
Melissa se queda con el jefe
Esposa infielTabú10 min de lectura
Un relato de Melissa Sandringham
Melissa Sandringham, 22 años, esposa y modelo, se queda a solas al atardecer en la oficina de Madrid con Tomás, 44 años, director de la campaña que la contrata. Ella ha estado recortando lo que siente por él; él ha sido cuidadoso. Los dos eligen cerrar la puerta y follar en el despacho.
La luz de invierno se había quedado pegada a los cristales del edificio de la agencia, esa hora de Madrid en la que las calles ya parecen más oscuras de lo que el reloj admite. Yo tenía cuarenta y cuatro años y un despacho demasiado grande para lo que hacía a esas horas: revisar el brief de la campaña, firmar lo que no quería firmar y esperar a que el último pasillo se callara. Melissa Sandringham tenía veintidós y una alianza que brillaba cada vez que movía la mano sobre los papeles. Había llegado a esta ciudad sabiendo ya lo que era capaz de hacer con un hombre que no debería tocarla, y yo había sido cuidadoso con ella durante semanas, como si la distancia pudiera salvarnos de lo que los dos ya sabíamos.
El último asistente se despidió desde el umbral sin entrar. Melissa permaneció de pie junto a la mesa de reuniones, con el abrigo todavía en el brazo y el brief enrollado contra el pecho, y no se fue. La oficina entera se vació a nuestro alrededor y el silencio de los pasillos se volvió una cosa concreta, casi sólida. Yo cerré el portátil con una lentitud que no tenía nada de profesional y la miré a los ojos verdes, que no bajaban.
«Me dijiste que pasara a recoger esto», dijo ella, y la frase empezó más larga de lo que terminó, como si de pronto hubiera decidido que el resto sobraba. Se acercó hasta el borde de mi escritorio y dejó el papel exactamente donde yo firmaba. El anillo rozó la madera. Yo sentí el calor de esa cercanía antes de decidir nada, y cuando me levanté para ir a la puerta lo hice con la certeza de que ella no iba a detenerme.
Giré la llave. El clic fue pequeño y definitivo. Melissa no se movió. Yo volví hacia ella y vi que había dejado el abrigo sobre la silla de visitas, como quien se queda.
«He venido sabiendo que el edificio se iba a quedar vacío», dijo, y esta vez no recortó nada. «Quiero que me folles sin quitarme el anillo.»
Me senté otra vez porque las rodillas me avisaron de que si seguía de pie iba a tomarla demasiado rápido. Ella caminó alrededor del escritorio con esa reserva que yo había aprendido a leer como una forma de juego, no como miedo, y se arrodilló entre mis piernas sin pedir permiso de nuevo. Sus manos abrieron el cinturón con una precisión que no casaba con lo tímida que parecía en las reuniones. Saqué la polla ya dura y ella la miró un segundo, como si estuviera midiendo lo que iba a hacer, y después abrió la boca y se la metió hasta donde pudo.
El calor de su lengua me recorrió entero. Chupó despacio al principio, con la saliva reuniéndose en la comisura, y yo puse una mano en su pelo sin empujarla, solo para sentirla. Melissa subía y bajaba la cabeza con un ritmo que se iba ensuciando, más hondo, más mojado, y cuando tosió un poco no se apartó: tragó saliva y volvió a bajar hasta que la punta le golpeó la garganta. Yo dije su nombre en voz baja, Melissa, no el de la modelo de las fotos, y ella apretó los labios alrededor de la polla como si esa distinción le importara.
«Así», murmuré, y ella hizo exactamente eso, más sucio, con la mano en la base y la boca trabajando la cabeza, la lengua pasando una y otra vez por el frenillo hasta que yo tuve que agarrarme al borde de la silla. El anillo rozaba mi muslo cada vez que ella subía. Yo miré hacia la puerta cerrada y después hacia abajo, hacia esa mujer casada de veintidós años que se había metido debajo de mi mesa para chuparme la polla un jueves de invierno, y el poder de eso se me metió en la sangre junto con el deseo.
Ella se detuvo lo justo para respirar y me miró desde abajo, con los labios brillantes.
«No me hables como si fuera el encargo», dijo, y el tono llegó tarde, casi de broma, cuando ya había juzgado que yo no iba a usarlo en su contra. Yo le aparté un mechón de la cara con el pulgar y le dije que no pensaba hacerlo.
La levanté porque si seguía en su boca me iba a correr demasiado pronto y yo no quería eso todavía. La senté en el escritorio, empujé el teclado y los papeles hacia un lado, y le subí la falda hasta la cintura. Llevaba medias y una braga oscura que yo bajé por las piernas con las dos manos, despacio, para verla. El coño se le veía ya húmedo, abierto un poco por la forma en que tenía las rodillas. Me arrodillé yo esta vez y le abrí los muslos con las palmas.
La lamí de abajo arriba, una vez larga, y Melissa soltó el aire como si se le hubiera escapado. Volví a hacerlo, más lento, metiendo la lengua entre los labios, buscando el clítoris con la punta y quedándome ahí cuando ella tembló. Chupé esa carne pequeña y dura mientras metía un dedo, después dos, y la sentí apretarme desde dentro con una fuerza que no tenía nada de recortada. Su mano bajó a mi cabeza y no me apartó: me acercó.
«Tomás», dijo, y oír mi nombre en esa voz me calentó más que cualquier otra cosa. Seguí lamiéndola, sucio y constante, con la barbilla mojada y los dedos curvados hacia arriba, y ella empezó a mover las caderas contra mi boca como si hubiera dejado de decidir cuánto era demasiado. El escritorio crujió. Yo la miré por encima del vello y vi los ojos verdes entrecerrados, la boca abierta, el anillo brillando sobre el borde de madera mientras se agarraba.
Cuando estuvo a punto de correrse se lo dije en voz alta, que la quería así, mojada y pidiendo, y ella se corrió contra mi lengua con un gemido que intentó contener y no pudo. El coño le palpitó alrededor de mis dedos. Yo no retiré la boca hasta que el temblor se le suavizó, y entonces me puse de pie entre sus piernas y le limpié la humedad de la boca con un beso que supo a ella.
La polla me dolía de lo dura que estaba. La apoyé en la entrada y empujé de una vez, hondo, y Melissa arqueó la espalda sobre los papeles. Estaba tan mojada que entré entero al segundo empujón, y el calor de su coño me apretó hasta la base. Empecé a follarla ahí mismo, fuerte, con las manos en sus caderas para no dejarla resbalar, y cada embestida hacía que el escritorio se moviera un palmo hacia la pared.
«Melissa», dije, y lo repetí porque quería que oyera que no era un cuerpo de campaña, que era ella. Ella rodeó mi cintura con las piernas y me acercó más, pidiendo profundidad sin recortar la frase esta vez. Yo se la di. La follé con todo el cuerpo, sacándola casi y volviendo a entrar hasta el fondo, y el sonido húmedo de su coño llenó el despacho junto con su respiración. El anillo le golpeaba la madera a mi espalda cada vez que ella se agarraba.
La miré a la cara mientras la tomaba. Había ternura en eso, una que ella no había pedido y que yo no sabía darle sin mezclarla con el hecho de que yo le pagaba el trabajo, de que su matrimonio estaba a veinte minutos en taxi, de que el silencio de la agencia era ahora un cómplice. Ella no apartó la mirada. Me pidió más fuerte y yo le di más fuerte, hasta que los nudillos se le pusieron blancos contra el borde y el orgasmo le llegó otra vez, más largo, con el coño exprimiendo mi polla en oleadas que me obligaron a parar un segundo para no correrme todavía.
«No pares», dijo, y yo no paré. Seguí follándola durante ese temblor, más lento ahora, más hondo, besándole la boca entre embestida y embestida, y el sabor de su coño seguía en mis labios. Ella me mordió el labio inferior con una suavidad que no casaba con lo sucio de lo que estábamos haciendo, y yo sentí que se me deshacía la última precaución.
La bajé del escritorio y la giré hacia el cristal. Madrid estaba ahí abajo, las luces de invierno, el tráfico lejano, y nadie podía vernos con la altura y el tinte, pero la idea de la ciudad al otro lado del ventanal la hizo gemir cuando le pegué el pecho al cristal y entré en ella otra vez por detrás. La follé contra la ventana con una mano en su nuca y la otra en su cadera, y ella abrió las palmas contra el cristal frío, el anillo haciendo un punto de luz minúsculo.
«Dime que quieres que me corra dentro», le pedí, y ella tardó un segundo, no por duda, sino porque estaba respirando contra el cristal.
«Quiero que te corras dentro», dijo, clara. «Sin quitarme nada.»
Eso me desarmó. Aceleré, profundo, y el orgasmo me subió desde la base de la espalda con una violencia que no intenté contener. Me corrí dentro de ella, chorro tras chorro, apretándola contra el cristal mientras su coño me ordeñaba, y ella dijo mi nombre otra vez, más bajo, como si esa fuera la parte que no quería que existiera fuera de esta habitación. Me quedé dentro un rato, palpitando, con la frente en su hombro, y sentí cómo el semen empezaba a salirle por los muslos cuando me retiré un palmo.
La giré con cuidado. Tenía las mejillas encendidas y los ojos húmedos de esfuerzo, no de arrepentimiento. Le besé la sien y le dije que no había terminado, que la quería otra vez, y ella asintió con esa reserva que ya no era recorte sino consentimiento entero.
La volví a sentar en el borde del escritorio, esta vez de frente, y entré en ella otra vez aunque estaba sensible y yo también. El semen anterior la hizo más resbaladiza, más sucia, y cada embestida sonaba distinta. La follé despacio al principio, mirándola, y ella me tocó la cara con la mano del anillo, el metal frío contra mi mejilla. Yo le besé esa mano sin pedirle que se lo quitara. El conflicto estaba ahí, entre nosotros: la ternura que ella no había pedido, el dinero de la campaña, el marido en el hotel, y aun así los dos seguíamos eligiendo esto.
Cuando sentí que iba a correrme de nuevo salí de ella y la hice bajar de rodillas. Melissa abrió la boca antes de que yo se lo pidiera. Se la metió en la boca y yo me corrí en su lengua, en el paladar, en la garganta, sujetándole el pelo con una mano que temblaba. Ella tragó lo que pudo y el resto se le quedó en los labios y en la comisura. Yo me arrodillé frente a ella y le limpié la boca con el pulgar, después con un beso que supo a mí y a ella mezclados, y por un momento el despacho no fue un lugar de poder sino solo una habitación donde dos personas se habían dejado de recortar.
«El jueves que viene la puerta puede quedar abierta», dije, y no era una orden. Era una oferta. Melissa se quedó callada lo bastante como para que yo entendiera que estaba pensándolo de verdad, y no dijo que no.
Se vistió con esa calma que yo ya no podía confundir con indiferencia. La braga se la puso encima de lo que yo le había dejado dentro, la falda, las medias, el abrigo. Yo vi, o creí ver, cómo el semen le resbalaba ya bajo la ropa, caliente todavía, camino del hotel donde su marido la esperaba con la mentira repetida de que ella estaba trabajando. Le alcancé el brief porque alguien tenía que llevarse un papel, y ella lo guardó en el bolso junto al teléfono, donde yo sabía que había números que no debería guardar.
En el umbral se detuvo. El pasillo seguía vacío. Yo tenía la llave en la palma y no la giré del todo.
«Las vacaciones», dijo ella, y esta vez sí recortó, como si el resto de la frase se le hubiera hecho demasiado. Yo no pregunté. Ella añadió, más bajo: «Acepté irme con él.»
La miré y entendí lo que no estaba diciendo. La maleta no iba a estar hecha para descansar. Iba a estar hecha para volver a elegir a otro hombre, o al mismo, en otra ciudad, con el anillo puesto y la campaña como coartada. El coste ya no era un desliz lejano: era esto, un jueves en Madrid, el semen bajo la falda, y la imposibilidad de fingir que la infidelidad había sido el misterio de una sola noche.
«El jueves», repetí.
Melissa asintió apenas, se cubrió la garganta con el cuello del abrigo y se fue hacia el ascensor sin mirar atrás. Yo me quedé en el despacho con la puerta todavía sin cerrar del todo y el cristal empañado a la altura de sus palmas, oyendo el invierno de Madrid contra los cristales, sabiendo que ella iba a cruzar el vestíbulo del hotel conmigo todavía dentro de ella y que yo, a los cuarenta y cuatro, no iba a ser el hombre que le pidiera que borrara el número.