
Sienna atada en pareja
Historias eróticas bondageFetiche10 min de lectura
Un relato de Sienna Clark
Sienna vuelve a Madrid y pasa la noche en el piso de Nicolás como su pareja. Ella le pide las cuerdas. Él la ata en la cama y los dos eligen que no haya cámara ni prisa para desatarla.
El ventilador del salón giraba con un ruido seco y el calor de julio se había metido en el piso como un inquilino más cuando Sienna empujó la puerta que había dejado entreabierta. Madrid echaba el aliento contra las ventanas de Chamberí y el recibidor olía a café de mediodía y a la lavanda que había dejado en el baño la última vez. Traía el pelo suelto, todavía marcado por el viaje, y una maleta pequeña que dejó caer sin mirar. Sienna tenía veintidós años y se quitó las sandalias con el mismo gesto con que se quita un reloj, como si el umbral le devolviera algo que el aeropuerto le había pedido prestado.
«He contestado», dijo, y puso el móvil boca abajo sobre la mesa, junto a las llaves. A mis treinta y dos años había esperado ese mensaje más de lo que estaba dispuesto a admitir. Me acerqué y la besé en la boca, despacio al principio y luego con hambre. Abrió los labios y me mordió el inferior con una risa corta, caliente, que se me metió en la polla antes de que el beso terminara.
Pasamos la tarde sin cámara y tomándonos el tiempo. Cociné un arroz que fue comiendo de pie, robándome el tenedor entre cucharada y cucharada, hablando del calor y de un vecino que ponía boleros a todo volumen. Cada vez que sacaba el canal o el trabajo desviaba la conversación hacia las sartenes o hacia el ventilador que no daba abasto. Me reí y la dejé ganar. Cuando el sol se puso detrás de los ladrillos le subí la camiseta en el sofá. Levantó los brazos para ayudarme y los pechos le quedaron libres, los pezones ya duros. Me agarró la muñeca y me puso la palma encima con una presión que no pedía permiso.
Le chupé el pezón izquierdo primero, con la lengua plana y luego con los dientes muy suaves. Sienna echó la cabeza hacia atrás y me apretó la nuca. Le bajé el pantalón corto y, en el mismo gesto, las bragas. El coño se le veía hinchado, brillante, con los labios entreabiertos y un hilo de humedad que le bajaba hacia el muslo. Me arrodillé en la alfombra, la abrí con los pulgares y la lamí despacio, de la entrada al clítoris, saboreándole esa acidez caliente que ya conocía. «Así, Nicolás». Se quedó con la frase a medias, como si el resto me tocara a mí.
Más tarde, en el dormitorio, con las persianas bajadas y la lámpara de la mesilla tiñendo de naranja la pared, Sienna se sentó en el borde de la cama desnuda y miró el cajón de la cómoda como quien ya ha ensayado la frase.
«Quiero las cuerdas». Me miró a la cara sin la risa de la tarde. «Esta noche. Sin cámara. Y que no tengas prisa para desatarme».
Saqué el ovillo de algodón que guardaba entre la ropa y extendió las muñecas hacia mí con una calma que me apretó el pecho. Empecé por ahí, uniendo las manos delante y subiéndoselas después hacia el cabecero de hierro, pasando la cuerda por los barrotes hasta que los brazos le quedaron tensos sobre la cabeza y los pechos se le alzaron solos. Le di una vuelta al torso, cruzando el pecho de modo que la cuerda le hundiera la carne a ambos lados y le dejara los pezones expuestos y oscuros, y respiró hondo cuando apreté el nudo a la altura de las costillas. Los tobillos fueron lo último. Los separé, cada uno hacia una esquina del somier, y la dejé abierta, el coño a la vista, las rodillas sin poder juntarse, el cuerpo sujeto a la cama como una cosa que ya no se iba a editar.
«Tienes más pulso del que enseñas», murmuró, y se quedó esperando, con esa media sonrisa que empuja a demostrar lo que todavía no se ha hecho. Me quité la ropa tomándome el tiempo, con la polla ya dura contra el vientre, y me subí a la cama a horcajadas sobre su pecho. Le pasé la cabeza por los labios. Abrió la boca enseguida, la lengua caliente, y me la metí dentro hasta notarle la garganta. La follé la boca con cuidado al principio, saliendo casi del todo para que pudiera respirar, y luego más hondo, sujetándole el pelo con una mano mientras la otra se apoyaba en el cabecero. La cuerda le marcaba los brazos cada vez que intentaba acercarse, y ese límite, ese no poder, le humedecía los ojos de un modo que no era llanto. Babeaba alrededor de la polla, un hilo espeso que le bajaba por la mejilla hasta la cuerda del pecho, y le hablaba bajo, diciéndole que se la tragara bien, que la abriera. Gemía con la boca llena y levantaba las caderas contra el aire porque los tobillos no le dejaban cerrar las piernas.
Me corrí un poco en su lengua, no del todo, lo bastante para dejarle el sabor, y me retiré. Un hilo de saliva y de corrida le unía el labio inferior con la polla cuando salí. Sienna tragó y dijo el nombre como quien pide que no se pare ahí.
Me coloqué entre sus muslos abiertos y le pasé la polla por el coño, de arriba abajo, empapándome en ella. Estaba tan mojada que el glande se le hundía solo, y cuando empujé de verdad entré de un golpe hasta el fondo, el pubis contra el suyo. Soltó un sonido ronco que no tenía nada de broma. La follé así, hondo, con las manos en las caderas para no dejarla moverse más de lo que la cuerda permitía, y cada embestida le hacía temblar los pechos dentro de los bucles de algodón. El nudo del pecho se le clavaba un poco más cada vez que inspiraba, y se veía cómo se le ponían blancos los bordes de la carne y cómo se le oscurecían los pezones, duros, pidiéndome la boca.
Se la di. Me agaché sin salir de ella y le chupé un pezón mientras le metía la polla hasta el tope. Sienna tiró de las muñecas con un gesto que ya no era juego. No podía taparse la cara. No podía girarse de lado ni cerrar las piernas ni soltar una frase para aligerar lo que estaba pasando. Estaba en la cama hasta que se decidiera lo contrario, y eso se le leía en los ojos con una claridad sucia, casi aliviada. Le froté el clítoris con el pulgar, circular, mojado de ella misma, y el coño se le apretó alrededor de la polla con un espasmo que me sacó un gemido. Seguí con más fuerza. El somier golpeaba la pared y el ventilador del salón seguía a lo suyo, ajeno, y le hablaba al oído, cerca, diciéndole que la iba a follar hasta que se le olvidara el corte, hasta que no hubiera pie de foto que salvar.
Cuando sentí que se me acercaba la corrida me detuve dentro, palpitando, y se lo dije. Negó con la cabeza, el pelo pegado a la frente, y apretó el coño a propósito, una vez, dos, como si quisiera sacármela así. Me corrí hondo, a tirones, llenándola, y me quedé encima un rato con la frente contra su hombro, oliéndole el sudor y la cuerda. Al salir, un hilo blanco le bajó hacia el culo y se le quedó en la sábana. Sienna miró eso y luego me miró, todavía atada, todavía abierta.
La dejé así. Me fui a la cocina a beber agua, desnudo, con las piernas todavía blandas, y desde allí se oía su respiración. Volví al cabo de un rato que debió de hacérsele largo. Seguía igual, las muñecas en el hierro, el pecho marcado, los tobillos sujetos, el semen secándosele en los muslos. Me senté a su lado y le pasé dos dedos por el coño, metiéndoselos hasta el fondo. Arqueó la espalda y mojó la sábana otra vez.
«¿Ha sido suficiente?», pregunté, y le besé la rodilla por dentro, donde la cuerda no llegaba.
«No me desates». La voz le salió baja y sin adorno. «Todavía no. Quédate. Fóllame otra vez y no me sueltes».
Me puse duro de nuevo con esas palabras, más rápido de lo que habría creído. Me coloqué otra vez entre sus piernas y entré en ella de un empujón, más fácil ahora, resbaladizo de los dos, y la follé con un ritmo más sucio, más de fondo, la polla golpeándole el cuello del útero en cada embestida. Sienna tiraba de la cuerda de las muñecas y el algodón le hundía la piel, y era contra eso, contra el no poder irse, contra el nudo que le cortaba un poco la respiración en el pecho, contra lo que se corrió. El orgasmo le vino en oleadas, el coño cerrándose alrededor con una fuerza que me robó el aire, y gritó con la boca abierta, sin frase, las caderas intentando levantarse y no pudiendo, el cuerpo entero sujeto a la cama mientras el placer la atravesaba. Seguí metiéndosela mientras se corría, lento entonces, hondo, para alargárselo, y cuando el temblor se le bajó a los muslos me quedé dentro y le besé la boca, que me la devolvió torpe, húmeda, todavía en el resto del orgasmo.
Le desaté los tobillos y el pecho. Las marcas ya estaban ahí, rosas, nítidas, el dibujo de la cuerda en la carne. La muñeca izquierda la dejé donde estaba, sujeta al barrote con un nudo más holgado, lo bastante para que pudiera girarse de lado y no lo bastante para que se fuera. No protestó. Acercó la rodilla a la cadera cuando me tumbé junto a ella y apoyó la frente en la clavícula, la mano libre en el pecho, la otra todavía de la cama.
Dormimos así. El calor no bajó del todo y las sábanas se nos pegaban, y a ratos despertaba y la encontraba con los ojos abiertos, mirando el techo, la muñeca aún en el hierro como si aquel detalle fuera el que le permitía quedarse. Le pasé la mano por el vientre, despacio, y se abrió un poco, todavía medio dormida, y me dejó entrar con los dedos, mojada otra vez, caliente. No la follé entonces. La toqué hasta que se le entrecortó la respiración y se corrió en silencio, apretándome los dedos, la muñeca atada tirando una vez del barrote y luego quedándose quieta. Después se durmió de verdad, con la boca entreabierta contra el hombro, y me quedé un rato mirándole las huellas del pecho, ese mapa que no iba a salir en ninguna historia.
Al amanecer la luz se coló por la persiana mal cerrada y el piso olía a sexo y a verano. Le desaté la muñeca con cuidado, besándole la piel donde el algodón había dejado su surco, y Sienna despertó con un sonido bajo, no del todo palabra. Tenía las dos muñecas marcadas, el pecho cruzado de rosa, los tobillos con la sombra de la cuerda. Me puse encima sin atropello y le abrí las piernas con las rodillas, y esta vez la follé despacio, muy despacio, rozándole las señales con la boca mientras le metía la polla hasta el fondo y la sacaba casi del todo. Me rodeó con las piernas, ya libre, y aun así apretó los talones en las lumbares como si todavía quisiera que la guardara. El vaivén era otro. No había nudo. Había la memoria del nudo en la piel, y cada vez que le pasaba la lengua por la marca del pecho se cerraba alrededor y decía el nombre sin dejarlo a medias.
Me corrí dentro otra vez, más largo, más bajo, y me quedé sobre ella con todo el peso hasta que la respiración se nos igualó. El ventilador seguía. Madrid empezaba a hacer ruido en la calle.
Después, en la cocina, Sienna se puso la camisa mía y nada más, y las marcas se le veían en las muñecas cada vez que alzaba la taza. Abrió el móvil sobre la encimera, redactó algo con el pulgar, un pie de foto que alcancé a leer al revés, y no lo publicó. Cerró la aplicación. Abrió el correo y canceló dos días de rodaje con frases corteses que no mencionaban cuerda ni cama ni a nadie. Dejó el aparato otra vez vuelto contra la mesa, junto a las llaves, igual que la tarde anterior.
Me miró desde el otro lado de la mesa, con el pelo revuelto y la camisa abierta lo bastante para que se le viera el pecho marcado, y no dijo si aquello era un fin de semana. Yo tampoco pregunté. El canal se había quedado en silencio en la pantalla oscura, y ese silencio podía leerlo cualquiera como contenido, como pausa calculada, como el corte que ya no iba a subir. Sienna se pasó el dedo por la muñeca, por el surco todavía caliente, y guardó ese resto sin fotografiarlo. Cuando se vestió para salir un momento a comprar pan, las marcas se le fueron con ella bajo la ropa de verano, invisibles para la calle, visibles para quien las había puesto, y me quedé en el umbral viéndola bajar la escalera sin saber si la cuerda se había terminado en el nudo o si alguien, ahora, tenía de verdad el último corte.