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Amira Mahmoud

El matrimonio de conveniencia de Amira

Novela eróticaRomance12 min de lectura

Un relato de Amira Mahmoud

Amira acepta casarse con Farid Al-Najjar, heredero de una casa de seda aliada, para cerrar un trato entre adultos y no hundir el negocio familiar. La boda es en la finca, solo invitados adultos. Esa noche consuman el matrimonio porque los dos lo quieren.

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Firmé con el nombre completo, Farid Al-Najjar, en la mesa baja del salón principal de la finca. La luz de primavera de Dubái se colaba por las celosías, aquellos paneles de madera calada que partían el sol en rayas pálidas sobre el papel del contrato. Amira Mahmoud tenía veintidós años y yo treinta y cuatro. El notario, que no admitía menores en la propiedad ni preguntas ociosas, nos miró como se mira a quienes ya han decidido. Ella había volado meses como azafata de jets privados. Yo heredaba una casa de seda aliada a la suya. El matrimonio no era un capricho. Era el cierre de un trato entre adultos para que el negocio familiar no se hundiera, y los dos lo sabíamos mientras la pluma bajaba.

Amira había llegado a esta finca con la cuenta ya hecha de quién la había mirado como persona, y yo no iba a pedirle los nombres. Llevaba un vestido claro. El pelo iba recogido sin adorno de más. La mano que sostenía la pluma no le temblaba. Yo no pensaba hablarle como se le habla a quien sirve en cabina, ni con el tono que se reserva para un emblema de esta ciudad. Iba a dirigirme a ella como a la mujer que había elegido el papel con los ojos abiertos.

De día casi no nos tocamos. Recibimos a invitados adultos en el patio. Bebimos té junto a la fuente y dejamos que los mayores hablaran de telares y de la estación. Cuando mi hombro rozó el suyo, ella no se apartó y yo no insistí. Había una distancia que los dos respetábamos a la luz, como si el papel firmado aún no hubiera bajado al cuerpo. El sol cayó. Los invitados se fueron. Quedamos la finca, el silencio de los pasillos y la habitación nupcial al fondo del ala este.

En el umbral me detuve. Le dije, con la voz más baja de lo que yo mismo esperaba, que no iba a tratarla como personal de cabina ni como hija de los zocos que alguien quiere devolver a casa. Estaba aquí porque lo había decidido. Amira inclinó la cabeza. Su boca se curvó con esa burla breve que usa cuando alguien menciona el deber.

«Si esto fuera una ruta», dijo, «ya habría cerrado la puerta del galley».

Luego entró sin esperar a que yo la invitara. La cocina estrecha de los jets se quedó atrás, junto con el resto de las frases que ella sabía usar para zafarse.


La habitación olía a madera nueva y a las flores que alguien había dejado en un cuenco junto a la cama. Amira se quitó el vestido con una calma que no pedía permiso. Yo cerré la puerta. Me quité la chaqueta sin prisa y la miré mientras la tela clara caía a sus pies. Tenía el cuerpo de quien ha trabajado de pie muchas horas y aun así se sostiene derecha: los pechos firmes, el vientre liso, los muslos que yo ya quería abrir. Me acerqué. Le toqué la nuca. Ella levantó la cara y me besó con una boca que no fingía timidez.

La besé más hondo, con una mano en su cintura, y sentí cómo se le humedecía el sexo contra mi muslo cuando la apreté. Amira bajó las manos a mi cinturón. Lo abrió. Se arrodilló sobre la alfombra sin que yo se lo pidiera. Me sacó la polla ya dura y me miró un segundo, no como quien sirve, sino como quien toma. Entonces abrió la boca y me la metió hasta que sentí el calor húmedo de su garganta y el roce de su lengua por debajo.

«Así», dije, y la voz me salió más ronca de lo que pretendía. «Chúpame despacio. Quiero verte».

Ella no contestó con una broma. Se quedó con los labios apretados alrededor de mí y empezó a subir y bajar la cabeza, chupándome con una succión constante que me sacó el aire. Le agarré el pelo, no para forzarla, sino para sentir el movimiento. Ella gimió con la boca llena y ese sonido me recorrió hasta los huevos. La saliva le brillaba en la comisura. Yo la miraba arrodillada en nuestra noche de bodas, con mi polla entre los labios, y el contrato de la mañana se volvía carne de un modo que ningún notario podía firmar.

Amira me acarició los testículos con la palma libre mientras me chupaba más profundo. Yo sentí el impulso de correrme demasiado pronto. Le aparté la frente con suavidad. Ella se quedó con la boca abierta, la respiración agitada, los ojos oscuros fijos en los míos.

«Si sigues así me corro en tu boca antes de entrar en ti», le dije.

Ella se pasó el dorso de la mano por los labios y se levantó. No dijo nada de seda ni de rango. Me empujó hacia la cama con las dos manos en el pecho, y yo me dejé caer de espaldas porque quería que ella mandara ese tramo.


Me incorporé y la recosté a ella. Le abrí las piernas con las palmas. Estaba mojada de un modo que no se finge, el coño brillante, los labios hinchados. Cuando pasé dos dedos por su raja, ella arqueó la espalda y soltó un sonido bajo que me encendió más que cualquier palabra. La besé en el interior del muslo. Después en el clítoris, despacio. Amira se agarró a las sábanas y dijo mi nombre como si acabara de decidir que podía usarlo. Me subí sobre ella. Le aparté un mechón de la cara. Entré en su coño con un solo empujón largo, hasta el fondo, y los dos nos quedamos quietos un segundo porque el ajuste era demasiado justo y demasiado bueno.

Empecé a follarla despacio. Cada embestida era completa, sin prisa. Yo sentía cómo su interior me apretaba y cómo ella subía las caderas para recibirme. Le hablé cerca de la boca, sin el registro de una azafata y sin el de un trato cerrado:

«Te siento. Estás empapada y me estás agarrando por dentro».

Amira cerró los ojos y los abrió otra vez. En esa mirada había un desasosiego que no era rechazo. Era el peso de haber elegido esto y de no poder ya fingir que solo quería altura.

Poco a poco fui más hondo y más fuerte. Le sujeté las muñecas contra la cama, no para hacerle daño, sino para que sintiera la diferencia de fuerza. Ella abrió más las piernas y me pidió con la cadera que no parara. La follé con embestidas cortas y duras que hacían chocar nuestros cuerpos, y el sonido húmedo llenó la habitación. Amira gemía con la boca abierta, sin esa ironía con la que suele desviar el dinero y la familia. Yo le chupé un pezón mientras le daba más fuerte. El poder entre nosotros no era un disfraz. Yo era el marido que su casa había aceptado y ella era la mujer que se había puesto debajo de mí por voluntad propia, y los dos lo queríamos con una claridad que dolía un poco.

«Farid», dijo, y la voz le tembló. «No pares. Quiero sentirte entero».

Se lo di. La tomé de la cintura y la follé hasta que las sábanas se arrugaron bajo su espalda. Ella se corrió con un espasmo que me apretó la polla de un modo casi doloroso. Seguí dentro, más lento, dejándola bajar. Le besé la frente porque el temblor no era solo placer. Había algo más, algo que ella no había publicado nunca, y yo lo sentí contra mi pecho.


La dejé recobrar el aire. Le traje agua del jarro de la mesilla. Amira bebió sentada contra los almohadones, desnuda, con una marca rosada en la muñeca donde yo la había sujetado. Yo me senté a su lado sin cubrirme. Durante un rato no follamos. Hablamos de la finca, del jazmín del patio, de cómo el notario había leído las cláusulas una sola vez. Ella se rió bajito cuando mencioné a los mayores hablando de telares, y esa risa no era la burla con la que suele zafarse del deber. Era más cansada, más cercana.

«De día no me has tocado», dijo, y me miró de reojo.

Yo le contesté que de día el trato era público y de noche era nuestro. Ella asintió como quien acepta una regla que ella misma ha pedido. Le pasé los dedos por la clavícula y bajé hasta un pecho. El pezón se le puso duro otra vez bajo la yema. El desasosiego volvió a su cara un instante, esa fisura entre la mujer que se fue de los zocos y la que acababa de firmar, y yo no la empujé con palabras. La besé en la boca con lentitud. Ella se subió a horcajadas sobre mí sin que se lo pidiera.

Se dejó caer sobre mi polla con un gemido que le nació en la garganta. Yo le agarré las caderas mientras ella empezaba a montarme. Amira se movía con el cuerpo entero, subiendo hasta casi sacarme y bajando hasta que sus nalgas tocaban mis muslos. Yo le veía los pechos temblar y el vientre contraerse.

«Mírame», le dije.

Ella me miró. En esa posición el desequilibrio era visible: yo debajo, más corpulento, mayor, sosteniéndola, y ella arriba eligiendo cada bajada. Le apreté el culo con las dos manos y la guié más fuerte. Ella se apoyó en mi pecho y se folló contra mí con una urgencia que ya no era juego.

El coño se le oía. Estaba tan mojada que cada vez que bajaba un chasquido húmedo llenaba el cuarto, y yo le hablé sucio porque los dos lo queríamos así.

«Tu coño me está ordeñando. Si sigues así me voy a correr dentro, Amira».

Ella no desvió el comentario hacia una ruta ni hacia un rango. Asintió, con el pelo suelto cayéndole sobre la cara, y se movió más rápido, buscándose el clítoris contra mi pubis. Se corrió otra vez montada, con un grito corto que apagó contra mi cuello. Yo la sostuve mientras se le iban las sacudidas, todavía duro dentro de ella, todavía sin correrme.


La recosté de lado. Le limpié el sudor de la sien con los dedos. Durante un rato largo solo se oyó nuestra respiración y el rumor lejano del jardín. Amira tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, y yo vi el conflicto recorriéndole la cara con una honestidad que de día no se había permitido. Si se entregaba del todo, moría la marca de la mujer que había roto con el deber y lo había contado en público. Si se reservaba, el trato se quedaba hueco y ella podía volver a las rutas como si esta cama no hubiera ocurrido. Yo no le resolví esa cuenta. Esperé.

Entonces Amira se volvió hacia mí y dejó las frases cortas. Me tomó la cara con las dos manos. Su voz salió entera, sin esa costumbre de recortar el tema cuando duele.

«Quiero que me folles como esposa. No como un desvío de las rutas. No como la que eligió la altura para no deberle nada a nadie. Tómame como tuya, Farid. Si me reservo ahora, esto no sirve, y yo no he firmado para quedarme a medias».

El desasosiego estaba ahí, a la vista, y también el deseo. Los dos lo queríamos, y el desequilibrio de edad, de casas y de papel no lo disimulamos.

La besé con una lentitud que era una respuesta.

«Te he oído», dije. «No te voy a follar como un pasajero que cierra la cortina. Te voy a follar como tu marido, y te vas a quedar con eso mañana».

Amira asintió, y por primera vez en toda la noche no se rió de la seda ni del rango. Se tumbó boca arriba y me abrió las piernas. En esa ofrenda había más valentía que en cualquier publicación que ella hubiera escrito a diez mil metros.


Me coloqué entre sus muslos y volví a entrar en ella, esta vez sin la formalidad de la mañana ni la distancia del patio. La follé como esposo, con el peso de mi cuerpo sobre el suyo, con embestidas hondas que la movían contra el colchón. Ella me rodeó con las piernas y me clavó las uñas en la espalda. Le hablé al oído mientras la penetraba:

«Eres mi mujer esta noche y lo serás cuando salga el sol. Este coño es mío porque me lo has dado, no porque tu casa me lo encargara».

Amira gimió que sí, y no había ironía en esa afirmación. Había miedo y ganas mezclados, y yo los honré follándola más fuerte, sin hacerle daño, hasta que el golpe de mis caderas contra las suyas se volvió el único ritmo de la habitación.

Sentí que se me venía la corrida desde muy abajo. Le sujeté un muslo abierto y le di más profundo. Ella gritó mi nombre cuando el orgasmo le volvió a cruzar el cuerpo. Entonces me corrí dentro de ella, como esposo, con sacudidas que me vaciaron los huevos contra su útero, chorro tras chorro, mientras ella me apretaba y recibía. Me quedé clavado hasta el fondo, temblando, y sentí cómo el semen le llenaba el coño y empezaba a salir un poco alrededor de mi polla cuando aflojé. Le besé la boca, todavía dentro. Amira me sostuvo la nuca con una mano que ya no temblaba.

Lo repetimos más tarde, cuando el cansancio ya era otra forma de hambre. La tomé de rodillas en la cama, entrando desde atrás. Ella bajó la frente a la almohada y pidió que no parara. La follé así hasta que se corrió otra vez, más callada, más rota de un modo que los dos habíamos buscado, y yo me corrí de nuevo dentro, menos cantidad y la misma intención. Entre una vez y otra hablamos en voz baja. Nos reímos de lo ridículo que había sido no tocarnos junto a la fuente. Ella me confesó que el desasosiego no se iba del todo. Yo le dije que no tenía que irse en una sola noche. Le dije que el lazo ya estaba, público por la mañana y sexual ahora, y que lo que hiciera con eso le pertenecía.

Al final nos quedamos enredados, sucios de sudor y de semen. Yo le pasé la palma por la espalda hasta que el temblor se le apagó. Amira no bromeó. Se quedó pegada a mi pecho como alguien que acaba de pagar un precio que ella misma tasó, y yo la tuve así, sin devolverle la independencia que había contado al mundo, porque esa ya no era la verdad de esta cama.


El amanecer llegó gris y suave por las celosías. Amira se levantó desnuda, fue al lavabo y volvió con el pelo suelto. Se sentó al borde de la cama y tomó el teléfono. Yo la vi desde la almohada, sin preguntarle nada. Ella miró la pantalla un rato largo, con esa cara de quien sabe exactamente qué suele publicar y decide no hacerlo. Dejó el aparato boca abajo sobre la mesilla. No escribió. No subió la finca, ni el vestido, ni la noche. Se metió otra vez bajo la sábana y apoyó la frente en mi hombro, y yo sentí el peso de esa elección más que el de cualquier cláusula.

Se quedaba. El matrimonio de conveniencia ya no era solo un papel para salvar la seda. Era el cuerpo de ella contra el mío y el silencio de una cuenta que esta mañana no iba a actualizarse. Le costaba la independencia que había contado en público, la marca de la azafata que eligió la altura, y esa consecuencia la seguía ahora, despierta, casada, con mi semen todavía entre los muslos. El lazo ya era público y sexual. Lo que publicara o callara a partir de ahora sería la vida de una mujer casada por elección, no la de la azafata que se fue, y yo la abracé sin pedirle que lo resolviera antes del desayuno.