
Irene y el vampiro de la cripta
Romance erótico de vampirosFantasía11 min de lectura
Un relato de Irene Kwon
Irene Kwon, 20 años, se cuela de noche en la cripta de una catedral de Toledo para grabar contenido. El habitante es Álvaro, vampiro adulto. Ella lo tienta en broma y se queda a que la folle y la beba.
La cripta olía a piedra húmeda y a incienso viejo cuando ella bajó los últimos escalones con el teléfono encendido como una linterna de bolsillo. Toledo dormía encima de nosotros bajo un cielo de otoño cerrado, la catedral sin fieles desde el atardecer, y yo llevaba horas escuchando el eco de sus botas en la nave vacía. Tengo treinta y dos años en este cuerpo y muchos más en la sangre, y el silencio de los sepulcros me pertenece desde que el cabildo dejó de bajar con velas. Irene Kwon tenía veinte años y se coló sin permiso por una puerta que yo mismo había dejado entreabierta, o que ella había forzado con la misma alegría con la que se planta delante de una grada. Traía el teléfono en alto y hablaba hacia el cristal iluminado como si el público ya estuviera sentado entre las tumbas.
Dijo su nombre a la cámara. Dijo que era animadora y que grababa contenido, que esta cripta de Toledo iba a quedar preciosa en el vídeo, que si había fantasmas iban a tener que colaborar. Yo salí de la sombra entre dos sarcófagos y ella no gritó. Me miró como si yo formara parte del plan, con esa risa breve que convierte el peligro en material. Le dije que esto no era un decorado. Le dije lo que soy, sin metáfora y sin teatro, con la voz baja porque la piedra devuelve todo. Ella rio más alto, un sonido que rebotó en los arcos, y no se fue. El teléfono siguió grabando el espacio entre nosotros.
«Si de verdad eres eso, entonces esto va a ser el mejor vídeo que he subido», dijo, y me miró de arriba abajo como quien puntúa a un extra que ha salido mejor de lo previsto. Yo no jugué. Quedarse, para ella, todavía era dirigir el chiste. Para mí era otra cosa, y ella aún no lo sabía.
Irene dio un paso hacia mí en lugar de hacia la escalera, y el haz del teléfono me recorrió la cara con una luz blanca y temblorosa. Me dijo que estaba muy serio para ser tan guapo, que el frío de la cripta me quedaba bien, que si de verdad mordía entonces que mordiera, porque si no la escena se quedaba en nada. Apilaba el elogio hasta convertirlo en un reto, y yo sentí cómo el hambre se le adelantaba a la paciencia. Ella ofreció el cuello de lado, riendo, con el pelo oscuro recogido a medias, y el gesto era una broma dirigida a la cámara. Yo no reí.
La tomé de las muñecas y la llevé contra la losa de un sepulcro. La piedra le golpeó la espalda con un sonido sordo y ella soltó el aire, no de miedo, sino de sorpresa alegre, como si el juego hubiera subido de nivel. El teléfono quedó entre nosotros, todavía encendido, apuntando a su boca entreabierta. Le dije que si se quedaba dejaba de ser quien controlaba la broma. Ella tragó saliva y no apartó las caderas. Le pedí que me mirara. Me miró.
Con una mano le sujeté ambas muñecas sobre la cabeza, contra la piedra fría, y con la otra le abrí la boca con el pulgar. No fue delicado. Ella dejó que le metiera los dedos, que le empujara la lengua, que le sintiera el calor húmedo mientras el resto de su cuerpo se tensaba contra el mío. Mi polla ya estaba dura, apretada contra el hueco de su vientre, y ella lo notó porque empujó hacia adelante en lugar de retirarse. Le dije que iba a follarle la boca. Ella contestó que adelante, que la cámara lo iba a pillar todo, y la voz le salió más alta de lo necesario, como si el silencio de la cripta le resultara intolerable.
La hice bajar de rodillas sobre las losas. El frío del suelo debió de subirle por las pantorrillas, pero no se quejó. Me abrí el pantalón y saqué la polla, gruesa y ya húmeda en la punta, y se la puse en los labios sin pedirle otra vez permiso. Ella abrió. La primera embestida le llenó la boca hasta la garganta y un sonido ahogado le vibró alrededor de mí. Le sujeté la nuca. Empecé a follarle la boca de verdad, hondo, con un ritmo que no le dejaba recitar nada para el vídeo.
Irene babeó pronto. La saliva le corría por la comisura y le caía al pecho, y cada vez que retiraba la polla un hilo brillante la unía a su lengua. La miré desde arriba, con las muñecas ahora sujetas a la espalda por mi otra mano, inmóvil contra mis muslos, y ella alzó los ojos con una lucidez que no era de víctima. Quería esto. Lo había pedido en broma y ahora lo tenía en serio, y el contraste le encendía la cara. Le dije que relajara la garganta. Lo intentó. La empujé más adentro y sentí la estrechez húmeda de su garganta alrededor de la cabeza, un calor estrecho que me arrancó un sonido que yo no había hecho en mucho tiempo.
Le follé la boca con paciencia cruel. Entraba hasta el fondo y me quedaba allí un segundo, sintiendo cómo ella tragaba alrededor de mí, cómo le lagrimeaban los ojos sin que dejara de empujar la lengua contra la vena de abajo. Cuando le faltaba el aire la soltaba lo justo para que inspirara, y volvía a llenarla. El teléfono, caído de lado sobre la losa, seguía grabando el perfil de su cara empalada, la mejilla distendida, el hilo de saliva. Ella no pidió parar. Apretó las rodillas contra la piedra y se dejó usar, y cada vez que yo gruñía ella contestaba con un sonido de garganta que me subía por la polla como una mano.
Sentí la corrida subir desde muy abajo, una presión antigua y sucia. Le avisé. Irene no retiró la cabeza. Al contrario, se adelantó y se la metió más hondo, y yo me corrí en su lengua con sacudidas que le llenaron la boca más de lo que podía tragar. El semen le rebosó por los labios, espeso, blanco contra la luz del teléfono, y una parte se le escapó por la barbilla mientras ella tragaba lo que podía, con los ojos cerrados y un ruido de gusto que no era para la cámara. Le sujeté la cara y le hice enseñarme la lengua. Todavía tenía semen encima, brillante, y tragué saliva yo también al verla así, de rodillas en mi cripta, con veinte años y la boca hecha un desastre consentido.
«Más», dijo, y la palabra le salió pastosa. No dijo que estaba cansada. No dijo que esto ya bastaba para el vídeo. Dijo más, y yo la levanté del suelo como si no pesara.
La senté en el borde del sepulcro y le bajé los pantalones de un tirón, junto con la ropa interior, hasta las botas. El aire de la cripta le tocó el coño y ella se estremeció, no de frío solamente. Estaba mojada de un modo que no mentía. Le aparté los muslos con las palmas y la miré, rosada, hinchada, brillante, y le pasé dos dedos de arriba abajo, abriéndola, sintiendo el calor que ya me esperaba. Irene arqueó la espalda contra la piedra y soltó una risa entrecortada que se le quebró cuando le metí los dedos de verdad, hasta el fondo, curvándolos. El teléfono ahora lo tenía ella otra vez, a duras penas, apuntándonos desde un lado, y su mano temblaba.
Le froté el clítoris con el pulgar mientras la follaba con los dedos, y el sonido húmedo llenó el recinto mejor que cualquier rezo. Ella movía las caderas contra mi mano, buscando más presión, y cuando se la quité protestó con un quejido sincero. Me puse entre sus piernas, le alineé la polla, todavía dura, todavía marcada por su boca, y la empujé dentro de un solo golpe. El coño se me cerró alrededor, caliente, estrecho, y un gemido largo se le escapó hacia la bóveda. La sujeté de las caderas contra la losa para que no pudiera huir ni un centímetro. Empecé a follarla con fuerza, hondo, haciendo que cada embestida le golpeara el fondo.
La piedra le recibía la espalda. Yo le recibía el cuerpo. El desequilibrio era completo y ella lo cabalgaba igual, levantando la pelvis para que yo entrara más, con las botas colgando y los muslos temblando. Le dije que la iba a follar hasta que no pudiera hablarle a la cámara. Ella intentó una frase ingeniosa y se le rompió en un gemido cuando le apreté el clítoris entre dos dedos al ritmo de la polla. El sexo era sucio y claro, piel contra piedra, mi vientre golpeándole el suyo, el sonido de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado. Ella se corrió primero, de pronto, con un grito que no moduló para nadie, apretándome por dentro en oleadas que me obligaron a morderle el hombro por encima de la ropa para no correrme todavía.
No paré. La seguí follando durante ese orgasmo, más lento ahora, más hondo, y ella se agarró a mi camisa con las uñas. El teléfono se le escurrió otra vez. Esta vez no lo recogió de inmediato.
Cuando el silencio amenazó con quedarse entre nosotros, Irene alzó la voz otra vez, más alta, como si el recinto se hubiera vuelto demasiado íntimo. Dijo que lo estaba haciendo demasiado bien, que si seguía así el vídeo no iba a poder subirse entero, que yo era un problema precioso. Luego se quedó mirándome, con las pupilas abiertas, y el chiste se le cayó de la boca. Alargó la mano, tomó el teléfono y, en lugar de encuadrarme, apagó la pantalla. La cripta quedó en una penumbra amarilla, apenas rota por una lámpara votiva lejana. Me miró a los ojos y me pidió que la mordiera de verdad, no para el vídeo.
La inmovilicé otra vez, esta vez tendida sobre la losa, las muñecas sujetas a los lados de la cabeza, mis rodillas abriéndole las piernas. Bajé la boca por su vientre, por el vello húmedo, y hundí la cara entre sus muslos. La lamí despacio, saboreando su corrida y la mía mezcladas en el borde de su coño, y ella se retorció contra mis palmas. Luego le aparté un muslo y busqué la cara interna, esa piel fina y caliente tan cerca de la ingle, y dejé que los colmillos le avisaran un segundo. Ella dijo que sí. Mordí.
La sangre le saltó caliente contra mi lengua, metálica y viva, y un sonido le nació en el pecho que no era de dolor solamente. Bebí. La boca se me llenó de sabor, espeso, y yo chupé con hambre antigua mientras le metía dos dedos otra vez en el coño para que el miedo y el placer no se le separaran. Irene lloró un instante, un llanto corto, y después empujó el muslo contra mi boca, ofreciendo más. La herida no era un adorno. Era una segunda boca, abierta, y yo bebí hasta que me temblaron las manos. La sangre le corría por la ingle hacia la losa, oscura, y el olor llenó la cripta de un modo que ningún incienso había logrado nunca.
Le dije que su sangre ya no era solo suya. Ella asintió, con la cabeza echada atrás, y me pidió que no parara.
La subí hacia mí sin sacar los dedos de su coño y le clavé la polla otra vez, de un empujón que le arrancó un grito. Follarla mientras le sangraba el muslo era un desorden sagrado. Cada embestida le movía la herida y le hacía brotar un hilo nuevo, y yo me inclinaba a lamerlo entre golpe y golpe. Luego le aparté el pelo del cuello, ese mismo cuello que ella había ofrecido de broma una hora antes, y la miré. Irene estaba sonrojada, brillante de saliva y de semen seco en la comisura, con los ojos húmedos y una decisión clara. Me pidió el cuello. Me pidió que bebiera ahí también. Me pidió que me corriera dentro mientras lo hacía.
La sujeté de la garganta con una mano, no para ahogarla, sino para sentirle el pulso contra la palma, y la follé más fuerte, más hondo, hasta que el sepulcro crujió bajo nosotros. Cuando el orgasmo me subió otra vez, hundí los colmillos en el lado izquierdo de su cuello. La sangre me llenó la boca al mismo tiempo que me corrí dentro de ella, a chorros, sacudiéndome, llenándole el coño mientras tragaba de su vena. El doble vértigo me dobló encima de su cuerpo. Ella se corrió otra vez alrededor de mi polla, apretada, mojada, con un gemido que se le quebró contra mi oído, y sus manos, libres ahora, se me clavaron en el pelo para no dejarme apartar la boca.
Bebí mientras me vaciaba dentro. Bebí mientras ella temblaba. La marca del cuello era más honda que la del muslo, dos agujeros limpios que no iban a portarse como una herida ordinaria. Cuando al fin levanté la cabeza, tenía la boca roja y ella me miraba como si acabara de entender el precio y lo quisiera igual. Le pasé el pulgar por los labios y ella me lo chupó, saboreando su propia sangre. Le dije que el alba no tardaba. Le dije que la iba a soltar. Ella negó con la cabeza un segundo, pequeña, y después asintió, porque el cuerpo todavía le pedía y la noche ya no daba para otra ronda sin que yo la dejara demasiado vacía.
Antes de que la luz tocara siquiera los vitrales de arriba, la vestí con manos que todavía me temblaban un poco al borde de las heridas. El interior del muslo seguía abierto, oscuro, y el cuello le latía con un ritmo distinto, como si la sangre hubiera aprendido otro idioma. Irene miró el teléfono, apagado, y no lo encendió. No había vídeo. Había pagado con sangre y con las ganas, todavía vivas, de que la volvieran a beber. La acompañé hasta el arranque de la escalera y la solté. No la eché. La dejé ir porque el día no me pertenece, y porque ella todavía podía elegir la calle.
Salió al claustro con el paso menos firme que cuando había bajado, el cuello cubierto a medias por el pelo, el muslo ardiéndole por dentro del pantalón. Toledo empezaba a aclararse en un gris de otoño, húmedo, y el claustro olía a boj y a piedra fría. Yo la vi perderse hacia la puerta que da al exterior, pequeña bajo los arcos, y supe que las dos heridas no iban a cicatrizar como debe cicatrizar la carne. De día iba a tener sed de algo que no es agua. Y en el aire que ella dejó atrás, más abajo todavía que mi propio olor, algo más grande que un vampiro ya la había olido.