
Sienna en el látex de la oficina
Relatos eróticos de látexFetiche11 min de lectura
Un relato de Sienna Clark
Sienna acude de noche a una oficina de Madrid para un fitting de una marca de látex. El director creativo cierra el showroom cuando se van los demás. El traje se vuelve el pretexto y los dos eligen usarlo.
El showroom olía a goma nueva y a ese calor de agosto que el aire acondicionado deja siempre en las esquinas. Madrid se había quedado atrás de los ventanales de Chamberí, con las terrazas ya casi vacías y el asfalto todavía soltando el día. Mandé al equipo a casa sin dar explicaciones de más y escuché el ascensor cerrarse con un golpe sordo. Sienna Clark apareció detrás del cristal a las diez y veinte, con un abrigo claro sobre los hombros y la cara de quien ha cruzado la ciudad de noche. A los treinta y dos años, cerrar solo no me extrañaba, pero cerrar para ella sí. Había llegado de Cadaqués con el correo de la marca abierto por fin, y eso bastaba para tenerla delante.
«Pasa», dije, y el pestillo de la puerta principal sonó como si el edificio entero se quedara para nosotros.
El abrigo se le resbaló de un hombro cuando cruzó el umbral y debajo llevaba una camiseta fina, casi transparente con el sudor del metro. No preguntó por el equipo ni por las luces que había dejado encendidas a propósito sobre los maniquíes. Se detuvo delante del perchero donde colgaba el traje negro, brillante, con el entrepierna todavía cerrado de fábrica, y tocó el látex con dos dedos como quien comprueba si una cosa está viva.
«Esto es lo que queríais que me midiera», dijo, y la frase se quedó a medias, esperando que yo la terminara.
«Que te lo pongas. El fitting es ahora, no mañana».
Sonrió de lado, esa sonrisa que acredita en el otro más valor del que ha mostrado, y se quedó callada el tiempo justo para que el silencio pesara. Luego se llevó el traje al vestidor del fondo sin pedir permiso. El cierre de la cortina sonó seco. Me quedé junto a la mesa del showroom, con el contrato todavía sin firmar encima de una carpeta negra, y escuché el roce del látex contra la piel, el esfuerzo breve, la respiración que se le cortaba al subir la cremallera por la espalda.
Salió descalza. El traje le ceñía el cuerpo entero, desde el cuello hasta los tobillos, con un brillo que robaba la luz de los focos y se la devolvía más densa. El pecho marcado, los pezones vislumbrándose bajo la goma, la entrepierna todavía sellada. Caminó hasta el centro del showroom como si el suelo de hormigón le perteneciera y se giró una vez, despacio, para que viera cómo el látex se le hundía en la cintura.
«La campaña necesita esa cara», empecé, y oí lo falso de la frase en cuanto salió. «La chica que viaja, la que…»
«No. No me hables de la chica». Se acercó a la mesa y apoyó las palmas, el látex chirriando contra la madera. «Háblame de esto. De ahora».
El cambio de tema fue limpio, casi educado, y me dejó sin el discurso. Saqué el bote de silicona del cajón y me puse los guantes negros que venían con la muestra. Le pedí que se quedara quieta. Empapé las palmas y empecé por los hombros, untando el látex hasta que dejó de parecer una prenda y se volvió una segunda piel brillante, caliente, pegada a ella. Bajé por los brazos, por el costado, por esa curva de la cadera donde el material se tensaba. Sienna respiraba por la boca. Cuando llegué al pecho, los pezones se le endurecieron bajo la goma y noté el temblor que le recorrió el vientre.
«Más abajo», pidió, y no era una orden de modelo.
Seguí. La silicona hizo que el látex brillara en el bajo vientre, en la entrepierna todavía cerrada, en la parte interior de los muslos. Me arrodillé un instante para untarle las piernas y, al alzar la vista, la encontré mirándome con los labios entreabiertos, el cuello de goma subiendo y bajando. El olor a látex y a ella se me metió en la cabeza. Me puse de pie, le tomé la nuca con una mano enguantada y le dije que el teléfono no pintaba nada aquí.
«Sácalo del plano. No te estoy posando».
Lo dejó sobre la mesa sin discutir. Entonces la besé en el cuello, justo donde el látex se encontraba con la piel, y sentí cómo se le erizaba lo poco que quedaba descubierto. No era un beso de campaña. Era la boca abierta contra esa tira de goma, el diente rozando, la lengua buscando el calor que el traje no dejaba salir del todo. Sienna inclinó la cabeza para darme más y un sonido bajo, casi de risa, se le escapó contra mi pelo.
«Menos mal que tenías nervio de sobra», murmuró, y se quedó esperando, otra vez, a que yo decidiera el siguiente movimiento.
La silicona me brillaba en los guantes cuando la giré hacia mí y le hice doblar las rodillas. El hormigón estaba frío; el látex, no. Se arrodilló con una naturalidad que me apretó el estómago, las palmas abiertas sobre los muslos negros, la cara a la altura del cinturón. Le desabroché el pantalón sin prisa. La polla me salió ya dura, y el aire de la oficina, demasiado frío de pronto, no hizo nada por suavizarla. Sienna miró, luego alzó los ojos, y abrió la boca antes de que se lo pidiera.
Los labios se le cerraron alrededor del glande y el látex de sus mejillas rozó mi piel cuando bajó. El contraste era sucio y preciso: la suavidad de la boca, lo resbaladizo de los guantes cuando le puse una mano en la nuca y la otra le sujetó la mandíbula. Chupó despacio al principio, con esa atención juguetona que convierte un gesto en una pregunta. La lengua le daba vueltas, se le escapaba saliva por la comisura y le caía al pecho de goma, donde la silicona la convertía en una raya brillante. Empujé un poco más adentro y noté cómo se le humedecía la garganta, cómo aceptaba, cómo me miraba sin apartar los ojos.
«Así», dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «Ábrela. Quiero verte tragarla».
Lo hizo. La polla le llenó la boca hasta el fondo y el látex de los guantes le chirrió contra mis caderas cuando se agarró para no perder el equilibrio. Babeaba de verdad, sin teatro, y cada vez que retiraba la cabeza un hilo se le quedaba uniendo el labio inferior a la piel húmeda. Me follaba la boca con calma, dejando que cogiera aire, volviendo a meterla hasta que las lágrimas le brillaron en las pestañas y aun así no apartó las manos. El calor le subía por el cuello de goma. Un gemido le vibró alrededor de la polla y me recorrió entero.
Le aparté el pelo de la frente con el dorso del guante y seguí. El showroom estaba en silencio salvo por el sonido húmedo, el roce del látex y la respiración de los dos. Cuando sentí que se me cerraba el bajo vientre, la saqué de la boca. Un hilo de saliva se le quedó colgando. Jadeaba, de rodillas, con los labios hinchados y el pecho subiendo bajo el traje negro.
«Arriba», le dije. «Encima de la mesa».
La levanté por la cintura y el látex resbaló entre mis manos. El escritorio del showroom era ancho, de madera mate, y el contrato se corrió hacia un lado cuando la senté al borde. Con las tijeras de sastre le abrí la entrepierna del traje en un corte limpio, lo bastante para dejarle el coño al aire, ya mojado, el labio inferior brillante contra el borde negro de la goma. Sienna se echó hacia atrás sobre los antebrazos y abrió las piernas sin que se lo pidiera. El olor de ella se mezcló con el de la silicona y me dejó la cabeza espesa.
Me bajé el pantalón del todo y le pasé el glande por la raja, de arriba abajo, untándola con lo que ya se me escapaba. Entró de un empujón. El coño se le cerró alrededor, caliente, resbaladizo, y el látex de los muslos me golpeó las caderas. Follarla así, con el traje abierto solo donde hacía falta, era verla partida entre la prenda y el cuerpo. Cada embestida le hacía chirriar la goma contra la madera. Los pezones se le marcaban, duros, y cuando le apreté un pecho con la mano enguantada se le escapó un quejido que no tenía nada de pose.
«Dilo», pedí, metiéndola hasta el fondo y quedándome ahí, palpitando dentro. «Dime qué quieres que te haga encima de esta mesa».
«Que me folles más fuerte. Que no pares. Que…» Se le cortó la frase en un gemido cuando empecé a moverme de verdad, profundo, sacándola casi entera para volver a enterrarla. El escritorio se desplazó un palmo. Sienna se agarró a mi camisa con los guantes y me acercó la boca, pero no para un beso de foto: para morder el labio inferior y decirme, contra los dientes, que más.
La cogí de las caderas y se las levanté para cambiar el ángulo. El coño se le oía. Estaba empapada, el látex de la entrepierna abierta brillante de ella y de mí, y cada vez que le daba contra el fondo se le arquearon las lumbares. Le metí un pulgar enguantado entre los labios, encima del clítoris, y froté al ritmo de las embestidas. Se le puso la mirada vidriosa. Las piernas le temblaban a ambos lados de mi cintura. No le pedí que se corriera; se le escapó igual, con un grito corto, el coño apretándome a oleadas, el látex del vientre tensándose como si quisiera romperse.
Seguí dentro, más lento, mientras le pasaba. El escritorio olía a sexo y a goma. El contrato había caído al suelo, una esquina doblada contra el hormigón.
La bajé de la mesa sin sacarla del todo y la llevé a la silla del despacho, esa de cuero negro que nadie usaba de noche. Me senté primero y la senté encima, de cara a mí, las rodillas a ambos lados, el corte del látex encajando alrededor de la polla cuando se dejó caer. Se clavó hasta el fondo de un golpe y se quedó ahí, respirando contra mi cuello, el pecho de goma pegado a la camisa. Empezó a moverse ella. Subía y bajaba con los muslos temblando, el látex chirriando contra el cuero de la silla, las manos en mis hombros.
«Nicolás», dijo, y el nombre me llegó caliente a la oreja. «Mírame. No a la campaña».
La miré. El pelo le caía desordenado sobre el cuello negro. La boca le brillaba. Se follaba con una insistencia que no pedía permiso, buscando el roce del clítoris contra la base cada vez que bajaba, y yo le sujeté el culo con las dos manos para ayudarla a hundirse más. El despacho era pequeño. Las luces del showroom se filtraban por la puerta entreabierta y le pintaban rayas en el látex del pecho. Le mordí el hombro, donde la goma se encontraba otra vez con la piel, y sentí cómo se le apretaba el coño.
Cuando noté que se me venía encima, la levanté de la polla. Se quejó, un sonido frustrado, y yo la senté de nuevo en el borde de la silla, de rodillas contra el asiento, el pecho de látex hacia arriba. Me corrí encima. El semen le cayó en el pecho negro, espeso, blanco contra el brillo, y con la palma del guante lo extendí, lo unté, lo mezclé con la silicona hasta que el látex del pecho le quedó sucio y reluciente, marcado. Sienna miraba, la boca abierta, y se pasó un dedo por el borde de esa mancha y se lo llevó a los labios sin que se lo pidiera.
El silencio que vino después no era de campaña. Era el de dos personas que han usado el traje para otra cosa y lo saben.
El contrato seguía en el suelo. Sienna se bajó de la silla, todavía con el semen extendido en el pecho, y en vez de agacharse como cualquiera se puso a cuatro patas y se arrastró hasta el papel. El látex le marcaba el culo al moverse. Recogió la carpeta con los dientes primero, por jugar, y luego con la mano, y se la trajo de vuelta sin levantarse del todo. Me la dejó en las rodillas. El bolígrafo rodó.
«No esta noche», dijo, y la voz le salió clara, sin disculpa. No firmó. Abrió la carpeta, leyó la primera línea con esa atención breve que reserva para lo que no va a hacer, y la cerró. Se quedó de rodillas entre mis piernas un momento más, la cara a la altura de la polla ya más blanda, y entonces se incorporó y me besó de verdad.
No fue un beso de pose. Fue lento, con sabor a ella y a mí, las manos enguantadas a ambos lados de mi cara, el pecho de látex sucio apretado contra la camisa. Le respondí igual, sin cámara, sin ángulo, con la boca abierta y la lengua buscando la suya hasta que el aliento se nos mezcló y tuve que cogerle la cintura para que no se nos fuera el equilibrio. Cuando se separó, tenía los labios más rojos y una risa pequeña, cansada, que no le había oído en todo el fitting.
«Esto no se factura», murmuró, y dejó la frase ahí, para que yo la sostuviera.
Se puso el abrigo encima del traje. El látex le asomaba en el cuello y en los tobillos, y el semen del pecho se le quedaba debajo, pegado, invisible para la calle. Recogió el teléfono de la mesa sin mirar la pantalla. Las luces del showroom seguían encendidas sobre los maniquíes vacíos. Le abrí la puerta de cristal y el calor de agosto nos golpeó de frente, denso, con olor a acacia y a farola caliente.
Antes de que cruzara, saqué del cajón de la recepción una hoja doblada, una lista de nombres y una dirección de Barcelona. Se la puse en el bolsillo interior del abrigo, contra el látex del costado, y dejé la mano ahí un segundo más de lo necesario.
«Por si quieres ver cómo se lleva la ropa de noche», dije. «Este fin de semana. Un club de cuero. Estás en la lista si te apetece entrar».
Sienna palpó el papel por encima de la tela, me miró una vez más con esa mezcla de burla y calor que no pide explicación, y salió a la acera de Chamberí con el traje puesto debajo, el contrato sin firmar sobre la mesa, y Madrid todavía abierta a esa hora en la que nadie pregunta qué llevas debajo del abrigo.