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Emma en la finca de luna de miel
Relato eróticoVacaciones11 min de lectura
Un relato de Emma Grace
Emma reserva una finca de luna de miel en Mallorca con un anillo que no es suyo. Allí aparece un hombre que ha perdido la boda y no ha cancelado la estancia. Los dos aceptan que el personal los trate como recién casados.
La reserva seguía a mi nombre cuando llegué a la finca, una casa de piedra entre almendros en el interior de Mallorca, con el calor de agosto pegado a las paredes y el jardín oloroso a romero. No había habido ceremonia que mereciera aquel letrero de luna de miel, y aun así nadie había llamado para anular los días. El silencio del campo se cerró en cuanto el taxi se perdió por la grava, un zumbido de cigarras tan constante que parecía parte de las paredes. En el patio, bajo el emparrado, Emma Grace estaba de pie con un vestido claro hasta las rodillas y un anillo en la mano izquierda que el sol hacía brillar con una insistencia casi indecente. El personal nos tomó por la pareja de la reserva sin esperar confirmación. Emma no desmintió nada. Sonrió a la mujer de la recepción con una cortesía que no dejaba resquicio, recogió la llave y contestó al deseo de una estancia feliz como si aquel señor y aquella señora de la ficha le vinieran bien. Subimos juntos la escalera de baldosa y la suite nupcial olía a lino tendido y a pétalos que alguien había esparcido sobre la cama de matrimonio, ancha, blanca, con un dosel que la tarde llenaba de sombra.
«Diego», dijo, y el nombre me cayó encima con una calma que no pedía disculpas. «Han supuesto que esta habitación es nuestra. Me parece una idea razonable, si a ti también te lo parece».
Asentí. Emma tenía veintiséis años y hablaba sin prisa, eligiendo cada frase como se elige un pendiente, y no ofreció ninguna historia que explicara el metal ni aquella compostura que parecía de otra década. El vestido le marcaba los hombros y el hueco de la clavícula; el anillo, al moverse, devolvía destellos contra las paredes blancas. Se acercó a la ventana, abrió la persiana un palmo y el jardín apareció abajo, con el camino de grava y las tumbonas todavía vacías.
«Si vamos a ser los recién casados de esta casa», añadió, «más vale que empecemos a parecerlo».
Me quité la chaqueta. El calor de agosto se me pegó a la camisa, quieto, espeso. Emma se giró de espaldas y me ofreció la cremallera del vestido con un gesto tan natural que habría jurado que lo habíamos ensayado. Bajé el cierre con dos dedos, despacio, y la piel de la espalda se le puso de gallina bajo el roce. La tela cayó hasta el suelo. Debajo llevaba un sujetador de encaje claro y unas bragas que ya no disimulaban el contorno del coño. La toqué en la cintura y se arqueó lo justo para que mi boca encontrara el hombro desnudo. El calor de su piel me subió por la garganta. Olía a jabón caro y a sol, a algo limpio que no coincidía con lo que estábamos a punto de hacer. La cama esperaba a dos pasos y el anillo brilló cuando alzó la mano para sujetarme la nuca y acercarme la boca.
La tumbé sobre aquella cama nupcial y le bajé las bragas despacio, enganchándolas con los dedos a la altura de las rodillas hasta que Emma las apartó de un golpe de tobillo. Los pétalos se le pegaron a los muslos y al hueco de la cadera, ridículos y blancos contra aquella piel. Me arrodillé entre sus muslos y le abrí los labios del coño con los pulgares. Estaba mojada, brillante, y el olor me subió a la cabeza como el vino de la tarde. Apliqué la lengua plana de abajo arriba, lenta, y ella soltó un sonido contenido que se le rompió en la garganta cuando encontré el clítoris y lo chupé con cuidado, luego con hambre. Emma alzó las caderas. Metí la lengua dentro y la follé así, húmeda, profunda, mientras los muslos le temblaban a ambos lados de la cara.
«Así», dijo, y la palabra le duró toda. «No pares ahora».
No paré. Dos dedos buscaron dentro el punto que la hizo arquearse de verdad, y la boca no se apartó del clítoris ni cuando se corrió la primera vez, apretándome la cabeza contra el coño con las dos manos, sin aquella compostura de abajo. Seguí lamiendo hasta que el temblor se le convirtió en una risa baja, casi incredulidad, y entonces me subí encima, me bajé el pantalón y le pasé la polla por la rendija mojada, sin entrar todavía, untándome en ella.
«Mírala», murmuré. «Está que chorrea».
Emma me miró a los ojos y abrió más las piernas. Entré despacio, hasta el fondo, y el calor de su coño me apretó entero. La follé con calma al principio, sacándola casi toda y volviendo a hundirme, porque quería sentir cada centímetro y porque ella, debajo, decía mi nombre como si aún estuviera probándolo. Luego le agarré las caderas y di más fuerte, más hondo, hasta que la cama golpeó la pared y los pétalos se nos pegaron a la piel. Emma se corrió otra vez, apretándome la polla por dentro con un espasmo que le subió por el vientre, y yo no saqué nada. Me corrí dentro de ella con un gemido que no intenté disimular, llenándola, empujando todavía mientras la leche me salía a pulsos contra el fondo de su coño.
La polla me quedó dura lo bastante. Se la saqué y se la acerqué a la boca. Emma no preguntó. Abrió los labios y me la metió, sabiéndose, chupando lo que le había dejado dentro y lo que aún goteaba por el palo. La lengua le daba vueltas a la cabeza y yo le sujeté el pelo para verla, para que viera ella también lo que hacía con aquella boca tan arreglada. Cuando me la saqué, un hilo de saliva y semen le unió el labio inferior conmigo.
«Qué sucia te he puesto», dije.
Emma se pasó el dedo por el labio y se lo metió en la boca, sin prisa, como si estuviera terminando un postre.
«Y todavía es de día», contestó. «La terraza está abierta».
La saqué desnuda al sol de la tarde. La terraza daba al jardín, con la barandilla de hierro caliente y el emparrado a media sombra, y abajo el camino de grava por donde cualquiera de la casa podía cruzar. Las baldosas quemaban en la planta del pie. Emma se apoyó de cara al jardín, las manos en el hierro, y abrió las piernas sin que yo se lo pidiera. Le pasé la polla otra vez por el coño, que seguía lleno de mí, y entré de un empujón, de pie, agarrándola de la cintura. Se le escapó un gemido más alto que los de la cama. Abajo, entre los olivos, un hombre cruzó despacio con un cesto y levantó la vista un segundo. Emma no se tapó. Empujó el culo hacia atrás para que le llegara más hondo.
«Que mire», dijo, y la frase le salió entera, sin atropellarse. «Has venido a follarte a tu mujer en la terraza. Hazlo de verdad».
La follé así, de pie, a golpes que le movían las tetas y le hacían sonar la carne contra la mía. El anillo golpeaba el hierro cada vez que ella se afirmaba. Le agarré un pecho con una mano y con la otra le busqué el clítoris, resbaladizo de semen y de ella, y se lo froté al ritmo de las embestidas. El hombre del jardín ya no estaba, o se había quedado detrás de un tronco; una pareja apareció luego por el otro sendero, lejos, y Emma gimió más alto, como si quisiera que el sonido bajara hasta ellos. Me corrí otra vez dentro, menos leche, igual de hondo, y me quedé clavado un momento, respirándole en el cuello, mientras el coño le latía alrededor.
No la metí dentro. La dejé allí, abierta, con los muslos temblando y un hilo blanco bajándole por el interior de la pierna hasta la rodilla. Emma no pidió que la cubriera. Siguió mirando el jardín con las mejillas encendidas y aquella boca que ya no disimulaba nada.
Me arrodillé detrás de ella, todavía en la terraza, y le aparté los labios del coño con los pulgares. El semen se le escapaba en un hilo espeso, mezclado con lo suyo, y lo recogí con la lengua de abajo arriba, lento, hasta el clítoris, y otra vez abajo, metiendo la lengua para sacar lo que aún tenía dentro. Emma soltó una risa corta que se le quebró cuando chupé de verdad, sucio, con la cara empapada, y se afirmó más en la barandilla para no cerrar las piernas.
«Diego, nos van a ver así», dijo, y no era una queja. El tono le duraba, elegante incluso ahora, con mi boca en su coño lleno. «Sigue».
Seguí. Le lamí los muslos, el pliegue, el agujero del culo que se le contraía cada vez que la lengua pasaba cerca. Abajo cruzaron dos mujeres por el camino de grava y una de ellas rio de algo que no tenía que ver con nosotros, o sí; Emma se recostó un poco más hacia mi boca, ofreciéndome todo, y yo le metí la lengua en el coño otra vez para no dejarle nada que no hubiera pasado por mí. Cuando me levanté, la cara me brillaba y ella se dio la vuelta, me besó, y se lamió lo que le dejé en los labios con una calma que me endureció otra vez contra su vientre.
«La ducha», murmuró contra mi boca. «Antes de que se nos seque encima».
El agua caliente nos golpeó el pecho en cuanto cerré la mampara. Emma se puso de cara a la pared de azulejo, las manos abiertas a la altura de la cabeza, y me miró por encima del hombro con el pelo ya pegado a la nuca. Le pasé dos dedos por el coño, todavía abierto y resbaladizo, y subí al culo, mojándoselo, abriéndole el agujero con paciencia hasta que el dedo se le hundió y ella empujó hacia atrás para pedirme el segundo. La polla me latía contra el muslo. Se la puse en el culo, la cabeza primero, y empujé despacio, muy despacio, hasta que el anillo de músculo cedió y me tragó.
«Joder», solté, y el azulejo se me quedó frío en la frente cuando me recosté contra ella. «Qué estrecho lo tienes».
Emma respiró hondo y empujó el culo un poco más, tomándome otro trozo.
«Fóllame ahí», dijo, y cada palabra le salió completa, sin prisa, como si eligiera el orden a propósito. «Hasta correrte. Quiero sentirte dentro del todo».
La follé el culo con la ducha cayéndonos por la espalda, primero con cuidado, luego con más fuerza cuando ella empezó a gemir contra el azulejo y a tocarse el clítoris con la mano libre. El calor, el agua, el apretón de aquel agujero me subieron demasiado deprisa. Le agarré las caderas y di hasta el fondo, una y otra vez, viendo cómo el culo me la devoraba y cómo el anillo le brillaba contra la pared mojada. Se corrió con los dedos en el coño y el culo lleno, un temblor largo que me la apretó tanto que me arrastró. Me corrí dentro del culo, hondo, con un gruñido que se me ahogó en su hombro, y seguí empujando hasta que no me quedó nada. Al sacársela, el semen se le escapó un segundo y el agua se lo llevó. Emma se rio, baja, y se dio la vuelta para besarme con la boca abierta, todavía temblando.
Por la noche bajamos otra vez a la terraza, ella con mi camisa abrochada a medias y yo con el pantalón sin cinturón. El jardín estaba a oscuras salvo las farolas bajas del camino, y el aire olía a tierra caliente y a jazmín. Emma se sentó a horcajadas encima de mí en la tumbona, se bajó sobre la polla de un golpe y se quedó quieta un momento, con las manos en mi pecho, mirándome como si el resto de la casa hubiera dejado de existir.
Empecé a moverla yo. Entré y salí de su coño con una calma que no había tenido por la tarde, y las palabras que no llegué a decirle a nadie en una iglesia se me salieron entonces, inventadas, sucias, dichas contra su boca mientras la penetraba.
«Yo, Diego, te tomo a ti, Emma, como mujer, esta noche y las que hagan falta, y te follo como se folla a una esposa el primer día, y no pienso sacártela hasta que lo jures también, aquí, con el jardín debajo y este anillo en la mano».
Emma se corrió en pleno voto, apretándome dentro, la frente contra la mía, un gemido que le nació muy abajo y se le rompió en un sollozo breve. No dijo que no era mi mujer. No corrigió ni una palabra. Se quedó encima, palpitando, y me besó como si el juramento hubiera valido. Me corrí poco después, otra vez dentro, y la tuve así un rato largo, con la camisa abierta y el anillo frío contra mi clavícula.
El domingo el desayuno nos lo pusieron en el patio como a todos los de luna de miel: zumo, pan, el silencio educado de quien no pregunta. Emma llevaba el vestido claro otra vez y el anillo en su sitio. Le pedí que se quedara la semana. La reserva seguía abierta, la suite también, y yo no tenía a dónde volver con prisa.
«No», dijo, y la negativa le salió entera, sin adorno. «No me quedo».
No discutió el motivo. Terminó el café, sacó el móvil y habló en voz baja con alguien que tomaba reservas, pidiendo un camarote a su nombre en un barco que salía de Palma esa misma tarde. Colgó, me miró por encima de la taza y sonrió con esa calma que no se explica nunca.
«El barco no es Nueva York», añadió. «Y no obliga a quedarse».
Me besó en la comisura, un instante nada más, y se levantó. El anillo seguía en su mano izquierda cuando cruzó el patio hacia el coche, brillante, ajeno, puesto como si aún significara lo que yo había querido que significara la noche anterior.