
Fitri en la orgía de la playa
Orgía erótica en la playaGrupo13 min de lectura
Un relato de Fitri Gunawan
Fitri acude de noche a la playa de Nyanyi porque Mateo la invitó. Hay un corro de adultos que ya follan en la arena, más gente de la que ella esperaba. Ella, Mateo y al menos otro hombre y una mujer eligen unirse.
La noche en Nyanyi tenía ese calor seco que anuncia el paso a la estación sin lluvias, y la playa abierta se extendía negra y brillante bajo una luna casi llena. Yo, Mateo Herrera, de veintinueve años, llevaba rato plantado junto a las palmeras, esperando a Fitri Gunawan. Ella apareció con veintidós años y el pelo suelto sobre los hombros, la misma chica a la que yo había invitado al salir de la biblioteca, y se detuvo a unos metros para tomar el aire salado antes de mirarme a la cara. Más abajo, en la arena húmeda, un corro de adultos se movía sin tapujos: hombres y mujeres desnudos que se follaban a plena vista, con gemidos que el oleaje no lograba tapar del todo. El miedo que yo sentía no era el de que ella se asustara, sino el de dejar de ser el único que la miraba de esa manera.
Fitri avanzó hacia mí con un paso que no pedía disculpas, y el viento le pegó contra los muslos el sarong, esa tela fina que le envolvía las caderas como una falda. Yo vi cómo sus ojos recorrían el corro con una atención lenta, como si el mar y los cuerpos le importaran antes que cualquiera de nosotros.
«Has venido», le dije, y mi voz salió más baja de lo que yo pretendía.
«Dijiste playa», contestó ella, y la frase se le quedó a medias porque el resto lo estaba viendo ya. «Hay más gente de la que pensé.»
«Nadie obliga a nadie. Si quieres irte, nos vamos ahora mismo.»
Ella negó con la cabeza y se pasó la lengua por el labio. «No quiero irme. Quiero que no me sueltes.»
Ahí estaba el nudo que nos apretaba a los dos. Ella quería el corro entero y al mismo tiempo quería que yo no la tratara como a una más. Yo también quería las dos cosas, y esa contradicción me apretaba el pecho con una fuerza que no supe esconder.
La bajé hacia el agua con la mano puesta en la nuca, no para empujarla, sino para que sintiera que yo seguía ahí, pegado a su espalda. Un hombre de veintiocho años, Nico, se apartó de una mujer a la que estaba follando de lado y nos miró con una sonrisa cansada y clara. A su lado, Clara, de veinticinco años, se pasó la arena por el pecho y dejó escapar una risa baja cuando vio a Fitri. El consentimiento flotaba en el aire con una evidencia que no necesitaba anuncio, y Fitri lo entendió antes de que yo dijera una palabra.
«¿Os unís?», preguntó Clara, y se acercó lo bastante para que Fitri viera el brillo de semen en la cara interna del muslo.
Fitri miró a Nico, después a Clara, y al cabo me miró a mí con una calma que me desarmó por completo.
«Sí. Pero él se queda conmigo.»
Yo la besé entonces, despacio al principio, y ella abrió la boca como si hubiera estado esperando exactamente eso. Nico se puso a su izquierda y Clara a su derecha, y las cuatro sombras se juntaron en la arena todavía tibia. Las manos de Clara subieron por la cintura de Fitri y le bajaron el sarong sin prisa, hasta que el tejido resbaló por las piernas y quedó hecho un montón inútil sobre la arena. Fitri no se tapó y dejó que la luna le viera los pechos pequeños, el vello oscuro del pubis, la línea de las caderas. Yo sentí que se me endurecía la polla contra el pantalón.
Nico se arrodilló delante de ella y le besó el vientre con una lentitud que no pedía permiso porque el permiso ya estaba dado. Fitri echó la cabeza atrás contra mi hombro. Yo le sujeté los pechos, con los pulgares apoyados en los pezones ya duros, mientras Clara le lamía el cuello. Alguien nos miraba desde tres metros. Fitri lo supo y abrió las piernas un poco más, y yo le hablé al oído con la voz hecha un hilo.
«Que te vean. Si te gusta, que te vean del todo.»
«Me gusta», dijo ella, sin bajar la voz. «Quiero que me veas tú también.»
Nico le separó los labios del coño con los pulgares y le pasó la lengua por la raja ya húmeda. Fitri soltó un sonido bajo, y yo le metí dos dedos en la boca para que los chupara. Los chupó mirándome a los ojos mientras Clara le pellizcaba un pezón y Nico le comía el coño. Yo me desabroché el pantalón y mi polla salió pesada, palpitando. Fitri bajó una mano sin que yo se lo pidiera y me la cerró alrededor, apretando justo debajo de la cabeza.
La arrodillé en la arena húmeda, de frente a mí, y ella entendió el gesto antes de que yo abriera la boca. Se llevó mi polla a los labios y la lamió desde la base hasta la punta, lenta, como si estuviera aprendiendo el sabor. Nico se puso detrás de ella. Le abrió los muslos con las rodillas y, sin entrar todavía, le frotó la polla por la raja. Clara se arrodilló a un lado. Le apartó el pelo de la cara a Fitri y la besó en la comisura de la boca, ahí donde yo la estaba llenando.
«Ábrela bien», le dijo Clara, y Fitri obedeció. Bajó más y me metió la polla hasta la garganta con una naturalidad que me arrancó un gemido. Yo le agarré la cabeza con las dos manos para sentir cómo ella misma se empujaba. La saliva le corría por la barbilla. Un hombre que follaba a una mujer a cuatro patas nos miraba sin disimulo, y Fitri giró los ojos hacia él un segundo, con la boca llena de mí, y no se apartó.
Nico empujó entonces y se le metió en el coño de un solo golpe húmedo. Fitri se atragantó un poco alrededor de mi polla y yo la solté lo justo para que respirara. Ella empujó las caderas hacia atrás, buscando más de él, y siguió chupándome. Clara se deslizó debajo, entre las rodillas de Fitri, y le lamió el clítoris mientras Nico la follaba. Vi la lengua de Clara, brillante de ella, y cómo a Fitri le temblaban los muslos con cada pasada.
«Más», pidió ella cuando apartó la boca de mí, con la voz ronca. «No pares. Ninguno.»
Yo me arrodillé para besarla, saboreando mi propio sabor en su lengua, y Nico no dejó de meterla. Cada embestida le movía los pechos. Yo le hablé contra la boca, casi sin sonido.
«Dime si es demasiado.»
«No es demasiado», dijo Fitri, y me miró de un modo que me atravesó. «Es que no quiero que dejes de estar. Aunque ellos también.»
Esa frase me encendió más que cualquier cosa que hubiera oído aquella noche. La recosté de lado, todavía con Nico dentro, y le puse la polla otra vez en la boca. Clara se acomodó para seguir comiéndole el coño entre las embestidas, con la cara metida en el punto donde el cuerpo de Nico entraba y salía. Fitri gemía ocupada, llena, y el sonido se mezclaba con el de las otras parejas que seguían a unos metros, ajenas y no tanto.
La pusimos a cuatro patas, mirando al mar, y el corro se cerró un poco a nuestro alrededor, como si el espectáculo nos hubiera convertido en centro. Nico se le metió otra vez en el coño, hondo, y yo me puse detrás de él un momento solo para verla: la espalda arqueada, el culo alto, la boca abierta contra la arena. Clara se sentó delante de Fitri y le ofreció el coño. Fitri recorrió con la lengua la hendidura de Clara, y Clara le agarró el pelo y se frotó contra su boca.
Yo mojé dos dedos en la saliva y el jugo que le corría a Fitri por los muslos y se los llevé al culo. El esfínter cedió con un temblor. Ella empujó hacia mis dedos al mismo tiempo que empujaba hacia la polla de Nico. Le hablé claro, para que no hubiera duda.
«Te la voy a meter en el culo. Si no quieres, dices que no.»
«Métela», dijo ella, y la voz le salió ahogada contra el coño de Clara. «Mateo, métela.»
Saqué los dedos y me escupí en la palma. Me unté la polla y empujé. La cabeza de mi polla le abrió el culo con una resistencia caliente y luego todo cedió de golpe. Fitri soltó un gemido largo, casi un llanto, y no pidió que parara. Nico se quedó quieto un segundo dentro de su coño, esperando, y cuando yo estuve bien dentro los dos empezamos a movernos. El vaivén era torpe al principio y después encontró una cadencia sucia. Yo sentía la polla de Nico a través del tabique, dura, rozándome. Fitri temblaba entre nosotros, con la cara todavía entre las piernas de Clara, y cada vez que yo le daba hasta el fondo ella gemía el nombre de alguien, a veces el mío, a veces nada.
Clara se recostó más y le ofreció un pezón. Fitri lo chupó mientras la follábamos los dos a la vez. Un hombre del corro se acercó lo bastante para que le viéramos la polla en la mano, masturbándose mirándola. Fitri levantó la vista, lo vio, y no apartó la cara. Abrió más la boca alrededor del pecho de Clara. Yo le agarré las caderas y le di más fuerte.
«Te está viendo», le dije. «Le gusta cómo te la metemos.»
«Que mire», contestó Fitri, y se rio un segundo, un sonido roto de placer. «Que miren todos.»
Nico se corrió primero, con un gruñido, y le llenó el coño. Lo sentí yo también, el pulso de él contra mí. Se retiró despacio y el semen le empezó a salir a Fitri por los labios del coño, espeso, bajándole por el muslo. Clara se deslizó enseguida, se puso boca arriba bajo las caderas de Fitri y le comió el coño sucio, lamiendo la corrida de Nico mientras yo seguía follándole el culo. Fitri se corrió entonces, de golpe, con un temblor que le recorrió toda la espalda, y yo tuve que sujetarla para que no se viniera abajo del todo.
La giré y la senté a horcajadas sobre Clara, que seguía lamiéndola. Nico, todavía medio duro, le ofreció la polla a la boca, y Fitri la tomó sin dudar. Yo me puse de rodillas detrás otra vez, pero esta vez entré en su coño, resbaladizo de semen ajeno y de ella. Clara le tenía sujetas las nalgas para mantenerle el coño abierto contra su boca, y yo follaba a través de esa lengua. Fitri chupaba a Nico con los ojos entornados, y yo me incliné sobre su espalda para buscarle la boca.
Le besé la mejilla y, un instante después, la sien. Busqué el rabillo del ojo con la boca. Nico se retiró un segundo y entonces sí pude tomarle la boca. La besé hondo, sucio, mientras otro hombre del corro, un tipo de hombros anchos que había estado mirando desde el principio, se arrodillaba y le preguntaba con un gesto si podía. Fitri apartó la boca de la mía lo justo para decir que sí, y el hombre se le metió en el coño cuando yo me retiré para dejárselo.
Yo me quedé delante de ella, de rodillas, y la volví a besar mientras él la follaba. Las embestidas le movían todo el cuerpo contra mi pecho. Clara le tenía una mano en el clítoris, frotando con un ritmo que no coincidía del todo con el de él y por eso la volvía loca. El hombre la follaba con fuerza, sin hacerle daño, y Fitri gemía dentro de mi boca. Yo esperaba una broma, una de esas frases suyas que se quedan a medias y se ríen de todo. No llegó. Lo que llegó fue mi nombre, dicho contra mis labios, como si el resto del mundo pudiera follarla y aun así yo siguiera siendo el sitio al que ella volvía.
«Mateo», dijo. «Mateo, no te vayas.»
«No me voy», le contesté, y le sujeté la cara con las dos manos para que me mirara mientras el otro se la metía hasta el fondo. «Estoy aquí. Te estoy viendo. Te estoy besando.»
Ella se corrió otra vez con mi nombre en la boca, apretando los ojos, y el hombre de detrás juró bajito y se corrió dentro, o casi dentro, porque al salir le dejó un hilo blanco en el muslo. Clara lo lamió y Fitri se dejó lamer, temblando, y me buscó la polla con la mano para metérmela otra vez, esta vez en la boca. Yo se la di y dejé que me chupara mientras Clara le comía el coño entre penetración y penetración. Nico volvió a ponerse a su lado, acariciándole el pelo, esperando turno.
No paramos aquella noche, porque Fitri pidió más con la voz ronca y con las caderas, y nosotros se lo dimos. Nico se le metió en la boca mientras el otro hombre, el de los hombros anchos, se retiraba a mirar y a tocarse. Yo me recosté en la arena y la senté encima, de cara a mí, y Clara se puso a horcajadas sobre mi pecho, ofreciéndole el coño a Fitri otra vez. Fitri se bajó sobre mi polla con un suspiro que me llenó la garganta, mojada, abierta, y al mismo tiempo se inclinó a comerle el coño a Clara. Nico se arrodilló a mi lado y le ofreció la polla a Fitri por el costado. Ella la tomó con una mano y la lamió sin dejar de subir y bajar sobre mí.
La luna había bajado y el cielo empezaba a aclararse por el este. El corro se había reducido: algunos se vestían ya, y otros seguían, más lentos. A nosotros nos daba igual. Yo le agarré las caderas a Fitri y la levanté y la bajé sobre mi polla. Cada vez que ella bajaba, yo le daba contra el fondo. Clara gemía contra su boca. Nico se corrió en la mejilla de Fitri y ella se rio, se pasó los dedos por el semen y se los metió en la boca, mirándome.
«Enak», dijo, y la palabra le salió en su lengua materna, el indonesio, porque el español no le alcanzaba para el gusto. «Está rico. Todo. No pares.»
Yo no paré y la follé hasta que se corrió otra vez, con Clara sentada en su cara y Nico acariciándole los pechos, y entonces yo también me corrí, hondo, sujetándola contra mí para no salirme. Ella se quedó quieta encima, temblando, con la frente apoyada en el muslo de Clara, y yo le acaricié la espalda llena de arena y de sudor. Alguien, más allá, aplaudió una vez, flojo, casi una broma. Fitri no se tapó y se quedó ahí, llena de mí, con el semen de otros en la piel, y me buscó la mano para entrelazar los dedos como si eso, en medio de todo, siguiera siendo un gesto privado.
El sol no había salido del todo cuando me quité la camisa y se la puse por los hombros. El algodón le llegó a mitad de muslo y ella se abrochó dos botones porque el aire de la madrugada ya picaba. Nico y Clara se habían alejado hacia las palmeras, con una risa contenida, y el resto del corro se deshacía en siluetas que recogían toallas. Quedábamos nosotros dos en la línea del agua, con las rodillas llenas de arena y la boca marcada.
«Hay un fin de semana», le dije, y le limpié con el pulgar una raya seca en la mejilla. «Una villa. Amigos míos. Varios de los que estaban aquí van a estar. Ya saben lo de esta noche, Fitri. No es un secreto de biblioteca.»
Ella miró el mar, que empezaba a ponerse plateado, y después me miró a mí. Había el mismo nudo de antes, el de querer el corro y querer que yo no la soltara.
«¿Y tú?», preguntó. «¿Vas a tratarme aparte, o voy a ser una más en la villa también?»
«Las dos cosas», dije. «Quiero que te follen si tú lo pides. Y quiero que sepas que cuando digo tu nombre no estoy diciendo el de nadie más.»
Fitri rozó un diente con la punta de la lengua, pensativa, y asintió una sola vez. «Sí. Voy. Aunque ya me hayan visto pedir ser de varios a la vez.»
La besé en la frente y después en la boca, y el sabor que quedó no era limpio. El coste estaba a la vista: un tramo de playa que nos había visto, un círculo de adultos que mañana repetiría la historia. Ella se apoyó en mi hombro y yo la cubrí mejor con la camisa, y más allá, entre las palmeras, alguien ya hablaba del fin de semana en la villa como de una cosa segura.