
Irene y el dragón de la cueva
Romance erótico con dragonesFantasía11 min de lectura
Un relato de Irene Kwon
Irene Kwon, 20 años, sube a una cueva de los Picos de Europa arrastrada por el calor de la marca. Rodrigo, dragón adulto, la toma por tesoro. Pasan la noche follando con cortejo posesivo y ella no se queda para siempre.
El atardecer bajaba sobre los Picos de Europa con esa luz de cobre que solo concede el otoño, y yo esperaba en la boca de una cueva seca, alta, lejos de los senderos. Me llamo Rodrigo, tengo treinta y ocho años, y esta sierra me pertenece desde antes de que nadie les pusiera nombre a las peñas. La vi subir por la pedrera con una mochila pequeña y una chaqueta de ciudad. Se llamaba Irene Kwon, tenía veinte años, y el cuerpo de quien vive para moverse delante de extraños. El calor de una mordedura de Toledo que no cicatriza la había empujado hasta mí. Yo lo sentí en la piedra antes de verle la cara.
Ella se detuvo en el umbral, se quitó el gorro y me miró como si yo fuera un extra en su propio vídeo.
«Oye, tú no estás en el mapa», dijo, y la voz le salió alta, casi alegre, como si el viento no existiera. «Cara de haber dormido aquí mil años, y me estás midiendo como si yo fuera un premio. Dime que al menos tienes café.»
Yo no tenía café. Lo que tenía era calor, un calor antiguo que dejé subir por la garganta y por las manos hasta que el aire de la cueva dejó de ser frío. Me acerqué sin prisa, porque lo que uno desea de verdad se corteja y no se arrebata a la primera. Irene no retrocedió. Me sostuvo la mirada con esa sonrisa que recluta, la misma que usa para que un estadio grite su nombre, y yo supe que se asustaba un poco de lo bien que le sentaba ser mirada así, sin gradas.
«No hay café», dije. «Hay piedra caliente y una noche. Si entras, entras porque quieres.»
Ella rió, un sonido breve que llenó la cueva, y dejó la mochila junto a la pared. Se acercó hasta que pude olerle el cuello: el sudor del ascenso y, debajo, el rastro de esa otra boca. Puse una mano en su cintura. Ella la cubrió con la suya, no para apartarla.
«Qué posesivo para alguien que acaba de aparecer», murmuró, más bajo, y aun así bromeaba. «Está bien. Me quedo. Esta noche. Y si te pasas, te lo digo.»
El pacto quedó entre nosotros como una brasa. La besé entonces, despacio al principio, y ella abrió la boca con una hambre que no era de turista. Su lengua buscó la mía. Yo la apreté contra la caliza y sentí cómo se le endurecían los pezones bajo la ropa, cómo abría las piernas lo bastante para que mi muslo cupiera entre las suyas. Ya estaba mojada. Lo supe por el calor que le subía por el vientre y por el pequeño sonido que se le escapó cuando le apreté el culo con las dos manos.
La llevé al interior, donde la cueva guarda el calor del día en la piedra lisa, y allí la desnudé sin prisa, prenda a prenda, porque quería verla elegir cada centímetro. Irene levantó los brazos para que le quitara la camiseta. Se rió cuando el aire le rozó los pechos, duros, con las areolas oscuras contra la piel clara. Me agarró la camisa y me la abrió ella. Al tocarme el pecho encontró la piel ardiendo, dura y lisa como moneda antigua, y no apartó la mano.
«Esto no estaba en el folleto», dijo, y la voz le tembló de risa y de ganas. «Sigue. Quiero ver hasta dónde llega.»
La recosté de espaldas sobre la losa tibia. Le tomé las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza, contra la piedra, que le quemaba un poco las palmas. Ella arqueó la espalda. Las rodillas se le abrieron. Yo bajé la boca por su cuello y por el hueco entre los pechos, y le chupé un pezón hasta que ella empujó el pecho contra mi cara. Seguí bajando. Le aparté los muslos con los hombros y le lamí el coño con la lengua ancha, lenta, recorriéndole los labios hinchados y el clítoris que ya le latía. Irene soltó un gemido alto, de esos que no caben en un vídeo, y cerró los muslos contra mi cabeza sin pedirme que parara.
La lamí hasta que se le pusieron duros los muslos y el coño se le abrió, brillante, chorreando contra mi boca. El sabor era salado y dulce, vivo. Metí la lengua dentro y la follé así, despacio, mientras le sujetaba las muñecas y ella forcejeaba no para escapar, sino para frotarse más. Cuando la sentí cerca, me alcé sobre ella. Mi polla ya estaba gruesa y dura, y el calor me subía por la base como si fuera a marcarla desde dentro.
«Dime que sí», le pedí, con la cabeza rozándole la entrada.
«Sí», dijo ella, mirándome a los ojos. «Métela. Quiero sentirla.»
Entré de un empujón hondo, hasta el fondo, y ella gritó contra mi hombro. La follé con tiento primero, sacándola casi del todo y volviendo a hincársela hasta que el vientre le temblaba. Dentro de ella mi polla se endureció todavía más, tan gruesa que le abría el coño más y la clavaba contra la piedra. Irene abrió la boca y no bromeó. Me miró con los ojos muy abiertos, agarrada a esa sensación de quedar llena y fija, y yo la tomé más fuerte, clavándole las caderas, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor de mi polla, bajo un peso que no la dejaba huir.
«Así», jadeó. «No pares. Me estás llenando demasiado y no quiero que pares.»
Me corrí hondo, a empujones, y el semen le subió por dentro en chorros espesos que no cabían del todo. Seguí follándola mientras me vaciaba, con las muñecas aún presas contra la losa, y ella se corrió alrededor de mi polla dura con un temblor largo, el coño apretándome a pulsos, la voz rota. Cuando por fin le solté las manos, se las llevó al bajo vientre, como midiendo lo llena que estaba, y se rió bajito, sin aliento.
Más tarde la envolví en mi chaqueta porque el otoño entra en la cueva cuando el sol se acaba, y ella se quedó sentada contra mi pecho, con las piernas cruzadas y mi semen todavía resbalándole por el interior del muslo. Yo le aparté el pelo de la frente. En la penumbra se me veían escamas en los antebrazos, un brillo oscuro, y ella las recorrió con el dedo como quien comprueba que un truco no es maquillaje.
«Entonces eres un dragón de verdad», dijo, y subió un poco el volumen, porque el silencio de la montaña le pesaba. «Y me has guardado como si yo fuera oro. Nadie me guarda. La gente me aplaude y luego se va a por palomitas.»
«No comparto», respondí. «Si te quedas, te quedas. Esta sierra no es un escenario. Eres tesoro, Irene. Te cortejo para tenerte, no para probarte y devolverte a las gradas.»
Ella se quedó quieta. La idea la calmaba y la asustaba a partes iguales, y yo lo vi en la forma en que se le humedecieron los ojos sin llegar a llorar. Ser de alguien sin público significaba dejar de reclutar. Irse significaba admitir que este cortejo, el único que no había empezado con un like, se le iba a quedar a medias.
«Eres intenso, y caliente, y me has follado como si el mundo se acabara en esta piedra», dijo, apilando el elogio hasta que casi era un desafío, y luego se rió ella primero para que nadie tuviera que sostenerlo. «Mi equipo espera un ensayo. La gira. Si me quedo, se acaba eso.»
Le besé los dedos. El conflicto le latía en el cuello, junto al rastro de aquella otra marca. Yo no le dije que el dragón no negocia. Le dije la verdad más estrecha.
«Puedo guardarte. Puedo llenarte cada noche hasta que se te olvide el ruido. No voy a fingir que me basta una hora.»
Irene apoyó la frente en mi clavícula. Por un momento dejó de ser la chica que sube el volumen. Respiró hondo, y cuando habló lo hizo sin broma, con una claridad que me apretó el pecho más que cualquier grito.
«Guárdame», pidió. «Solo mientras dure la noche. No para siempre. Esta noche soy tuya. Mañana bajo. Eso es lo que puedo darte sin mentirte.»
Acepté porque un tesoro que elige sigue siéndolo, aunque se marche al alba. La besé despacio, y ella me abrió la boca otra vez, ya sin teatro.
La segunda vez no la puse de espaldas. La senté a horcajadas sobre mí, en el mismo calor de la losa, y dejé que el calor de dragón subiera más. Las escamas de los antebrazos se me borraron bajo la piel, lisa y viva, de hombre, y el calor que solté la hizo sudar enseguida. Irene me palpó el pecho con las dos manos, se frotó los pezones contra él, y jadeó cuando el calor le rozó la piel sensible. Mi polla, todavía marcada por ella, se me endureció otra vez, gruesa y caliente, y ella la agarró con las dos manos para guiársela al coño, que seguía resbaladizo de semen y de ganas.
«Esto es más», susurró, y aun así bajó, tomándome ella, centímetro a centímetro, hasta que el grosor le abrió los labios y la base le quedó apretada contra el culo. «Joder. Me cabes de otra manera. No pares de mirarme.»
La follé desde abajo, sujetándole las caderas con las manos grandes, y cada vez que ella bajaba yo subía, hondo, hasta hacerle chocar el clítoris contra mi vientre caliente. El roce le sacaba un gemido corto y luego otro, y yo le hablé al oído mientras la empalaba, diciéndole que era mía esa noche, que la iba a dejar chorreando, que lo preciado se guarda caliente. Irene asentía, con el pelo pegado a la cara, y se dejaba llenar otra vez, eligiendo cada bajada, cada vez que se quedaba clavada hasta el fondo y se frotaba en círculos pequeños, desesperada.
Cuando se corrió, lo hizo con la espalda arqueada y un grito que se perdió en la bóveda. El coño se le cerró a pulsos violentos alrededor de mi polla, y yo la seguí follando durante el orgasmo, sin soltarle las caderas, hasta que me corrí otra vez dentro, más semen empujando al que ya tenía, hasta que le rebosó por los muslos y le goteó sobre mi vientre. Ella se quedó encima, temblando, con las palmas abiertas sobre mi pecho, y yo le lamí el sudor del cuello como quien sella.
La recosté de lado y le limpié el interior del muslo con la palma, despacio, no para borrar nada, sino para sentir lo mía que estaba todavía. Irene tenía los ojos brillantes y la boca hinchada. Le pasé un dedo por el pecho, entre los pechos, y allí, contra el esternón, dejé una escama mía, recién aflorada y arrancada con cuidado, caliente, del tamaño de una moneda. Se le pegó a la piel como si la reconociera.
«Esto no te ata para siempre», dije. «Te nombra. Si alguien te vuelve a tocar, sabrá que te he tenido. Si tú quieres, latirá cuando me recuerdes.»
Ella miró la escama, luego a mí, y no hizo ninguna broma de estadio. Asintió. Presionó la placa contra su piel hasta que el calor se le metió debajo, y yo vi cómo se le erizaba el vello de los brazos.
«No me voy vacía, entonces», dijo, más bajo. «Me llevo esto. Y lo que me has dejado dentro. Y la idea, que es lo peor, de que alguien me querría fuera de las gradas.»
La besé en la frente, en la boca, en el pecho junto a la escama. Dormimos un rato, si a aquello se le puede llamar dormir: yo la rodeaba con un brazo y ella se metía contra el calor como quien ha encontrado, por una noche, un sitio donde no tiene que reclutar a nadie. Fuera el viento de los Picos barría la pedrera. Dentro, yo guardaba lo que me había dejado guardar.
Antes del alba la desperté con la boca en el cuello y la mano entre las piernas, porque la noche aún no se había acabado del todo y ella lo había pedido así. Irene se abrió enseguida, mojada otra vez, y me dejó ponerla de rodillas sobre la chaqueta. Le sujeté las muñecas a la espalda, no con saña, con esa firmeza que a los dos nos encendía, y la follé despacio desde atrás, hondo, con la polla otra vez dura contra el fondo de su coño. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, y yo se lo di hasta que se le quebró la voz y se corrió con la cara contra la tela, el semen anterior saliéndole alrededor de mí en hilos blancos.
La llené por tercera vez, hasta que el vientre le pesó y ella rió, ya sin aliento, un sonido pequeño y verdadero. La solté. La giré. Le besé la boca con una ternura que no contradecía lo sucio de lo que acabábamos de hacer. Irene me miró a los ojos y yo supe que se marchaba con eso intacto: el miedo y el alivio de haber sido tesoro, y la decisión de no quedarse.
«Bajo con la primera luz», dijo. «No me acompañes. Si me acompañas, igual no bajo.»
Respeté eso. Un dragón que corteja de verdad también sabe cuándo lo que desea elige la puerta.
La vi recoger la mochila al filo del alba, con mi chaqueta aún oliéndole en la piel y la escama oscura pegada al pecho, visible cuando se ajustó la camiseta. El semen se le quedaba dentro; lo supe por la forma en que apretó los muslos al dar el primer paso sobre la caliza fría. No se había quedado. Había pagado la noche con el cuerpo y con esa idea que no se apaga, la de que alguien la querría sin gradas y sin likes, y aun así bajaba hacia el ensayo pendiente, hacia el equipo, hacia el ruido que sabe manejar.
Yo permanecí en la boca de la cueva y la seguí con la vista mientras el otoño le devolvía el frío a las mejillas. La sierra no comparte, y yo no compartí nada que ella no se llevara por su propia voluntad. Cuando desapareció detrás de la pedrera, sentí la escama a distancia, un pulso mínimo, mío y ya no del todo mío.
Más abajo, cuando el sueño la alcance, la escama ha de latir contra ese pecho que yo llené de calor. En el sueño un hombre sin cuerpo sólido le dirá que su actuación es comida y que irá a recogerla. Yo lo supe como se saben las corrientes de la montaña: no con palabras, con hambre. Ella ha bajado. La marca sigue abierta. Y lo que viene no pide aplauso.