
Sana en la noche del íncubo
Historia erótica de íncubo de nocheTerror Erótico13 min de lectura
Un relato de Sana Mirza
Sana no puede dormir en un hotel de Madrid. Un hombre que parece conocido aparece al borde de la cama y le pide entrar. Ella lo deja. Él no viene a mirarla: viene a alimentarse.
La lluvia de octubre golpeaba el cristal alto y Madrid, allá abajo, masticaba sus coches con un rumor que no se apagaba. En la cama grande del hotel, Sana estaba tumbada de lado, despierta, con veintidós años y la boca todavía dispuesta a una sonrisa que nadie le estaba pidiendo. No había cámara sobre el cabezal y el trípode descansaba plegado contra el armario, inútil, mientras una franja de farola se colaba entre las cortinas y le cruzaba el muslo desnudo.
Me formé al borde del colchón. El aire fue tomando peso, después hombros, después boca, hasta que estuve ahí, entero, ocupando el hueco que la habitación no había previsto. Sana parpadeó una vez, como quien enfoca un cuerpo que no debería estar, y no gritó. Se incorporó sobre un codo y me midió con esa rapidez de quien ha pasado demasiadas horas delante del objetivo de una cámara.
«Pareces sacado de una foto mía», dijo, con la frase corta, apuntada a lo que acababa de notar. «¿Elías?».
Oí el nombre como se oye una llave en una cerradura conocida.
«¿Me dejas entrar?».
Apartó la sábana con un movimiento limpio, el de un cuerpo acostumbrado a girar delante de un espejo, y el sí le cabía en la barbilla y en el modo en que abrió las rodillas un palmo sobre el algodón blanco. Me senté y el muelle crujió bajo el peso. Puse la palma en su cadera, donde una marca oscura le picaba ya, abierta y distinta cada vez que una noche la atraviesa, y no apartó los dedos.
«Desde aquella puerta ya no duermo si nadie cruza», murmuró.
Le enganché los pulgares en la goma de las bragas y tiré hacia abajo. El tejido negro salió húmedo de entre los muslos y el olor me llenó la cabeza de golpe, caliente y salado, vivo como el de una comida que lleva días llamándome desde otra cama. Me tendí entre sus piernas y le abrí los labios del coño con los dos pulgares. Estaba hinchado, brillante de mojado, y el calor que me dio en la cara me cerró un instante los ojos. Pasé la lengua de abajo arriba, despacio, recorriendo la hendidura hasta el clítoris, y Sana soltó el aire como si se le hubiera olvidado durante horas que podía respirar.
Le sujeté los muslos para abrirla más y seguí lamiendo con más hambre. Apliqué la lengua plana contra el clítoris y, al cabo de un rato, la metí dentro para saborearle las paredes calientes. Sana clavó una mano en mi pelo. La otra se le quedó en el borde de la sábana, fingiendo todavía un control que el coño ya no tenía. El sabor me subía por la garganta y me encendía la polla contra el colchón, dura, palpitando al ritmo de cada lametón.
«Esa es la cara de quien espera a que se la coman», dijo, y se le oyó la burla pequeña, apuntada al ángulo de su propia rodilla.
No respondí con palabras. Le puse la mano libre en el cuello, sin cerrar del todo, solo el peso de la palma sobre la garganta, y el coño se le contrajo contra la boca. Sana tragó saliva bajo los dedos. Empujó el cuello hacia la palma, buscando más presión, y se la di hasta sentirle el latido contra el pulgar. El aire le salía en hilos cortos. Cada vez que le aflojaba un segundo inspiraba con avidez y volvía a ofrecer la garganta, y volvía yo a tomarla.
Lamí más aprisa. Le metí dos dedos en el coño mientras la lengua le trabajaba el clítoris, y los dedos se le empaparon enseguida, resbaladizos, calientes. Sana arqueó la espalda. Los muslos se le tensaron a ambos lados de la cabeza y el gemido que le nació en el pecho se quebró contra mi mano. Se corrió de golpe, con el coño apretándome los dedos en oleadas, y el jugo le brotó contra la lengua, abundante, vivo. Tragué aquello como se traga lo que se ha esperado demasiado. El temblor de ella se me metió dentro como pan caliente y por un instante el hambre se calló, saciada, luminosa, antes de volver a abrir la boca más grande.
Sana temblaba todavía cuando le besé el muslo por dentro. La mano le seguía en el cuello, más suelta ya, y ella la cubrió con la suya para que no me fuera. Respiraba mal, de lado, con los ojos húmedos y la boca abierta, y cuando me miró no había pose ninguna en esa cara, solo el desorden de quien acaba de entregar algo que llevaba días apretando contra los dientes.
«Otra», dijo, ronca. «No pares».
Subí por su cuerpo lamiéndole el vientre, el hueco del ombligo, el pecho, hasta encontrarle la boca. Me besó con hambre, saboreándose en mi lengua, y me abrió las piernas con los talones en los glúteos para sentarme encima. La polla me rozó el coño empapado y se me resbaló toda a lo largo de la hendidura, buscando el sitio. Sana movió la cadera y me enganchó. Empujé y entré de un hilo lento, hasta el fondo, y el calor de dentro me apretó la polla con una fuerza que me sacó el aire.
Le dejé la mano en el cuello otra vez. El pulgar le buscó el borde de la mandíbula y los otros dedos le cerraron el costado de la garganta lo bastante para que el aliento se le volviera estrecho y precioso. Sana asintió con los ojos, un sí pequeño, y levantó la cadera para pedirme que follara. Empecé a moverme. El colchón golpeaba el cabezal con un ritmo sordo. El coño le chirriaba de lo mojada que estaba, un sonido sucio y dulce que llenaba la habitación junto con la calefacción del hotel, que zumbaba bajo la ventana como un animal dormido.
La follé hondo, sin prisa al principio, luego más fuerte, buscando ese punto de dentro que le hacía abrir más la boca. Cada embestida le subía el pecho y le apretaba el cuello contra la palma, y no apartaba la cara. Me miraba y las uñas se le clavaron en los hombros. Cuando se corrió la segunda vez lo hizo en silencio, con los ojos llenos, el coño ordeñándome la polla en espasmos que me daban de comer otra vez, un calor que me subía por la rabadilla y me llenaba el pecho hasta casi hartarme.
No me corrí. La hambre todavía quería más y la polla se me mantenía dura, viscosa de ella, palpitando dentro. Le besé la frente sudada. Sana soltó una risa rota contra mi boca, sin gracia de escenario, y apartó el pelo pegado a la sien con unos dedos que le temblaban.
«El cristal está frío», dijo, mirando de reojo la ventana. «Y tú no».
Le acerqué el vaso del minibar. Bebió un trago, se le escapó un hilo por la comisura, y me lo limpié con el pulgar antes de metérselo en la boca. Lo chupó. El gesto le duró más de lo necesario y me miró mientras lo hacía, ya sin nombrar nada, ya sin colocar el mentón.
Sana me empujó el hombro y me hizo tumbarme de espaldas. Se subió encima con las rodillas a ambos lados de la cadera, se agarró al cabezal y se dejó caer sobre la polla hasta que el pubis le golpeó el mío. El peso de ella me llenó por completo. Se quedó ahí un segundo, clavada, respirando, con las palmas abiertas sobre mi pecho, y luego empezó a moverse. Subía despacio y bajaba de golpe. El culo le golpeaba mis muslos y el coño le chasqueaba, abierto, tragándome entero cada vez.
Le puse las dos manos en la cintura para sentirle el ritmo y luego subí la derecha otra vez al cuello. Desde abajo la garganta se le veía larga, tensa, y cuando cerré los dedos Sana echó la cabeza atrás y se folló más aprisa, como si la falta de aire le diera permiso para dejar de arreglarse. Los pechos le rebotaban. El sudor le corría por el vientre hasta el sitio donde estábamos unidos. La miraba perder el control a trozos: primero se le desordenó la boca, después los ojos, después esa línea de la espalda que ya no sabía dónde ponerse.
«Elías», dijo, y el nombre le salió ahogado contra mi palma. «Así, así».
La levanté un palmo y la dejé caer más fuerte. Sana se corrió cabalgándome, con un sollozo que le nació en la garganta oprimida y se le deshizo en la boca, y el coño se le cerró alrededor de la polla con una fuerza que me hizo gruñir. Tragué ese orgasmo también. Me llenó más que el anterior, más espeso, más suyo, y por un momento vi la habitación nítida, cada pliegue de la cortina, cada gota en el cristal, como si el cuerpo de ella me hubiera encendido una luz detrás de los ojos.
Se dejó caer sobre mi pecho, todavía empalada, y me temblaba contra la piel. Le acaricié el pelo húmedo y le besé la sien. El cuello lo tenía marcado apenas por la palma, un calor, no un daño, y Sana giró la cara y me buscó la boca con una lentitud de quien ya no está representando nada.
«Otra cosa», murmuró contra los labios. «La boca».
Me senté al borde de la cama y Sana se arrodilló entre mis rodillas sobre la alfombra del hotel, que le marcaba la piel. Me tomó la polla con las dos manos, viscosa de su coño, y la lamió desde los huevos hasta la cabeza, despacio, recogiendo lo que le habíamos dejado encima. Luego abrió la boca y se la metió, caliente y húmeda. Bajó hasta donde pudo y subió, dejando un hilo de saliva que le colgaba del labio inferior.
Le sujeté la cabeza con las dos manos y empujé. Sana aflojó la garganta y me dejó entrar más. La polla le rozó el fondo de la boca y siguió, despacio, hasta que la nariz le tocó el pubis y la garganta se le cerró alrededor, estrecha, convulsiva. Los ojos se le llenaron y un hilo de baba le cayó al pecho. No apartó las manos de mis muslos; al contrario, me tiró hacia dentro, pidiendo el resto.
Le puse una mano en el cuello por fuera, para sentir cómo se le hinchaba la garganta con la polla, y follé esa boca con un ritmo corto, hondo, que le sacaba un sonido ahogado cada vez que tocaba fondo. El aire le faltaba a tiras. Cuando se lo devolvía, inspiraba por la nariz con un ruido húmedo y volvía a abrirse, los ojos puestos en los míos, el deseo todavía ahí, visible, empapándole la cara. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se le mezclaban con la saliva, y no eran de quien quiere parar. Me agarraba los glúteos para que no me retirara del todo.
Saqué la polla lo justo para que inspirara un golpe largo y se la volví a meter hasta la campanilla. Sana se atragantó un segundo, se recompuso, y se corrió ahí abajo, arrodillada, con una mano entre las piernas frotándose el clítoris mientras la garganta me ordeñaba. El temblor le subió por la espalda. Me alimenté de ese orgasmo también, más delgado, más desesperado, y la polla se me puso todavía más dura dentro de su boca, al borde de correrme, aguantando porque el hambre quería el último plato.
Cuando la retiré, Sana tosió, escupió un hilo espeso sobre su propio muslo y se rio con un sonido destrozado, la cara hecha un desastre hermoso. Se pasó el dorso de la mano por la boca y me miró desde el suelo, ya sin ningún nombre para lo que era aquello.
«El culo», dijo. «Ahora».
La subí otra vez a la cama y la puse de rodillas, el pecho contra las sábanas, el culo alto. Le abrí los glúteos. El coño le chorreaba hasta el otro agujero, y junté esa humedad con saliva y se la unté alrededor del anillo, despacio, metiendo primero un dedo y luego dos, hasta que el músculo cedió y Sana soltó un sonido largo contra la almohada. Retiré los dedos. Me puse detrás, le apoyé la cabeza de la polla en el culo y empujé.
El anillo se abrió. Entré despacio, un centímetro y otro, y Sana respiraba a golpes, la frente clavada en el algodón. Le rodeé el torso con un brazo y le subí la otra mano al cuello, cerrándoselo otra vez, y el culo se le apretó alrededor de la polla con una fuerza que me arrancó un gemido. Seguí entrando hasta que los huevos le tocaron el coño. Me quedé hondo, quieto, para que se acostumbrara, y ella empujó hacia atrás, tomándome ella, decidiendo ella.
Empecé a follarle el culo. El ritmo salió sucio, profundo, el ruido de la piel contra la piel llenando la habitación junto con los gemidos ahogados que le nacían bajo mi palma. Cada embestida le movía todo el cuerpo hacia el cabezal. El coño le seguía chorreando, sin que nadie lo tocara, y Sana metió una mano entre las piernas y se frotó mientras le daba por detrás, el cuello sujeto, el aire racionado, el culo abierto alrededor de la polla.
Ya no dijo cómo se llamaba aquello. Ya no colocó la rodilla ni el mentón. Se corrió con un llanto que le reventó en la garganta oprimida, un llanto largo, feo de lo verdadero que era, y el cuerpo se le vació en espasmos que me subían por la polla y me llenaban hasta el borde. Las lágrimas le caían a la sábana. El pecho se le rompía contra el colchón. Seguí follándola a través de ese orgasmo y del siguiente, que le llegó encima sin descanso, y cuando el culo se le puso a convulsionarme no pude aguantar más. Me corrí dentro, hondo, a pulsos espesos que me doblaron sobre su espalda, y el hambre se me cerró por fin, hartísima, oscura, feliz.
Me quedé dentro un rato, la mano ya suelta en su cuello, solo apoyada, sintiéndole el latido loco. Sana lloraba todavía, pero el llanto se le iba volviendo respiración, y una de sus manos buscó la mía y se la apretó contra la garganta como quien no quiere que le quiten lo único que le ha servido. Le besé la nuca. Le besé el hombro. El culo me lo tenía aún agarrado, palpitando, y cuando salí un hilo de leche me siguió y le resbaló por el perineo hasta el coño.
Se desplomó de lado. Me eché detrás, pegado a su espalda, y le pasé la palma por el vientre, por la cadera, por esa marca que ahora se le veía un milímetro más abierta bajo el sudor. Sana tenía la cara hecha un mapa de saliva y lágrimas, y cuando abrió los ojos no había burla ninguna. Solo el cuerpo, usado, temblando todavía con réplicas pequeñas, y una boca que ya no sabía sonreír para nadie.
«Por fin», dijo, tan bajo que casi se lo comió la almohada.
La franja de farola se había vuelto gris. El alba entraba sucia entre las cortinas y le pintaba un borde pálido al muslo de Sana, que seguía de espaldas contra mi pecho, dolorida de un modo que se le veía en la forma de no juntar las rodillas. El móvil descansaba en la mesilla, a un palmo de sus dedos, pantalla oscura, y no lo tocó. La boca se le había quedado entreabierta, sin el gesto de quien va a reírse, y por unas horas aquella cara no pertenecía a ninguna cuenta ni a ningún escenario.
Le pasé los nudillos por la mandíbula. Sana no se apartó. Respiraba contra mi muñeca, lenta, como si el aire de la habitación le bastara por primera vez en muchos días.
«La puerta de tu casa es la que me deja pasar». La oí tragar. El alba se le metía ya en las pestañas. «Te encontraré donde las caras son falsas, en una feria de máscaras».
No preguntó. Asentir le hubiera pedido un músculo que ya no tenía. Me levanté y el cuerpo se me iba ya, el aire me reclamaba los hombros, la boca, el peso. La última cosa que vi, antes de que la habitación me devolviera al frío de octubre, fue la pantalla apagada a su lado y Sana quieta en las sábanas, solo un cuerpo que esa noche no había grabado nada.