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Melissa Sandringham

Melissa entra en casa del marido

Relato eróticoTabú11 min de lectura

Un relato de Melissa Sandringham

Melissa Sandringham, 22 años, deja de mantener a distancia a Rubén, 41 años, un seguidor casado que durante años hizo la segunda pregunta. La mujer de él está fuera. Melissa acude a la casa conyugal en Nottingham y los dos eligen que ella ocupe esa cama como amante.

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La lluvia de abril había dejado Nottingham brillante y fría cuando Melissa Sandringham se detuvo frente a la puerta de mi casa. Yo la conocía desde años atrás como la chica reservada que publicaba desde su piso, aquella que me había mantenido a distancia aunque yo siempre hacía la segunda pregunta, y ahora tenía veintidós años y yo cuarenta y uno, y la mujer con la que yo compartía aquella cama no estaba. Melissa había vuelto dispuesta a no quedarse en la esposa que engaña a ratos, y yo abrí antes de que volviera a llamar.

«Entra», le dije, y no me aparté, de modo que el umbral nos quedó estrecho a los dos. Ella olía a noche y a champú de viaje, y los ojos verdes me buscaron la boca antes que las palabras. La agarré de la cintura y la pegué a la madera del marco sin cerrar del todo la puerta, porque una parte de mí quería que el aire de la calle siguiera tocándonos mientras yo le subía la falda. Llevaba el anillo de casada y no se lo había quitado. Mis dedos le encontraron el coño ya húmedo a través de la braga, y ella abrió las piernas lo bastante para que yo pudiera apartar la tela a un lado.

«Aquí», murmuró, y no era una pregunta. Me saqué la polla y se la froté entre los labios, despacio, hasta que el glande se le hundió y ella soltó el aire contra mi cuello. Se la metí de una vez. Estaba caliente y estrecha, y se me aferró con las uñas en la chaqueta mientras yo la follaba de pie, contra el marco, sin dejarla pasar del recibidor, con la falda arremangada y las tetas todavía dentro de la blusa. Cada embestida le hacía golpear los hombros contra la madera. Yo le hablé al oído, bajo, diciéndole que esa casa no era un hotel y que si quería entrar de verdad iba a hacerlo con mi semen todavía resbalándole por el muslo. Ella apretó el coño alrededor de mi polla y dijo mi nombre como si se le hubiera escapado. No me corrí. La saqué de un tirón, le bajé la falda con la palma y la empujé hacia dentro por fin, cerrando la puerta a mi espalda.


La cocina olía a mi mujer, a su colonia olvidada junto al fregadero, a la vida que yo no había desmontado. Encendí solo la luz de encima de la encimera. Melissa se quedó mirando los imanes del frigorífico, las fotos, el calendario con la letra que no era la mía, y luego se volvió hacia mí con una calma que no le había visto en ningún piso alquilado.

«Quiero que me uses aquí también», dijo, y se arrodilló sobre el linóleo sin esperar a que yo se lo pidiera. Me abrió el pantalón con las dos manos, me sacó la polla, todavía brillante de su coño, y se la metió en la boca hasta que la nariz me rozó el bajo vientre. La vi tragar y adaptarse, las mejillas hundidas, la alianza brillándole en el dedo mientras me sujetaba la base. Le agarré el pelo y le marqué el ritmo. No fui delicado. Le empujé hasta el fondo de la garganta y la tuve ahí un segundo, sintiendo cómo se le humedecían los ojos, y cuando la solté ella tosió y volvió a abrir la boca como si aquello fuera exactamente lo que había venido a buscar.

«Mírame», le dije. Me miró. Le recorrí el labio inferior con el pulgar y se la metí otra vez, más lento, dejando que chupara con esa aplicación seria que ponía en todo lo que no quería que se le escapara. La saliva le bajaba por la barbilla y le manchaba el escote. Yo le hablé desde arriba, llamándola puta de esta casa, amante, la que se arrodilla donde mi mujer desayuna, y ella gimió alrededor de mi polla y apretó las piernas. No era un ruido de protesta. Era hambre. Le follé la boca hasta que se me endureció del todo otra vez, hasta que el sabor de su coño y el de su saliva se me mezclaron en la cabeza, y entonces la levanté del suelo por los brazos y la besé con esa misma suciedad todavía en la lengua.

«La cama», dije. «La de matrimonio. El lado de ella.»

Melissa asintió. No preguntó si estábamos seguros. Ya lo habíamos decidido en otra parte, con otras palabras, y ahora solo quedaba hacerlo.


El dormitorio estaba en penumbra. La cama grande, las dos mesillas, el vaso de agua de mi mujer a medio beber. Melissa se quedó un instante en la puerta, mirando las sábanas, y yo la desnudé allí mismo, prenda a prenda, sin prisa de teatro. Le quité la blusa, le bajé la falda, le saqué la braga, ya empapada, y la dejé a ella con el anillo y nada más. La tumbé boca abajo en el lado izquierdo, el lado que no era el mío, y le puse la cara contra la almohada ajena. El olor de otro champú, de otra piel, le quedó pegado a la mejilla.

«Así», le dije, y me coloqué detrás. Le abrí los muslos con las rodillas y le hundí la polla de un golpe, hasta el fondo, mientras ella apretaba la tela de la almohada con los dientes. La follé contra ese olor que no era el suyo. Le agarré las caderas y se las levanté para entrar más hondo, y cada embestida le aplastaba la cara contra la funda. Le hablé como a la amante que iba a conservar. Le dije que esa cama ya no era solo de un matrimonio. Le dije que su coño era mío en esa casa y que yo iba a llenárselo y a manchar las sábanas para que nadie pudiera fingir que no había pasado. Ella jadeaba contra la almohada, las manos abiertas a ambos lados de la cabeza, y de vez en cuando intentaba decir algo que se le rompía en un gemido.

Le palmeé el culo lo bastante fuerte para que se le marcase la palma. No para hacerle daño. Para que sintiera que yo estaba ahí, que esto no era un desliz de hotel. Le alcancé un pecho por debajo y se lo apreté mientras la follaba, y ella empujó hacia atrás, buscándome, ofreciéndome el coño con una desvergüenza que le había costado años dejar salir. Yo la miraba desde arriba: la espalda joven, el anillo, el pelo oscuro revuelto sobre una almohada que no le pertenecía. Me acerqué un poco más a ese borde y me contuve. Todavía no.

«Dime qué eres», le pedí, y se lo repetí más despacio, con la polla quieta dentro, palpitándole contra el fondo.

Melissa tardó. La voz le salió ronca, aplastada contra la tela.

«Tu amante», dijo. «La que entra cuando ella no está.»

Yo volví a moverme. Más duro. Más hondo. La cama golpeó la pared con un ritmo que en otra noche habría sido el nuestro, el de un matrimonio, y ahora era el de una chica de veintidós años que había elegido esa almohada.


La puse a cuatro patas sobre el lado de ella y le agarré el pelo para levantarle la cara de la almohada. Quería oírla. Quería que esa casa oyera a otra mujer. Le metí dos dedos en la boca mientras la follaba y ella los chupó con la misma hambre de la cocina. El coño se le apretaba a cada embestida, caliente, resbaladizo, y yo le hablé sucio, sin adorno, diciéndole que la iba a llenar, que el semen se le iba a quedar dentro y también encima de esas sábanas, que yo no iba a cambiarlas por la mañana. Melissa gimió alrededor de mis dedos y se corrió así, con la cara medio vuelta, los ojos húmedos, el cuerpo temblándole en oleadas que le recorrieron los muslos. La sentí contraerse a mi alrededor. No paré.

Cuando me corrí lo hice dentro, hondo, empujando hasta que no me quedó más que dar, y luego la saqué y derramé el resto sobre el hueco de su espalda baja y sobre la sábana del lado de ella, blanco sobre el algodón que olía a otro cuerpo. Me quedé mirándolo. Melissa respiraba con la mejilla pegada a la almohada, el culo en alto, el semen empezándole a salir del coño. Se giró lo bastante para verme y se llevó la mano atrás, se tocó, se metió un poco de lo mío otra vez hacia dentro con dos dedos, y eso me dejó sin aire un segundo.

«Límpiame», le dije. No como una orden de hotel. Como lo que éramos ahora.

Ella se incorporó, se arrodilló entre mis piernas sobre esa misma cama y me tomó la polla en la boca, blanda todavía, sensible, y me la chupó hasta dejarla limpia, con una lentitud casi atenta. Me limpió el glande, el tronco, el sabor de su coño y el mío mezclados. Cuando terminó se recostó en el lado de ella, desnuda, y no preguntó si debía vestirse. Yo apagué la luz de la mesilla. La casa hizo el silencio de las casas que creen que duermen dos personas conocidas. Me quedé a su lado. Puse una mano en su cadera. Melissa se durmió en esa cama de matrimonio con el anillo puesto y con mi semen todavía entre las piernas.


Por la mañana la luz de primavera entró por la persiana a medias y yo la vi despierta antes que el reloj. No se había escabullido. Estaba sentada al borde de la cama, en el lado de mi mujer, mirando la habitación con una atención que no era vergüenza. Se levantó desnuda y cruzó hacia el baño que no era un baño de visitas. Oí la ducha. Oí cómo abría el frasco que no era el suyo. Cuando entré ella estaba bajo el agua, el pelo pegado a la nuca, usando la esponja y el gel que olían a la dueña de esa casa.

«No me he ido», dijo, como si hubiera que dejarlo dicho en voz alta. El vapor le empañaba los hombros. Yo me quité lo poco que llevaba y entré con ella. El plato de ducha nos quedó justo. Le pasé las manos por la cintura y ella se apoyó en los azulejos, de espaldas a mí, y yo le besé el cuello donde el agua le corría.

Melissa empezó a decir que había pensado, mientras se dormía, que tal vez por la mañana yo querría que esto volviera a ser un secreto de una noche, y entonces cortó la frase, la dejó a medias, y me miró por encima del hombro con esos ojos verdes despejados.

«Trátame como lo que tu mujer no es en esta casa», pidió. La voz le salió entera y luego se le hizo más pequeña, como si ya hubiera decidido que era demasiado. «Fóllame otra vez. Aquí. Y después voy a volver cada vez que esté vacía.»

No le pregunté si lo había pensado bien. Se lo había pensado en el umbral, en la cocina, contra la almohada. Le abrí las piernas con la rodilla, le metí dos dedos en el coño todavía sensible y la encontré húmeda otra vez, mezclada con el agua. Le froté el clítoris con el pulgar mientras le hablaba al oído, llamándola mía en esa ducha, puta guardada, la que se enjabona con lo que no le pertenece. Ella apoyó la frente en el azulejo y empujó el culo hacia mí.


La follé de pie, bajo el agua caliente, con una mano en su nuca y la otra en su cadera. La entrada le costó un segundo, hinchada de la noche, y luego me la tragó hasta el fondo con un sonido que se perdió en el chorro. La tomé despacio al principio, profundo, dejándole sentir cada centímetro, y después más rápido, el cuerpo de ella golpeándome, los pechos aplastados contra la pared mojada. Le hablé sucio otra vez, sin inventar una versión más amable de lo que éramos. Le dije que su marido no iba a saber en qué cama había dormido. Le dije que yo sí iba a saberlo cada vez que abriera esa puerta. Melissa se corrió con un grito corto, el coño apretándome a tirones, y yo la seguí, llenándola otra vez, sujetándola para que no se le doblaran las rodillas.

Nos quedamos así, juntos, con el agua bajándonos por la espalda. Ella se rio de pronto, tarde, cuando ya no había nada que suavizar, una risa pequeña y pícara que le nació solo después de haber comprobado que yo no iba a usarla en su contra.

«Esto se ha acumulado», dijo, y no añadió que lo hubiera elegido con un plan. Se giró, me besó con la boca todavía abierta por el cansancio, y salimos. Se secó con la toalla que no era la suya. Se vistió con la ropa de la noche anterior, arrugada, y se sentó en la cocina a beber el café que yo le puse como si aquella fuera, de algún modo, una mañana normal.

Sacó el teléfono. La vi escribir sin que la mano le temblara. El mensaje era corto. Estoy trabajando. Se lo mandó a su marido y bloqueó la pantalla. El anillo le brilló al dejar el vaso. En la mesa, junto a las llaves de mi mujer, yo había dejado otra. Una copia. Melissa la miró y no preguntó de qué puerta era.

«Cada vez que la casa esté vacía», repetí, para que quedara dicho entre los dos. Ella asintió, guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta y se levantó. No hubo una escena de despedida. Hubo un beso en la boca, hondo, y la certeza de que yo la iba a volver a tener en esa cama, en ese lado, con esa almohada.


La acompañé hasta la puerta por la que la noche anterior no la había dejado pasar del todo. Nottingham olía a primavera húmeda y a autobuses. Melissa se detuvo un segundo en el umbral, ahora de salida, y me miró como se mira a alguien con quien ya no hay distancia que fingir. Los números de hombres que no debería guardar seguían en su teléfono, debajo de la mentira de que estaba trabajando, debajo de la chica reservada que publicaba desde su piso. Eso ya no era más que el disfraz. Lo que quedaba, lo que se llevaba en el bolsillo, era la llave de una casa que no era la suya y el papel de la amante que entra cuando la esposa no está.

«No borres el mío», le dije, y ella sonrió apenas, sin prometer nada en voz alta porque ya no hacía falta.

La vi bajar los dos escalones del jardín delantero. Se iba de la casa con la llave en la palma y con esa calma nueva que le había dejado la cama ajena. Yo supe, mirándola alejarse hacia la acera mojada, que la próxima vez que su marido estuviera en el trabajo ella no iba a estar en su piso.