
Hannah, la novedad de Versalles
Erótica VersallesHistórico11 min de lectura
Un relato de Hannah Miller
En la corte de Versalles, Hannah Miller es la extranjera de pelo azul que todos quieren ver una vez. Un duque se la lleva al bosquete durante la fiesta enmascarada. Ella pide que la usen sin juego, para romper de una vez lo que la está asfixiando.
La noche de primavera se había quedado enredada en los setos de Versalles, y las máscaras repetían el mismo baile bajo las linternas. Había visto a Hannah Miller mucho antes de tenderle la mano. El pelo, de un azul imposible, cortaba el oro viejo del palacio, y la corte la observaba con esa hambre breve que se reserva a lo que no va a durar. Tenía veintidós años y el vestido, corto de protocolo, no acertaba a esconder del todo un cuerpo atlético y delgado, como si hubiera llegado de otra costa sin molestarse en disimularlo. Un duque no pide permiso en su propia fiesta, así que crucé el parterre con ella agarrada a la manga, y el bosquete nos tragó en cuanto las voces del salón se volvieron un rumor lejano.
La grava crujía bajo los zapatos mientras el boj desprendía un olor a humedad reciente, a tierra todavía mojada del riego. Hannah no soltó la manga ni cuando las linternas quedaron atrás y la sombra de los árboles nos cubrió por completo. Reía todavía, con la voz baja, como si desaparecer conmigo fuera otra de aquellas bromas que lanzaba para que nadie se acercara demasiado.
La marca oscura en la base del cuello no estaba tapada. Bajo el corpiño se le adivinaba la fíbula romana, un broche antiguo prendido como un resto pequeño de otro siglo, y Versalles, con su apetito de rarezas, ya lo había convertido en novedad. El pulso se le veía ahí, justo encima de la marca, y el aire fresco del jardín le había puesto la piel de gallina a lo largo de la clavícula.
«Armand, si me comes aquí se va a enterar hasta el rey», dijo, y la risa le partió la frase por la mitad. «Aunque a lo mejor eso es lo que quieres, que me vean con las bragas en las rodillas».
No le di tiempo a seguir con la broma. La giré y la pegué contra el tronco de un castaño. Las faldas subieron hasta la cintura de un solo tirón y el encaje quedó al descubierto. El de las bragas estaba caliente y húmedo, pegado al coño, y metí la mano por debajo sin preguntar. Hannah abrió un poco las piernas y apoyó la frente en el hombro; por un instante el chiste se le quedó atragantado en la garganta. Los dedos le apartaron la tela, encontraron el clítoris hinchado y resbaladizo, y lo froté con el pulgar mientras el índice se hundía en ella hasta el nudillo. Estaba empapada, de una humedad que no debía nada al rocío. El olor a sexo subió entre los dos más rápido que cualquier perfume de corte. El interior le latía contra el dedo, caliente, y al sacar el índice hasta la yema y volver a entrar, un hilo le brilló en el muslo. Apretó los dientes contra la chaqueta y movió la cadera, un movimiento pequeño, buscando más presión.
«Joder», murmuró contra la tela. «Hazlo, de verdad, no te pares ahora».
Le bajé las bragas hasta media muslo y la fui arrodillando en la tierra blanda del bosquete, donde el césped le manchó enseguida las rodillas de verde oscuro. Desabroché el calzón, saqué la polla, que ya estaba dura, y se la apoyé en los labios sin otra ceremonia. Hannah levantó aquellos ojos de avellana, sostuvo la mirada un instante y abrió la boca.
La lengua le recorrió el glande con una lentitud que no coincidía con lo rápido que hablaba. Se la metió entera hasta que la nariz le rozó el bajo vientre, y el fondo de la garganta se cerró alrededor con un sonido húmedo y profundo. Agarré el pelo azul con las dos manos y la tuve ahí, sin dejarla retroceder del todo, mientras la saliva le bajaba por la barbilla y le caía al escote. Hannah no apartó la mirada. Chupaba como si aquello fuera el único idioma que le quedaba, las mejillas hundidas, la respiración rota cada vez que empujaba un poco más.
El calor le subía por el cuello. Las pestañas se le habían pegado un poco, húmedas, y cada vez que retrocedía lo justo para tomar aire, la lengua le daba una vuelta lenta al glande antes de tragársela otra vez. El encaje de las bragas le cortaba la carne del muslo. Desde arriba se le veía el pecho subir a golpes, el corpiño desordenado, el broche antiguo brillando un segundo cuando una linterna lejana se colaba entre las hojas.
«Así», dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «Ábrela. Quiero oírte».
Obedeció, y entonces la polla le golpeó el fondo de la garganta una vez y otra, y cada embestida le arrancaba un ruido ahogado que se perdía entre las hojas. Las rodillas se le hundían en la tierra. Las manos le subieron por los muslos y se quedaron ahí, no para apartarme, sino para acercarme. El calor de aquella boca era una cosa sucia y exacta, y follármela así, de pie, con la fiesta a dos setos de distancia, me puso más duro de lo que el salón habría permitido jamás.
Le solté el pelo un instante. Hannah tosió, y un hilo de saliva le unió los labios a la polla. Se rio entonces, corta, nerviosa, como quien todavía puede convertir esto en una broma si se esfuerza. «Si sigues así me vas a dejar sin voz para el minué», dijo, y las palabras se le atropellaron unas a otras. «Aunque igual les hace gracia. La americana muda. Muy versallesco, ¿no?».
No le contesté el chiste. Le volví a llenar la boca y esta vez no tuve ninguna prisa en sacarla. La garganta se le abrió a empujones, caliente, estrecha, y la tuve ahí hasta que los ojos se le llenaron de agua. Cuando al fin la dejé respirar, un hilo espeso le colgaba de la comisura. Me miró desde abajo, arrodillada, las bragas aún enredadas en un tobillo, y no pidió que parara.
La levanté por los brazos y la giré contra el tronco. El vestido le quedó subido a la cintura, el culo al aire, y le separé los muslos con la rodilla. El coño se le veía hinchado, brillante, y lo rozé con la polla de arriba abajo, untándola de saliva y de lo suyo, sin entrar todavía. Hannah apretó las palmas contra la corteza y empujó hacia atrás, buscando. El primer empujón me la abrió del todo: entré de un golpe, hasta el fondo, y el calor de aquel coño me subió por la espalda como una fiebre.
La follé así, agarrada a la cadera, con las pelotas golpeándole el clítoris a cada embestida. El sonido era obsceno, chapoteo y carne, y Hannah jadeaba contra el árbol sin volver la cara. Cada vez que me hundía, se cerraba alrededor, caliente, resbaladiza, y el bosquete olía ya a sexo de una manera que ningún naranjo iba a tapar. La corteza le marcaba las palmas. El vestido, arrugado sobre la cintura, le tapaba a medias la marca del cuello cada vez que el cuerpo le rebotaba hacia adelante. No dijo nada durante un rato. Solo respiraba, abierta, y el silencio le duraba poco porque a la tercera embestida honda se le escapó un gemido que ya no supo convertir en risa.
Un ramaje crujió a la izquierda y no aflojé el ritmo. Seguí metiéndosela hasta que las nalgas le temblaron, y solo entonces giré la cabeza. Un hombre de la corte, máscara oscura, chaqueta bordada, se había detenido entre dos tilos. Nos miraba sin acercarse, la mano ya en el bajo vientre, y no hizo ademán de irse.
Hannah también lo había visto. Lo supe por la forma en que se tensó alrededor de la polla, no para echarme, sino para tenerme más dentro.
«Que se quede», dijo, y la voz le salió ronca, sin risa. «Armand. Que nos vea».
Asentí hacia el desconocido lo bastante para que entendiera que no lo estábamos echando. Volví a embestir, más hondo, y Hannah soltó un gemido que ya no intentó morder. El hombre no se movió. Se quedó entre los árboles, mirándonos follar como se mira un espectáculo que no se ha pagado, y aquello nos empujó a los dos un poco más abajo.
Le aparté un muslo para que el extraño viera cómo desaparecía dentro, hasta el fondo. El coño de Hannah palpitaba, abierto, brillante a la luz pobre de una linterna lejana, y cada vez que salía se le veía el agujero contraerse, pidiendo otra vez. Se lo di, más despacio ahora, para que se viera todo: la polla entrando, las nalgas abiertas, el hilo de lubricante que le bajaba por el muslo. Hannah apoyó la mejilla en el tronco y cerró los ojos, y por primera vez en toda la noche no llenó el silencio con nada.
«Mírame», dije.
Abrió los ojos y miró por encima del hombro. Ya no había broma en la boca. Solo calor y una especie de hambre que no sabía disfrazar.
«Úsame», dijo. La frase le salió entera, sin risa que la cortara. «Sin juego. Como un objeto. Por favor. No aguanto más la otra cosa».
La oí del todo, sin resto de broma que lo tapara. Le puse una mano en la nuca y le apreté la cara contra la corteza, no lo bastante para hacerle daño, sí lo bastante para que entendiera el peso. Seguí follándole el coño con golpes cortos y hondos, y le hablé al oído con la suciedad que me pidió.
«Esto es un agujero. Un coño de fiesta. Lo que se enseña una vez y se deja entre los árboles». Las palabras me salían bajas, pegadas a su piel. «Te estoy follando para que ese hombre se corra mirándote, y tú lo estás permitiendo porque te gusta que te vean así. Abierta. Llena. Sin nombre».
Hannah gimió, un sonido largo, y empujó el culo hacia mí como quien asiente con el cuerpo. El desconocido se había sacado la polla. Lo vi de reojo, la mano subiendo y bajando, y no aparté a Hannah de aquella vista. Al contrario: le abrí más las nalgas, le puse el pulgar en el culo, húmedo de lo que le chorreaba del coño, y lo hundí hasta el primer nudillo. El esfínter se le cerró, caliente, y luego cedió.
«Ahí», jadeó. «Ahí, joder, no pares».
Se lo follé con el pulgar mientras la polla le trabajaba el coño. El hombre de la máscara avanzó un paso, lo bastante para ver el detalle, y Hannah se dejó mirar. Las piernas le temblaban y el vestido le colgaba hecho un trapo; en aquella postura no quedaba nada de la extranjera que reía en los salones.
Se la saqué del coño y le escupí entre las nalgas. El culo se le abrió al segundo empujón, lento, apretado, y Hannah soltó un quejido que no era de dolor sino de algo más hondo. Entré despacio, centímetro a centímetro, hasta que las pelotas le tocaron la piel. El canal era una prensa caliente. Me quedé quieto un segundo, metido del todo, y sentí cómo respiraba a golpes contra el árbol.
«Dilo», pedí.
«Fóllame el culo», dijo, y la voz se le rompió. «Trátame como lo que soy esta noche. Una cosa. La novedad. Lo que se usa y se deja».
Empecé a moverme. Cada embestida le abría el culo un poco más, y el sonido era espeso, obsceno, distinto al del coño. Hannah lloraba ya, no a gritos, sino con esa humedad callada que le bajaba por la cara y se le mezclaba con la saliva. No convirtió el llanto en chiste. No soltó ninguna frase rápida para salvarse. Se quedó ahí, empalada, las uñas clavadas en la corteza, y se corrió de esa manera, con la polla en el culo y el clítoris sin tocar, un espasmo largo que le cerró el agujero a pulsos alrededor mío.
La sentí correrse por dentro, el cuerpo entero sacudido, y no le suavicé el ritmo. Seguí follándoselo mientras se corría, y el llanto se le hizo más hondo, más cierto, sin ninguna risa que lo cortara por la mitad. El hombre de la máscara se corrió entre los árboles con un gruñido breve, y el semen le cayó a la hierba. Hannah lo oyó. Abrió los ojos y lo miró, todavía temblando, y no apartó la cara.
La saqué del culo con un tirón lento y la giré de rodillas otra vez, el vestido hecho un desastre, las hebras húmedas pegadas a las sienes. Le di palmas en la mejilla con la polla, húmeda de ella, y Hannah abrió la boca por reflejo. No se la metí: me corrí en la cara. El primer chorro le cruzó la frente y el puente de la nariz; el segundo le llenó los labios y le goteó al pecho. Se quedó quieta, arrodillada, recibiendo aquello como se recibe una orden que se ha pedido. El semen le corría por la mejilla, espeso, y no lo limpió. Me miró desde abajo, los ojos aún húmedos, y por primera vez en toda la noche no hubo nada que disfrazara lo que sentía.
Me abroché con las manos todavía sucias. El desconocido ya se había perdido entre los setos, de vuelta a su máscara y a su copa, y Hannah seguía de rodillas. Se pasó los dedos por la cara, no para borrar del todo, sino para no llevarse aquello al salón, y el semen se le quedó en las yemas, brillante. El césped le había manchado las rodillas de una manera que ningún protocolo iba a perdonar.
Me agaché lo bastante para recogerle las bragas del tobillo y se las dejé en la hierba, a su lado. No era un gesto tierno. Era el cierre de algo que no pensaba llevarme al baile. Hannah las miró y luego me miró a mí, y la boca se le movió como si fuera a soltar una de aquellas frases rápidas que la mantenían a salvo. No salió ninguna.
«Vuelve tú», dijo al fin, y la voz le quedó baja, limpia, sin atropello ni risa. «Yo no. No quiero a alguien que se limpia y se pone la máscara otra vez».
La oí desde arriba. El salón seguía sonando, violines y copas, esa vida mía que no se interrumpe por un bosquete. Hannah se quedó entre los árboles, el vestido bajado a medias, la cara todavía brillante a trozos, y no hizo ademán de seguirme. Se pasó el dorso de la mano por la boca con un cuidado extraño, casi aliviada, como quien por fin ha dejado de sostener una cosa demasiado pesada.
Me alejé por el mismo sendero. A unos pasos me volví. Seguía allí, sentada ahora sobre los talones, el pelo azul apagado por la sombra, y no levantó la cabeza para pedirme que me quedara. El coste se veía en esa postura: rota a propósito, desahogada, y sin nadie que la recogiera del césped. Seguí hacia las linternas. Detrás, entre las hojas, no hubo pasos que me alcanzaran.