
Irene y el vampiro entre tumbas
Relato erótico de vampiroTerror Erótico11 min de lectura
Un relato de Irene Delacroix
Irene va de noche al cementerio sacramental de Madrid con la marca fría en el cuello. Entre los panteones un hombre le pide sangre y ella no finge que no quiere dársela.
El cementerio sacramental de San Isidro olía a ciprés mojado y a tierra recién abierta, ese olor de otoño tardío que en Madrid se cuela entre las rejas cuando el viento baja de la Casa de Campo y barre las hojas contra los panteones. Irene Delacroix cruzó un tramo de verja entreabierta con el abrigo negro suelto sobre un vestido corto, el cuello desnudo a pesar del frío de noviembre, y una marca mate le cruzaba el lado izquierdo como si el hielo le hubiera besado la vena y no se hubiera ido. Traía veinticuatro años y una sed que no pedía vino. La esperaba detrás del panteón de los Ariza, con la cara de un hombre de cuarenta y un años y la paciencia de quien ha visto pasar demasiados entierros. El tacón de Irene crujió sobre la grava y levantó la vista sin sorpresa, como si el encuentro formara parte de un recado que se había dado a sí misma.
«Has tardado». La voz salió baja, sin eco contra la piedra.
Irene sonrió con esa boca que parece a punto de retractarse. «Si lo que buscas es...» Dejó la frase a medias, lo bastante abierta para devolverla al silencio, y se acercó hasta que la lana del abrigo rozó la lana. El aliento le olía a menta y a hierro, una promesa que ya le latía bajo la piel.
«Sangre. Y lo demás que traes debajo».
No fingió que no quería darla. Los dedos de Irene abrieron del todo el cuello del abrigo y palparon la marca fría como quien comprueba que sigue ahí. Luego, con una calma que en otra boca habría sido insolencia, se apoyó contra el mármol y levantó el vestido hasta la ingle. No llevaba bragas. El vello le dibujaba un triángulo oscuro y el frío le había endurecido los labios del coño lo justo para que se viera el brillo. Las rodillas encontraron la grava húmeda y el olor de Irene, a sexo y a perfume caro, se adelantó a la sangre.
La lengua recorrió el interior del muslo derecho, donde la vena canta más cerca de la superficie, y Irene abrió más las piernas con un sonido bajo, casi una risa tragada. Los colmillos se hundieron en esa carne tibia y la sangre saltó al paladar con un sabor a cobre y a naranja amarga, densa, viva, tan caliente que el frío de la noche quedó fuera de la boca. Irene se recostó contra la piedra y agarró el borde del panteón con las dos manos, el vestido ya hecho un cinturón alrededor de la cintura, y el muslo le temblaba contra la mejilla mientras el hilo oscuro le bajaba hacia la ingle.
«Joder. Sigue». Lo dijo despacio, saboreando la palabra como si también bebiera.
El coño se le iba abriendo a medida que la sangre le corría por la piel, mojándose, mezclando el cobre con un flujo que ya no tenía nada de recato. Los dedos apartaron aquellos labios hinchados y el clítoris le palpitaba, pidiendo otra boca. La chupé mientras seguía bebiendo del muslo, y Irene empujó la cadera hacia adelante con una franqueza que ya no era pose. Dos dedos se le metieron hasta el nudillo y el interior apretó enseguida, húmedo, ansioso, caliente de un modo que la piedra no podía explicar. Irene bajó una mano y agarró el pelo, no para apartar, sino para que la boca no se fuera ni del muslo ni del sexo. La sangre le llegaba al vello y se le mezclaba con lo otro, y cada succión le arrancaba un jadeo que se perdía entre los cipreses. El sabor cambió cuando la lengua subió del pinchazo al coño: hierro y sal y ganas, todo junto, y Irene abrió más las rodillas sobre la grava como si el cementerio le pareciera un sitio perfectamente razonable para empaparse.
De pie contra el mármol, Irene se quedó con el vestido arriba y el abrigo abierto, los pechos al aire porque el frío ya no le importaba, y la polla dura encontró el coño de un solo empujón, hondo, hasta el fondo, con esa facilidad que solo da una mujer que ha venido dispuesta a que la llenen. El mármol le helaba los omóplatos y el interior le quemaba, y el contraste le arrancó un gemido que ya no intentó morder. Las caderas empezaron a follarla de pie, despacio al principio para sentir cómo el coño se adaptaba, y luego con más fuerza, de manera que el golpe de las ingles contra las ingles sonaba húmedo y claro en el silencio de las tumbas. Irene rodeó la cintura con una pierna y se dejó clavar contra la piedra, la cabeza echada hacia atrás, y ofreció el pecho izquierdo con la misma calma con la que había ofrecido el muslo.
Los colmillos se le clavaron encima del pezón, no en el pezón, en la carne tibia de arriba, y la sangre brotó otra vez, más viva aún por el vaivén. Bebí del pecho mientras la polla le entraba y le salía, y Irene apretó el coño alrededor como si quisiera ordeñar las dos cosas a la vez. La mano libre le encontró el cuello, justo sobre la marca fría, y los dedos cerraron lo bastante para que el aire se le volviera estrecho. Irene no apartó la mano. La cubrió con la suya y apretó más, pidiendo el ahogo con el cuerpo, y el coño se le contrajo de un modo violento, chorreando alrededor de la polla, tan mojado que el muslo izquierdo le brillaba hasta la rodilla. El aire le salía en tandas cortas, caliente contra la boca ensangrentada, y cada vez que los dedos aflojaban un segundo Irene empujaba la garganta otra vez contra la palma, clara en lo que quería aunque no lo nombrara. El pecho le sangraba en un hilo fino que le bajaba entre las tetas, y la lengua lo recogía para no perderlo, y el mármol a su espalda debía de estar helándola y aun así empujaba las caderas al encuentro de cada embestida como si la piedra fuera un colchón.
«Vicente». El nombre le salió entrecortado, con poca voz, cuando la mano le dejó un trago de aire. «No pares eso».
Entre los panteones se oyó grava, un paso de suela gruesa, el ritmo lento de quien ronda sin prisa. Una linterna barrió el pasillo de cipreses dos calles de tumbas más allá, un cono amarillo que no llegaba todavía y que podía llegar. Irene giró la cara hacia aquella luz lejana y no pidió que parara. Al contrario: alzó un poco la voz, lo bastante para que el eco de la piedra la llevara si el viento quería, y movió las caderas con más descaro, follándose la polla ella misma contra el mármol, el vestido hecho un guiñapo en la cintura, la sangre del pecho y del muslo a la vista de quien quisiera asomarse.
«Que me miren», dijo, y la frase le tembló de gusto, no de miedo. «Si viene, que me mire».
El riesgo se le notó en el coño, que se puso más estrecho, más goloso, y las embestidas se lo tomaron en serio, profundas, hasta hacerle golpear la nuca suavemente contra el panteón. La linterna se detuvo un segundo entre dos ángeles de piedra y luego siguió, el hombre de ronda tarareando algo desafinado, ajeno o fingiéndose ajeno. Irene se rio contra la boca, una risa corta y sucia, y empujó la polla todavía más dentro cuando el haz se alejó. La lengua volvió al pinchazo del pecho y bebió otra vez, y el orgasmo le llegó así, con la sangre en la boca ajena y la amenaza de ser vista todavía caliente en la piel. Se corrió con un gemido alto, desvergonzado, el coño palpitando en espasmos que ordeñaban la polla sin dejarla salir, y las rodillas le flaquearon de verdad contra el mármol. La sostuve clavada, bebiendo mientras se corría, tragando el cobre y el temblor, y Irene se quedó un rato con la boca abierta, sin aire, la mano todavía encima de la que le había cerrado el cuello, como si el ahogo formara parte del climax y no quisiera que se lo quitaran del todo.
Sobre la losa de un panteón bajo, la de un apellido que la lluvia había borrado, Irene se recostó de espaldas con las piernas abiertas hacia el pasillo de cipreses, el vestido ya irrelevante, el abrigo debajo para que la piedra no le comiera la espalda. La sangre del muslo le había llegado al coño y se le había secado a medias, oscura, y la lengua lo recorrió todo: los labios, el clítoris todavía hipersensible, el agujero que seguía abierto y mojado de corrida y de ganas. El sabor era una mezcla que no existe en ningún otro sitio, hierro y sexo, y Irene arqueó la espalda y agarró el borde de la losa con las dos manos, ofreciendo el coño a la boca con una claridad que ya no pedía permiso. Los restos de sangre se le metieron dentro con la lengua, y Irene empujó contra la cara, frotándose, usando aquella boca como se usa una cosa que se ha venido a buscar.
Cuando la polla volvió a entrar, Irene estaba tan resbaladiza que el golpe hondo le sacó un sonido de animal contento. Las losas alrededor seguían frías y el cielo sobre Madrid no tenía luna, solo una suciedad naranja de farolas lejanas, y aun así el cuerpo de Irene ardía por dentro y apretaba cada centímetro. Las embestidas sobre la piedra tenían otro ritmo, más bajo, más de llenar, y los pechos le rebotaban con la sangre seca ya oscura sobre la piel blanca. Irene levantó la cabeza lo bastante para mirar hacia el pasillo, por si el hombre de ronda volvía, y esa posibilidad le humedeció todavía más. Una mano le encontró otra vez el cuello y esta vez los colmillos se le clavaron al lado de la marca vieja, en la vena grande, y la polla le daba dentro al mismo tiempo que la sangre le salía, las dos cosas ocupándole el cuerpo.
«Siempre quise que me miraran así», dijo en voz alta, clara, con los dientes ajenos en el cuello y la polla hasta el fondo. «No con flash. Así».
La confesión le salió sin teatro, como quien suelta por fin una cosa que ha estado sosteniendo con los dientes, y el coño se le cerró alrededor en un espasmo largo. Bebí de la vena mientras Irene hablaba, y la voz se le volvió más fina de lo que el ahogo y la sangre permitían, y aun así no bajó el volumen. Quería que la oyeran. Quería que la vaciaran. Las caderas no pararon, follándola contra la losa, el ruido húmedo y obsceno entre las tumbas, y Irene pidió otra vez, más alto, que la miraran y que la dejaran sin nada dentro que no fuera aquello.
El orgasmo de Irene volvió a romperle el cuerpo de un modo distinto, más hondo, con la sangre saliéndole al cuello y la polla dándole contra un punto que le hacía abrir la boca sin sonido. Se corrió apretando, chorreando, las piernas temblorosas a ambos lados de la losa, y esa contracción fue lo que arrastró lo demás. La polla se le vació dentro, pulso a pulso, llenándola de leche caliente mientras la boca seguía en la vena, y Irene empujó las caderas para no perder ni un trago ni un chorro, pidiendo en voz alta, sin vergüenza, que la vaciaran del todo y que quien pasara viera cómo se lo tomaba. El semen le salió un poco al retirar, mezclado con su flujo, y la lengua bajó otra vez al coño para recoger lo que se escapaba, sangre y leche y el sabor de Irene, y ella se rio débilmente contra el cielo sucio, con una mano en el pelo, sin cerrar las piernas.
«Otra», murmuró, y ya no era una frase a medias. «Si puedes».
Pude. La polla, todavía sensible, se le metió otra vez en aquel desastre caliente y Irene la recibió con un gemido de quien no ha terminado de pedir. Esta vez fue más lento, más de frotar el clítoris entre los cuerpos, y Irene se corrió una tercera con menos ruido y más temblor, los ojos húmedos, la boca abierta contra el hombro. El cuello le sangraba en un hilo que ya no brotaba con fuerza, y la lengua lo cerró a lametones, no por piedad, sino porque el sabor merecía no desperdiciarse en la piedra. Irene se quedó tendida en la losa con las piernas abiertas hacia el pasillo, el coño brillante, las marcas del muslo y del pecho y del cuello bien visibles, y no hizo el menor ademán de taparse por si la ronda volvía.
El abrigo le sirvió de algo al final, no de recato, sino de calor sobre los hombros mientras el vestido le quedaba torcido y el semen le bajaba un poco por el muslo junto a la sangre ya oscura. Irene se sentó en el borde de la losa y se tocó el cuello con dos dedos, donde la marca vieja y la nueva se tocaban, y aquella piel estaba más fría que la noche, más fría que la piedra. La sed, la que había sustituido a una cama, ya no le gritaba igual. Lo que le quedaba en la cara era otra cosa, una lucidez sin pose, como si se hubiera acabado el papel de quien no admite que le gusta que la miren.
«No te quedas», dijo Irene, y no era una pregunta.
«No». La mano cubrió un instante aquella marca helada. «Lo que te falta es más frío que la sangre. Ve al sitio donde finges que trabajas. Esa puerta la abre esto». El dedo presionó el sello de hielo en su cuello, y el frío se le metió a Irene hasta el hueso, visible en el temblor que no venía del orgasmo. Entre los cipreses, lejos, la linterna del hombre de ronda volvió a dibujar un cono inútil. Irene se bajó de la losa con las piernas aún inseguras, se abrochó el abrigo sobre el desastre, y el frío de la marca le duraba bajo los dedos cuando se alejó por la grava, viva, marcada, sin que nadie la guardara.