
Abigail y la vecina del quinto
Romance lésbico de vecinasQueer13 min de lectura
Un relato de Abigail Ouellet
Noémie, vecina adulta del mismo rellano, sube a quejarse porque Abigail no para de moverse de noche. La discusión en el rellano se vuelve manoseo consentido. Van a follar contra la puerta y luego en el piso de Noémie, y Abigail va a soltar lo que no dijo en ningún despacho.
El golpe en su puerta no fue educado. Yo había esperado meses, había oído a través de la pared cómo Abigail se corría con la boca cerrada, y aquella noche de febrero, con la nieve pegada a las ventanas del quinto, crucé el rellano de una vez. El pasillo estaba más frío de lo que recordaba, con esa humedad que se cuela en los edificios viejos cuando el invierno se instala de verdad, y todavía me ardían los nudillos del golpe cuando oí sus pasos al otro lado. Cuando abrió, llevaba una camiseta de hotel demasiado grande y los ojos hinchados de no dormir. El cuello de la camiseta se le había resbalado hacia un hombro, y debajo se le veía la piel pálida, marcada por el roce de las sábanas. Abigail Ouellet, veintitrés años, concierge y vecina del mismo rellano, me miró como si yo fuera una huésped molesta a la que había que acomodar antes de que el resto del edificio se quejara. Tenía el pelo suelto, oscuro, pegado a la sien, y olía a esa mezcla de sueño y jabón que yo había imaginado tantas noches contra la pared.
«Lo siento», dijo, y la frase salió entera, cálida, como si el pasillo mereciera el mismo trato que un vestíbulo. «Si el ruido te ha despertado, puedo bajar la televisión. Dime qué necesitas y lo arreglo esta misma noche.»
Su voz era la misma que usaba con los huéspedes, esa cortesía entrenada que no dejaba espacio para el enfado ajeno. Yo la miré a la boca mientras hablaba, a cómo se le humedecían los labios con el aire frío, y pensé en todos los orgasmos que le había oído tragar para no molestar a nadie.
No quería que lo arreglara. Quería que dejara de tratarme como un problema de piso. Le dije que no había venido por un favor de hotel, que llevaba meses escuchándola correrse en silencio y que nunca pedía nada, ni siquiera a las paredes. El rellano olía a madera húmeda y a su jabón barato. Nadie más abrió. El ascensor estaba quieto dos plantas más abajo, y el riesgo de que las puertas se abrieran era lo único que nos mantenía de pie y todavía vestidas. Yo oía mi propia respiración, demasiado alta, y veía cómo a ella se le marcaban los pezones contra la tela fina de la camiseta, no por el deseo todavía, sino por el frío que subía por las escaleras.
Abigail se quedó en el umbral con una mano en el marco, dispuesta a convertir mi enfado en una queja que ella pudiera resolver. Los dedos se le aferraban a la madera como si el marco fuera el mostrador del hotel, el último sitio donde todavía sabía qué decir. Yo tenía veinticinco años y llevaba demasiado tiempo queriéndola como vecina, no como clienta, y se lo dije sin suavizarlo. Las palabras me salieron más duras de lo que había planeado, y aun así no retrocedí. Ella bajó la mirada hacia mis labios y luego hacia el botón del ascensor, como si el verdadero peligro estuviera en que alguien bajara y nos viera discutiendo a esa hora. Un mechón le caía sobre la mejilla y no se lo apartó. Tragué saliva. Quería meterle la mano en el pelo y tirar, no para hacerle daño, sino para que dejara de mirar el ascensor como si el edificio pudiera salvarla de mí.
«No estás enfadada por el ruido», dijo, y por primera vez no me ofreció una solución. «Estás enfadada porque yo no te he abierto antes. Dime si quieres que me calle o si quieres que te deje entrar.»
La pregunta le tembló un poco al final, apenas, y eso me bastó. Le contesté que quería besarla ahí, contra su propia puerta, y que si el ascensor se abría nos iban a ver. Abigail no se apartó. Asintió con un movimiento mínimo, y cuando mi boca encontró la suya el beso fue húmedo y urgente, con su lengua buscándome como si hubiera estado esperando permiso para dejar de ser educada. Sabía a pasta de dientes y a sueño, a esa boca que se había cerrado tantas noches para no gemir. La empujé contra la madera. El golpe fue sordo, contenido, y ella abrió la boca más, dejándome entrar del todo. Metí la mano bajo la camiseta, subí por el vientre caliente, y descubrí que no llevaba sujetador. La piel se le erizaba bajo la palma. Le apreté un pecho, le pellizqué el pezón hasta que un sonido bajo se le escapó contra mi boca, y entonces bajé la mano por dentro del pantalón de dormir. El elástico estaba caliente de su cuerpo. Ella se tensó un segundo, no para apartarme, sino para abrirse.
Estaba empapada. El elástico cedió y mis dedos resbalaron sobre el vello mojado, abrieron los labios de su coño y encontraron el clítoris ya duro. El calor me subió por la muñeca. Abigail se agarró a mis hombros y abrió un poco las piernas en el rellano, lo suficiente para que yo pudiera meterle dos dedos de una vez. Estaba estrecha y resbaladiza, y el interior se le cerró alrededor de mí como si hubiera estado esperando exactamente eso. El pasillo seguía vacío. El espejo del rellano nos devolvía el reflejo de su cadera empujando contra mi muñeca, y yo la follé así, de pie, con la puerta a su espalda y el oído puesto en el hueco del ascensor. Veía su cara en el cristal oscuro, los ojos entrecerrados, la boca abierta contra mi mejilla, y pensé que por fin la tenía donde la había oído todas esas noches, sin la pared de por medio.
Le hablé al oído mientras la penetraba. Le dije que se corriera ahí, con la posibilidad de que cualquiera bajara, y que yo no iba a taparle la boca porque quería oír lo que nunca pedía. El aliento se me condensaba contra su cuello. Abigail apretó los dientes y aun así un gemido se le rompió en la garganta cuando mis dedos se curvaron y le froté el clítoris con el pulgar al mismo tiempo. El pantalón le quedó bajado a media nalga. La carne se le veía blanca, marcada por el elástico, y yo le apreté el culo con la otra mano para mantenerla abierta. El aire frío del invierno se colaba por la junta de la ventana del rellano y le erizaba la piel de los muslos, y esa mezcla de frío y de mi mano dentro de ella la hizo temblar de una forma que no tenía nada de silencio. Cada vez que metía los dedos hasta el fondo, ella empujaba hacia mí, y el sonido húmedo se volvía más claro, más imposible de negar.
«Si alguien abre esa puerta nos ve con tus dedos en mi coño», dijo, y la frase completa le salió entrecortada, sin dejarme la pregunta a medias. «Sigue. No pares ahora que ya no puedo fingir que esto es una queja de vecina.»
La oí pedirlo y algo se me desordenó en el pecho. Metí los dedos más hondo, más rápido, y el sonido húmedo de su coño llenó el rellano de un modo obsceno. Abigail se corrió de pie, con las rodillas blandas, chorreándome la mano mientras se mordía el labio para no gritar. La sentí contraerse alrededor de mis dedos una vez, otra, y una tercera que la dejó colgada de mí. El orgasmo le recorrió el vientre en oleadas visibles, y ella escondió la cara en mi cuello, respirando como si se le hubiera acabado el aire educado. El panel del ascensor no se iluminó. Yo le saqué los dedos despacio, se los mostré brillantes y me los metí en la boca delante de ella, porque quería que viera que no iba a devolverle el anonimato ahora que la había oído pedirme que no parara. El sabor era denso, suyo, y ella me miró hacerlo con los ojos todavía vidriosos, sin recogerse el pantalón.
La llevé al piso de al lado, el mío, sin darle tiempo a recomponerse el pantalón. Cerré con llave. El pestillo sonó demasiado alto en el silencio del quinto. La nieve golpeaba el cristal de la cocina y la calefacción vieja hacía un ruido constante que ya no iba a delatarla. Abigail se quedó en medio del salón con la camiseta subida y el coño todavía reluciente, y yo la hice sentarse en el borde de mi mesa, le quité del todo la ropa de dormir y le abrí las piernas hacia mí. La camiseta le quedó enredada en un brazo. Ella no se cubrió. Me miró desde arriba, con las rodillas abiertas sobre el borde de madera, y yo vi el brillo que le bajaba por la cara interna del muslo, lo que se le había escapado en el rellano y lo que seguía saliendo ahora, sin nadie que pudiera oírla salvo yo.
Me arrodillé. El suelo frío me llegó a las rodillas y no me importó. Le comí el coño con la lengua plana, de abajo arriba, saboreando lo que se había corrido en el rellano y lo que seguía saliendo. Estaba hinchada, caliente, y se le cerraba contra mi boca cada vez que yo subía. Le chupé el clítoris con la boca cerrada alrededor, fuerte, y metí la lengua dentro de ella como si quisiera llegar más adentro de lo que habían llegado los dedos. Abigail se agarró a mi pelo y empujó las caderas contra mi cara. No me pidió que fuera más suave. Jadeaba con frases enteras, diciéndome que estaba bien, que siguiera, que no me levantara todavía, y cada frase era una cortesía destrozada por el placer. «Está bien, sigue, no pares, por favor no te levantes todavía», decía, y el por favor le salía sucio, roto, nada que ver con el vestíbulo. Yo la sujeté por los muslos para que no se me escapara de la mesa, y sentí cómo se le aflojaban las rodillas otra vez.
Le metí un dedo otra vez mientras lamía, y luego dos, y la follé con la mano al ritmo de la boca. El sabor era denso, salado, y su muslo temblaba contra mi mejilla. Cuando levanté la vista, Abigail me miraba con los ojos húmedos de una angustia que no era rechazo. Era el miedo de haber cruzado el pasillo y no saber cómo volver a ser solo la vecina educada. Le dije, con la boca todavía pegada a ella, que no tenía que volver a serlo esa noche. Ella no contestó con palabras. Me apretó la cabeza contra su coño y se dejó abrir.
La recosté en el sofá, le doblé las rodillas hacia el pecho y le volví a meter los dedos en el coño, más hondos, abriéndola. Desde esa posición se le veía todo, el vello oscuro, los labios brillantes, el agujero del culo contraído por el frío y por lo que yo estaba a punto de hacerle. Con la otra mano le humedecí el culo con lo que goteaba de ella y le presioné un dedo contra el agujero, despacio, hasta que el músculo cedió y entré. Abigail soltó un sonido que no era un gemido limpio. Era más roto, más necesitado, y se le llenaron los ojos de una vez. Yo no saqué el dedo. Lo dejé ahí, quieto un segundo, para que sintiera que yo no iba a tratarla como un problema que se resuelve y se cierra.
«No me mandes de vuelta al pasillo enseguida», pidió en voz alta, y esa fue la primera cosa que quiso para ella sin disfrazarla de pregunta sobre mí. «Fóllame así. Déjame el dedo en el culo y la mano en el coño y no me dejes irme todavía. Si me echas ahora voy a volver a ser la de al lado y no voy a saber pedirte esto otra vez.»
Se lo di. La follé con tres dedos en el coño y uno en el culo, llenándola hasta que las dos manos trabajaban en ella como si el cuerpo de Abigail hubiera estado esperando exactamente esa grosería. Ella lloraba y se corría a la vez, un llanto corto, vergonzoso, de quien se oye pedir y no puede recoger las palabras. Las lágrimas le bajaban hacia las sienes y yo se las besé sin dejar de mover las manos. Le besé la boca para tragarle ese sonido. Le dije que no la iba a echar, que la había oído, que el rellano ya no le devolvía el anonimato porque yo ya la había visto pedir. Abigail apretó el culo alrededor de mi dedo y el coño alrededor de la otra mano, y se rompió otra vez, más fuerte, mojándome la muñeca hasta el antebrazo. El sofá se le quedó húmedo debajo. Ella se quedó con las rodillas todavía dobladas, respirando a bocanadas, y yo no saqué las manos hasta que el temblor se le fue convirtiendo en cansancio.
Me subí encima de su muslo y froté mi coño contra ella, buscando el mismo desorden. Estaba empapada de tanto tenerla, de tanto oírla, y el roce contra su piel me hizo cerrar los ojos. Abigail metió la mano entre nosotras, me encontró empapada y me metió los dedos con una torpeza urgente que me hizo jadear contra su cuello. No era hábil. Era necesitada. Nos follamos así, pegadas, su mano en mí y la mía todavía dentro de ella, hasta que el orgasmo me vino de golpe y se lo dejé en los dedos. Ella se corrió otra vez enseguida, más corto, más cansado, y nos quedamos temblando en el sofá con la nieve todavía pegada al cristal y el edificio entero durmiendo al otro lado de la pared. El calor de su cuerpo me llegaba a través de la camiseta arrugada. Yo le acaricié el pelo húmedo de la sien y ella no se apartó.
La llevé a la cama sin preguntarle si quería quedarse. Abigail se durmió de lado, con la cara en mi hombro, y yo la miré demasiado tiempo, pensando en todos los meses en que había oído su silencio y en lo poco que costaba ahora tocarla. Se le acompasó la respiración contra mi cuello. Tenía una marca mía en el muslo, un enrojecimiento de la palma, y yo no se la cubrí. Antes del alba se despertó sola. Se vistió con la ropa arrugada del rellano. En la cocina, con la luz gris del invierno canadiense, le dije que no quería volver a ser solo la vecina del quinto, que quería ser más que eso, que quería que me abriera cuando no hubiera una queja que resolver. El café ni siquiera había empezado a oler. Ella se abrochó el pantalón con las manos todavía torpes y no me miró a los ojos hasta el final de la frase.
Abigail me miró como se mira una pregunta demasiado directa. No se quedó. Cruzó el rellano descalza, abrió su puerta y desapareció sin decir qué éramos. Había perdido el anonimato de ese pasillo: yo ya la había visto pedir que no la mandaran de vuelta. La nieve seguía pegada a las ventanas. Yo me quedé en la cocina con el gusto de ella todavía en la boca y el silencio del quinto volviendo a ocupar el sitio que ella había dejado.
En mi cama quedó el olor de su coño y el hueco de su cuerpo. Yo me senté contra la cabecera y pensé en insistir, en volver a golpear, en preguntarle otra vez qué quería de verdad, porque esa pregunta era lo único que ella nunca contestaba del todo. El colchón todavía estaba caliente de su lado. Al otro lado de la pared oí cómo encendía el teléfono, cómo se quedaba quieta. Imaginé su cara a la luz del aparato, esa misma cara educada que se le había roto contra mi boca. Más tarde supe, porque ella misma me lo enseñó con la boca apretada, que una fotógrafa que la sigue le había escrito sin rodeos qué quería hacerle en un estudio: desnudarla bajo las luces, abrirla de piernas frente a la cámara, y no parar hasta que Abigail pidiera, con todas las letras, que la follaran delante del objetivo. Yo leí el mensaje por encima de su hombro días después, cuando ella volvió a cruzar el rellano sin una queja que resolver, y entendí que el silencio con el que se corría no era modestia. Era el último sitio donde todavía podía no pedir.