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Akira Sato

Akira en el ascensor del hotel

Sexo en el ascensor relatoRiesgo Público12 min de lectura

Un relato de Akira Sato

En su última noche en la ciudad, Akira, de 21 años, comparte el ascensor de un hotel con Marc, de 33, el fotógrafo de su catálogo kawaii, después de repetir una sesión que ha salido mal. Empiezan a tener sexo entre dos plantas, en un edificio de huéspedes adultos. Ella decide no esconderse cuando se abren las puertas.

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El vestíbulo del hotel del Eixample aún conservaba aquella claridad de mármol y plantas que no engañaba a nadie: afuera era noche cerrada, de las que a principios de verano dejan el calor pegado a las aceras de Barcelona. Akira Sato, de veintiún años, caminó a mi lado desde el taxi con la bolsa de la sesión golpeándole la cadera y el maquillaje de la repetición todavía espeso en las pestañas. La tarde entera se nos había ido en devolverle al catálogo kawaii, aquella estética japonesa de dulzura forzada que la agencia vendía como oro, una cara que ya no le salía ni a la fuerza. Con treinta y tres años y la obligación de salvar aquel material, apagué los focos sabiendo que la agencia no iba a perdonar el desastre.

Subimos al ascensor de pasajeros, un cubo de espejos y acero que olía a limpio y a ambientador barato. Pulsé su planta y la mía, más arriba, y las puertas se cerraron con un suspiro hidráulico que nos dejó encerrados a solas. El fluorescente le sacaba un brillo frío al pelo negro, todavía sujeto con las horquillas del estudio, y los ojos, de un marrón tan oscuro que la luz no les alcanzaba el fondo, no buscaban los míos.

«¿Qué ha cambiado?», pregunté, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «Esta tarde no has querido sostener esa cara. Ni una sola toma ha valido».

Akira se quedó un segundo mirando el panel de botones, como si el número de su habitación pudiera contestarme por ella. Luego giró la cabeza y sonrió apenas, esa sonrisa pequeña que en persona casi no usa.

«¿Y si ya no quiero esa cara?», dijo, con el acento suave que deja las frases a medias, y no esperó respuesta. El ascensor arrancó con un tirón apenas perceptible. En el espejo del fondo éramos dos figuras quietas, ella menuda contra mi hombro, yo con la cámara todavía en la bolsa y las manos vacías. Había pedido, no hacía tanto, una caja de la que no pudiera salir, y aquella cabina de acero cumplía esa condición mejor que cualquier plató.


El cable del ascensor crujió al ganar velocidad. Akira se acercó sin pedir permiso, se puso de puntillas y me agarró la camisa a la altura del pecho. Me besó con la boca abierta, con una decisión que no había tenido delante de los focos, y el sabor a bálsamo y a café frío de la repetición se me metió en la lengua. La besé de vuelta, más hondo, y sentí cómo se le ablandaba la espalda contra mi palma.

Sin decir nada más, se resbaló hacia abajo hasta dejar las rodillas en el suelo de goma y me abrió el cinturón con una prisa torpe que me encendió más que cualquier pose ensayada. El botón del pantalón cedió entre sus dedos. Me sacó la polla ya dura, me miró un instante desde abajo, con aquella oscuridad en la mirada y la boca entreabierta, y se la metió hasta donde le llegó. El calor de aquella boca me recorrió la columna de un tirón. Apoyé la mano en el espejo para no caerme y noté el temblor de sus labios al bajar, la lengua plana contra el nervio, la saliva que se le escapaba por la comisura.

«Akira…». El nombre se me quedó atragantado, pero ella no se detuvo. Chupó con una concentración seria, las mejillas hundidas, una mano en la base y la otra agarrándome el muslo para no perder el equilibrio cuando el ascensor dio un pequeño salto entre plantas. El número del visor cambió y el corazón me golpeaba en las sienes. Pensé en las puertas abriéndose, en alguien del hotel viéndola de rodillas con mi polla en la boca, y esa idea me la puso todavía más dura contra su paladar.

Ella lo notó. Un sonido breve, casi un reírse por la nariz, le vibró en la garganta alrededor de mí. Siguió, más hondo, hasta que la punta le tocó el fondo y los ojos se le llenaron de agua, sin apartar la mirada. Me follaba la boca con esa quietud suya, la de quien no discute, y cada vez que subía dejaba un hilo brillante sobre el labio inferior. El fluorescente nos ponía a los dos en evidencia: el cabello negro deshecho, mi pantalón abierto, los cuatro espejos repitiendo el mismo pecado en cada pared.

El ascensor aminoró y un pitido anunció planta. Akira no se levantó. Me miró desde el suelo, con la polla todavía entre los labios, y esperó a ver qué ocurría. Las puertas no se abrieron porque nadie había llamado. La cabina siguió subiendo y ella volvió a bajar la cabeza, más lenta, saboreándome como si tuviéramos toda la noche y no los segundos que duraba un trayecto de hotel.


La agarré por los hombros y la levanté antes de que el siguiente piso nos delatara. La besé otra vez, notando el sabor de mi propia polla en su lengua, y la giré contra el espejo, donde el cristal le enfrió la espalda. Le subí la falda hasta la cintura, una tela ligera de la sesión, pensada para parecer inocente, y le aparté las bragas a un lado con dos dedos. Estaba empapada: el coño se le abrió al tacto, caliente, y Akira soltó un aire tembloroso contra mi cuello.

«Marc», dijo, y fue la primera vez que pronunciaba mi nombre aquella noche, bajo, como si el acero pudiera oírnos. «¿Aquí?».

No era una protesta sino esa pregunta que deja caer y no persigue, el modo que tiene de empujar sin empujar. La alcé y ella enganchó las piernas a mi cintura, ligera, mientras la sostenía por el culo y alineaba la polla con su entrada. Empujé de una vez y el calor me tragó hasta la raíz. El espejo le pegó los omóplatos y un gemido corto se le escapó contra mi boca. Empecé a follarla así, de pie, con las bragas corridas y su peso entero colgado de mis brazos, cada embestida haciéndole golpear suavemente el cristal.

El sonido era obsceno en aquel silencio de cables: piel contra piel, su respiración rota, el roce húmedo de mi polla saliendo y volviendo a entrar. La falda le quedaba hecha un lío entre los dos. Le mordí el cuello, donde el maquillaje se le había cuarteado, y sentí cómo se le apretaba el coño a cada golpe. En el espejo de enfrente se veía todo: su espalda pequeña, mis manos abriéndole el culo, la polla desapareciendo dentro de ella. Akira giró la cabeza y se miró a sí misma sin apartar los ojos. Había algo voraz en esa mirada, algo que el catálogo nunca le había pedido y que ahora, sin cámara, se le salía solo.

«Más», murmuró, y apretó los talones en mi espalda. La follé más hondo, hasta que los muslos le temblaron y la frente se le apoyó en el cristal. El visor seguía subiendo y cada número era un segundo robado. Pensé en bajarla, en vestirnos, en fingir que éramos huéspedes decentes de un hotel de negocios, y no hice nada de eso. Seguí dentro, duro, oyéndola mojarse alrededor de mí con cada embestida.


Akira estiró un brazo hacia la botonera sin pedirme que la soltara. El movimiento la hizo arquearse y mi polla se le hundió hasta el fondo. Pulsó un número alto, varios pisos por encima del nuestro, y el ascensor, obediente, cambió de destino. La carrera se alargó. El cubo siguió su viaje vertical con nosotros enganchados, ella clavada en el espejo, yo follándola con las rodillas flexionadas para no resbalar.

«Así dura más», dijo, y esta vez sí hubo un hilo de risa en la voz, no una carcajada, apenas ese sonido breve que le nace cuando alguien la está mirando de verdad. Me miraba a mí, me miraba el espejo y me miraba el panel como si las plantas que íbamos a saltarnos fueran cómplices.

La tuve así un tramo entero, sacándola casi del todo y volviendo a metérsela de un golpe, sintiendo cómo el coño se le contraía al quedarse vacía un segundo y cómo me pedía otra vez, sin palabras, abriéndose. El sudor se nos pegaba la ropa. Le bajé un poco más las bragas, lo justo para tener los dedos en el culo mientras la polla le trabajaba el centro, y Akira mordió mi hombro para no gritar. El hotel dormía a ambos lados del hueco; abajo, en el Eixample, los coches de la noche harían su ruido lejano, y aquí dentro solo estábamos el metal, el semen que todavía no le había dado y el hambre con la que ella se dejaba ver.

«Si paran…», empecé.

Ella negó con la cabeza, el cabello pegado a la sien, sin decir que no ni que sí. Se limitó a apretarme con las piernas y a buscar mi boca otra vez, y en ese beso estaba toda la respuesta: que pararan, que vieran, que la cabina dejara de ser privada en el momento que ella eligiera.

Seguí follándola más despacio, saboreando el lujo de aquellos pisos extra. Cada vez que el visor cambiaba, el cuerpo se le tensaba un instante, esperando el pitido, y luego se fundía otra vez contra mí cuando el ascensor no se detenía. Estaba más mojada que al empezar. La polla me entraba con un sonido blando, vergonzoso, hermoso. Le hablé al oído, bajo, diciéndole lo que le estaba haciendo, lo abierta que estaba, lo fácil que sería que alguien nos pillara así, conmigo dentro hasta los huevos y ella mirándose en el cristal. Akira no contradijo nada. Respiraba contra mi cuello y a veces asentía, mínima, como quien acepta un trato que ya ha firmado por dentro.


El ascensor frenó en una planta intermedia. El pitido fue limpio, profesional, el de cualquier hotel de negocios a horas intempestivas. Las puertas se abrieron de par en par sobre un pasillo enmoquetado y un hombre con la chaqueta del traje al hombro y la tarjeta de la habitación en la mano. Se quedó quieto en el umbral al vernos.

Akira no escondió la cara ni me pidió que la bajara. Me miró un segundo a mí, luego giró la cabeza hacia la puerta abierta y sostuvo la mirada de aquel desconocido mientras yo seguía dentro de ella, la polla enterrada hasta el fondo, las bragas corridas, las piernas cruzadas en mi espalda. El hombre no entró, aunque tampoco apartó los ojos de inmediato. El cubo entero quedó expuesto: el espejo, el desorden de la falda, el sitio exacto donde nuestros cuerpos se juntaban.

Sentí a Akira correrse así, mirándolo. El coño se le cerró alrededor de mi polla en oleadas fuertes, desordenadas, y un gemido largo se le escapó sin que intentara morderlo. No cerró los ojos; siguió clavada en la mirada de aquel hombre mientras el orgasmo le recorrió el vientre y los muslos le temblaban contra mis caderas. La sujeté más fuerte, follándola a través de cada contracción, ofreciéndosela a la puerta abierta porque eso era lo que ella había elegido, y el poder de tenerla así, modelo, encargo, cuerpo pequeño temblando en mis brazos, se me subió a la cabeza con una claridad brutal.

El hombre dio un paso atrás. Las puertas, impasibles, iniciaron el cierre. Akira todavía lo miraba cuando el hueco se estrechó, todavía apretándome por dentro, todavía corriéndose con esa lentitud sucia que no le había salido nunca delante de mis objetivos. El pasillo desapareció y el acero nos volvió a encerrar. Ella apoyó la frente en mi hombro y dejó que el resto del temblor se le acabara contra mi pecho, mojada, abierta, sin disculparse.


No pude aguantar, así que la apreté contra el espejo y me corrí dentro de ella con un gruñido que me salió de más abajo de la garganta, la polla palpitándole el coño, llenándola a tirones mientras ella me sostenía con las piernas y aceptaba cada sacudida. El semen se le escapó un poco, caliente, resbalándole por el muslo hasta las bragas torcidas. Seguí dentro, dándoselo todo, la boca en su pelo, oliendo el sudor y el maquillaje y el metal de la cabina.

Las puertas permanecieron cerradas mientras el visor seguía su camino hacia el piso que ella había elegido. La bajé con cuidado, todavía medio duro, y el vacío al salir de su cuerpo nos dejó a los dos un segundo desorientados, respirando como si el aire del ascensor no alcanzara. Akira se alisó la falda con una mano que le temblaba y no se subió del todo las bragas. El rastro de lo mío le brillaba por dentro del muslo, visible si alguien hubiera vuelto a llamar.

Me abroché el pantalón. Ella se pasó los dedos por la comisura de la boca, donde antes me había chupado, y se miró en el espejo con una calma que no tenía nada de la cara del catálogo. El cubo olía ahora a sexo, a nosotros. Abajo, en alguna planta, un hombre acababa de decidir no entrar. Arriba, las habitaciones seguían a oscuras.

«Van a enterarse», dije, y la voz me salió ronca. «La agencia. O él. Alguien va a hablar».

Akira asintió, pequeña, sin desviar la mirada del panel.

«Lo sé».


El ascensor nos dejó en su planta con el mismo suspiro con el que nos había recogido. El pasillo estaba vacío, enmoquetado, excesivamente silencioso para lo que acabábamos de hacer. Akira recogió la bolsa de la sesión, se acomodó la falda y caminó hacia su puerta sin pedirme que la acompañara, aunque la seguí igual. En el umbral se detuvo, la llave en la mano, el muslo todavía brillante bajo la tela.

«Salgo al amanecer», dijo. Dentro, detrás de ella, se adivinaba la maleta ya cerrada, el orden de quien no piensa volver a deshacer la cama. «El vuelo es pronto».

Le toqué la muñeca y el pulso le iba rápido. Pensé en el material de la tarde, en las tomas que no servían, en el hombre del traje bajando hacia recepción con esa imagen clavada, en el teléfono que iba a sonar en la agencia antes de que el avión levantara ruedas. El catálogo kawaii se sostenía sobre una cara que ella ya no estaba dispuesta a prestar. Lo que quedaba de aquella marca podía estar muerto antes del desayuno.

«Si hablan, se acaba esto», dije. «Lo de las cámaras. Lo cute. Todo».

Akira me miró con esos ojos que el fluorescente del pasillo tampoco conseguía aclarar, y por un instante volvió a ser la de la sesión, quieta, difícil de leer. Luego se encogió de hombros, un gesto mínimo, y abrió la puerta.

«Ya sé lo que cuesta», contestó. No era una queja. Entró, dejó la bolsa en el suelo y se volvió hacia mí con la falda todavía revuelta. «Lo siguiente que haga tendrá que vivir con esto. Conmigo así». Hizo una pausa, la mano en el marco, y añadió, más bajo: «Voy a buscar otra puerta. Una que se abra de verdad».

No me invitó a pasar. Cerró con suavidad y me quedé un segundo en el pasillo oliendo a sexo y a mármol, oyendo el silencio de un hotel de negocios a deshoras. Ella volaría dentro de unas horas, todavía mojada si quería, con la maleta hecha y la certeza de que la chica que solo jugaba para las cámaras se había quedado abajo, en el cubo de acero, a la vista de un desconocido. Lo que se llevaba a casa era otra cosa: el hambre de que la miraran sin objetivo, de que una puerta se abriera en el peor momento y ella no apartara la cara. Esa hambre no cabía en un catálogo. Iba con ella en el avión, buscando ya el siguiente umbral, la siguiente caja de la que no pudiera, ni quisiera, salir.