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Akira Sato

Akira en la playa a medianoche

Sexo en la playa relatoRiesgo Público11 min de lectura

Un relato de Akira Sato

Akira, de 21 años, camina sola hasta la playa de la ciudad pasada la medianoche, incapaz de dormir en una habitación cerrada. Conoce a Oriol, de 29, un cocinero que sale de un turno de noche, y se quedan en la arena, lejos del gentío del día. Ella se sirve de él para decir en voz alta lo que ha estado haciendo y para tener sexo donde el paseo marítimo pueda verlos.

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Salí de la cocina pasada la una, con el olor a aceite todavía en las muñecas y la camisa pegada a la espalda. Tengo veintinueve años y trabajo de cocinero en un local de la Barceloneta que no entiende de horarios decentes, y esa noche el mar me tiró más fuerte que la ducha de casa. Caminé por el Passeig Marítim hacia la orilla, lejos de las terrazas apagadas, y la vi sentada en la arena húmeda, una silueta pequeña contra el brillo negro del Mediterráneo. Me acerqué sin prisa. Ella levantó la cara y no se asustó. Me dijo que se llamaba Akira, que tenía veintiún años, que era modelo, y que no conseguía dormir en una habitación con la puerta cerrada. Yo me senté a su lado, lo bastante lejos de la gente del día como para que el silencio nos perteneciera, y le conté que venía de un turno largo y que el agua me limpiaba mejor que cualquier grifo.

El aire de principios de verano olía a sal y a madera de chiringuito cerrado. Las luces de la ciudad temblaban sobre el mar. Akira tenía el pelo suelto sobre los hombros y un vestido claro al que la marea ya había empezado a mancharle el bajo. Hablaba despacio, con un acento suave, y a veces la frase se le quedaba a medias. Me miró las quemaduras viejas de la plancha y algo en esa mirada me dijo que leía el cansancio antes que las palabras.

Estuvimos un rato sin decir nada importante. Luego ella se pasó la lengua por el labio y habló mirando el paseo, no a mí. Me confesó que llevaba tiempo follando donde podían verla, en rincones que fingían ser privados, y que estaba harta de llamar accidente a lo que ya no lo era. La voz le tembló un poco y no por vergüenza. Yo sentí el calor subirme por el cuello. Le pregunté si quería eso ahora, conmigo, con la arena mojada y el paseo a la espalda, donde cualquiera que bajara despacio podría detenerse. Akira tragó saliva y dijo «Sí. Quiero que se vea y quiero decirlo.» Me miró entonces de frente y su miedo no era a que yo la usara de espectáculo. Su miedo era a que yo apartara la vista.


No me pidió que la besara primero. Se arrodilló en la orilla, el agua fría rodeándole las rodillas, y me desabrochó el pantalón con una calma que no coincidía con el temblor de sus dedos. Saqué la polla ya dura y ella la miró un segundo, como midiendo lo que iba a meterse en la boca, y luego se la metió hasta que sentí la garganta caliente y el salitre del mar en el aire. Chupaba con ganas, sin teatro, y el sonido húmedo se mezclaba con el rompiente. Yo le sujeté el pelo para verle la cara, y Akira levantó los ojos mientras su lengua recorría la vena de abajo y su mano apretaba la base. El paseo quedaba a unos treinta metros, lo bastante cerca para que una silueta pudiera convertirse en testigo, y eso la excitaba. Lo supe porque se mojó los labios y se la metió más hondo, hasta que le saltaron las lágrimas y no se apartó.

Le dije que si alguien bajaba iba a verla de rodillas tragándome la polla. Ella soltó un ruido en la garganta que no era protesta y volvió a bajar la cabeza. Seguí follándole la boca con cuidado y con hambre a la vez, sintiendo cómo se le humedecía la comisura y cómo sus rodillas se hundían en la arena. El agua le llegaba a los muslos. Cada vez que retrocedía para respirar, un hilo de saliva unía su labio inferior a mi glande, y ella volvía a metérsela en la boca como si el mar le hubiera dado permiso. Yo pensaba en lo menuda que era debajo de mí y en lo poco que le importaba parecerlo. Quería que la vieran. Quería que yo no mirara a otro lado.

Me detuve antes de correrme porque no quería terminar ahí. Le aparté el flequillo de la frente, le toqué la mejilla con el pulgar y le pregunté si seguía queriéndolo, aquí, con la posibilidad de que alguien se parara. Akira asintió con la boca brillante y la voz ronca. Dijo «Sí. Ahora.» Se pasó el dorso de la mano por los labios y se quedó de rodillas un segundo más, mirándome la polla húmeda, como si aún no hubiera decidido soltarla del todo.


La puse a cuatro patas sobre la arena, de cara al agua, el culo hacia el paseo. Le subí el vestido hasta la cintura y no llevaba nada debajo. El coño se le veía hinchado y brillante, y cuando pasé dos dedos por la raja se le escapó un gemido que el viento se llevó hacia las farolas. Me coloqué detrás, le agarré las caderas, y la follé de un empujón que la hizo adelantar las manos. Estaba estrecha y caliente y tan mojada que entré entero a la segunda embestida. Akira bajó la frente y jadeó, y yo le di fuerte, el sonido de la piel contra la piel más claro que las olas. Cada vez que la polla desaparecía dentro de ella, su espalda se arqueaba y el vestido se le pegaba a los costados.

Le hablé bajo, preguntándole si quería que la gente del paseo viera cómo se la metía. Ella dijo «Sí. Dilo. Hazlo.» La follé más hondo, con las manos abriéndole los glúteos para que se viera el sitio exacto donde yo entraba. El agua le lamía las muñecas. Un perro ladró lejos y ninguno de los dos se detuvo. Yo sentía el pulso en la polla y el miedo ridículo de que alguien gritara, y ese miedo se me convertía en ganas. Akira empujaba hacia atrás para recibirme, ya sin la timidez del principio, y cada embestida le sacaba un sonido corto y sucio. Le agarré el pelo y la levanté un poco, para que su pecho quedara más visible si alguien bajaba la rampa, y ella no protestó. Dijo mi nombre como si lo estuviera probando, Oriol, y me pidió que no parara.

La follé así un rato largo, sin prisa de llegar, dejándola sentir cada centímetro. El coño le hacía un ruido húmedo cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar hasta el fondo. Yo le acaricié el clítoris por debajo, con los dedos torpes de arena, y ella apretó las rodillas contra la orilla y gimió más alto. Pensé en lo que me había confesado, en esos rincones donde podían verla, y supe que esta vez no iba a dejarla a medias. Le dije que estaba preciosa así, abierta, usada, y que si alguien se detenía iba a ver exactamente lo que ella quería que vieran. Akira tembló y empujó otra vez hacia atrás, pidiendo más.


La giré y la tumbé de espaldas, las piernas abiertas hacia el Passeig Marítim, los pies en la arena mojada y las rodillas caídas. Así cualquiera que caminara vería el coño abierto y mi polla clavándosela. Me incliné y le bajé el escote. Tenía las tetas pequeñas y firmes, los pezones duros por el aire de la madrugada, y me los metí en la boca mientras la follaba despacio, profundo. Akira se agarró a mi nuca y me apretó contra el pecho, y yo lamí y chupé hasta dejarle la piel marcada de saliva. El mar le llegaba a los tobillos. Cada vez que levantaba la cabeza veía el paseo, las farolas, la posibilidad.

Le dije que las tuviera abiertas. Ella las abrió más, sin cubrirse, y su coño hacía un ruido húmedo cada vez que yo salía casi del todo y volvía a entrar. Le mordí un pezón con cuidado y ella gimió más alto, ya sin esconderlo. Yo tenía la boca llena de ella y las caderas trabajando, y pensaba que si alguien se detenía iba a ver exactamente esto: una chica de veintiún años con las piernas abiertas hacia la ciudad y un cocinero comiéndole las tetas mientras se la follaba en la orilla. Akira lo pensaba también. Lo supe porque no cerró los ojos. Miraba el paseo como se mira una puerta que alguien puede abrir.

Le hablé contra la piel del pecho, preguntándole si de verdad quería que la vieran conmigo dentro. Akira pasó los dedos por mi pelo y dijo «Quiero que vean que te la estás follando. Quiero que no aparten la cara.» Seguí. Le chupé el otro pezón hasta que se le puso aún más duro, y le froté el clítoris con el pulgar al ritmo de las embestidas. El vestido se le había subido del todo. La arena se le pegaba a la espalda. Yo sentía que se le acercaba algo, no por lo alto que gemía, sino por cómo se le tensaban los muslos contra mis caderas y por cómo se le humedecían más los ojos sin llegar a llorar.


Dos adultos bajaron la rampa y anduvieron más despacio de lo que pide un paseo nocturno. Un hombre y una mujer, lo bastante cerca para distinguir que nos miraban, lo bastante lejos para fingir que el mar era lo interesante. Akira los vio. No apartó la cara. Me agarró de la camisa y me dijo que siguiera, que los dejara verlo dentro de ella. Se lo dije yo también, más bajo, que sí, que te están viendo, que te estoy follando y te están viendo. Ella abrió más las piernas hacia ellos y yo empujé hasta el fondo, la polla entera, y le froté el clítoris con el pulgar mientras le chupaba otra vez el pecho.

Akira no apartó la mirada de aquellas dos siluetas. Gritó cuando se corrió, un grito que no cupo en la playa, el coño apretándome a pulsos, las uñas en mi espalda, el cuerpo menudo sacudiéndose contra la arena. Siguió mirándolos mientras se corría, los ojos abiertos, la boca abierta, y yo sentí cada contracción como una frase dicha en voz alta. Los de arriba no se fueron. Ella temblaba y se reía entre dientes, y me pidió que no parara todavía, que los tuviera ahí, que ella podía más. Yo seguí follándola mientras le duraba el orgasmo, con el coño resbaladizo y estrecho, y el agua le llegaba ya a las nalgas.

Le besé la boca por primera vez entonces, un beso torpe y salado, y ella me mordió el labio sin dejar de mirar de reojo hacia el paseo. Los dos adultos siguieron ahí un rato más, lo bastante para que ella los usara del todo. Yo sentía el orgasmo de Akira aún latiéndole alrededor de la polla, las paredes apretándome en oleadas más lentas, y pensé que si ahora apartaba la vista la estaría traicionando. No la aparté. Seguí moviéndome dentro de ella, más hondo que rápido, y le dije al oído que te están viendo correrte, que te ven con las piernas abiertas y conmigo hasta el fondo. Akira asintió contra mi boca y se le escapó otro gemido, más bajo, como un resto que no había cabido en el primero.


Saqué la polla cuando ya no pude más. Me corrí en sus tetas y en el vientre, la leche caliente contra la piel fría de la noche, chorros que le mancharon el vestido y el pecho y el hueco del ombligo. Akira se quedó mirando cómo le caía, y se rió, una risa que se le quebró y se le convirtió en un sollozo breve, una sola vez, como si el cuerpo hubiera necesitado las dos cosas. Me tocó la muñeca y no me pidió que la abrazara. Se levantó torpe, se quitó el vestido y se metió en el agua hasta la cintura, y se lavó con las manos, la sal quitándole mi semen y el resto de la arena. El mar le llegaba a las tetas y ella se hundió un segundo y salió con el pelo pegado a la cara, más calmada.

Le pregunté si quería mi número. Akira negó con la cabeza, suave, y no dio explicaciones. No las necesitaba. Nos vestimos en silencio, ella con el vestido húmedo pegado al cuerpo, yo con la camisa llena de arena. Los dos del paseo ya se habían ido, o habían seguido, y la playa volvió a ser solo ruido de agua. Yo le ofrecí mi camisa para el frío y ella la rechazó con un gesto pequeño, no grosero, como quien ya ha tomado lo que venía a tomar. Me miró un instante a los ojos y yo supe que no iba a pedirme que la acompañara hasta casa. Había nombrado lo que quería y lo había hecho. Eso le bastaba y le pesaba a la vez.


Caminó hacia la ciudad descalza, el vestido goteándole por los muslos, el paso pequeño y seguro. Yo la seguí un tramo por el paseo y luego me detuve porque ella no se giró a buscarme. Iba mojada y serena, como si la madrugada le hubiera quitado un disfraz que ya no le servía. El trabajo de sonrisa cerrada, las puertas que no se abren, la pose de lo que no se nombra, todo eso había saltado esta noche como un tapón. Ahora quería un sitio con una puerta que pudiera abrirse sobre ella, un riesgo metido en una caja de la que ella misma no sabría salir. La siguiente puerta cerrada no iba a quedarse cerrada.

Yo volví hacia mi calle con el sabor de la sal en la boca y las manos que aún recordaban sus caderas. No tenía su número. Tenía la imagen de Akira mirando a dos desconocidos mientras se corría conmigo dentro, y eso me bastaba y no me bastaba. El mar seguía ahí, negro y paciente, y la Barceloneta fingía otra vez que no había visto nada.