
Freya en la banya del conde
Romance erótico Rusia zaristaHistórico10 min de lectura
Un relato de Freya Andersen
En el San Petersburgo zarista, Freya Andersen acepta seguir a un conde hasta su banya privada. El vapor y sus manos le quitan las bromas con las que se defiende, y ella deja que la vean sin ellas.
La nieve cubría los tejados de San Petersburgo y el viento del Neva hacía temblar los cristales del palacio. Aparté a Freya Andersen del corro de oficiales que se había formado junto a los violines, donde el baile seguía con uniformes blancos y risas que no me importaban. La llevé por un pasillo estrecho que olía a cera y a humo de estufa, lejos de las puertas que usaban los invitados. Freya tenía veintitrés años y un vestido oscuro que no pertenecía a aquella corte, y el ámbar de su colgante le golpeaba el hueco de la garganta cada vez que giraba la cabeza. Me miró de reojo, con aquella sonrisa que parecía no costarle nada, y habló sin bajar la voz.
«¿Los condes rusos robáis siempre a las invitadas antes de que sirvan la cena?». No le devolví la broma. Le dije que mi banya estaba caliente y que el vapor no esperaba a las mujeres que se reían en los umbrales, y ella soltó una risa breve que se quedó pegada a la piedra. Caminamos sin prisa. Rozaba la pared con los guantes y yo pensaba en lo poco que duraba aquel tono ligero cuando el calor de verdad empezaba a subir. En alguna conversación anterior había mencionado un puerto y un hombre que no la había retenido. Ahora estaba aquí, en mi palacio, con las mejillas ya encendidas por el vino y por algo que aún no quería nombrar.
La puerta de la banya era baja y la madera estaba tibia al tacto. El vapor me golpeó en la cara en cuanto la abrí y Freya se detuvo un instante, parpadeando, con los labios entreabiertos. Dijo que olía a abeto y a piedra mojada, y se rio de su propia observación como si todavía pudiera sostener el tono de una visita educada. Le quité los guantes uno a uno. Le desabroché el cuello del vestido con los dedos lentos, sin pedirle nada con palabras, y ella tragó saliva y no se apartó. El pasillo a nuestras espaldas quedó en silencio. Nadie nos había seguido hasta allí.
El calor de la banya era espeso y olía a madera de abeto y a agua echada sobre las piedras. Le bajé el vestido por los hombros y Freya dejó que cayera hasta el suelo de tablones húmedos, y debajo llevaba unas bragas claras que el vapor ya había empezado a pegarle a la piel. Le toqué la cintura con las dos manos y noté el temblor corto que le recorrió el vientre. Intentó decir algo ligero, una frase a medio hacer sobre el modo en que yo recibía a las extranjeras, y no le contesté. Le bajé las bragas hasta los tobillos y se quedó desnuda en medio del vapor, con el colgante de ámbar contra el pecho y los pezones duros. La miré sin sonreírle. Quería verla así, sin el vestido y sin el recurso fácil de la risa.
La senté en el banco más bajo, el que estaba más cerca de las piedras calientes, y le abrí las rodillas con las palmas. El vello de su coño estaba ya húmedo y no solo por el vapor. Le pasé dos dedos por la raja, despacio, separándole los labios, y Freya soltó el aire con un sonido que no era una risa. El calor de dentro me subió por la muñeca. Empujé hasta el fondo y le busqué ese punto más áspero, el que hace que una mujer olvide lo que iba a decir, y se le arquearon las caderas contra mi mano.
«Me los acabas de meter enteros, ¿verdad?». Lo dijo casi en broma, como si nombrar lo que hacía pudiera devolverle el control, y yo le doblé los dedos y se los hundí otra vez, más lento, más hondo. Se agarró al borde del banco con las dos manos y me miró con los ojos muy abiertos. El vapor le hacía hilos de agua en las sienes y en el hueco de la clavícula. La follé con los dedos sin prisa y sin juego, sacándolos hasta el borde y volviéndoselos a meter enteros, y el coño se le ponía cada vez más blando y más ruidoso. Empezó a moverse contra mi mano como si hubiera olvidado la pregunta. Le apreté el clítoris con el pulgar, frotando en círculos cortos, y se le quebró la voz en un gemido que no supo disimular. No le pedí que se callara. Quería oírla. Quería ver qué quedaba de aquella sonrisa cuando el cuerpo le ganaba a las palabras.
Me arrodillé entre sus piernas y le abrí los labios del coño con los pulgares. La lamí despacio, de abajo arriba, recorriéndole toda la raja con la lengua plana, y Freya soltó un quejido que se perdió en el vapor. El sabor era a ella y a calor, espeso, y yo le chupé el clítoris con la boca cerrada alrededor, constante, mientras los dedos seguían dentro, doblados contra esa pared que se le contraía. Me agarró el pelo con las dos manos. Intentó decir mi nombre y se le quedó a medias en la garganta, y no levanté la cabeza. La follé con la lengua y con la mano hasta que las piernas le temblaron y se le escapó un gemido largo, desordenado, y entonces se corrió contra mi boca con un movimiento torpe de caderas, apretándome la cabeza, mojándome la barba y la mejilla.
La tuve así un rato más, lamiéndola cuando ya era demasiado, porque quería verla sin la defensa de las bromas. Freya respiraba con la boca abierta y me miraba como si no supiera dónde poner las manos. El ámbar se le había quedado pegado entre los pechos, brillante de sudor. Le besé el interior del muslo y sentí el temblor que aún no se le había ido. Se pasó la lengua por los labios y no dijo nada ingenioso. Aquel silencio me gustó más que todas las preguntas de la noche.
Me levanté. Me quité la camisa y los pantalones sin prisa, y mi polla le quedó a la altura de la cara cuando ella seguía sentada en el banco. Freya me miró y tragó saliva. El vapor le hacía brillar el pelo pegado a la sien.
Me tomó la polla con la mano, dudó un segundo, y se la metió en la boca. El calor de aquella boca me subió por la espalda de un golpe. Le agarré el pelo y la guié, no con violencia, con esa certeza de quien no está pidiendo, y ella abrió más y me dejó llegar al fondo de la garganta. Se le llenaron los ojos. No se apartó. La follé la boca con movimientos lentos y hondos, sintiendo cómo la garganta se le cerraba alrededor y luego cedía, y el ruido húmedo se mezclaba con el chisporroteo del agua sobre las piedras. Le corrí un hilo de saliva por la comisura y se lo limpié con el pulgar sin dejar de meterle la polla. Freya me miraba desde abajo, y en esa mirada ya no había broma ninguna. Solo aquella entrega torpe y completa, la de una mujer que ha dejado de negociar el tono.
Cuando la saqué, un hilo la unió a mí un instante. Respiraba mal y se pasó el dorso de la mano por los labios, y el pecho le subía demasiado deprisa. Le toqué la mejilla con los dedos mojados de ella misma y no le dije que lo estaba haciendo bien. No hacía falta. La levanté por las axilas y la giré contra el banco más alto, el de la madera más oscura, que ya estaba brillante de condensación. Se apoyó en las palmas y me miró por encima del hombro, con el ámbar colgándole hacia el tablón. Esperó. No preguntó qué iba a hacerle.
La madera estaba mojada y se le pegó al vientre cuando la doblé. Le separé las piernas con la rodilla y le metí la polla de un golpe, hasta el fondo del coño, y Freya soltó un grito corto que se le quebró en la garganta. Estaba tan mojada que entré sin resistencia, y el calor de dentro me hizo cerrar los ojos un instante. Empecé a follarla con tironones hondos, agarrándola de la cadera, y el banco crujía bajo las dos. Cada vez que le daba hasta el fondo se le escapaba un sonido distinto, más bajo, más verdadero. Le pasé una mano por delante, le busqué el cuello, y le cerré los dedos alrededor de la garganta con la presión justa para que el aire le costara. Ella empujó el culo hacia mí. No pidió que la soltara. Al contrario, me alcanzó la muñeca y me apretó los dedos contra su propio cuello, y entendí que lo quería así, que el peso de mi mano era parte de lo que había venido a buscar.
La follé más fuerte. Cada embestida le sacaba un sonido ahogado, y el coño se le contraía alrededor de la polla como si quisiera retenerme. El vapor nos envolvía y el sudor nos corría por la espalda en hilos calientes. Le aflojé un poco la mano para que tomara aire y se lo volví a cerrar, midiendo el temblor de su pulso contra mi palma, y Freya se corrió otra vez, temblando, con un llanto pequeño que no era de dolor. Seguí dentro, sin parar, porque no había terminado con ella. Le mordí el hombro y sentí cómo se le deshacía la espalda bajo la boca. El banco chirriaba. El agua goteaba de las vigas. Ella ya no intentaba recoger la cara.
Freya se incorporó de pronto, con las piernas torpes, y me agarró de los hombros para sentarme a mí en el banco. Ya no preguntaba nada. Me montó de cara, me guio la polla otra vez al coño con la mano, y habló contra mi boca, casi mordiéndome, con la voz ronca de tanto gemir.
«Estoy harta de que me miren y no me tengan, Aleksei». Lo dijo así, sin sonrisa, y yo la agarré del culo y la empecé a follar desde abajo, contra la madera mojada, con ella rebotando sobre mí y las tetas golpeándome el pecho. El ámbar se le mecía entre los dos. La tuve así hasta que se le pusieron los muslos duros y se le llenaron los ojos, y entonces le humedecí los dedos en su propio coño y se los llevé al culo. Empujé uno, luego dos, y Freya se quedó quieta un segundo, con la frente contra la mía. No dijo que parara. Empujó hacia atrás, buscándolos, y yo la levanté un poco, le saqué la polla del coño y se la fui metiendo en el culo con paciencia bruta, un poco cada vez, hasta que el glande pasó y ella soltó un gemido largo, distinto, más hondo.
La follé el culo con la misma hambre, más despacio al principio, luego más hondo, y Freya lloraba ya, no de dolor, de ganas, con la cara fea de tanto querer. Me agarró la mandíbula con las dos manos húmedas y me pidió que no apartara la vista. Que la mirara así. Que no le devolviera la sonrisa que ya no tenía. Le puse otra vez la mano en el cuello mientras se la metía hasta el fondo del culo, y el aire se le quedó corto otra vez, y se corrió con un sollozo, apretándome, y yo me corrí dentro, hondo, con un gruñido que se me escapó contra su pelo. La tuve así un rato, todavía dentro, sintiendo cómo le latía el cuerpo alrededor de la polla, y ella no se rio. No dijo nada ligero. Solo respiraba contra mi cuello, fea y abierta, y yo no aparté los ojos.
La envolví en una sábana gruesa cuando el vapor empezó a bajarnos de las sienes. Freya no sonreía. Se tocaba el colgante de ámbar con los dedos torpes, como quien busca en él una pregunta que ya ha hecho demasiado pronto. Le sequé el pelo con un paño áspero. Le ayudé a ponerse el vestido, que se le pegaba a la piel todavía húmeda, y no le dije que se quedara el invierno. No le dije nada de habitaciones ni de rango ni de lo que un hombre puede ofrecer cuando el alba aún no ha llegado. Antes del alba la devolví a los pasillos del palacio, donde una pareja cruzó a lo lejos sin mirarnos, y Freya caminaba a mi lado con la boca apretada y los ojos brillantes.
En el recodo, junto a la escalera de servicio, se detuvo y me miró de frente. El ámbar le temblaba en el hueco de la garganta. Habló muy bajo, sin aquella costumbre de empujar al otro con una pregunta fácil.
«¿Me vas a quedar cuando acabes de usarme?». La miré. El vestido le marcaba el pecho y en la comisura aún se le veía el rastro de lo que habíamos hecho. No le respondí con una promesa. La dejé junto a la barandilla, envuelta aún en el olor de la banya, y ella no buscó la sonrisa que yo le había quitado. Se quedó un segundo más de lo necesario, como si esperara una palabra que no llegó, y yo vi en su cara, sin defensa ninguna, lo mucho que quería que aquella toma no tuviera vuelta.