
Amira y el millonario del yate
Novela eróticaRomance12 min de lectura
Un relato de Amira Mahmoud
En una cala de Ibiza, el millonario Mateo Ferrer, pasajero habitual, retiene a Amira a bordo cuando el resto del servicio adulto ya bajó. Quiere tenerla esa noche y no compartirla. Ella se queda porque lo elige, no porque no pueda irse.
El yate flotaba quieto en una cala estrecha de Ibiza, con el casco blanco contra el agua verde y el sol bajando detrás de los acantilados. Yo, Mateo Ferrer, treinta y seis años, pasajero habitual de aquel chárter de verano, había cancelado la salida a tierra con una llamada breve al capitán. El resto del servicio adulto ya había bajado en la lancha. Amira Mahmoud, veintidós, se había quedado en la cubierta de popa con una copa que no bebía, el vestido blanco pegado a las caderas por el viento caliente, y yo la miraba sabiendo que aquella noche no iba a compartirla con nadie.
La luz le daba de lado, le marcaba el cuello y la línea de la clavícula, y cada vez que el viento le movía el dobladillo yo veía un poco más de muslo, bronceado y quieto, como si ella supiera exactamente lo que yo estaba mirando y no tuviera prisa por cubrírselo. El hielo de su copa se había derretido. El vino apenas lo había tocado. Yo me acerqué despacio, con las manos en los bolsillos, oliendo la sal y su perfume cítrico que el aire caliente traía y se llevaba.
Había vuelto a encontrarla después de otra ruta, y esta vez no pensaba dejarla marchar con el resto. Ella me miró de reojo, se rio por lo bajo y no se puso solemne.
«¿Me retienes, Mateo? Qué dramático. La isla está ahí mismo.»
«Quédate», le dije. «Esta noche no hay más servicio. Solo tú.»
Amira giró la copa entre los dedos, se encogió de hombros como si el dinero y el rango fueran un chiste privado, y no se movió hacia la pasarela. Se quedó porque lo eligió. Yo lo supe en el modo en que apoyó la cadera contra la barandilla y me sostuvo la mirada sin bajar los ojos.
«Si me quedo», dijo, con esa voz baja que nunca pedía permiso, «no es porque me lo mandes. Es porque me da la gana de ver qué haces cuando no hay nadie más.»
Le quité la copa de las manos y la dejé sobre la mesa de teca. Sus dedos estaban fríos por el cristal. Los míos, calientes. No le respondí con un discurso. Le toqué la cintura, por encima del vestido, y ella no se apartó. El sol se iba. Los acantilados se volvían negros. Yo pensé, con una claridad casi grosera, que aquella boca, aquella risa, aquel cuello, no iban a ser de nadie más hasta el amanecer.
La llevé al salón antes de que el cielo se apagara del todo. Las cortinas de lino estaban corridas, el aire acondicionado olía a sal y a madera, y Amira se dejó guiar hasta el sofá largo sin preguntarme qué iba a hacer con ella. Le bajé la cremallera del vestido con calma, despacio, como quien abre algo que ya considera suyo. El tejido cayó a sus pies. No llevaba sujetador. Los pezones se le endurecieron al contacto del aire frío, y yo le tomé los pechos con las dos manos, apretándolos, lamiéndole primero uno y después el otro hasta que ella echó la cabeza atrás y soltó un sonido bajo, casi una risa contenida.
La piel se le había puesto de gallina. El salón estaba demasiado frío para un cuerpo desnudo, y yo lo noté en cómo se le tensaba el abdomen cuando mi lengua le rodeaba el pezón. Le mordí con cuidado, lo suficiente para que se le escapara otro sonido, y ella me agarró el pelo sin tirar, solo para tener algo que sujetar.
«No te pongas serio», murmuró, pero sus muslos ya se abrían cuando la tumbé de espaldas. Le quité la braga con un tirón y me la llevé a la cara. Estaba mojada. El olor de su coño me golpeó la garganta y yo metí la lengua entre los labios, lenta, posesiva, lamiéndole el clítoris con la punta mientras ella se agarraba al borde del sofá. No le pedí permiso. Tampoco ella me lo negó. La sujeté de las muñecas contra el cojín, por encima de la cabeza, y sentí cómo se le tensaban los brazos sin forcejear de verdad. Quería que la retuviera. Se le notaba en la forma en que levantaba las caderas contra mi boca.
La lamí más despacio de lo que ella quería. Se lo dije sin palabras, manteniéndola abierta, saboreándola, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración cada vez que mi lengua volvía al mismo sitio. Amira movía las caderas, impaciente, y yo le apreté las muñecas un poco más, no para hacerle daño, sino para que entendiera que yo decidía el ritmo.
«Mateo», dijo, y no era una queja. Era un aviso de que se le estaba acabando la paciencia juguetona.
Me desabroché el pantalón, saqué la polla ya dura y froté la punta contra su entrada. Entró de un empujón largo, hasta el fondo, y Amira jadeó con los ojos abiertos, mirándome. La follé con calma, profundo, sin prisa, sujetándole las muñecas con una mano mientras la otra le apretaba la cadera contra el sofá. Cada embestida la hacía temblar. El salón se llenó del sonido húmedo de mi polla dentro de ella y de su respiración entrecortada.
Estaba caliente, estrecha, y se me adaptaba con una facilidad que me encendía más que cualquier teatro. Yo le miraba la cara, el modo en que se le abría la boca sin llegar a gemir del todo, el modo en que se le humedecían las pestañas. Le besé el cuello, le mordí el hombro, y ella rio otra vez, breve, como si el hecho de que yo la quisiera así le resultara casi cómico y al mismo tiempo inevitable.
«No voy a compartirte», le dije, pegado a su oído, sin soltarle las muñecas. «Esta noche eres mía. Nadie más te toca.»
Amira se corrió conmigo todavía dentro, apretándome la polla con el coño, la espalda arqueada, un gemido que no pidió que parara ni que la soltara. Seguí moviéndome dentro de ella mientras se le pasaba el temblor, lento, dueño, y ella no apartó las muñecas de mi agarre. Me miró con esa sonrisa pícara que se niega a volverse grave, y yo le besé la boca abierta, tragándome el aire que le faltaba.
La subí al camarote principal cuando ya era de noche. La cama era ancha, las sábanas de un blanco que el yate renovaba cada salida, y Amira se arrodilló en la alfombra sin que yo se lo pidiera del todo. Me desabrochó el cinturón con dedos seguros, me bajó la ropa y me tomó la polla con las dos manos, pesándola, mirándola como si decidiera el ritmo ella. Se la metió en la boca de un golpe, hasta casi la garganta, y yo le agarré el pelo oscuro sin tirar de más, solo para sentirla.
El calor de su boca me recorrió la espalda. Vi cómo se le hundían las mejillas, cómo se le humedecían los ojos un instante y después se le aclaraban, desafiantes, como si tragarme fuera un juego que ella también sabía ganar. Le acaricié la mejilla con el pulgar, sentí el movimiento de su lengua por debajo, y no dije nada durante un rato porque no hacía falta.
Chupaba con ganas, sucio, la saliva resbalándole por la barbilla, los ojos levantados hacia los míos. Le gustaba tenerme así. Se lo noté en cómo se le humedecía otra vez el coño, en cómo se mecía sobre los talones mientras me lamía el glande y después se lo tragaba entero. Le hablé bajo, diciéndole que abriera más, que la quería así, de rodillas, con la boca llena de mí. Amira se rio con la polla todavía entre los labios, una vibración que me recorrió hasta los huevos, y volvió a bajar la cabeza con más hambre.
«Así», le dije. «Más. Quiero verte la cara cuando te la tragues.»
Ella obedeció a su manera, que no era obediencia sino gana. Me miró mientras bajaba, me miró mientras subía, y yo sentí el orgullo estúpido de un hombre que cree que ha conseguido algo que en realidad ella le está prestando.
Le sujeté la nuca y empecé a follarle la boca con cuidado de no hacerle daño, profundo, constante. Ella se agarró a mis muslos y no se apartó. Cuando sentí que estaba a punto, me retiré. Un hilo de saliva unió su labio inferior a mi polla. Amira se pasó el dorso de la mano por la boca, me miró desde abajo y dijo, sin solemnidad ninguna:
«Si querías exclusividad, podrías haber empezado por pedirme la cena.»
La levanté, la tumbé en la cama y le abrí las piernas. Quería volver a estar dentro.
La penetré otra vez, esta vez de lado, una pierna de ella alzada contra mi pecho, mi mano cerrada alrededor de su muñeca contra el colchón. El camarote olía a sexo y a su perfume, algo cítrico que se había mezclado con el sudor. La follé despacio al principio, sintiendo cada centímetro, cómo su coño me apretaba y se abría, cómo se le humedecían más los muslos. Después aceleré. El sonido de mis huevos contra ella llenó el camarote. Amira gemía contra la almohada, el pelo pegado a la sien, y cada vez que yo le decía que no se vistiera, que se quedara desnuda para mí, ella asentía con un sonido que no era una palabra.
Le miré el pecho, cómo se le movía con cada embestida, cómo se le había puesto oscuro el pezón. Le besé la rodilla que tenía contra mí, le apreté la carne del muslo, y ella me miró de reojo, con la boca abierta contra la sábana, y dijo algo que se perdió en un gemido.
«No te vistas», le repetí, metiéndole dos dedos en la boca para que los chupara. «Quiero verte así hasta que amanezca.»
Ella chupó mis dedos con la misma gana con que me había chupado la polla, y yo la follé más fuerte, sujetándole la muñeca, el cuerpo cubriéndola. Se corrió otra vez, más callada, un temblor largo que le recorrió el vientre y me apretó hasta casi hacer que me corriera yo también. Aguanté. Me retiré, le di la vuelta y la puse a cuatro patas, las nalgas altas, el coño brillante. Volví a entrar de un empujón y la tomé así, con las manos en sus caderas, viendo cómo mi polla desaparecía dentro de ella. Amira empujaba hacia atrás, buscándome, y yo le dije que era mía esa noche, que no iba a dejar que nadie más la usara. Ella no me pidió que parara. Se dejó retener.
Le di una palmada en el culo, no fuerte, y ella rio contra la sábana, esa risa que me desarmaba y me encendía a la vez. Le agarré el pelo, le eché la cabeza atrás lo justo para verle el perfil, y seguí, más hondo, hasta que se le entrecortó otra vez la voz.
Cuando me corrí, lo hice dentro, profundo, sujetándola contra mí mientras le llenaba el coño. Se quedó quieta un rato, respirando, y después se rio contra la sábana, esa risa breve que recorta cualquier intento de volver grave lo que acababa de pasar.
La cubierta estaba vacía. Ni tripulación a la vista, ni extraños, ni nadie que no fuéramos nosotros dos. El mar golpeaba suave el casco y las luces de la cala se veían lejos, como si Ibiza hubiera decidido no mirarnos. Amira salió desnuda, tal como le había pedido, con mi camisa abierta sobre los hombros y nada más. La recosté contra el asiento de la popa, me arrodillé entre sus piernas y la lamí otra vez, saboreando mi propio semen mezclado con ella, sucio, lento, hasta que se le pusieron duros otra vez los muslos.
El aire de la noche le erizaba la piel. Yo le sujeté las rodillas abiertas, le besé el interior del muslo, y ella me puso una mano en la cabeza, no para apartarme, sino para guiarme un poco más arriba, impaciente otra vez, dueña de su propio placer incluso cuando se dejaba retener. La lamí hasta que se le quebró la voz, hasta que me apretó el pelo y me dijo, entre dientes, que no parara.
Después se arrodilló ella. Me tomó la polla en la boca bajo las estrellas, el pelo cayéndole hacia adelante, y yo le sujeté la cabeza con las dos manos. Me corrí en su boca. Amira se lo tragó, me miró, se pasó la lengua por el labio y se recostó de nuevo, abriendo las piernas. La penetré allí mismo, de pie yo, ella con el culo en el borde del asiento, las rodillas al pecho. La follé con la brisa en la espalda, oyendo el agua, viéndole los pechos moverse con cada embestida. Le sujeté las muñecas contra el cojín otra vez. Se dejó. Se corrió con un gemido que se llevó el viento, y yo seguí, más hondo, hasta correrme otra vez dentro de ella, apretándole las nalgas, sin salir hasta que se me pasó el pulso.
«Te gusta que te retenga», le dije, todavía dentro, la frente contra la suya.
Amira me besó, juguetona, y no negó nada. Tampoco firmó nada con la boca. Solo se quedó un rato así, desnuda en mi yate, con mi semen resbalándole por el muslo, eligiendo no irse todavía.
Amaneció de un rosa sucio sobre el agua. Yo tenía el contrato en la mesa del salón, una hoja breve que la sacaría de las rutas, que la dejaría a mi disposición, exclusiva, pagada de un modo que su familia de seda habría entendido mejor que ella. Amira lo leyó de pie, todavía sin vestirse del todo, con mi camisa y el pelo revuelto. Se rio. No se puso solemne. Dobló la hoja sin firmarla y me miró como quien ya ha dejado una ruta y no piensa volver a ella con otro nombre.
«Eso sería un deber, Mateo. Yo ya he dejado los deberes. Esta noche me he quedado porque he querido.»
La senté encima de mí en el mismo sofá de la tarde anterior. Ella se guió mi polla hasta el coño, húmeda todavía, y se la metió de un descenso lento, las manos en mi pecho. La follé desde abajo, sujetándole las caderas, viéndola montarme con esa independencia que no se disculpa. Se movía a su ritmo, buscando su propio orgasmo primero, y yo se lo di, apretándole el clítoris con el pulgar mientras ella se corría encima de mí, la cabeza echada atrás, la camisa abierta. Me corrí dentro otra vez, agarrándola, y ella se quedó sentada un momento, respirando, antes de bajarse.
Se vistió sin prisa. El vestido blanco, las sandalias, el pelo recogido a medias. Bajó del yate por la pasarela cuando la lancha volvió a acercarse. No firmó. Me costó el enfado de no haberla comprado del todo, y la prueba, todavía caliente, de que le había gustado que la retuviera una noche entera.
Llamé a la operadora desde el puente, con Ibiza ya despierta y el yate todavía anclado. Le dije que Amira Mahmoud había rechazado un acuerdo privado. Que no había sido un no educado de tripulación, sino una negativa clara a la exclusividad. La voz al otro lado tomó nota con esa frialdad de quien ya está pensando en el siguiente parte. Amira tendría que rendir cuentas ante su jefe, el hombre que sí podía tratarla como personal, y yo colgué sabiendo que aquella cuenta, la que ella llevaba de quién la miraba como persona y quién no, acababa de sumar un número que no le iba a gustar.