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Abigail Ouellet

Abigail y la escritora sin apellido

Romance lésbicoQueer10 min de lectura

Un relato de Abigail Ouellet

Abigail Ouellet, 23, acude de noche a un salón literario privado que su hotel patrocina. Camille, novelista que no da apellido, la reconoce por su contenido y la lleva al fondo de la biblioteca. Van a follar entre los estantes antes de que Abigail pueda convertir el encuentro en hospitalidad.

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La lluvia fina de octubre no llegaba a ser tormenta y aun así había oscurecido los cristales del club literario hasta convertir Montreal en un rumor de faroles y de hojas pegadas a la acera. El olor a lana mojada y a leña recién avivada se mezclaba con el de las copas, y las voces de las socias subían y bajaban como si el salón entero respirara con ellas. Yo había cruzado la puerta sin entregar apellido ni tarjeta, con veintiocho años y un manuscrito incompleto en el bolso, y me quedé cerca de la chimenea mientras las socias citaban novelas como quien recita un menú. El calor me llegaba a las pantorrillas y no al pecho. Abigail Ouellet entró poco después, veintitrés años, el abrigo todavía húmedo en los hombros, enviada por el hotel que pagaba aquella noche para que nadie se sintiera mal atendido. Traía el pelo oscuro pegado a las sienes por la llovizna y una expresión de atención tan entrenada que casi dolía. La reconocí por la manera en que miró primero a las copas vacías y después a las caras, y también por los huecos de su contenido, esas pausas que yo había visto en la pantalla como si fueran habitaciones sin ocupar.

Me acerqué con la copa llena y no me presenté del todo. Dije mi nombre de pila y nada más, y le hablé de lo que ella no subía, de las preguntas que cortaba justo cuando alguien al otro lado de la cámara podría haber exigido una respuesta más honda. Abigail no retrocedió. Me miró como se mira a un huésped difícil, con esa paciencia que no es sumisión sino oficio, y aun así noté el leve temblor de sus pestañas cuando dije su apellido en voz baja. Atendió lo que yo no había pedido, el abrigo, el frío de la sala, la posibilidad de que yo estuviera de pie por orgullo y no por gusto, y solo entonces dejó que una sonrisa traviesa le llegara a la boca.

«Si quiere, le busco un sillón junto al fuego y un tinto que no sepa a metal», dijo, completa, cálida, sin dejar la frase a medias. «Usted ha venido a leer o a que la miren leer, y de cualquiera de las dos formas merece un asiento que no la convierta en parte de la decoración.»

Yo no acepté el asiento. Le dije que el programa no me interesaba y que ella tampoco estaba ahí solo por el hotel, y Abigail inclinó la cabeza como si acabara de oír una queja que todavía no tenía forma. El fuego le pintó un reflejo cobre en el labio inferior. Me preguntó qué necesitaba yo de aquella noche, y en esa pregunta entendí que nunca iba a decirme lo que quería ella. El conflicto se instaló ahí, suave y preciso: ella intentaba hospedarme y yo no se lo iba a permitir. Si se corría sin haber servido algo, se le iba a romper la idea tan bien hecha de que el deseo cabe detrás de la cortesía. Mencionó de pasada una reunión de marca a la mañana siguiente, una de esas que ya había pensado cancelar porque estaba cansada de ofrecerse como un menú de opciones, y yo guardé esa frase como se guarda una llave.


La biblioteca privada ocupaba el ala de atrás, con techos altos y el olor a papel viejo que en otoño se mezcla con la humedad de los abrigos. La llevé entre estantes sin pedirle permiso al salón, y Abigail me siguió como si todavía pudiera convertirme en una huésped más, con esa cortesía que en ella no es disfraz sino forma de pensar. Sus pasos eran cortos, precisos, y el abrigo le golpeaba suavemente las rodillas cada vez que girábamos. Cerré la verja de un pasillo estrecho y el metal sonó bajo, definitivo, separándonos del resto de la noche. Al fondo, una puerta de cristal daba al corredor por el que las socias iban a buscar ediciones raras, y cualquiera que pasara podría vernos si se detenía lo bastante.

Abigail miró el cristal y no pidió que lo cubriéramos. Eso me importó más que cualquier sí todavía no nombrado. El silencio de los lomos se nos metió entre las costillas. Le pregunté qué quería, de verdad, ahora que no había copas ni sillones que interponer, y ella sostuvo mi mirada con una calidez que ya no era solo oficio. Me devolvió la pregunta con esa costumbre suya de no ofrecerse nunca del todo, preguntándome qué buscaba yo en una mujer que todavía no tenía mi apellido, y yo sentí el hambre subirme por la garganta. La puse contra los lomos de los libros y la besé. Abigail abrió la boca y me devolvió el beso, sin convertir el gesto en hospitalidad, con las manos en mi cintura como quien decide quedarse.

El beso no se quedó en la boca. Sabía a tinto barato y a lluvia, y su lengua me buscó con una urgencia que ella no habría puesto nunca en un mensaje. Le metí un muslo entre las piernas y ella se frotó contra mí con un sonido bajo que intentó tragar, y yo le desabroché el pantalón con una calma que no sentía. El aire de la biblioteca le tocó la piel de los muslos y Abigail apretó los libros a su espalda, mirando una vez más hacia el cristal, no para huir, sino para comprobar que el riesgo seguía ahí y que las dos lo queríamos.


Le bajé el pantalón hasta media pierna y no llevaba casi nada debajo, solo tela oscura ya marcada por la humedad. Pasé los dedos por encima y sentí el calor de su coño antes de apartarle la prenda a un lado, y Abigail jadeó contra mi cuello con un temblor que no pedía que parara. Me arrodillé entre los estantes, con las rodillas sobre la madera vieja, y le abrí los labios con los pulgares para verla de cerca, rosada, brillante, olorosa a piel y a ganas contenidas durante demasiadas horas de sonreírles a extraños. La lamí despacio primero, con la lengua plana sobre el clítoris, y a ella se le quebró la voz en un gemido que intentó volver cortés y no pudo.

Después la lamí sucio. Metí la lengua donde estaba más caliente y chupé como si el pasillo entero pudiera oírnos, y Abigail se agarró a mi pelo con una mano que ya no servía a nadie. Le metí un dedo y luego dos, mojados de ella, curvándolos hacia dentro mientras la lengua no le daba tregua al clítoris, y sentí cómo se apretaba alrededor de mis nudillos con una fuerza que la delataba. El cristal al fondo seguía ofreciendo el corredor iluminado, y cada vez que un rumor de pasos se acercaba ella no cerraba las piernas: las abría un poco más, como si quisiera que la vieran así, conmigo de rodillas y el pantalón hecho un desorden a media altura.

«Camille», dijo, y mi nombre en su boca sonó a algo que ella no había planeado dar. Yo no levanté la cabeza. Seguí follándola con los dedos y con la lengua, escuchando cómo se le deshacía la cortesía en gemidos cada vez menos disimulados, y pensé que si una socia se detenía al otro lado del cristal vería exactamente esto: a la emisaria del hotel con el coño en la boca de una escritora sin apellido, temblando contra los lomos de unos libros que nadie iba a leer esa noche.


Le pregunté otra vez qué quería, con los labios todavía pegados a ella, y Abigail intentó devolverme la pregunta, la voz rota, las caderas buscándome sin permiso. No se lo permití. La tuve contra los libros y le comí el coño de verdad, sin analogías, chupándole el clítoris con la boca abierta mientras los dos dedos le entraban hasta donde ella se doblaba hacia adelante. Abigail dejó de intentar acomodarme. Se corrió con un gemido largo que no tuvo tiempo de volver educado, apretándome la cabeza contra su sexo, y me lo soltó todo en la boca, caliente, abundante, con sacudidas que le recorrieron los muslos y me llenaron la lengua de ella.

La seguí lamiendo mientras se le iba la ola, más despacio, bebiéndola, y Abigail temblaba y reía un poco, esa risa breve de quien acaba de perder una idea de sí misma y todavía no sabe si duele. Me miró desde arriba, con los ojos húmedos y la boca abierta, y por un instante supe que el puesto en el hotel, si alguien nos había visto, quedaba expuesto de una forma que ella no podría explicar con una sonrisa de concierge. No apartó la mirada del cristal. Quería que el riesgo siguiera ahí, y yo también, porque el hambre no se me había ido: se me había puesto más clara.

Me levanté y la besé para que se probara. Abigail chupó mi lengua sin asco, con una avidez que ya no era servicio, y sus manos bajaron a mi falda con una decisión que yo no le había pedido. El pasillo de fuera crujió. Las dos nos quedamos quietas un segundo, escuchando, y el deseo no bajó: se nos puso más denso, más sucio, más consciente de que una mujer adulta podía aparecer del otro lado del cristal y llevarse esa imagen para siempre.


Abigail se arrodilló. No me lo ofreció como se ofrece un asiento. Se bajó hasta la madera, me alzó la falda y me bajó la ropa interior por los muslos con las manos firmes, y cuando me abrió el coño con los pulgares lo hizo como quien por fin toma algo que no está en ningún menú. Me lamió con una hambre que me desarmó de inmediato, lengua ancha, saliva, el ruido húmedo de su boca llenándome el silencio de la biblioteca. Me agarré a los estantes y la miré: aquella chica que contestaba siempre completo, que nunca dejaba una pregunta colgando, ahora tenía la cara entre mis piernas y se estaba ensuciando la barbilla a propósito.

Le cogí el pelo y la acerqué más, y Abigail gimió contra mi clítoris con un sonido que me recorrió entera. Metió la lengua dentro, me folló con ella, me chupó los labios como si quisiera llevárselos, y yo le hablé bajo, sucio, diciéndole que iba a correrme en su boca, que tragara, que no limpiara nada. Ella no preguntó si yo estaba bien. Por una vez no convirtió mi cuerpo en una lista de necesidades a resolver. Me comió hasta que se me tensaron los muslos y se me fue el aire, y me corrí sucio, empapándola, con un orgasmo que me dobló sobre ella y le llenó la boca de mí, espeso, abundante, sin analogía posible.

Abigail tragó y siguió, más lenta, lamiéndome lo que se me escapaba por los muslos, y en ese momento una socia cruzó el pasillo del otro lado del cristal. Se vio el abrigo oscuro, el perfil, el paso que no se detuvo. No entró. Siguió de largo como si el reflejo de dos mujeres entre los estantes pudiera ser una ilusión del cobre de las lámparas. Abigail no se apartó. Me miró desde abajo, con la boca brillante y los ojos encendidos, y supe que las dos habíamos querido exactamente eso: ser vistas lo bastante como para que el miedo se volviera otra forma de estar mojadas.


Me vestí con las manos todavía torpes, bajándome la falda, acomodándome la ropa interior húmeda, y Abigail se levantó y se subió el pantalón con una dignidad que no le tapaba el temblor de las piernas. Intentó decirme algo que sonaba a hotel, a si yo necesitaba un coche, a si el club podía mandarme el manuscrito por la mañana, y yo le puse un dedo en los labios porque esa era precisamente la trampa. No le di apellido. No le di tarjeta. Saqué del bolso una sola página, un folio doblado donde una concierge no pedía nunca lo que quería y reescribía, noche tras noche, un borrador de contenido que no se atrevía a publicar.

Dejé la página sobre el atril más cercano, entre un diccionario y una edición de poemas que nadie iba a abrir, y Abigail la miró como se mira una llave que no se ha solicitado. Me vestí del todo, me pasé la muñeca por la boca, y le dije que lo que había pasado no cabía detrás de ninguna cortesía, por más cálida que fuera su voz. Ella no me pidió que me quedara, y esa ausencia de petición me dolió más que si lo hubiera hecho, porque por un segundo creí que iba a atreverse. No lo hizo. Yo salí por la verja y la dejé en el pasillo de estantes, con el cristal a la espalda y mi sabor todavía en la lengua.


Desde el vestíbulo vi cómo volvía al atril. Abigail tomó la página con las dos manos, la dobló con un cuidado que no era de hotel, y la guardó dentro del abrigo, contra el pecho, como si el papel pudiera seguir caliente. No tenía un nombre al que escribir. Yo desaparecí con el resto del manuscrito bajo la lluvia fina de Montreal, y ella se quedó sin saber cómo pedirme otra vez lo que no había sido capaz de nombrar entre los libros. En la acera, a través del cristal empañado, la vi sacar el teléfono y no cancelar aquella reunión de marca que habría rechazado al anochecer, buscando, sin decírselo a nadie, que alguien volviera a quererla sin menú.