
Amira y el rival del hangar
Novela erótica enemigos amantesRomance11 min de lectura
Un relato de Amira Mahmoud
Tras un vuelo nocturno en Dubái, Amira se encuentra en el hangar con Yusuf Darwish, dueño de la charter rival que la acusa de filtrar rutas en sus publicaciones. El enfrentamiento se vuelve sexo casi enseguida. Los dos lo eligen, incluso cuando un técnico adulto los ve y no paran.
El hangar del aeropuerto privado olía a combustible frío y a metal cuando yo, Yusuf Darwish, de treinta y un años, dueño de la compañía de jets que le disputaba cada contrato de invierno a la suya, esperé junto al fuselaje. Dubái, a esa hora, se había quedado sin turistas y solo quedaban las luces de las pistas y el viento seco de enero. Amira Mahmoud, veintidós años, acababa de cerrar el servicio del vuelo nocturno con la misma precisión con la que publicaba cada escala, cada copa, cada rincón de cabina. Yo no había venido a felicitarla. Había venido a acusarla de hundir a mis clientes con esas rutas contadas al mundo antes de que el tren de aterrizaje tocara suelo.
Ella caminó hacia mí con el abrigo abierto sobre el uniforme, el pelo todavía recogido del turno, la boca pintada como si el trabajo no hubiera terminado. No me miró hasta que estuvo a dos pasos. Lo que estaba en juego no era un hashtag. Si ella se entregaba a un hombre que la trataba como enemiga, perdía la distancia que la mantenía a salvo en esa vida de altura. Si se negaba, yo podía manchar su nombre en el circuito de jets y, además, en mi bolsillo vibraba un teléfono que ella todavía no había visto.
«Has venido a pelearte con una foto», dijo Amira, y la frase le salió breve, burlona, como si el dinero no mereciera ponerse serio. Yo sentí el golpe de esa ligereza y no bajé la voz.
«Filtras horarios. Filtras escalas. Mis pasajeros encuentran el aparato de al lado vacío porque tú lo contaste antes de aterrizar.»
Ella recostó un hombro contra el metal frío y me sostuvo la mirada sin dejarse interrogar. El uniforme le ceñía la cintura. El hangar, enorme y casi vacío, devolvía el eco de nuestros zapatos.
«Si se te van, Darwish, no es por mis historias. Es porque tu servicio sabe a permiso pedido», contestó, y yo di un paso que acortó el aire entre los dos.
Nos agarramos sin aviso. Mi mano le tomó la nuca y la suya me apretó la solapa con una fuerza que no pedía disculpas. El beso fue rabia, dientes, lengua, el sabor a menta del café de cabina. Amira no cerró los ojos del todo. Yo sentí su respiración caliente contra mi boca y supe que ella también había elegido esto, incluso si el odio profesional seguía intacto entre nosotros como otra capa de uniforme.
Me empujó hacia el tren de aterrizaje. Las rodillas de ambos rozaron el frío. Con una mano me abrió el cinturón. Con la otra me bajó la bragueta sin preguntar si podía, y ese gesto era una respuesta a todo lo que yo le había dicho junto al fuselaje. Yo miré hacia las puertas del fondo y no vi a nadie todavía. El deseo me pesaba en la entrepierna con una urgencia que no tenía nada de contrato.
«No me trates como personal de cabina», murmuró ella contra mi vientre, y entonces se arrodilló. El uniforme se le subió un poco en los muslos. Yo le agarré el pelo recogido y no lo solté. Amira sacó mi polla ya dura, me miró una vez desde abajo con esa independencia que se niega a representar a nadie, y echó la cabeza hacia adelante.
Su boca estaba caliente y húmeda. La sentí rodearme con los labios, bajar hasta donde podía, volver a subir con la lengua plana a lo largo del tronco. No era un servicio. Era una pelea. Yo gemí bajo y el sonido se perdió en el eco del hangar. Ella chupó con ganas, la saliva le brilló en la comisura, una mano me apretó los huevos mientras la otra se afirmaba en mi muslo. Yo empujé un poco más hondo y Amira no se apartó. Al contrario, abrió más la garganta y me sostuvo la mirada desde abajo, desafiante, dueña de lo que estaba haciendo.
El placer me subió por la espalda en una oleada que me obligó a apretar los dientes. Ella sacó mi polla, la lamió despacio desde la base hasta la punta, recogió un hilo de saliva con el pulgar y volvió a metérmela entera. El sonido húmedo era obsceno en aquel silencio de metal y de noche. Yo pensé en mis clientes, en las rutas robadas, en lo mucho que la odiaba por publicarlo todo, y al mismo tiempo no quería que parara. La lengua se le movía con una precisión sucia. Cada vez que llegaba al fondo, su garganta se contraía alrededor de mí y yo sentía que iba a perderme demasiado pronto.
La levanté antes de correrme. Amira se dejó alzar sin protestar, como quien decide el siguiente tramo de una ruta. Yo le bajé el uniforme por las caderas, las bragas incluidas, hasta dejarle el culo al aire y el coño expuesto al frío del hangar. Ella se agarró a un montante del tren de aterrizaje. Yo le separé los muslos con la rodilla y le pasé dos dedos por en medio. Estaba mojada. Muy mojada. El odio no le había secado nada, y esa evidencia me encendió más que cualquier acusación.
«Dilo», le pedí contra el cuello, la boca en su piel caliente.
«Métela», contestó ella, y no añadió ninguna cortesía de pasajero.
La follé de pie, de un empujón que la hizo jadear contra el metal. Mi polla se le hundió hasta el fondo de un solo golpe. El calor de su coño me apretó de inmediato, resbaladizo, hambriento. Yo la agarré de la cintura y empecé a dar embestidas secas, el cuerpo de ella temblando entre el tren y yo. Cada embestida le subía el uniforme un poco más. Los pechos se le marcaban contra la tela. Yo le bajé la cremallera del chaleco, le saqué un pezón oscuro y duro, lo pellizqué y lo chupé un segundo sin dejar de follarla, sintiendo cómo se le encogía el vientre contra mi mano.
Amira gemía con la boca abierta, la frente contra el acero. No pedía que parara. Yo le hablé al oído, bajo, acusándola otra vez de hundirme los contratos, y ella se rió en medio de un gemido, esa risa corta que convierte el rango en una broma y se niega a ponerse solemne. El sonido me hizo follarla más duro. El choque de mi cadera contra su culo llenó el hangar con un ritmo obsceno. Su coño me absorbía, húmedo, apretado, y yo sentía cómo se le aflojaban las rodillas y cómo las volvía a tensar para no caer. Le mordí el hombro por encima de la tela. Ella empujó el culo hacia atrás, buscándome más hondo, y yo se lo di, entero, una y otra vez, hasta que el metal del tren crujió bajo sus palmas.
«Más», dijo, y yo le abrí más las piernas con las rodillas, la levanté un poco del suelo y la empalé de nuevo, sintiendo el borde de su coño estirarse alrededor de mi polla. El invierno del hangar no enfriaba nada de aquello. Sudábamos. El uniforme le colgaba. Yo le froté el clítoris con los dedos mientras la follaba y Amira soltó un sonido que no tenía nada de profesional.
La llevé a las cajas de carga sin sacar del todo mi polla. Caminamos torpes, unidos, hasta el rincón donde los contenedores hacían sombra y el olor a cartón y a plástico se mezclaba con el queroseno. Amira se subió a una caja, me empujó el pecho para que me sentara en el borde y se montó encima con una decisión que no pedía mi visto bueno. El uniforme le colgaba de una pierna. Ella volvió a guiar mi polla hacia dentro y se dejó caer con un suspiro que me llegó al pecho como un golpe.
Yo le sujeté las caderas. Ella se movía con una independencia feroz, subiendo y bajando, el clítoris rozándome en cada bajada. Sus manos se apoyaron en mis hombros. El pelo se le soltó un poco y le cayó sobre la mejilla. Yo le miré la cara, veintidós años de voluntad escrita en la boca abierta, y entendí que no estaba cediendo a un enemigo. Estaba eligiendo el roce, el peso, la forma en que yo no le pedía permiso como los hombres de la cabina.
«Así», dijo ella, y aceleró. Yo la sujeté más fuerte, le marqué el ritmo con las manos, le metí un pulgar entre los labios del coño para frotarle el clítoris mientras ella se empalaba sola. Amira arqueó la espalda. El pezón que yo había sacado seguía fuera, oscuro, duro de frío y de ganas. Lo tomé con la boca otra vez, lo chupé, lo mordí con cuidado. Ella se agarró a mi pelo y tiró sin avisar, y esa falta de aviso me puso más duro dentro de ella.
El hangar seguía en silencio salvo por el sonido húmedo de su coño bajando sobre mi polla y por nuestra respiración. Yo sentía el borde de la caja clavárseme en los muslos y no me importaba. Amira se inclinó, me besó con dientes, y habló contra mi boca mientras se movía.
«Me odias y aun así no paras.»
«Tú tampoco paras», contesté yo, y la bajé hasta el fondo, sujetándola ahí un segundo, llenándola por completo, hasta que ella tembló y volvió a subir. El coño se le apretaba en oleadas. Estaba cerca. Yo también. Entonces oí un ruido al fondo, una herramienta que caía, un paso de suela sobre cemento.
Un técnico adulto se quedó quieto a unos veinte metros, el cuerpo recortado contra la luz de la pista, la linterna aún apagada en la mano. Nos había visto. Amira lo vio también. Su ritmo no se detuvo. Al contrario, se sentó más hondo sobre mi polla y me miró a los ojos con una osadía que pedía, sin palabras, que no parásemos. El desequilibrio de poder estaba ahí, dueño y azafata, rival y acusada, y los dos lo queríamos a la vista.
Yo no paré. La levanté un poco y la volví a bajar, follándola desde abajo, más visible ahora, más expuesta. El técnico no gritó. No se acercó. Tampoco se fue del todo. Amira gimió más alto a propósito, la voz clara en el hangar, y yo le abrí más las piernas sobre la caja para que se viera cómo mi polla entraba y salía de ella, brillante de ella misma, obscena, sin disculpa.
«Que mire», dijo ella, y la frase no era una queja. Era una elección.
Yo le apreté el clítoris con los dedos y la embestí más hondo, sin preguntarle si podía, sin esa educación de pasajero que ella despreciaba. Amira se corrió con un temblor que le recorrió los muslos, más fuerte que antes, la boca abierta contra mi sien, un gemido largo que no intentó callar. Supe que se corría precisamente porque yo no le había pedido permiso. El coño se le contrajo a rachas, mojándome hasta los huevos, y yo la sostuve para que no se cayera de la caja. El técnico dio un paso atrás y desapareció entre los contenedores. Nosotros seguimos. Ella, todavía sacudida, movió la cadera en círculos lentos, como si el extraño hubiera sido parte del trato y no una interrupción.
«Otra», susurró contra mi cuello, y yo le di otra, más honda, mientras el eco de su orgasmo le dejaba las piernas blandas y la mirada húmeda de algo que no era solo placer. Había angustia ahí también, la de entregarse a un hombre que la trataba como enemiga, y aun así no se bajó.
No saqué la polla. Amira, todavía temblando, se quedó encima y buscó mi boca con una urgencia que ya no fingía distancia. Yo le agarré el culo con las dos manos, la levanté y la bajé tres veces más, y me corrí dentro de ella con un gruñido que me vació la garganta. El semen le llenó el coño a pulsos. Ella no se apartó. Lo recibió, lo apretó, dejó que se le saliera un hilo caliente por el interior del muslo mientras me besaba con esa misma rabia del principio, como si el odio y el orgasmo fueran la misma cosa.
Nos vestimos deprisa. Ella se subió las bragas sobre el desastre, se cerró el uniforme, se alisó el pelo con las palmas. Yo me abroché el pantalón con las manos todavía húmedas de ella. No hubo ternura de despedida. El odio profesional seguía ahí, ahora mezclado con el olor de lo que habíamos hecho y con el frío que volvía a entrar por las puertas altas del hangar.
Al recoger mi móvil del suelo, donde se me había caído junto a las cajas, Amira lo tuvo un segundo en la mano. La pantalla se encendió sola. El mensaje de su tío estaba abierto en la vista previa, pidiéndome que la devolviera a casa, a la seda, a lo que ella había dejado atrás cuando eligió la altura. Yo vi cómo se le endurecía la boca. No preguntó. Me devolvió el teléfono como se devuelve una prueba, y en esa negativa a interrogarme había más miedo del que ella habría admitido.
«Enemigos, entonces», dije yo, abrochándome la chaqueta, la voz más baja de lo que pretendía.
Amira se cerró el abrigo hasta el cuello. La duda le cruzó los ojos con una claridad que me dolió más que la acusación de las rutas: si yo la había odiado de verdad o si el enfrentamiento era un encargo para devolverla a los telares de su familia. Esa duda se la llevó puesta. También se llevó, y yo lo vi en la forma en que me miró al irse, la certeza incómoda de que el rival la había excitado más que cualquier cliente que le pide las cosas con educación de cabina. Nos separamos como enemigos. El hangar, de pronto, pareció demasiado grande para lo que acababa de pasar.
Se detuvo en la puerta. Sacó su propio teléfono y escribió algo con el pulgar, rápida, como quien anota no una ruta sino una regla nueva. Luego levantó la cara hacia mí, y la frase le salió breve, casi una broma, aunque no lo era.
«Quiero a un hombre que no pida permiso. El próximo chárter ya está confirmado. Un millonario. Me pide en exclusiva y no va a aceptar que lo trate como un vuelo más.»
Caminó hacia la noche de invierno sin volver la cabeza. Yo me quedé junto al fuselaje, el rastro de lo que habíamos hecho todavía en el aire, y supe que el lazo que ella decía elegir no había terminado de apretarse. Mi teléfono vibró otra vez con el mismo tío. Yo no contesté.