraba a los ojos y apartaba la mirada, y volvía, como si cada bajada le planteara una pregunta que no quería oír en voz alta. Le agarré el culo con las dos manos y le abrí los cachetes mientras ella seguía montándome, y el pulgar le rozó el agujero apretado, sin entrar, solo presionando, y Hannah jadeó y se dejó caer hasta el fondo, clavándome la polla entera.
«Eso, haz eso». Lo pidió contra mi cuello, más bajo, y por un momento dejó de bromear. Seguí tocándole el culo mientras ella me follaba, y el sonido de su coño al tragárseme era más alto que el goteo de las termas. Me corría cerca, demasiado cerca para lo que todavía quería hacerle, y le apreté la cadera para que parara un segundo, clavado dentro, respirándole en la boca.
«No todavía». Se lo dije contra los labios y asintió, y por primera vez desde que había cruzado la puerta no se le ocurrió nada ingenioso que decir.
La saqué del agua y la recosté sobre las toallas en el mármol tibio del apodyterium. Me puse entre sus piernas, le separé los muslos con las rodillas y volví a metérsela de una embestida lenta, hasta el fondo, y me quedé ahí, sin follar, solo llenándola, mirándola. Hannah pasó un brazo por encima de los ojos y luego lo bajó, como si se hubiera dado cuenta de que no iba a dejarla esconderse.
Empecé a follarla con calma, sacándola casi toda y volviendo a entrar hasta que los huesos de la cadera le tocaban, y cada embestida le arrancaba un sonido distinto, más hondo, menos teatro. Le agarré las muñecas y se las sujeté contra la toalla, con la fuerza de quien no quiere que se vaya a ninguna parte, y ella arqueó la espalda y me ofreció el cuello, esa marca oscura brillando de agua y de sudor. La besé ahí, en la base, y noté cómo se le contraía el coño.
«Más duro». Lo pidió sin reírse, mirándome, y se lo di. Empecé a follarla de verdad, más hondo, más rápido, el sonido de la piel contra la piel llenando la sala vacía. El coño se le había puesto tan sensible que cada vez que le rozaba el clítoris con el pubis soltaba un gemido que no alcanzaba a morderse. Le solté una muñeca para metérsela en la boca y Hannah me chupó los dedos como si fueran la polla, mirándome, y esa imagen me hizo follarla todavía más fuerte.
Se corrió otra vez con las piernas temblándole alrededor de mi cintura, el coño ordeñándome en espasmos que me obligaron a parar clavado para no correrme yo también, y mientras le pasaba le acaricié la cara con la mano que no tenía en su boca. Me miró como si acabara de enterarse de algo que no había venido a enterarse. Le besé la palma, todavía dentro de ella, y el silencio que siguió no lo rompió nadie.
Cuando se lo saqué, la polla me brillaba de ella y me dolía de lo dura que estaba. Hannah se giró sobre el costado y me miró por encima del hombro con una pregunta que no formuló. Le pasé la mano por el culo, despacio, y no se apartó.
Le unté los dedos en el aceite que había junto al labrum y se los llevé al culo, abriéndole el agujero con paciencia, un dedo primero, luego dos, mientras ella respiraba contra la toalla y me apretaba la muñeca sin empujarme. El anillo se le fue abriendo, caliente, y cuando los dedos le entraron del todo Hannah soltó un sonido bajo y abrió más las piernas. Le besé la espalda y seguí abriéndola hasta que el aceite le resbalaba por el perineo y el agujero le palpitaba alrededor de los nudillos.
«Hazlo». Lo dijo contra el mármol, y esa vez no había broma ninguna en la voz. Retiré los dedos, me puse detrás, le apoyé la polla en el culo y empujé despacio. La cabeza le costó, el anillo se resistió y luego cedió, y el calor que me envolvió era más apretado que el coño. Hannah agarró la toalla con los puños y esperé, metido a medias, acariciándole la cadera, hasta que el cuerpo le dijo que podía. Entonces entré del todo.
La follé por el culo con embestidas cortas al principio, dejándola acostumbrarse, y después más hondas, hasta que el sonido de mi pelvis contra sus cachetes llenó las termas y ella gemía en cada una, el coño chorreándole sobre las toallas. Le rodeé la cintura con un brazo y le busqué el clítoris con los dedos, y el culo se le apretó alrededor de la polla de una manera que me nubló la vista. Tenerla así, abierta, ofreciéndome lo que no se ofrece en una terraza ni delante de una cámara, me subió por la espalda como una fiebre. No era un espectáculo. Era ella.
«Hannah». Se lo dije al oído, clavándole la polla hasta el fondo, y al decirle el nombre me corrí dentro, a pulsos largos, llenándole el culo mientras el orgasmo me doblaba sobre su espalda. Hannah no bromeó. Me sujetó la muñeca con una fuerza que no tenía nada de pose, como si esa mano pudiera detener la tarde. Por un instante el único sonido fue el de los dos respirando contra el mármol.
Me quedé dentro hasta que la polla empezó a ablandárseme, y entonces se la saqué con cuidado, viendo cómo el semen le salía del culo en un hilo espeso que le bajó por el muslo. La giré, la recosté de frente y le aparté el pelo de la cara. «Quédate». Se lo dije sin adorno, con la mano todavía en su muñeca, y el ofrecimiento quedó entre nosotros como una piedra caliente. Hannah me miró, y por un segundo pareció que iba a decir que sí. Luego me besó, despacio, y no contestó.
Por la noche la villa olía a jazmín y a la cena que nadie había tocado del todo. Hannah llevaba una de mis túnicas, demasiado grande, y se había sentado en el borde de la fuente del peristilo con los pies en el agua, dándole a una copa de vino como si estuviéramos en una fiesta y no en el silencio que habíamos dejado en las termas. Me senté a su lado. El cielo sobre Roma era de un azul ya negro.
«Oye, lo de esta tarde, o sea, las termas, el mármol, tú poniéndote todo serio». Se rio. «Cualquiera diría que te habías enamorado de la invitada. Qué peligro, Marcus. Mañana se lo cuento a las columnas y se desmoronan». Lo dijo como quien mete al otro dentro del chiste para que el chiste no se convierta en otra cosa, y me dio un golpecito en la rodilla.
No le quité la copa. No le repetí lo de quedarse. La miré de perfil, con la túnica resbalándole de un hombro, y la marca del cuello se le veía otra vez, oscura contra la piel. Yo lo había hecho. No me había bastado.
«No hace falta que se lo cuentes a las columnas». Se lo dije con una calma que me costó, y me miró de reojo, todavía sonriendo, y por debajo de la sonrisa había algo que no le salía a la boca. Apoyó la cabeza en mi hombro un momento, solo un momento, y el peso fue verdadero. Luego se incorporó, me robó un trago de mi copa y empezó a hablar de cualquier cosa que no fuera la pregunta que yo le había dejado encima de las toallas.
La escuché. La dejé hacer lo que sabía hacer. Y cuando más tarde la llevé a la cama no fue para follarla otra vez, aunque el cuerpo me lo pedía, sino para tenerla cerca mientras fingía que el día había sido una anécdota brillante. Se durmió con una mano en mi pecho, y esa mano, dormida, no bromeaba.
Al amanecer la encontré vestida en el umbral del tablinum, con la luz primera recortándole la silueta contra el jardín. En la palma le había dejado una fíbula de oro, pequeña, con un motivo de hojas de mi casa. Hannah se la había prendido en el hombro de la túnica ligera, y cuando me vio sonrió como si el metal fuera parte del disfraz y no lo contrario.
«Me queda bien, ¿no? Muy patricia, muy yo-me-quedo-a-vivir-en-una-villa. Para la próxima terraza». Se rio, se acercó, me besó en la comisura de la boca con una ternura que duró menos de lo que yo habría querido, y se apartó antes de que el beso pidiera nada. La fíbula le brillaba junto a la clavícula, a un palmo de la marca, y el oro parecía puesto encima, no nacido de la piel. No preguntó si la guardaría. No mencionó la muñeca que me había sujetado mientras me corría dentro de ella. Se limitó a ajustarse el broche una vez más, como quien comprueba que el vestuario aguanta el plano, y salió hacia el atrio con el paso ligero de quien siempre tiene otro sitio al que llegar.
Me quedé en el umbral y la vi cruzar el jardín, la fíbula destellando una vez entre las hojas, y comprendí, sin que ella lo dijera, que seguía sin saber llevar encima algo que no fuera teatro. El ofrecimiento de la tarde seguía en las termas y ella se lo llevaba puesto como un adorno más, y la pregunta que no había hecho se quedó conmigo en la villa vacía mientras el sol de agosto empezaba a calentar otra vez la piedra.