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Sana Mirza

Sana y el lobo del pinar

Relato erótico de hombre loboTerror Erótico11 min de lectura

Un relato de Sana Mirza

Sana baja a un pinar de la sierra a grabar al aire libre y se encuentra con el guarda que le pide que se vaya antes de la luna. Ella se queda. El hombre que la avisa no llega entero a la noche.

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La tarde se apagaba entre los pinos cuando la encontré. El pinar de la vertiente sur de la sierra de Guadarrama olía a resina y a hojas húmedas, y el viento de otoño movía las copas con un rumor seco que parecía contar algo que yo ya sabía. Ella había clavado el trípode en un claro pequeño y miraba la pantalla de la cámara como si el bosque pudiera acomodarse para ella. Sana Mirza tenía veintidós años y esa compostura de quien ha aprendido a quedarse quieta para que la miren, aunque aquí no había público, solo acículas bajo las botas y una luz que se iba sin pedir permiso.

Me detuve a unos metros. Llevaba el uniforme de guarda y la radio apagada a propósito, porque hay noches en las que no quiero que nadie me llame por el nombre que uso de día. La luna iba a salir entera y el calor ya me subía por los antebrazos, un aviso antiguo, anterior a cualquier reglamento. La vi llevarse la mano a la cadera, por encima de la ropa, como si algo le picara todavía desde otra parte, y no retiró los dedos enseguida.

«Tienes que irte». Lo dije sin alzar la voz, con el tono que uso para los senderos cerrados. «Antes de que suba la luna. Este tramo no es para quedarse».

Se volvió con una sonrisa cálida que no coincidía del todo con el sitio. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en la placa, en las manos, en la forma en que yo ocupaba el claro como si el pinar me hubiera puesto ahí.

«Te plantas como el cartel de prohibido», dijo, corta, casi divertida. «Como si el bosque te hubiera encargado el recado».

No expliqué nada. Un hombre en mi trabajo no cuenta lo que le ocurre a los huesos cuando el cielo se pone de ese color violáceo. Le repetí que el claro no era seguro, que el coche de abajo tardaba poco en quedar lejos, que la noche aquí no perdona a quien se empeña en grabar. Ella no recogió el trípode. Se quedó mirándome con esa calma de quien ha decidido una cosa y no va a discutirla con un extraño. El viento le movió el abrigo y yo olí, debajo del frío, un calor que no era mío.


La luna asomó por encima de la loma y el calor me subió por la espalda como si alguien hubiera encendido una hoguera debajo de la piel. Me quité la chaqueta porque ya no me cabía el pecho. Sana no recogió el equipo. Se quedó quieta, y esa línea de movimiento que tenía en la cintura, la de quien ha bailado mucho antes de posar, no se quebró cuando empecé a doblarme.

Los dedos se me ensancharon. La mandíbula me pesó de un modo sucio, como si la boca quisiera ser otra. Oí el primer hueso, el de la cadera, y el sonido fue húmedo, demasiado alto para un claro tan pequeño. Ella dio un paso hacia mí en vez de hacia el sendero. El segundo hueso me partió el aliento. Me caí a cuatro patas sobre las acículas y el uniforme se me abrió por las costuras con un ruido de tela rendida.

«Roque». Dijo el nombre como si lo hubiera leído en la placa y lo hubiera guardado. No preguntó si dolía. No retrocedió cuando la cara se me alargó y los dientes me llenaron la boca con un hambre que ya no era solo hambre de hombre.

No pude contestarle con palabras. El cambio me recorrió el pecho, los muslos, el sitio donde la polla se me endurecía contra lo que quedaba del pantalón, más gruesa, más impaciente, con un pulso que no reconocía del todo. Me arrastré hacia ella con las manos todavía a medio camino de ser otra cosa, y ella se arrodilló en las acículas para encontrarme. Le abrí el abrigo con uñas que ya cortaban. Debajo llevaba poco, tela fina de quien ha venido a grabar y no a huir del frío. Le bajé las bragas hasta las botas y las dejé ahí, enganchadas, y el olor de su coño me golpeó más fuerte que la luna. Estaba mojada. Lo supe antes de tocarla, porque el bosque entero me lo decía.

Pasé la lengua por el interior de su muslo y ella soltó un sonido bajo, casi una risa, como si aquello le pareciera exactamente lo que había venido a buscar. Le aparté las rodillas con las palmas y la miré: el coño abierto, brillante, el vello oscuro pegado a la piel por la humedad. No pedí permiso con la boca. Se lo pedí con el cuerpo, quedándome un segundo quieto, y ella fue quien se acercó, quien puso el coño contra mi hocico como quien ofrece algo que ha decidido dar.


La abrí con la lengua de un solo recorrido, lento, desde abajo hasta el clítoris, y el sabor me llenó la cabeza. Sana se echó hacia atrás sobre las acículas y yo la seguí, sujetándole las caderas contra el suelo para que no se me escapara. La tierra estaba fría. Ella no. Le metí la lengua dentro del coño y la follé así, profunda, mojada, oyendo cómo le temblaba el muslo contra mi oreja. La sujeté con más fuerza cuando intentó alzar la cadera, no para detenerla del todo, sino para tenerla donde yo podía alcanzarla. Las muñecas se le fueron hacia arriba, buscando algo a lo que agarrarse, y yo se las puse contra el suelo, una y otra, con las palmas grandes cubriéndoselas.

«Así», murmuró ella, y la palabra se le quebró cuando le chupé el clítoris. «Ahí. No pongas esa cara de guarda ahora».

La segunda pulla me llegó amortiguada por el pelo y por el hambre. Seguí. La lamió el coño con la lengua ancha, una y otra vez, hasta que las bragas olvidadas en las botas dejaron de importar y el claro entero olía a ella. Le metí un dedo, después otro, y el coño se me cerró alrededor con una avidez que me hizo gruñir contra la piel. La tenía inmovilizada de cintura para abajo, las rodillas abiertas a la fuerza de mis hombros, y aun así era ella quien empujaba contra mi boca, quien pedía más sin convertirlo en un discurso. La saliva se me mezclaba con lo suyo. Le di con la lengua en ese punto preciso hasta que las uñas se le clavaron en el dorso de mis manos y el cuerpo se le arqueó contra la tierra.

Se corrió en mi boca con un temblor largo, sin gritar, con los ojos abiertos hacia las copas. Seguí lamiéndola mientras se le acababa, más despacio, porque el sabor no me bastaba y porque el animal que yo era ya no iba a soltarla. Cuando alcé la cabeza, tenía la boca brillante y ella me miraba como si acabara de reconocerme y no le importara lo que viera.


La giré contra el suelo antes de que el temblor se le fuera del todo. La monté cubriéndola, el pecho contra su espalda, la polla pesada rozándole el culo y el coño todavía abierto. Le aparté el pelo del hombro con los dientes y ella no se encogió. Empujé. La cabeza se me metió de golpe, ancha, y el coño me la tragó con un sonido húmedo que me sacó un gruñido de la garganta. La follé así, hondo, con las manos clavándole las caderas al suelo para que cada embestida la llenara hasta el fondo. Las acículas se le pegaban a las rodillas. El abrigo le quedó abierto, inútil. Yo no pensaba en el uniforme ni en el trípode ni en el hombre que por las tardes pide a la gente que se marche.

Ella empujó hacia atrás para tomarme mejor. El coño se me apretaba a cada entrada, caliente, resbaladizo, y la polla me palpitaba de un modo que ya no era solo mío. Le mordí el hombro cuando el hambre se me subió a la boca. No fue un roce. Fue una dentellada de verdad, profunda, y la sangre me llenó los dientes con un sabor a hierro y a ella. Sana soltó un ahogado que no era de miedo. Se quedó quieta un segundo, clavada bajo mi peso, y después empujó otra vez, ofreciéndome el hombro como si la marca que quería no fuera ya la de la cadera.

La sangre le corrió hacia la clavícula. Yo seguí follándola, más bruto, sujetándola contra la tierra para que no se me fuera ni un palmo. El hombro me sabía a calor. Le lamí la herida sin soltarla y el sabor me encendió más la polla, que se me hinchaba dentro de ella de un modo que el hombre que yo soy de día habría detenido. No detuve nada. La mordida le temblaba bajo la lengua y ella decía mi nombre entre dientes, «Roque», una vez y otra, como si el nombre me anclara y al mismo tiempo me diera permiso para no ser solo eso.


El nudo me creció sin avisarme del todo. Se me hinchó la base de la polla dentro de su coño, ancha, imposible de sacar, y Sana se quedó inmóvil un instante, comprendiendo con el cuerpo lo que la boca aún no había dicho. La tenía clavada al suelo, el nudo llenándola, empujando desde dentro contra un sitio que la hacía abrir la boca sin sonido. Seguí moviéndome en lo poco que el nudo me dejaba, cortito, hondo, frotándole ese punto una y otra vez mientras la sangre del hombro se le enfriaba al aire.

«Sana». Pude decirlo cuando la mandíbula se me aflojó un segundo, cuando el hombre volvió lo bastante para encontrar el nombre. «Sana».

Ella apretó el coño alrededor del nudo y se corrió así, atada a mí, con un temblor que le recorrió los muslos y la espalda y me apretó la polla hasta dolerme de gusto. No se fue de debajo. Me agarró la muñeca que la sujetaba y la mantuvo ahí, como si soltarme fuera lo único que no iba a permitir. El nudo palpitaba. Yo palpitaba dentro. Seguí dándole esos empujones cortos, diciéndole el nombre cuando la boca me obedecía, gruñendo cuando no, y ella se corría otra vez, más baja, más larga, con la frente contra las acículas y el hombro sangrándole despacio.

Me corrí llenándola. La leche me salió a pulsos contra el nudo, una y otra vez, sin sitio por donde irse, y el coño se me quedó caliente y cerrado a mi alrededor. El animal quería seguir. El hombre también. Ella no pidió que la soltara. Me apretó con las rodillas y con ese silencio atento que tiene quien ha entendido una cosa y no va a explicársela a nadie. Lo vi en la forma en que me buscaba la cara, en cómo no apartaba el hombro herido, en cómo el nudo le arrancaba todavía pequeños espasmos y ella los tomaba como si fueran suyos. No quería que yo fuera solo dientes. Tampoco quería que yo fuera solo la voz que dice su nombre. Lo supe porque no me pidió que eligiera.

El nudo tardó en ceder. Seguimos así, juntos, con la luna alta y el pinar escuchándonos, hasta que la hinchazón se me bajó lo bastante para que yo pudiera moverme sin hacerle daño. Aun entonces ella no se apartó del todo. Se quedó con la polla dentro un rato más, respirando, con la sangre seca ya en el borde de la herida.


Cuando el hombre volvió, lo hizo con frío. El pelo se me recortó. Las manos me cabían otra vez en las suyas. Me encontré desnudo sobre ella, humano, con la boca manchada y el pecho temblándome como después de una carrera. Sana se giró despacio, todavía debajo, y me miró la cara como quien comprueba que el recado del bosque no se ha llevado todo. Me besó la boca. Sabía a sangre, a ella, a tierra. Después alzó la cabeza y me besó también la sangre que yo le había dejado en el hombro, lenta, sin asco, con los labios puestos justo en la dentellada.

«No me voy», dijo, y no era un desafío puesto para la cámara. Era una frase pequeña, dicha contra mi piel, mientras el abrigo le cubría a medias la espalda y el claro empezaba a oler otra vez a pino. Me pasó la mano por el pelo humano y se rio un poco, corta, al ver el uniforme hecho jirones a unos metros. «Mira cómo has dejado el disfraz».

Me recosté con ella. El trípode seguía ahí, inútil, apuntando a un bosque que no iba a posar. Le toqué la cadera, donde antes se había llevado la mano, y noté la piel distinta, caliente, como si la marca antigua se hubiera abierto para recibir otra forma. No pregunté. Ella no explicó. Se quedó. El hombro le latía bajo mis labios cada vez que yo volvía a la herida, no para abrirla más, sino porque el sabor todavía me ataba a la noche. Dormimos poco. El viento movía las copas y yo escuchaba su respiración para saber que seguía eligiendo el claro.


Amaneció con un frío limpio y conmigo otra vez entero, humano, con las rodillas sucias de tierra. Sana tenía el hombro marcado, la dentellada ya oscura, y en la cadera la marca había cambiado: ya no era lo que había traído. Tenía forma de boca, de dientes, un contorno que yo reconocí porque lo había puesto yo. Se tocó las dos cosas, una y otra, sin teatralidad, y después se recostó contra mi pecho como si el trípode y la cámara pertenecieran a otra mujer.

Intentó cerrar los ojos y no pudo del todo. La vi acomodarse y desacomodarse, buscando un sitio que no fuera una pose, un ángulo que no sirviera para nadie. Cuando dejó de colocarse, cuando el cuerpo se le entregó sin disponerse, el sueño le llegó de golpe, breve, y se le fue igual de rápido en cuanto se quedó un palmo más sola. Me lo dijo después, con la voz baja, todavía contra mi cuello, mientras el pinar se llenaba de esa luz gris del primer sol.

«Por las noches el cuerpo pide que alguien entre sin que yo pose». Lo dijo como quien nombra un hambre, no como quien pide disculpas. «Y el sueño se abre entonces, como una puerta».

La tuve así, despierta otra vez, con la marca nueva en la cadera y la sangre seca en el hombro, y supe, porque lo tenía contra el pecho, que aquella puerta no se le cerraba del todo ni siquiera con el día encima.