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Sienna Clark

Sienna en el club de cuero

Cuentos eróticos de cuero en clubFetiche13 min de lectura

Un relato de Sienna Clark

Con el nombre en una lista, Sienna entra de noche en un club de cuero de Barcelona. Un socio le ofrece la trastienda y ella acepta que la vean. El cuero no es disfraz de viaje: es lo que pide que le pongan.

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La noche de verano en Barcelona no bajaba del todo ni siquiera a aquella hora. El calor se quedaba en las aceras, denso, y el callejón aún devolvía el olor de la piedra caliente. El club privado de cuero ocupaba un bajo cerca del Raval y el aire de dentro olía a tinte, a sudor limpio y a piel tratada. Las lámparas bajas dejaban el mostrador en un ámbar sucio, de local que no pretende disimular lo que es. Sienna Clark llegó con el nombre en la lista y con una chaqueta demasiado ligera para el local. Tenía veintidós años y el pelo recogido de forma que el cuello quedaba a la vista. La chaqueta no cerraba del todo y debajo se adivinaba la línea del pecho, sin prisa. Yo acababa de cumplir veintinueve y era socio; me tocó abrir el libro y tachar su entrada.

«Vengo a dejar el teléfono», dijo, y la frase se quedó a medias, como si el resto pudiera llegar más tarde. No bajó la voz. Había gente a dos metros y no le importó. Le indiqué la consigna junto al mostrador. Entregó el aparato sin mirarlo y me sostuvo la mirada mientras lo metía en la caja. Los ojos le brillaban con una atención que no era nerviosa, la de alguien que ya había decidido el resto de la noche.

«Quiero que seas tú quien me cierre el collar», añadió. No era una petición tímida. Era una instrucción dicha con esa alegría que usa para empujar a los demás un palmo más allá de lo que han demostrado.

«Si es eso lo que pides, Sienna, lo hago», contesté. El cuero del collar estaba frío todavía. Lo pasé alrededor de su cuello con cuidado y oí cómo tragaba saliva cuando la hebilla cerró. El metal tocó la piel y ella no apartó la cabeza. Noté el calor de la garganta contra los nudillos, el pulso un poco acelerado, y el olor a su piel mezclado con el del tinte. Me miró de reojo, casi sonriendo, y dejó que mis dedos comprobaran que cabía un dedo entre el cuero y la garganta. La piel se le había puesto de gallina justo debajo de la oreja.

«Tienes más pulso del que enseñas, Adrián», murmuró. La frase le rozó la boca como una caricia que no pedía respuesta. Después cambió de tema con una rapidez que no pedía permiso. «La trastienda. Dijiste que había trastienda».


Le ofrecí el armario de la sala de atrás y el banco de madera oscura que usamos cuando alguien quiere escena y no escenario. La sala olía más fuerte a cuero y a cera, y el suelo de goma amortiguaba los pasos. Sienna eligió el arnés de tiras, el collar que ya llevaba y una falda de cuero tan corta que, al sentarse, el borde apenas cubría el arranque de los muslos. No pidió bragas. Se las quitó ella misma, las dejó dobladas sobre una silla y se quedó con el coño al aire bajo el cuero. El gesto fue limpio, sin teatralidad. El arnés cruzaba el pecho y le marcaba las tetas, que subían y bajaban un poco más deprisa de lo que la voz dejaba ver. Las tiras le dejaban los pezones a medio cubrir y la piel del vientre se le veía tensa, con un brillo de calor.

«La puerta», dijo. «Que no se cierre del todo».

Dejé el pestillo sin encajar. Quedó una franja de luz amarilla y el rumor de la sala grande, risas lejanas, el golpe sordo de alguien contra un sillón. Dos hombres se detuvieron en el umbral como si el hueco les hubiera llamado. No cruzaron. Uno era más alto; el otro tenía las manos en los bolsillos. Sienna los vio, inclinó la cabeza hacia mí y no pidió que los echara. La falda se le había subido un palmo al sentarse y no la corrigió.

«Que miren», dijo. «Si no miran, esto es solo un cuarto».

Me arrodillé para ajustar una hebilla del arnés en su cadera. El cuero le ceñía la cintura y le abría el coño, dejándolo expuesto entre las tiras. La hebilla chasqueó y no se inmutó. Pasé dos dedos por la raja y la encontré ya mojada, caliente, con ese brillo que no se finge. Los labios se le abrían un poco al roce, resbaladizos, y el calor me subió por la muñeca. Ella abrió un poco más las piernas sobre el banco y me agarró el pelo con una mano, no para apartarme, sino para que supiera que estaba eligiendo cada segundo. Los dedos se le cerraron con firmeza, sin tirar de verdad.

«Si te da vergüenza, dímelo ahora», dijo Sienna, y la frase tenía esa luz corta que usa cuando te acredita un valor que todavía no has gastado. No contesté con un discurso. Le besé el muslo por dentro, justo donde el cuero rozaba la piel, y noté cómo se le endurecía el pezón izquierdo contra la tira. La piel del muslo olía a jabón y a calor. Seguí un palmo más arriba con la boca, sin llegar al coño, y oí cómo se le cortaba el aire un segundo.

Los dos hombres no se movieron. Uno apoyó el hombro en el marco. El otro cruzó los brazos. Sienna los miró una vez, larga, y después me miró a mí como si la sala entera cupiera en esa decisión. La lengua se le pasó por el labio inferior, lenta, y no dijo nada más porque no hacía falta.


Se bajó del banco y se puso de rodillas en el suelo de goma. El collar tiraba un poco hacia arriba cuando levantó la cara. Las rodillas le hicieron un sonido sordo contra el suelo y las manos se le abrieron sobre los muslos un instante, como quien se coloca. Le abrí el pantalón y saqué la polla, ya dura de verla así, arnés y falda y esa boca abierta sin pedir disculpas. El aire del cuarto le dio en la piel y se me endureció todavía más. Sienna me cogió la polla con las dos manos y se la pasó por los labios, lenta, dejando saliva en el glande, y después la metió entera hasta que la nariz le tocó el bajo vientre. El calor de la garganta me envolvió de golpe, húmedo, estrecho.

«Joder», solté, y la palabra se me quedó en la garganta. Ella chupó con un ritmo sucio y preciso, la lengua plana en la vena, las mejillas hundidas, y cada vez que llegaba al fondo dejaba un sonido húmedo que los del umbral podían oír. La saliva le brillaba en la comisura. Me agarré el borde del banco para no empujarle la cabeza. No hacía falta. Sienna se la follaba con la boca como quien ha venido a eso y no a otra cosa. Las tiras del arnés se le tensaban en la espalda cada vez que bajaba, y el cuello se le movía contra el collar con un roce corto.

Un hilo de saliva le bajó por la barbilla y se le perdió en el cuero del collar. Levantó los ojos y me miró mientras la polla le llenaba la boca, y en esa mirada había burla y hambre a partes iguales. Los dos hombres no hablaban. Se oía su respiración mezclada con la mía. El más alto se pasó una mano por la mandíbula, nada más. Sienna sacó la polla, la frotó contra la mejilla y dijo, clara, para que se oyera:

«Que se queden. Quiero que vean cómo te la chupo».

Volvió a metérsela. Esta vez usó la mano en la base y la boca en la punta, chupando el glande con fuerza, y yo sentí el calor subiendo demasiado pronto. La lengua le daba vueltas lentas, sucias, y los labios se le cerraban con un chasquido húmedo cada vez que soltaba. Le aparté el pelo de la frente. El arnés le marcaba la espalda. La falda se le había subido del todo y el culo desnudo le quedaba a la vista de quien quisiera mirar, redondo, tenso, con una gota que ya le brillaba entre los labios del coño. Esa gota le corría un poco hacia el muslo y no la limpió.

«Bastante», dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «Si sigues así me corro enseguida».

Sienna se rio con la polla todavía contra los labios. El sonido fue breve, luminoso, y no lo convirtió en nada que pudiera llevarse a casa como moraleja. Me dio un último lametón, largo, de la base a la punta, y se quedó ahí, esperando, con la boca abierta y los ojos puestos en los míos.


La levanté y la recosté de pecho sobre el banco. El arnés le abría las nalgas. La madera le tocó las tetas y soltó un aire corto, como si el frío del banco le hubiera gustado. Cogí una tira de cuero de la pared, estrecha, flexible, del largo de un antebrazo, y se la pasé primero por la piel para que supiera lo que venía. El cuero era suave de tanto uso. Sienna giró la cara hacia el umbral, no hacia mí, y apartó un poco más las piernas. El coño se le veía entre las tiras, hinchado, brillante.

«Duro», pidió. «Si me lo das flojo, Adrián, voy a pensar que tienes miedo de que te vean».

La primera vez la tira sonó seco contra el culo izquierdo. La piel palideció y después se encendió. Sienna soltó un jadeo que no era queja. Los dedos se le cerraron en el borde del banco. La segunda y la tercera cayeron en la misma nalga, un poco más abajo, y ella se arquió contra el banco, el coño frotándose en la madera. Seguí. Alterné lados. El cuero dejaba una franja caliente y ella contaba en voz baja, no para mí, para los que escuchaban.

«Otra. Ahí. Joder, otra».

Le zurrié el culo hasta que las dos nalgas le quedaron marcadas, rojas, calientes al tacto. Entre golpe y golpe le metía dos dedos en el coño y los sacaba brillantes, y Sienna empujaba hacia atrás buscándolos. Estaba más mojada que antes, espesa, y los dedos le entraban sin resistencia. El collar tiraba cuando levantaba la cabeza. Un hilo le corría ya por el muslo interno. Los dos hombres no habían avanzado ni un paso. Eso era exactamente lo que ella había pedido: miradas, no manos ajenas.

Pasé la palma por las marcas. El calor me quemó la mano. Las franjas se le notaban en relieve, vivas. Me agaché y le lamí una de las franjas, y Sienna tembló de verdad, un temblor largo que le recorrió los muslos. El sabor era a piel y a cuero y a ella.

«Si me sigues lamiendo me corro y se acaba», dijo, con la voz un poco rota. «Fóllame. Ahora».


Me puse detrás de ella, le abrí las nalgas con las dos manos y le hundí la polla de un golpe. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin fricción seca, y el calor de su coño me apretó de inmediato. Sienna soltó un gemido abierto, sucio, y apoyó la frente en el banco. Las paredes se le cerraron alrededor, calientes, y tuve que quedarme un segundo dentro, hondo, para no adelantarme. La follé con tironones largos, sacándola casi del todo para volver a metérsela entera, y cada vez que mis caderas le daban en el culo las marcas le ardían contra mi piel. El sonido era húmedo, claro, imposible de disimular.

«Más», dijo. «Que se oiga».

Apreté el ritmo. El banco crujía. El arnés le golpeaba las caderas. Le agarré el collar por detrás, no para ahogarla, solo para que levantara el pecho y los del umbral vieran las tetas marcadas por las tiras, los pezones duros, la boca abierta. Sienna empujaba hacia atrás para encontrarme, el coño apretándome la polla en cada embestida, y yo le hablaba bajo, cerca de la oreja, las cosas que los dos queríamos oír. El aliento se le entrecortaba contra la madera.

«Míralos. Están viendo cómo te la meto. Están viendo ese coño tragándosela. Eres un espectáculo, Sienna, y lo has pedido tú».

«Sí», contestó, y la palabra le salió mojada. «Que me vean follar. Que me vean quererlo».

Le di más fuerte. El sonido de la piel contra la piel llenó la trastienda. Una de las tiras del arnés se le había torcido y le rozaba el clítoris cada vez que yo entraba, y ella empezó a temblar de otra manera, más honda. Las uñas se le clavaron en la madera. Saqué la polla, la giré sobre el banco para tenerla boca arriba y se la volví a meter mirándola a la cara. Las rodillas le quedaron abiertas, la falda hecha un guiñapo de cuero en la cintura, el coño rojo y brillante alrededor de mi polla. Entraba fácil y salía brillante, y no cerró las piernas. Los dos hombres veían todo: cómo se le hundía, cómo le salía mojada, cómo Sienna se mordía el labio y no apartaba la mirada del umbral.

«En la boca», dijo de pronto. «Quiero la leche en la boca. Y que lo vean».


La saqué, la senté en el borde del banco y me puse delante. Las piernas le temblaban un poco al sentarse y el culo le debió de arder contra la madera. Sienna se bajó otra vez, de rodillas, el culo marcado a la vista, y abrió la boca. La lengua se le quedó fuera, ancha, esperando. Me corrí así, con la polla entre sus labios, a tirones espesos que ella tragó en parte y en parte dejó que le corrieran por la comisura. Un hilo blanco le bajó por la barbilla hasta el collar. Se quedó con la boca abierta un segundo más, enseñándola, y después se pasó la lengua por los labios con una calma que no pedía aplauso. Tragó lo que le quedaba y no se limpió la comisura.

No la vestí. La dejé en el arnés, las piernas abiertas, el coño hinchado y brillante, las marcas del cuero todavía vivas en el culo. Me arrodillé entre sus muslos y le puse la mano. Dos dedos dentro, el pulgar en el clítoris, el ritmo corto y sucio que ella ya no podía disimular. Estaba tan mojada que los dedos le chapoteaban un poco, y el clítoris se le notaba duro, hinchado, sensible al menor roce. Sienna se agarró a mis hombros y miró al umbral mientras se le cerraba la garganta. Las uñas se le clavaron un poco.

«Así», consiguió decir. «Que me vean correrme».

Se corrió con un temblor que le subió por el vientre y le abrió la boca sin sonido al principio, y después un gemido largo, roto, que no era para la cámara de nadie. El coño se le apretó alrededor de mis dedos en oleadas. El cuerpo se le arqueó y las tetas le temblaron contra las tiras. Le corrí la mano más despacio, sacándole el resto, y ella se quedó con las piernas abiertas, temblando, expuesta, con la leche todavía en la comisura y las nalgas encendidas. Los dos hombres siguieron ahí hasta que el temblor se le acabó. Después se alejaron sin entrar. No hubo más cuerpos en ella. Solo yo, y las miradas que los dos habíamos elegido.

Me quedé un rato con la frente contra su rodilla, respirando el olor a cuero y a sexo. El muslo le temblaba todavía bajo la mejilla. Le aflojé el collar un punto. Sienna me tocó el pelo con dedos lentos, casi distraídos, y no dijo nada que convirtiera aquello en un relato de viaje.


La ayudé a quitarse el arnés. El cuero le había dejado rayas húmedas en la piel y las marcas del culo se le veían cada vez que se inclinaba a recoger la falda. Las tiras se despegaron con un sonido pegajoso y no se cubrió. Se puso la chaqueta ligera encima y nada más. El cuello le quedaba marcado, una línea oscura sobre la piel clara, y al caminar se le notaba el ardor en el modo de mover las caderas. En el mostrador le devolví el teléfono. La pantalla se encendió al tocarla y un mensaje ocupó la franja de aviso, el nombre de Nicolás claro sobre el cristal. Sienna lo leyó sin apartar el aparato. Desde donde estaba pude ver lo bastante: si el club le había bastado, o si quería cama y cuerda como su pareja.

No desbloqueó el teclado. Guardó el teléfono en el bolsillo interior, todavía sin responder, y me miró con esa calma brillante que no pide que uno complete la frase por ella. El local seguía ruidoso a nuestras espaldas, ajeno.

«Gracias por el collar, Adrián», dijo. Y se fue hacia la calle con el cuello marcado y el culo ardiendo bajo la falda, sin convertir en parábola lo que acababa de dejarse ver.