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Abigail Ouellet

Abigail en la oficina de Valentina

Relato lésbicoQueer13 min de lectura

Un relato de Abigail Ouellet

Abigail va a una agencia a firmar un contrato de contenido. Valentina, que dirige la cuenta y puede hacer caer el trato, dice que la quiere también fuera. Van a follar en el despacho a última hora, con gente adulta aún en el pasillo.

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La luz sucia de finales de otoño entraba ya de lado por los cristales de la agencia, esa hora de Montreal en la que el atardecer se adelanta y las oficinas se vuelven más honestas de lo que pretenden. Abigail Ouellet cruzó el umbral con el abrigo todavía abrochado. El viento del centro le había encrespado un poco el pelo, y yo supe, antes de que hablara, que el contrato sobre mi escritorio dependía de mí tanto como de ella. Traía las mejillas rosadas por el frío, y el abrigo negro le marcaba los hombros con una precisión que yo ya había estudiado en las fotos de su perfil. Tenía veintitrés años y yo veintisiete, y la diferencia no estaba en el número sino en quién podía hacer caer el trato con una sola frase. Había mantenido la reunión en el calendario y se sentó frente a mí con esa calma de quien pasa el día resolviendo lo que otros no saben pedir. Yo cerré la puerta del despacho lo bastante para que el pasillo siguiera oyendo, y lo bastante para que ella entendiera que esto ya no era del todo trabajo. El pestillo no llegó a encajar del todo, de manera que quedó un hilo de aire y de voces. Ella lo notó, bajó la mirada al pomo y luego a mis manos, y no dijo nada, que era su manera de aceptar el terreno.

«He visto lo que publicas», le dije, y dejé que la frase se quedara entre nosotras mientras yo empujaba hacia ella la carpeta con las cifras del brief, el encargo que nos tenía sentadas una frente a la otra. «No solo el brief. Te quiero también fuera de esto. Una cita. De verdad.» Ella miró primero el papel y después mi boca, como si pudiera elegir cuál de las dos cosas merecía una respuesta completa, y entonces sonrió con esa calidez que no es rendición. Un lunar pequeño, que yo no había visto en las capturas de su perfil, le marcaba la piel junto al labio izquierdo, y al sonreír se le movió apenas.

«Tú estás pensando en lo que no has puesto sobre la mesa», dijo, y acomodó el contrato entre nosotras con los dedos lentos. «Dime qué necesitas que cierre esta noche y lo cerramos. El resto puede esperar a que tú sepas si lo quieres o si solo lo estás probando.» El calor me subió por el cuello en cuanto desvió la pregunta hacia mí con una limpieza casi cruel, y el deseo que yo traía desde la pantalla se me concentró de golpe entre las piernas. La había visto reír en un vídeo de quince segundos, con la boca abierta y el cuello largo, y ahora esa misma boca estaba a un metro, hablando de plazos como si el cuerpo no existiera. El despacho olía a café frío y a papel, y debajo de eso, de pronto, a ella: un rastro limpio de jabón y de piel caliente que el abrigo no conseguía esconder.

«No estoy probando», dije, más bajo. «Lo sé desde hace semanas. Tú lo sabes también.» Ella inclinó la cabeza, como si sopesara si merecía la pena contestarme con la misma honestidad, y se desabrochó el primer botón del abrigo sin prisa. Debajo llevaba una blusa clara, casi translúcida contra la luz de octubre, y el borde de un sujetador que yo no debía estar viendo y que vi igual. No me miró las manos; me miró los ojos.

«Entonces cierra primero lo que sí está sobre la mesa», murmuró. «Después hablamos de lo otro. O no hablamos. Eso también es una respuesta.»


El piso se fue vaciando a trompicones, aunque todavía quedaban voces adultas en el pasillo, y yo bajé la persiana a medias para que la luz de octubre nos dejara a medias también. Abigail se levantó como si fuera a recoger sus cosas y a preguntarme por los plazos, y yo la detuve con la mano en la cadera, firme, porque ya la había visto ponerse en ese modo de servicio que usa para no tener que decir lo que quiere. La tela del abrigo todavía estaba fría, pero debajo el calor de ella era otra cosa, y noté cómo se le tensaba el músculo bajo la palma, no para apartarse, sino para decidir si se iba a dejar.

«No», le dije. «No el brief.» La giré hacia el escritorio y la senté en el borde, entre el teclado y el contrato sin firmar. Con las palmas le abrí las rodillas hasta que la falda se le subió sola. Ella respiró hondo y no apartó las manos; me miró con una mezcla de juego y de algo más hondo, y yo me arrodillé en la alfombra de la agencia con el oído puesto en el pasillo. Las medias le llegaban a medio muslo y las bajé un poco con los nudillos, despacio, para sentir la piel. Después le bajé la ropa interior por los muslos y la dejé colgando de un tobillo. El olor de ella me golpeó de inmediato, caliente, ya mojada, y yo le aparté los labios del coño con los pulgares para verla de verdad. Estaba hinchada, brillante, el clítoris asomando entre los pliegues como si hubiera estado pensando en esto desde que cruzó la puerta. En el pasillo alguien dijo algo de un presupuesto y otra voz contestó con una risa cansada.

«Te quiero a ti», le dije contra el muslo, y entonces la lamí, larga y lenta, de abajo arriba, recogiéndole el sabor con la lengua plana. Ella se agarró al borde de la mesa con un temblor que intentó disimular. Sabía a sal y a calor y a algo dulce que no era perfume. Volví al clítoris y lo chupé con la boca cerrada, succionando lo justo para que no se le escapara un sonido, y metí dos dedos en su coño de un empujón húmedo que la hizo arquearse. Estaba estrecha y resbaladiza, y la follé así, con los nudillos golpeándole suave el borde, mientras fuera seguían hablando de un cliente y de un taxi. Ella apretó los muslos contra mis hombros un segundo, no para cerrarme el paso, sino para acomodarme. Levanté la vista y la vi con los labios entreabiertos y la mirada fija en la puerta, como si el verdadero trabajo fuera no hacer ruido.

«Mírame», le pedí, la voz baja contra su piel. «No a la puerta. A mí.» Lo hizo: los ojos oscuros, húmedos ya, y una línea de color en las mejillas que no venía del viento. Seguí moviendo los dedos, buscando el ritmo que le abría la boca un poco más, y ella dejó escapar un aire por la nariz que casi fue una risa.

«Esto no está en el contrato», susurró.

«No», dije yo. «Esto eres tú.»


La lamí con más hambre. Le abrí más las piernas y le enterré la cara, con la nariz contra el vello y la lengua metida lo más hondo que pude. Los dedos le buscaban ese punto de dentro que la hacía apretarme la muñeca sin querer. Abigail tenía la cabeza echada atrás y la boca abierta, y cada vez que yo chupaba más fuerte ella apretaba los muslos contra mis orejas como si pudiera esconderme ahí. Se oían pasos y alguien rió justo al otro lado de la puerta, tan cerca que el cristal vibró, y yo no paré. Le follé el coño con tres dedos ya, la palma golpeándole el clítoris, y ella se mordió el dorso de la mano para no gritar.

«Córrete así», le susurré, con la boca todavía en ella, las palabras humedeciéndole el pliegue. «Callada. Que te oigan sería un problema tuyo y mío, y yo no voy a parar.» Ella asintió con un movimiento mínimo, los ojos húmedos, y yo sentí cómo se le cerraba el coño alrededor de los dedos en oleadas. Se corrió sin voz, el cuerpo entero tensado sobre mi escritorio, un temblor largo que le bajó por el vientre hasta mis labios, y yo seguí lamiéndole el clítoris mientras se le escapaba el aire por la nariz. El jugo le corría por el culo hasta el borde de madera. Yo se lo recogí con la lengua, despacio, y ella me miró desde arriba con las mejillas encendidas, todavía abierta, todavía ofreciéndome ese silencio que era lo contrario de una negativa. Le besé el interior del muslo y ella dejó caer la cabeza hacia adelante, el pelo revuelto cubriéndole la cara, y me tocó la cabeza con los dedos temblorosos, apenas para confirmar que yo seguía ahí.

«Estás loca», dijo, sin voz casi. «Si entra alguien…»

«No va a entrar», contesté, y le di otra lamida lenta, de consuelo y de avaricia, hasta que se le cerraron los ojos otra vez. «Y si entra, firmamos más rápido.»


Cuando pude ponerme de pie, Abigail se deslizó al suelo con una decisión que no me pidió permiso y se metió bajo la mesa, entre mis rodillas. Con las dos manos me subió la falda hasta la cintura. Yo caí de golpe en mi silla mientras ella me bajaba la ropa interior hasta los zapatos, me abría los muslos y me miraba el coño como si fuera el único documento que importaba. La vi tragar saliva y decidirse, y entonces me chupó. Me lo hizo sucio, con saliva de más, la lengua ancha recorriéndome los labios y el clítoris, y hundió la boca entera haciendo ruido, para que se oyera lo húmedo aunque el pasillo siguiera vivo. El sonido fue obsceno, deliberado, y yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no gemir. Tenía la boca caliente y una manera de abrir y cerrar los labios alrededor de mí que me hizo pensar, con una claridad sucia, que esto también lo había ensayado en la cabeza.

Yo me agarré al reposabrazos y le hundí los dedos en el pelo. Me escupió un poco más, me abrió con los pulgares y me metió la lengua hasta donde pudo, y yo me empecé a correr sin avisar, un calor sucio que me subió desde el bajo vientre. Me corrí en su cara y se lo dejé en la boca, en la mejilla, en la punta de la nariz. Ella no se apartó; se quedó ahí, tragando, lamiéndome lo que seguía saliendo, con los ojos alzados hacia mí como si esa fuera la única respuesta que estaba dispuesta a dar. Le pasé el pulgar por el labio inferior, recogiendo lo mío, y ella lo chupó sin que se lo pidiera, lenta, mirándome, y yo sentí que el contrato sobre la mesa era de pronto un objeto ridículo.

«Así», logré decir. «Así, no pares.» Ella no paró: me dio otra pasada de lengua, más suave, casi cruel de lo atenta que era, y yo tuve que taparme la boca con la mano libre porque en el pasillo alguien gritó un nombre que no era el de ninguna de las dos.


La subí a la silla conmigo porque no iba a dejarla en el suelo. Quedamos a horcajadas, falda contra falda, y yo le acomodé un muslo sobre el mío hasta que nuestros coños se tocaron, calientes, resbaladizos, el clítoris de ella contra el mío en un roce que nos hizo a las dos morder el aire. Froté mi coño contra el suyo con tandas cortas, apretando, buscando el ángulo en el que las dos mojáramos la tela de la silla, y Abigail se agarró a mi nuca y empezó a empujar también, más sucia de lo que su voz había prometido. Nos follábamos así, calladas, coño contra coño, la humedad de las dos mezclándose hasta hacernos un hilo entre los muslos. Ella apoyó la frente contra la mía y respiró en mi boca, y yo le mordí el labio inferior, suave, para recordarle que esto también era una pregunta.

«Quiero verte de verdad», le dije contra su oreja, sin dejar de frotarme. «No esto. Una cita. Tú y yo, fuera.» Ella no contestó con palabras: bajó la boca a mi cuello y dijo que sí ahí, con los labios abiertos contra la piel, un sí húmedo que me recorrió entera mientras nos corríamos otra vez, juntas, un temblor más corto y más feo, las caderas trabadas, la silla crujiendo. Yo la sostuve por la cintura hasta que el temblor se le acabó, y sentí que ese sí no era todavía una cita, sino una forma de no tener que pedirme nada ni rechazarme del todo. La silla estaba manchada y ninguna de las dos se movió para disimularlo. Fuera, alguien golpeó el botón del ascensor y el mecanismo antiguo de la agencia se puso a cantar, lejano, y nosotras nos quedamos un segundo más así, pegadas, el aliento mezclado, el contrato al alcance de la mano y ninguna de las dos dispuesta a tocarlo todavía.

«Dilo otra vez», le pedí, la voz ronca. «No contra el cuello. A mí.»

Ella apartó un poco la cara. Tenía los labios hinchados y una expresión que no era la de la reunión. «Sí», dijo. «Una cita. Fuera. Cuando tú dejes de usar el trabajo para no tener miedo.»


Nos vestimos con las manos todavía torpes. Abigail se pasó los dedos por la boca, se acomodó la falda y se sentó otra vez frente al contrato como si el despacho hubiera vuelto a ser solo un despacho. Yo encendí la lámpara porque fuera ya era noche de verdad y le pasé el bolígrafo. Firmó, y firmé yo después. El papel quedó entre nosotras con nuestras dos firmas y con el olor de lo que habíamos hecho todavía en la silla. Abigail sonrió, cálida, y me preguntó si yo tenía todo lo que necesitaba para mandar el paquete al cliente. La voz le salió limpia, profesional, y solo el color de las mejillas y el pelo un poco más alborotado delataban que el cuerpo no había vuelto del todo al modo de servicio. Yo asentí y recogí la carpeta. Ella se abrochó el abrigo con los mismos dedos lentos de antes, y por un instante pensé en pedirle que se quedara, que bajáramos a tomar algo, que no convirtiéramos el sí del cuello en un trámite más.

Bajamos juntas. En la calle el aire frío nos pegó en la cara y el asfalto brillaba por una lluvia fina. Yo le escribí el mensaje antes de que cruzara hacia el metro, una sola línea pidiéndole el día, el sitio, la hora. Ella miró la pantalla, metió el teléfono en el bolsillo del abrigo y no respondió. Me dijo adiós con esa cortesía que en ella no es máscara, y se fue como si hubiera cerrado un servicio, no como si me hubiera dicho que sí con la boca en el cuello. Yo me quedé en la acera con el contrato firmado en la cartera y con la certeza sucia de que el poder que yo tenía sobre su cuenta no me había comprado una respuesta honesta. El metro se la tragó y, en el bolsillo, el teléfono no vibró.


Esa noche imaginé a Abigail encerrada en su piso, sin dormir. El edificio viejo del este de la ciudad no guarda secretos cuando alguien se mueve de un lado a otro de la cama a las tres. El ruido cruzó la pared (un roce, una silla, el golpe bajo de alguien que no consigue quedarse quieta) y la vecina, que había fingido durante semanas que el piso de al lado era un hueco, dejó de fingir que no la oía. Abigail se sentó al borde del colchón con el teléfono en la mano y el mensaje mío todavía sin abrir del todo, la pantalla iluminándole la cara en la oscuridad, y se pasó la lengua por el labio como si todavía pudiera saborear lo que había tragado en el despacho. Escribió una respuesta, la borró y escribió otra. El radiador antiguo golpeó una vez, seco, y ella se recostó de lado, las rodillas juntas, la falda de la tarde ya colgada, y se tocó sin prisa, más para no olvidar el ángulo de mi boca contra ella que para llegar a ningún sitio. Al otro lado de la pared, la vecina contuvo la respiración mientras Abigail apagaba la pantalla. El edificio volvió a ser solo un edificio, y el sí que me había dado contra el cuello se quedó ahí, a medias, esperando a que alguna de las dos decidiera si era una cita o solo otra forma de no decir no.