
Irene poseída en la capilla
Relatos eróticos de posesionesTerror Erótico12 min de lectura
Un relato de Irene Delacroix
Irene Delacroix se queda sola en una capilla barroca de Toledo para terminar unas fotos. El vigilante cierra las puertas y algo que no es él empieza a usarlo para tomarla.
La nave olía a piedra húmeda y a cera fría, ese olor que Toledo guarda en las capillas cuando el otoño adelanta la noche y las calles se quedan sin voces. Irene Delacroix se movía entre los bancos con la cámara todavía colgada al cuello. Tenía veinticuatro años y había dejado el abrigo negro sobre un reclinatorio, como si el frío de noviembre no mereciera ni el gesto de cubrirse. El equipo se había marchado hacía media hora y quedábamos solo los dos: yo, con treinta y cuatro años y las llaves de una capilla barroca que ya no consagraba a nadie, y ella, que me pidió una última toma con la luz de las velas que aún temblaban junto al retablo.
«Andrés, si cierras ya...», dijo, y dejó la frase a medias, ofreciéndome el resto para que lo completase yo.
Cerré las puertas laterales y el eco de la tranca recorrió la piedra hasta perderse en las bóvedas. Fuera, la ciudad seguía su noche de noviembre; dentro, el silencio se hizo más espeso, como si las columnas hubieran empezado a escuchar.
«¿Siempre trabajas hasta tan tarde?», pregunté, más para oírla que por necesidad de saberlo.
«¿Tú siempre preguntas por el trabajo a quien se queda?», contestó, y sonrió sin dar ninguna explicación, como si el gusto de quedarnos solos estuviera ya decidido o ya perdido.
Encendí dos velas más porque lo pidió con un gesto de la mano. La luz le llegó a la cara y a la garganta, y el vestido negro, corto, se le pegaba a las caderas con una naturalidad que no era casual. Sabía que me miraba de reojo mientras ajustaba el objetivo. Debía vigilar, no posar, y aun así di un paso cuando me hizo seña para que sostuviera un reflector improvisado con una cartulina.
«Así», murmuró, y añadió que me pusiera un poco más cerca.
Di otro paso. El calor de su hombro me alcanzó antes que su perfume, algo caro y seco, y por un instante pensé en abrir de nuevo las puertas. No lo hice. Irene bajó la cámara, me miró a la boca y no a los ojos, y el retablo dorado a su espalda pareció inclinarse con nosotros.
Se arrodilló sobre las losas sin pedirme permiso y sin darme tiempo a inventar una excusa. Las palmas se le apoyaron en mis muslos y noté el frío de la piedra subirle por las rodillas, aunque a ella no pareció importarle. Desabrochó el cinturón con una calma que me dejó sin aire. Bajó la bragueta después, con la misma lentitud, y sacó la polla ya dura. El primer roce de su aliento caliente contra la piel me hizo cerrar los ojos. La capilla, de pronto, era solo aquella boca.
«Si te corres...», empezó, y otra vez dejó el resto colgando, como si yo tuviera que decidir si aquello era una amenaza o una oferta.
Metió la lengua por debajo, lenta, recorriéndome con una paciencia que no pedía prisa. Luego me tomó entero hasta que sentí la garganta cerrársele alrededor. Un sonido húmedo llenó el silencio entre las columnas. Le agarré el pelo sin saber si debía, y empujó la cabeza más, como si aquella duda le sirviera. La polla le golpeaba el fondo de la boca y la saliva le bajaba por la comisura hasta el mentón. Irene no apartó los ojos. Me follaba con la boca como quien termina un trabajo que ha elegido ella, y cada vez que se retiraba un poco para respirar volvía con más hambre, las mejillas hundidas, un hilo brillante uniéndonos.
«Mírame», dije, y la voz me salió más baja de lo que esperaba.
Alzó la vista. Los ojos se le habían puesto brillantes, casi febriles, y cuando volvió a tragar me corrí un poco en su lengua sin llegar del todo, un adelanto salado que lamió como si le perteneciera. Se apartó lo justo para hablar, la boca roja, y me dijo que me sentara en el suelo, junto al primer banco, donde la luz de las velas no alcanzaba del todo. Obedecí y el frío de la losa me subió por la espalda de un solo golpe. Irene se subió el vestido hasta la cintura. Se quitó las bragas negras de un tirón y se las quedó en una mano, como si no quisiera perderlas de vista, y entonces se sentó a horcajadas sobre mí y bajó de un golpe, el coño ya empapado abriéndose alrededor de la polla hasta el fondo.
El calor de dentro me dejó sin pensamiento. Irene se movía con las palmas abiertas sobre mi pecho, el vestido aún puesto, y cada bajada le arrancaba un sonido corto que rebotaba en la piedra. La follaba desde abajo, agarrándole las caderas, y se dejaba, o más bien se exigía, como si el suelo de la nave fuera el único sitio donde aquello tenía sentido. El coño se le apretaba a cada embestida. Noté que le temblaban los muslos, que no apartaba la cara, y que algo en aquella insistencia ya no era solo ganas.
Entonces la voz se me torció en la garganta.
No fue un carraspeo. Fue como si otra garganta usase la mía. Las manos, que eran las mías, le sujetaron las muñecas y se las llevaron a la espalda con una fuerza que yo no había decidido. Irene soltó un jadeo, no de miedo al principio, sino de sorpresa, y yo quise soltarla. Los dedos no obedecieron. La polla seguía dentro, dura, y el cuerpo se mecía solo, más hondo, más preciso.
«Ya estabas abierta», dijo aquella voz con mi boca, más grave, más quieta. «Antes de que te tocara».
Irene no pidió que parase. Las rodillas se le abrieron más sobre las losas y el coño se le apretó alrededor como una respuesta. La vi tragar saliva y buscar mis ojos sin encontrarlos del todo, porque lo que miraba a través de ellos no era yo, y aun así inclinó la pelvis para que entrase hasta el fondo. El miedo me llegó un segundo, claro, como un golpe en el pecho. Volví lo bastante para sentir el peso de sus muñecas en mis palmas y pude haberla soltado. No lo hice. Elegí el siguiente empujón.
«Andrés», dijo, y el nombre me sonó lejano.
La voz que no era mía le apretó las muñecas un poco más y la inclinó hacia atrás, de modo que el vestido se le subió del todo y el pecho le quedó a merced de la luz. La otra mano, la que yo no gobernaba del todo, le subió por el pecho hasta la garganta y se cerró ahí, no para aplastar, sino para medir. Irene abrió la boca y el aire le llegó a trompicones. Cada vez que la polla le daba dentro, la mano en el cuello le robaba un poco más de aliento, y empujaba las caderas contra eso, no contra mí, como si aquello que la ahogaba fuese lo que había venido a buscar.
La puse de rodillas sobre las losas, las muñecas aún juntas a la espalda, y entré otra vez de un empujón que le sacó un gemido ahogado. El coño se le oía, húmedo, obsceno en aquella nave donde el eco lo devolvía todo. La mano en la garganta no se fue. Le dejaba tomar aire a sorbos, y cada vez que se lo cortaba un poco más Irene se apretaba, el cuerpo entero buscando el siguiente golpe. Lloraba un poco, no de dolor, sino de esa angustia que se le subía al pecho cuando el aire no llegaba, y aun así abría más las rodillas sobre la piedra fría.
«Dime que pares», dije yo, cuando volví un instante a la lengua, y la frase me salió rota.
«No», contestó, apenas un soplo, y añadió que no parase.
La voz ajena se rio con mi garganta, un sonido bajo que no me pertenecía, y le apretó el cuello lo justo para que el mundo se le estrechase. La follaba de rodillas, hondo, el sonido de la piel contra la piel llenando la capilla, y sentí que se corría alrededor de la polla con un temblor largo, el coño palpitando, un quejido que se le quedó atragantado porque no había aire para gritar. Las lágrimas le brillaban en la luz de las velas. No pidió que la soltase. Cuando le aflojé un segundo la mano para que respirase, buscó mis ojos otra vez y encontró al otro, y entonces se corrió más, o se quedó en ese borde, la boca abierta, el cuerpo entregado a una mirada que yo no podía sostener.
Volví y el recelo me cubrió entero, sucio, porque mis manos seguían donde estaban y porque me gustaba el peso de su cuello bajo los dedos. Elegí no parar. La voz volvió a tomar la mía y le dijo, cerca de la oreja, que ya la había tenido antes de tocarle la piel, que había estado sentada detrás de su cara mientras posaba, mientras sonreía para la cámara, y que ahora solo cobraba lo que ella había dejado entrar. Irene, al oírlo, abrió más las piernas sobre el suelo, el vestido hecho un lío en la cintura, y empujó el culo hacia atrás para que la polla le llegase hasta el fondo.
La giré a cuatro patas junto al banco, las palmas abiertas sobre la losa, y le sujeté las muñecas otra vez, juntas, tirando hacia atrás para que el pecho le quedase bajo y el cuello largo. Entré de un golpe y el coño se le cerró alrededor, caliente, mientras soltaba un sonido que fue casi una risa rota. La mano libre le rodeó la garganta desde atrás y le cortó el aire a pulsos, al ritmo de las embestidas. Cada vez que le daba dentro le robaba un poco de aliento, y cada vez que se lo devolvía gemía como si le debiera esa merced.
«Te corres por esto», dijo la voz, y no era la mía. «Porque hay otro mirándote».
Irene asintió con la cabeza, incapaz de hablar, y el coño se le apretó de nuevo. La follaba con todo el peso, las caderas golpeándole el culo, y el sonido húmedo se mezclaba con el jadeo corto que le dejaba la mano. Vi que se mordía el labio y que las uñas se le clavaban en la piedra. Una claridad sucia me atravesó, más limpia que antes, porque entendí que si paraba ahora se quedaría a medias, y que yo no quería quedarme a medias tampoco, así que seguí. La voz ajena le apretó el cuello un segundo más largo y se corrió con un temblor que le recorrió la espalda, el coño exprimiendo la polla, un hilo de saliva cayéndole de la boca abierta hasta el suelo.
La mantuve ahí, a cuatro patas, sin soltarla, y seguí follándola mientras se le acababa el orgasmo, más lento, más hondo, hasta que el cuerpo le pidió aire de verdad y entonces se lo di. Respiró como quien vuelve de debajo del agua. Volvió la cara, el pelo pegado a la frente, y me buscó con una expresión que no era del todo la suya, o lo era demasiado.
«Quédate», susurró, y no supe si me lo decía a mí.
La voz que me usaba le contestó que ya estaba. Le solté una muñeca para agarrarle el pelo y le metí la polla en la boca otra vez. De rodillas, con las lágrimas todavía en las mejillas, se la tragó hasta la garganta sin que se lo pidiera. El sabor de su coño le llenaría la lengua. La follé la boca con la misma mano en la nuca, no tan fuerte como antes, pero sin dejarle decidir el ritmo, y se dejó, los ojos en alto, buscando esa mirada que no coincidía con mi cara.
La tumbé de espaldas sobre el abrigo que ella misma había dejado en el reclinatorio. Le abrí las rodillas y entré otra vez en el coño, hasta el fondo, y me quedé ahí un segundo sin moverme, sintiendo cómo palpitaba. La mano volvió a la garganta. Irene me agarró la muñeca, no para apartarla, sino para que no se fuese. La follé despacio al principio, luego más fuerte, y cada embestida le subía el pecho contra mi pecho. El aire se le atascaba y los ojos se le humedecían. Cuando la voz ajena le dijo que se corriera conmigo dentro, lo hizo, un orgasmo largo que le sacó un sollozo, el cuerpo entero arqueado sobre la piedra, y entonces me corrí yo también, hondo, a chorros, llenándole el coño hasta que sentí que se me salía por los muslos.
Me desplomé un poco sobre ella. Volví del todo, de golpe, y el espanto me llegó sucio y completo, porque acababa de correrme dentro y porque mis dedos seguían en su cuello y porque me miraba como si yo no bastase. Quise hablar y la voz no salió. Irene me acarició la cara con una palma fría y no me preguntó si estaba bien. Se quedó debajo, las piernas aún abiertas, el semen empezándole a bajar, y respiró contra mi boca como quien no quiere que se acabe el aire compartido.
«Otra», dijo, apenas.
La voz volvió, más suave, y le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, contra el abrigo. La polla, todavía dura, se le metió otra vez, resbaladiza de los dos, y la follé así, corto, hasta que se le cerró el coño otra vez y se corrió con un quejido que le salió del pecho. Esta vez no le toqué el cuello; no hizo falta. El miedo y el gusto se me habían quedado juntos, y elegí el siguiente movimiento igual que había elegido no abrir las puertas.
Cuando por fin me salí, el silencio de la capilla nos cubrió. Irene se quedó un rato mirando las bóvedas, la boca entreabierta, como si escuchase algo que yo ya no oía. Me vestí con las manos torpes. Ella se puso las bragas sin limpiarse del todo, el vestido caído otra vez, y el abrigo sobre los hombros. Las velas se habían consumido a medias y Toledo, fuera, no había cambiado.
Recogió la cámara del banco con una calma que no coincidía con lo que acabábamos de hacer. Se la colgó al cuello, encendió la pantalla para revisar las últimas tomas, y yo me quedé a un paso, destrozado de una manera que no era solo el cuerpo. Las rodillas me dolían y la garganta me ardía por dentro, como si aquella otra voz hubiera dejado un rasguño. Irene no me miró a mí. Se miró a ella en el visor, la cara iluminada por esa luz pequeña y fría, y por un instante vi lo que veía.
En la cámara, sus ojos no coincidían con su cara. La boca era la suya, el pelo, el gesto cansado de quien termina un trabajo. La mirada, en cambio, no coincidía. Había algo sentado detrás, quieto, que no pedía permiso y que no se apagaba ahora que el semen se le enfriaba entre las piernas. Esa mirada buscaba a alguien que supiera alimentarla, y yo, con las llaves todavía en el bolsillo y el miedo intacto, entendí que me había elegido para abrir y que ya no era suficiente. Irene bajó la cámara, se abrochó el abrigo y caminó hacia la puerta sin pedirme que la acompañase. La tranca chirrió cuando la abrí y el aire de noviembre le dio en la cara sin que se inmutase. Se fue calle abajo, entre las piedras húmedas de Toledo, y yo me quedé en el umbral con la certeza sucia de que su cuerpo, el mío, ya no se apagaba al acabar el trabajo.