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Sana Mirza

Sana en la casa que cobra

Relatos de terror eróticoTerror Erótico13 min de lectura

Un relato de Sana Mirza

Sana se queda sola a grabar en una casa señorial de Toledo que el dueño jura vacía. Por la noche el hombre vuelve. Lo que hay en las paredes quiere que se usen el uno al otro.

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La tarde se caía sobre Toledo con esa luz de cobre que el otoño guarda para las casas que ya no se habitan. Abrí la verja y Sana Mirza me siguió por el patio de los naranjos secos. La cámara le colgaba de un hombro y traía esa sonrisa cálida que ya había visto en mil recortes, practicada y viva a un tiempo. Tenía veintidós años y se movía con la línea de una bailarina que no pide permiso para ocupar un umbral. Le había jurado que la casa señorial estaba vacía, que podría grabar hasta el amanecer sin que nadie cruzara el salón. Sana había aceptado con un gesto breve, como si el trabajo cupiera entero en esa promesa.

«Andrés, esto parece un escenario y no una casa», dijo al cruzar el zaguán, y el comentario le duró lo que tarda un destello. No expliqué el origen de los espejos ni el porqué de los postigos cerrados. Le dejé las llaves sobre la consola de mármol, le indiqué el salón grande y el corredor que daba a las habitaciones clausuradas, y sentí, al volverme, que las paredes nos habían escuchado con una atención demasiado precisa. El aire olía a cera, a humedad antigua y a hojas que se pudren detrás de la madera. Le dije que volvería al día siguiente por el equipo y por ella. Sana ya estaba ensayando un encuadre contra la chimenea apagada, el cuerpo dispuesto con esa compostura que convierte cualquier rincón en trabajo.

Salí al patio y cerré con llave por fuera, el gesto de quien se marcha de verdad. El frío de octubre me golpeó en la cara y arranqué el coche hacia el río, donde el Tajo llevaba hojas amarillas pegadas a los pilares del puente. Di una vuelta inútil por el casco, entre dos mujeres que bajaban hacia Zocodover y un hombre que cerraba una persiana. Cuando la luna empezó a asomar detrás del alcázar, el pecho se me había quedado enganchado a la reja de la casa y ya sabía que iba a regresar antes de que la noche terminara de sentarse.


Volví sin luces. La verja no rechistó bajo la mano. En el salón había una sola lámpara encendida y la cámara descansaba sobre la mesa de centro, apagada, el objetivo mirando al techo como un ojo rendido. Sana estaba de pie junto a la chimenea, descalza, y al verme no fingió sorpresa. Las paredes parecían más cerca que a la tarde. El papel de damasco absorbía la luz y devolvía una atención que no me pertenecía.

«Has vuelto», dijo, y se le escapó una risa corta, apuntando a lo que no había nombrado. «La casa me estaba mirando. Dejé de grabar porque el gesto se me iba a romper si seguía fingiendo que esto era solo un plató». Se acercó sin prisa. Me miró de arriba abajo, la cabeza un poco ladeada. «Eso es pose». Olía a su propia piel y a ese otoño metido entre las vigas. Le tomé la muñeca y no apartó la mano. Entre nosotros no quedó el trabajo. Quedó el salón, el suelo de madera oscura y una gana que venía de más atrás que de mí.

La besé con la boca abierta, sin el cuidado de quien prueba, y Sana respondió con los dientes, con la lengua, con un sonido bajo que las paredes recogieron y devolvieron más espeso. Le subí la falda por los muslos y encontré las bragas ya húmedas, el algodón pegado al coño, caliente. Me arrodillé en el suelo del salón. Se dejó bajar conmigo, las rodillas abiertas sobre la alfombra raída, y entonces corrí las bragas a un lado y le aparté los labios con los pulgares para verla.

El coño se le abría brillante, hinchado, y lo lamí de abajo arriba con la lengua plana, despacio, recorriendo la hendidura hasta el clítoris, y Sana echó la cabeza atrás con un gemido que no era para ninguna cámara. Volví a pasar la lengua, más firme, y le metí dos dedos de golpe, curvados hacia arriba, buscando ese punto que la hizo arquearse contra mi boca. La chupé con hambre, el morro empapado, el gusto a sal y a mujer llenándome la garganta, y ella me agarró el pelo y empujó la cadera contra la cara, decidiendo el ritmo, usándome como le daba la gana. Cada vez que cerraba los labios alrededor del clítoris y succionaba, un temblor le subía por el vientre y se le escapaba un ruido más sucio. Las paredes parecían inclinarse para oírlo. Seguí comiéndoselo sin prisa y sin piedad, la lengua metida dentro, los dedos follándola con un ritmo corto mientras lamía alrededor, y el sonido húmedo se oía en todo el salón, obsceno, claro.

Sana tiró de mi pelo cuando se acercó, las uñas en el cuero, y abrió más las rodillas para darme todo. No estaba colocándose para un plano. Lo entendí en la forma en que me miró hacia abajo, sin la sonrisa de los recortes, con la boca abierta y una seriedad de placer que no se finge. «Ahí», dijo, corta, y no pidió nada más. Se corrió contra la boca con un tirón largo, el coño apretándome los dedos a pulsos, mojándome la barbilla, y no aparté la cara hasta que el temblor le bajó por los muslos y se le ablandaron las rodillas. Me limpié la boca con el dorso de la mano y subí a besarla para que se probara a sí misma en mi lengua.


Sana se rio contra los labios, esa risa breve de quien ha pillado algo que el otro no quería enseñar. «Tenías esa cara de dueño de casa vacía y resulta que no lo estás». Me desabrochó el pantalón con las dos manos, sin pedir permiso, y sacó la polla ya dura, caliente, palpitándome en la palma, y se me quedó mirando un segundo como quien mide un encuadre y luego decide tirarlo. Se agachó en el mismo suelo y me metió la polla en la boca de una vez, hasta el fondo, la garganta abierta, la nariz contra el pelo, y un sonido ahogado le vibró alrededor.

Me eché hacia delante, una mano en su nuca, no para forzarla, porque ya bajaba ella, y Sana chupó con una gana sucia, saliva bajándole por la comisura, la lengua apretada en el nervio de debajo, subiendo y bajando hasta que los huevos se me tensaron contra su barbilla. La miré desde arriba. Lo que le quedaba en la cara no era lo de los recortes. Quedaba la boca llena, los ojos húmedos, y una decisión que no tenía nada que ver con lo que iba a publicar. Le agarré el pelo y gruñó alrededor de la polla, un sonido que me recorrió hasta la base, y empujé un poco más hondo. Lo tomó entero. Las mejillas se le hundieron. Un hilo de saliva le cayó al pecho y lo ignoró, ocupada en chupar, en tragar, en dejar que la polla le golpeara el fondo de la garganta una y otra vez.

Paró un instante, jadeando, la boca roja, un hilo uniendo su labio inferior a la cabeza brillante. «Si esto es trabajo, el trabajo se ha ido a tomar por culo». Volvió a bajar, más lenta ahora, chupando solo la cabeza, la lengua girando en círculo, los labios apretados, y después me la tragó otra vez hasta que sentí el cierre de la garganta y una náusea dulce que ella dominó y convirtió en presión. No iba a correrme todavía. La aparté con una mano en la mejilla y la levanté, y Sana se dejó levantar, las piernas inestables, la falda todavía subida, las bragas en un tobillo como una broma que ya no importaba a nadie.


La pegué de pie contra la pared del salón, entre dos espejos que nos devolvían rotos, el marco dorado temblando. Le alcé un muslo y le aparté el coño con la mano para meterle la polla de un empujón, hasta el fondo, todavía palpitando del orgasmo, tan mojado que entré sin resistencia y aun así apretaba como un puño caliente. Sana soltó un gemido largo, las uñas clavándoseme en la espalda, y empecé a follarla contra el muro, las estocadas hondas, el cuerpo de ella subiendo con cada golpe hasta que los pies se le despegaban del suelo. La madera crujió y un marco se ladeó sobre el damasco.

Le cerré una mano en el cuello, el pulgar sobre el pulso, los dedos rodeándole la garganta, y apreté lo bastante para que el aire se le volviera estrecho, un filtro, no un cierre. Los ojos se le abrieron y, en lugar de apartarme la muñeca, Sana puso su mano encima de la mía y apretó un poco más, pidiendo esa falta, decidiendo cuánto. Seguí follándola así, la polla saliendo brillante y volviendo a hundirse hasta los huevos, el coño haciendo un ruido obsceno cada vez que le golpeaba el culo. La cara se le encendió. El aire le salía en tajos cortos, calientes, contra mi boca. Aflojé un segundo para que tragara oxígeno y volví a cerrar, y entonces se puso más estrecha alrededor, un espasmo que me arrancó un gruñido de los dientes.

«Más», dijo, y era una palabra sola, no un discurso, los labios rozándome. La follé más fuerte, la espalda golpeándole la pared, la mano en el cuello marcándole el ritmo de la respiración, y sentí que algo en la casa aprobaba, una presión en el aire que no era solo la nuestra. Los espejos temblaron y el papel de la pared se abombó como un pecho. Sana se corrió otra vez de pie, con la boca abierta y sin voz, el coño ordeñándome a tirones, y tuve que apartar la cara y contar dentro de la cabeza para no irme con ella.

Apoyó la frente en mi hombro, todavía con la mano sobre la mía en su cuello, y soltó el aire de golpe cuando aflojé. Se rio contra la camisa, un sonido ronco. «La casa cobra caro». No esperó respuesta. Se soltó y bajó al suelo, a cuatro patas sobre la alfombra, la falda en la cintura, el culo alto, el coño abierto y goteando hilos claros sobre los muslos, y miró hacia atrás con una gana que ya no pedía encuadre.


Entré de rodillas detrás, una mano en la cadera, y la follé así, hondo, viendo cómo la polla desaparecía entre los labios hinchados y salía cubierta, brillante, cada vez más fácil y más sucia. El golpe de la carne era el único reloj de la casa. Sana empujaba hacia atrás para encontrarme, dueña del encuentro, y el sonido de su respiración se mezclaba con el mío y con ese otro silencio atento que venía de las vigas.

Le volví a poner la mano en el cuello, esta vez desde atrás, y Sana bajó la frente a la alfombra, ofreciendo la garganta a esa presión, el culo más alto. Empujé más despacio y más hondo, cada estocada un recordatorio que le llegaba hasta el vientre, y el aire le silbaba al entrar por el estrecho que le dejaba la mano. En un vaivén giró la cara y me buscó la boca por encima del hombro, torpe, hambrienta. Nos besamos al revés, los dientes chocando, y los de Sana me rozaron el labio de arriba con una gana que no midió. Sentí el tajo, fino y inmediato, el sabor a hierro llenándome la boca antes de que pudiera apartarme.

No aparté la cara. La sangre me llenó el labio inferior y Sana la lamió, la bebió, un sonido de gusto en la garganta, y volvió a besar para sacar más, succionando el corte como me había succionado la polla. El horror de aquello se me mezcló con el placer hasta no distinguirlos, y tampoco paró. Chupó el corte mientras la follaba, la sangre en la lengua, en los dientes, una hebra oscura bajándole por la barbilla hasta el cuello, y las paredes del salón parecieron respirar con nosotros, un hambre vieja que por fin se sentaba a la mesa. Me gustó de un modo que no supe esconderle. A Sana también, porque empujó el culo hacia atrás para clavarse más y no soltó el labio, bebiendo, tragando, el coño apretándome cada vez que el hierro le llenaba la boca.

«Sabe a la casa», murmuró contra la herida, y se rio, breve, atroz y juguetona, la boca pintada de mí. Seguí dentro, al borde, la mano aún en el cuello, y Sana me miró de reojo con los ojos brillantes, esperando que la llenara, pidiéndolo con el cuerpo entero.


Me corrí dentro, hondo, a pulsos largos, llenándola, el semen saliendo con una fuerza que me dobló sobre su espalda, y en ese mismo instante un tercer peso se recostó sobre ella, ancho, frío al principio y después caliente, una presencia que no tenía cuerpo y sin embargo oprimía, usando el hueco que dejábamos entre la alfombra y mi pecho. Sana no se apartó. Arquó el lomo contra ese peso como lo había arqueado contra mí, y un gemido le salió distinto, más bajo, de quien recibe a más de uno y lo quiere. Lo sentí yo también, esa sobrecarga, esa sombra follándola conmigo, empujándola contra mi polla todavía palpitante, y no la saqué de allí. Seguí metido, corriéndome todavía, la sangre del labio goteándonos juntos sobre su hombro, y Sana se apretó alrededor de la polla y de aquello otro hasta que el temblor se la llevó entera, un orgasmo que le duró, que le hizo clavar las uñas en la alfombra y abrir la boca sin sonido.

El peso se quedó un segundo más, pesado, íntimo, y se levantó como se levanta una sábana de un cuerpo que aún tiembla. El salón volvió a ser un salón, aunque las paredes ya no fingían indiferencia. Caí a su lado, la polla saliendo con un hilo espeso que le corrió por el muslo, y Sana se quedó a gatas un momento, la frente en el suelo, respirando, la sangre secándosele en la comisura. Después se echó de lado y me buscó la mano, y por un rato no hubo casa ni cámara, solo el pulso loco en su cuello y el corte latiéndome en el labio. Le aparté el sudor de la sien con los dedos. No dijo nada y no hizo falta. El silencio tenía el peso justo.


Amaneció sucio, con esa luz gris del otoño toledano que no consuela a nadie. Seguíamos en la alfombra, pegajosos, el corte del labio latiéndome cada vez que tragaba. Sana se incorporó despacio y se miró la cadera izquierda, allí donde mi mano había estado toda la noche. Había una marca que no era un moratón de las estocadas: una línea oscura, casi dibujada, abierta como una boca pequeña, que no estaba cuando la desnudé. Pasó el dedo por encima y se le erizó la piel, y vi que le picaba porque volvió a rascarse con el índice, más despacio, como quien escucha.

Encendió la cámara para ver si había grabado algo sin querer, el aparato todavía en la mesa, testigo torpe. En la pantalla, un fragmento breve del salón vacío, anterior a mi vuelta, mostraba una sombra de más junto a la chimenea, alta, sin dueño, inclinada hacia el sitio donde luego la follé. Sana no dijo que fuera un fallo del sensor. Apagó el aparato y se vistió con un cuidado que le volvía a la cara a trozos, no del todo, la falda tapando y destapando esa línea nueva.

Me tocó el labio con el pulgar, suave ahora, el resto de la sangre ya oscura. «Andrés, duele». No era una pregunta y le dije que no, que el tajo era poco, y me besó ahí con una ternura que no pedía perdón. Se quedó un rato sentada en el borde de la mesa, la marca al aire, y vi cómo se rascaba otra vez, distraída y no tanto, la mirada yéndose hacia los postigos por donde aún no entraba bien el día.

«Me pica hacia el bosque», dijo, y después, más bajo, «hacia la luna también». No explicó nada más. «Necesito pinos. Otra luz». Sacó el teléfono y, con el mismo gesto breve con el que había aceptado la casa la tarde anterior, buscó un pinar en el mapa, las fechas cerca, el verde abriéndose en la pantalla, y reservó un rodaje entre los pinos, el pulgar confirmando la hora. La marca le latía debajo de la otra mano. Fuera, Toledo se despertaba sin saber lo que las paredes habían cobrado.