
Sienna descalza en la villa
Cuentos eróticos fetiche de piesFetiche11 min de lectura
Un relato de Sienna Clark
Sienna Clark llega a una villa de piedra en Cadaqués para grabar unos días de costa. El dueño se queda en el anexo y no dice cuánto sabe de ella. Se le quedan los ojos en los pies descalzos sobre la terraza y ella, en vez de encender la cámara, le deja acercarse.
El viento de Cadaqués olía a sal cuando Sienna Clark dejó la maleta junto a la encimera y cruzó descalza la terraza de piedra. El atardecer se deshacía sobre la cala en una franja naranja, y ella alzó el teléfono un segundo antes de bajarlo y quedarse mirando el agua. Salí del anexo con la camisa abierta y me detuve a unos pasos, las manos todavía sucias de la madera que había estado lijando. Tenía veintidós años y el pelo suelto sobre los hombros, y las plantas ya se le habían llenado del polvo caliente de la losa.
No nombré lo que grababa en otros sitios. Apenas hablé.
«La cala se ve mejor desde aquí», dije, y la voz me salió más baja de lo que quería.
Sienna se volvió y me sonrió con una luz rápida, juguetona, que abría la puerta y me dejaba a mí el trabajo de cruzarla. Me miró los zapatos y después los ojos, y se rio bajito al pillar adónde se me iban las pupilas, fijas en sus pies.
«Miras como si tuvieras más valor del que has enseñado», dijo, y se quedó quieta con el teléfono en la mano, esperando.
El sol le cortaba los tobillos en dos colores. Me arrodillé en la piedra sin pedir nada y ella no apartó el pie. Aceptó el peso de mi palma en el empeine con una risa que se le quedó a medias, y cuando acerqué la cara el olor a sal, a polvo y a piel caliente me llenó la boca antes que cualquier palabra. Lamí el borde de la planta con la lengua ancha y Sienna soltó el aire por la nariz, un sonido pequeño que no pedía que parara. Recorrí el arco despacio y el sabor a piedra y a verano se me metió debajo de la lengua. Chupé el dedo gordo y lo sentí vivo contra el paladar, y ella apoyó la mano libre en mi pelo sin empujar, solo para no perder el equilibrio sobre las losas desiguales.
«Mateo», dijo, y mi nombre le salió con una risa nueva. «Si vas a hacerlo, hazlo de verdad».
Abrí más la boca y metí planta, carne suave ya sucia de terraza, y chupé con un ruido húmedo que me encendió entero. Ella se tambaleó y le sujeté el tobillo con las dos manos. El atardecer seguía cayendo sobre el agua y el camino de la villa estaba vacío.
Le levanté el otro pie y lo llevé a la cara, oliendo entre los dedos con una hambre que no supe disimular. Sienna abrió un poco más las piernas para no caerse y se recargó contra la barandilla de hierro, el teléfono todavía inútil entre los dedos. Me froté la polla por encima del pantalón mientras lamía las dos plantas, una y otra, dejándolas brillantes de saliva. El polvo se me pegó a los labios y me gustó de una forma sucia que no iba a explicar a nadie. Bajé la cremallera y saqué la polla, ya dura y húmeda en la punta, y la apoyé contra el hueco de sus arcos. Ella bajó la mirada y no apartó los pies.
«Úsame así», dijo, y la voz le salió igual de salada que el aire. «Como si no sirviera para otra cosa esta noche».
Apreté las plantas alrededor de la polla y empecé a follármelas con tironcillos cortos, la carne caliente y el arco justo para rozarme el glande. Cada embestida me untaba de saliva y de ese olor a pie que se me había metido en la cabeza desde el umbral. Le chupé los dedos mientras me follaba las plantas, sucio, ruidoso, y ella jadeaba mirándome sin recitar nada para una cámara que no estaba grabando. La polla se me hinchó entre sus arcos y apreté más, usando aquellos pies como un coño estrecho y sucio, y cuando el orgasmo me subió lo hice con un gruñido que se me escapó contra su tobillo. La leche salió espesa y se le quedó entre los arcos y en los dedos, goteando hacia la losa todavía caliente. Sienna miró el desastre y movió un poco los pies, untándose más, y yo no supe si reír o volver a la boca.
«Qué asco tan bonito», murmuró, y me acercó la planta sucia a los labios como una ofrenda que yo no pensaba rechazar.
Lamí mi propia corrida de sus arcos con la lengua plana, lenta, y el sabor salado se me mezcló con el polvo de la terraza hasta hacerme la polla otra vez pesada. Sienna se rio por lo bajo y dejó que siguiera, el talón apoyado en mi hombro, la planta abierta para que no se me escapara nada.
La bajé al suelo de la terraza cuando las rodillas me pidieron la piedra. Sienna se dejó poner de espaldas sobre las losas tibias, las rodillas abiertas, y el vestido se le subió hasta la cintura sin que nadie lo apartara con ceremonia. No llevaba bragas. El coño se le veía ya brillante, entreabierto, y el olor se me subió más rápido que el del mar. Me eché encima y le metí los pies en la cara, uno a cada lado de la boca, y ella entendió el encargo antes de que lo dijera. Chupé el aire y empujé la polla dentro de golpe, hasta el fondo, y Sienna soltó un gemido que se le quebró contra mis palmas.
El teléfono quedó al lado de su oreja, la pantalla aún viva. Lo vio. Lo pensó. Lo puso boca abajo sobre la piedra con un gesto seco, y entonces me aplastó la planta contra la boca con el empeine tenso, exigiendo que la follara así, con el pie sucio de leche tapándome la respiración. Obedecí. Le metí la polla hasta donde daba el cuerpo y le mordí el arco sin romper piel, inhalando polvo y semen y el calor de ella. Cada embestida le movía las tetas bajo el vestido y le sacaba un ruido nuevo, más bajo, más sucio. Me agarré a sus muslos y la follé contra el suelo como si la terraza fuera una cama y el pueblo no existiera.
«Más», dijo contra mi muñeca. «Más fuerte, Mateo, que se me noten los pies en tu cara».
Se lo di. La polla me entraba fácil de lo mojada que estaba, y el coño se le apretaba a cada golpe como si quisiera sacabarme otra vez la leche. Le chupé el dedo gordo mientras la embestía y ella se arqueó, la planta aplastándome los labios, la risa rota en gemido. El hierro de la barandilla temblaba un poco a nuestro lado. Nadie subía. El cielo se había vuelto violeta y las primeras luces de la cala parpadeaban abajo, ajenas. Me corrí otra vez con los pies de Sienna en la boca, la leche saliéndome dentro de ella a pulsos, y aun así saqué la polla a tiempo de pintar las plantas otra vez, blanca sobre el polvo, espesa entre los dedos que yo no soltaba.
Me quedé de rodillas entre sus piernas y bajé la cara a esas plantas recién manchadas. Lamí la leche de los arcos con una paciencia que no había tenido antes, el sabor a mí y a ella y a terraza mezclado hasta no poder separarlo. Sienna tenía los ojos húmedos y la boca abierta, y cuando metí dos dedos en su coño se le escapó un sonido que no era risa. La follé con los dedos despacio al principio, buscando el punto que la hacía cerrar las rodillas contra mis costillas, y al mismo tiempo no dejé de lamerle las plantas, sucias, brillantes, mías de una forma que no iba a escribir nadie.
«No pares la boca», pidió, y acercó el otro pie para que lo tuviera también. «Chúpame eso mientras me corres».
Se lo chupé. Los dedos le entraban hasta el fondo y le salían cubiertos, y el pulgar se lo puse en el clítoris con una presión constante que la hizo levantar la cadera de la losa. Sienna se corrió con un temblor largo, el coño apretándome los nudillos, los pies tensos en mi boca como si quisiera metérmelos enteros. La dejé llegar hasta el final y un poco más allá, lamiéndole todavía el arco mientras el orgasmo se le iba en tirones. Después apoyé la frente en su tobillo y respiré. El vestido le quedaba hecho un desastre. El teléfono seguía boca abajo, negro, y ninguno de los dos lo giró.
«Agua», dijo ella al cabo de un rato, con esa voz que ya no intentaba brillar. «Y una cama, si esta casa tiene alguna que no sea de piedra».
Me reí contra su piel y la ayudé a levantarse. Las plantas le dejaron marcas húmedas en las losas. Dentro, la cocina olía a limón y a madera vieja, y le llené un vaso que ella se bebió de pie, descalza todavía, con mi leche secándosele entre los dedos de los pies como una cosa que no pensaba lavar todavía.
La casa se quedó en penumbra cuando cerré las contraventanas del salón. Sienna se sentó en el borde del sofá de lino y se miró los pies con una atención casi seria, como quien inspecciona un trabajo que no va a enseñar. Le pasé un paño y lo rechazó con un gesto pequeño, juguetón otra vez, y se recostó contra el respaldo.
«¿Me conocías de algo, o solo sale así el dueño a oler a las que llegan?», preguntó, y me miró sin acusar, solo curiosa.
No dije el canal. No dije una playa ni un vídeo ni una hora del día. Dije que la villa se alquila poco y que los pies descalzos se ven de lejos sobre esta piedra. Sienna aceptó la respuesta como se acepta una puerta a medias, y cambió el tono sin pedirme más. Hablamos del agua de la cala y de si el anexo tenía goteras en agosto, y ella se rio cuando le conté que sí, que una, siempre la misma. Había ternura en esa risa, y también una vulnerabilidad que no venía de la terraza, sino de quedarse aquí sin el teléfono encendido. Me senté en el suelo, entre sus rodillas, y le tomé un pie otra vez, más quieto, y ella no lo apartó.
«Si te sientas encima, no me pidas que suelte», dije.
Sienna se lo pensó un segundo, se quitó el vestido de un tirón y se me puso a horcajadas sobre la cara con una decisión limpia. El coño se me apoyó en la boca ya mojado, caliente, y el olor me tapó el resto de la casa. Agarré sus pies por los tobillos y no los solté. Lamí de abajo arriba, despacio primero, abriéndole los labios con la lengua, y ella se sentó de verdad, el peso justo para ahogarme un poco, las plantas hacia atrás donde yo podía chuparlas sin dejar de comérsela. El sabor del coño se me mezcló con el de los pies y me puso la polla otra vez dura contra el muslo. Sienna se movió sobre mi boca con un ritmo que ella marcaba, frotándose el clítoris contra la lengua, y cada vez que se le escapaba un gemido yo le apretaba más los tobillos, como si los pies fueran el ancla y no el resto.
«Ahí», dijo, y la palabra le salió rota. «Ahí, no te muevas, chúpame sucio».
Se lo chupé sucio. Le metí la lengua dentro y se la saqué para dársela al clítoris, y al mismo tiempo le llené la boca del dedo gordo de un pie, y Sienna se rio y se corrió casi a la vez, el cuerpo temblándole sobre mi cara, el coño palpitándome en los labios. No la solté. Seguí lamiendo mientras el orgasmo se le alargaba, y cuando quiso levantarse un poco le sujeté los pies y la bajé otra vez, porque todavía no había terminado de tenerla así. Ella se dejó. Se sentó más, me tapó la nariz, y se frotó hasta sacarse un segundo temblor, más chico, más hondo, que le arrancó un sonido que no parecía de esta casa. Después se deslizó hacia abajo, me besó la boca llena de ella, y me cogió la polla con la mano para acabarme contra su vientre, lenta, mirándome, sin prisa de convertir nada en frase.
La leche se le quedó en la piel del abdomen y en el arranque de los muslos. Me quedé con un pie en la mano, el pulgar en el arco, y Sienna apoyó la frente en mi hombro y respiró como quien acaba de decidir no encender ninguna luz.
Amaneció tarde, con esa claridad blanca que entra en Cadaqués por el este y deja el agua del color de una moneda. Sienna se levantó descalza otra vez y salió a la terraza con el teléfono, el pelo revuelto, las plantas todavía marcadas de la noche: polvo, saliva seca, un resto blanco que el alba no había borrado. La vi agacharse junto a la barandilla y escribir algo con el pulgar, la boca apretada, esa concentración breve de quien pone palabras sobre una foto del agua. Después lo borró todo de un dedo. No publicó. Guardó el teléfono contra el muslo y se quedó mirando la cala como si el corte que no iba a subir le pesara menos que el que sí se había quedado aquí.
Yo había hecho una foto antes, cuando ella aún dormía en el sofá con un pie colgando: las plantas sucias, juntas, el desastre de la terraza todavía en la piel. La guardé sin enseñársela. No era contenido. Era otra cosa, y esa otra cosa cabía en mi bolsillo.
Sienna volvió a entrar a recoger la maleta y el teléfono se le encendió encima de la encimera, la pantalla hacia arriba el tiempo suficiente para que yo leyera el asunto de un correo sin abrir. Una marca de látex en Madrid. Una invitación a un fitting en su oficina. Ella no lo tocó. Pasó al lado, me rozó la muñeca con los dedos, y dijo mi nombre bajito, casi sin risa, antes de cruzar otra vez la terraza descalza hacia el camino.