
Amira en el despacho del jefe
Romance eróticoRomance11 min de lectura
Un relato de Amira Mahmoud
En la sede de la operadora en Dubái, el director Héctor Salinas llama a Amira después de hora por la queja del millonario y por el rumor del hangar. La reunión se vuelve sexo en el despacho. Los dos lo deciden; nadie menor aparece.
La sede de la operadora ocupaba tres plantas de cristal en Business Bay y, a aquella hora, el sol de otoño todavía arañaba los ventanales con una luz seca, casi metálica. Amira Mahmoud tenía veintidós años y había llegado sin uniforme, con el bolso negro apretado contra la cadera, porque la reunión no figuraba en ningún turno. La queja del yate y el rumor del hangar habían subido hasta este despacho, y era el único hombre de la casa con autoridad para echarla.
La hice esperar veinte minutos, con la puerta entreabierta y el zumbido del aire acondicionado recorriendo el pasillo, tiempo bastante para recordarle quién firmaba los contratos. Cuando por fin la dejé entrar no le ofrecí la silla. Me quedé de pie detrás del escritorio, con la chaqueta todavía puesta, y la miré como se mira a una empleada que ha manchado el nombre de la compañía.
«Has convertido la cabina en un escenario», dije. «Un cliente paga por silencio y tú has dejado que se hable de ti en el hangar. Eso ensucia la marca».
Amira no bajó la mirada. Se quedó en el centro de la alfombra, con los labios entreabiertos en una sonrisa que no aceptaba el sermón, y recorrió el despacho con esa calma de quien ha oído el mismo chiste del rango demasiadas veces.
«Llevo cuenta de quién me trata como personal», contestó. «Y de quién no. Estás a punto de apuntarte en la columna equivocada, Héctor».
El nombre, dicho así, me sentó en el pecho. Caminé alrededor del escritorio hasta quedar demasiado cerca. El perfume que traía no era el del uniforme; era el de alguien que había decidido no vestirse de tripulación para aquella conversación. Le sujeté la muñeca sin apretar del todo y noté que no retiraba la mano.
«Si te quedas, aceptas que esto es un despacho y que yo firmo», dije. «Si te vas, pierdes el amparo del puesto».
Amira se rio por lo bajo, un sonido corto, y con la mano libre me desabrochó el cinturón como quien cierra un trato que no está dispuesta a firmar en papel.
«Entonces deja de hablarme como si todavía llevara las alas de azafata en la solapa», murmuró. «O no niegues que te calienta hacerlo».
Me empujó con suavidad hacia el sillón de cuero. Se arrodilló entre las rodillas sin que se lo pidiera nadie. Bajó la cremallera con una lentitud que no solicitaba permiso y, con los dedos firmes, sacó la polla, que ya estaba dura. Me miró desde abajo, con aquella sonrisa todavía dibujada en la boca, pasó la lengua por toda la longitud y se la metió hasta la garganta.
El calor de su boca me cerró la respiración. Amira no empezó con cuidado; me tomó hondo, con las mejillas hundidas, y el sonido húmedo de la saliva llenó el despacho como si el cristal no existiera. Le puse una mano en la nuca y sentí el pelo suelto, más oscuro bajo la luz amarilla de la lámpara de mesa. No hizo falta forzarla. Subía y bajaba con un ritmo que ella misma marcaba, y cada vez que la polla le tocaba el fondo de la garganta se quedaba ahí un segundo, mirándome, como si el acto fuera una respuesta y no una súplica.
«Así», dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «Quédate ahí».
Se apartó lo justo para hablar, con los labios brillantes y un hilo de saliva uniendo su boca a la cabeza de la polla.
«Sigues dándome órdenes de tripulación», dijo, y volvió a tragársela entera antes de que pudiera contestar.
La chaqueta se me había quedado abierta y el cuero del sillón crujía cada vez que ella se inclinaba más. Le acaricié la mejilla con el pulgar y noté cómo se le humedecía el rabillo del ojo cuando me la metía hasta el fondo. No interrumpió el movimiento. Usó una mano para sujetarme la base y la otra para abrirse el escote, de modo que las tetas le quedaron a la vista, pesadas, con los pezones ya duros. Me corrí un poco en la lengua sin llegar al final y ella lo notó, porque se rio con la boca llena y siguió chupando como si aquel sabor le perteneciera.
Me incorporé lo suficiente para verla mejor. Amira de rodillas en la alfombra del jefe, con las rodillas abiertas y las bragas todavía puestas bajo la falda, era una imagen que no iba a poder borrar. Le dije que más despacio y me obedeció a medias, ralentizando el movimiento de la cabeza pero apretando más con la lengua por debajo, justo en el sitio que me dejaba sin aire. Cuando intenté sacársela de la boca para no correrme todavía, me sujetó los muslos y me la volvió a meter hasta que los labios le tocaron el vello.
«No te corras todavía», murmuró al apartarse, con la voz ronca. «Quiero que me folles en tu mesa».
La levanté del suelo con las manos bajo los brazos. La polla me latía contra la tela de su falda. La besé con esa misma suciedad con la que ella me había chupado, y el sabor de mi propio gusto en su boca me encendió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Barrí de un golpe los papeles del escritorio. Una carpeta cayó al suelo y Amira dejó escapar un sonido breve, casi burlón, mientras le subía la falda hasta la cintura. Las bragas estaban empapadas. Se las bajé hasta los tobillos; ella las apartó de una patada, sin teatro, y se sentó al borde de la madera con las piernas abiertas hacia mí. El coño se le veía hinchado, brillante, y cuando le pasé dos dedos por la raja noté lo fácil que iba a entrar.
«Mírate», dije. «Has venido a que te llame al despacho y te folle encima de los contratos».
No lo desmintió. Me agarró la polla con la mano derecha y me acercó a su entrada. Empujé de una vez, hasta el fondo, hasta que los muslos le temblaron contra el canto de la mesa. Estaba caliente y estrecha, y el gemido que le salió no tuvo nada de empleado que pide perdón. Empecé a follarla con tironazos secos, sujetándole las caderas para que no se desplazara, y cada embestida le hacía rebotar las tetas. Se apoyó en los antebrazos, con la cabeza echada hacia atrás, y me miró con los ojos entrecerrados mientras le hundía la polla otra vez.
El escritorio golpeaba contra la pared con un ritmo indecente. Le froté el clítoris con el pulgar, sin suavidad, y Amira se arqueó y se corrió con un grito que no intentó contener, el coño apretándome a pulsos, la espalda despegándose de la madera. En medio de aquello, con la voz todavía rota por el orgasmo, habló alto, para que el despacho entero lo oyera aunque no hubiera nadie más.
«No bajo de la cuenta de los que me trataron como staff», dijo. «Tú estás dentro. Lo sabes».
Seguí follándola igual, más hondo si cabía, porque aquella frase me duró en la carne más que cualquier queja de cliente. Amira se mordió el labio y volvió a mirarme, ya no sonriendo, y entendí que el rango la encendía al mismo tiempo que le confirmaba lo que no iba a perdonar. La besé para no decir nada y ella me mordió el labio inferior, suficiente para dejar claro que la última palabra no era mía aunque yo la estuviera clavando contra mi propia mesa.
La bajé del escritorio sin sacarle la polla del todo. La giré con cuidado y la llevé hasta el ventanal. A aquella hora el edificio de enfrente ya tenía las luces encendidas, pero las plantas de la operadora estaban vacías y el cristal daba a un cielo de otoño que se iba volviendo violeta sobre la bahía. Le puse las palmas contra el vidrio. Con la rodilla le separé las piernas. Amira apoyó la frente en el cristal y soltó un respiro entre dientes, casi una burla, cuando sentí cómo se le escurría el lubricante por el interior del muslo.
«Nadie nos ve», dije. «Aunque te gustaría que alguien bajara la mirada y te reconociera».
«Me gusta que lo digas tú», contestó, y empujó el culo hacia atrás buscando la polla. «Sigue. No te pongas delicado ahora».
La penetré de pie, de una embestida que la aplastó contra el cristal. El vidrio se empañó junto a su boca. Le agarré un pecho por debajo, apretándole el pezón entre los dedos, y follé con la otra mano clavada en su cadera. El sonido de la piel contra la piel llenó el despacho. Amira gemía contra el cristal, abierta, mojada, y cada vez que me hundía hasta el fondo decía algo entre dientes que no era un ruego. Le bajé la falda un poco más y le di una palmada en el culo, no para marcarla, sino porque el golpe le hizo apretarme por dentro.
La ciudad parpadeaba abajo y nadie cruzó el pasillo. Seguí metiéndosela con la frente de ella pegada al vidrio y las tetas aplastadas contra la superficie fría, y el contraste entre ese frío y el calor de su coño me tenía al borde. Le hablé al oído, bajo, y le dije que estaba follándola como se folla a quien se llama después de hora. Amira no apartó la cara. Empujó hacia atrás con más fuerza, tomándome entero, y el cristal crujió apenas bajo sus palmas.
«Más», pidió. «No pares. Quiero sentirte dentro cuando te corras».
La giré otra vez, ahora de espaldas al despacho, con las manos todavía en el cristal. La penetré desde atrás con las piernas más abiertas. Desde esa posición llegaba más hondo. Le agarré el pelo con una mano y la cintura con la otra, y el ritmo se volvió brutal, sin adorno, la polla saliendo brillante y volviendo a desaparecer en su coño. Amira jadeaba con la boca abierta y cada tanto decía mi cargo, no mi nombre, como si quisiera que oyera lo que estábamos haciendo.
«El director», murmuró, y el aliento se le quebró en una mueca. «El director follándose a la azafata contra su propio cristal».
Aquella frase me recorrió la espalda y me hizo embestir más fuerte. Sentí cómo se le cerraba otra vez el coño, un segundo orgasmo más bajo, más largo, que le tembló en los muslos y me arrastró con ella. Me corrí dentro, hondo, con la frente apoyada en su hombro, llenándola a pulsos mientras ella apretaba para no dejar salir nada. La leche me resbaló después por la base de la polla y le manchó el muslo, caliente, y seguí metiéndosela despacio para empujarla más dentro.
Amira respiraba contra el cristal. No se apartó. Dejó que le recorriera el pecho con la mano mientras todavía latía dentro de ella, y cuando habló lo hizo sin volverse.
«Sigues hablándome como a tripulación», dijo. «Hasta ahora. Hasta esto».
Me quedé quieto un segundo, todavía dentro, y tampoco negué aquello. El silencio pesó más que cualquier orden. Le besé el hombro y noté que no se encogía, pero tampoco se blandía. El rango la había encendido y, al mismo tiempo, le había dado la razón.
Caímos al suelo de la alfombra porque las piernas ya no aguantaban el cristal. Amira se puso a horcajadas encima de mí, con la falda hecha un lío en la cintura, y la polla, todavía semidura, la buscó otra vez. Se la metió ella, de un golpe de cadera, y empezó a follarme con las palmas abiertas sobre el pecho. La chaqueta se me había quedado a medias. El techo del despacho, blanco y demasiado limpio, se movía cada vez que ella bajaba.
La vi tomárselo todo. Las tetas le rebotaban a cada movimiento y el coño, resbaladizo con mi corrida anterior, me tragaba sin esfuerzo. Le sujeté las caderas y la dejé marcar el ritmo, más lento ahora, más hondo. Amira se inclinó para besarme con la boca abierta, sucia, sin el menor recato. Me mordió el cuello, se incorporó otra vez y se frotó el clítoris contra la base mientras me usaba.
«Dime que no soy personal», pidió, y la voz le tembló de verdad por primera vez.
«Eres la que está en mi despacho», contesté. «Y te estoy follando porque las dos lo hemos decidido».
No era lo que quería oír y lo supe. Siguió moviéndose igual, más rabiosa, y me puse duro del todo otra vez dentro de aquel calor. La giré sin sacarla. La puse de cuatro sobre la alfombra y la volví a penetrar desde atrás hasta que el sonido húmedo de su coño llenó otra vez la habitación. Me corrí una segunda vez, menos, más profundo, y ella se corrió conmigo, callada, con la cara contra el suelo y una mano metida entre sus propias piernas.
Cuando paramos, el aire acondicionado seguía zumbando como si nada hubiera ocurrido. Amira se quedó tumbada un momento, de lado, con mi semen resbalándole por el muslo interior; luego se sentó y empezó a buscar las bragas sin pedirme ayuda. Me abroché el pantalón y no dije que se quedara. Tampoco lo habría aceptado.
Se vistió con la misma calma con la que se había arrodillado: la falda, el escote, el bolso negro. Se pasó los dedos por el pelo y me miró desde la puerta del despacho, ya no sonriendo.
«El poder me calienta», dijo, sin broma ninguna. «Lo admito. Pero no me voy a quedar donde me siguen viendo como un uniforme».
No contesté. Abrió la puerta, salió al pasillo y no volvió.
Desde el umbral la vi detenerse bajo la luz fría, sacar el móvil y leer algo que le cambió la cara. Un correo. Más tarde supe lo que decía, porque el mundo de Dubái es más estrecho de lo que aparentan los cristales: la casa de seda de su familia, el negocio textil del que dependían, pedía un matrimonio de conveniencia con el heredero aliado, o la seda se caía. Amira guardó el teléfono, no giró la cabeza hacia el despacho y siguió hasta el ascensor.
Bajé los tres pisos mucho después, cuando el edificio ya estaba en silencio de noche. En la acera de Business Bay el aire de otoño olía a polvo caliente y a gasolina. Amira ya no estaba. Me había costado el amparo del jefe, y ella se había llevado la cuenta abierta, el semen todavía entre las piernas y una decisión que nadie iba a firmar por ella. Sin puesto y sin exclusividad, el siguiente lazo tendría que elegirlo sola.