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Fitri Gunawan

Fitri y el intercambio de parejas

Intercambio de parejas relatoGrupo12 min de lectura

Un relato de Fitri Gunawan

Fitri y Mateo van como pareja a una suite de hotel en Seminyak para el intercambio acordado con Lucía, 27, y Dani, 30. Las dos parejas hablan las reglas: todo el mundo elige, cualquiera puede parar. Fitri va a comprobar si puede ser de Mateo y de otro en la misma noche.

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La noche en Seminyak no pedía prisa a nadie. El calor de finales de la estación seca se había quedado atrapado entre las cortinas de lino y el suelo de piedra de la suite, y el aire olía a flores y a sábanas que nadie había usado todavía. Fitri Gunawan tenía veintidós años y yo, Mateo Herrera, veintinueve. Subimos juntos desde el vestíbulo como cualquier pareja de hotel, aunque los cuatro sabíamos que no lo éramos. Lucía, de veintisiete, ya había abierto el minibar y servía sin prisa. Dani, de treinta, apoyaba el hombro en el marco de la puerta y nos observaba con una calma que no metía prisa a nadie. En la villa nos habían dejado abierta la propuesta de intercambio y Fitri no había contestado entonces. Esta noche había subido ella, por voluntad propia.

«Antes de que nadie se quite nada», dijo Lucía, y dejó dos vasos sobre la mesa baja, «las reglas. Cada uno elige. Cualquiera puede parar. Si alguien dice que no, esa parte se acaba y no hay cuentas.»

Fitri se quitó los zapatos junto al sofá. El vestido le marcaba la cintura y las ondas del pelo le caían sueltas sobre los hombros. Se quedó un segundo absorbiendo el zumbido del ventilador y el calor que se pegaba a los brazos antes de hablar.

«De acuerdo», dijo. «Yo elijo. He venido para ver si puedo ser tuya, Mateo, y de otro, la misma noche. Si no me gusta, paro.»

Yo asentí y la voz me salió más baja de lo que pretendía.

«Yo también paro si tú paras», le dije. «Y te miro. Eso ya lo sabes.»

Dani sonrió sin burla y se acercó a Lucía por detrás, las manos posadas en su cintura. Fitri me tomó de la muñeca y me llevó hasta la cama que daba a las ventanas. Se sentó en el borde y me abrió las rodillas con las suyas. Yo me arrodillé entre ellas porque ella lo pidió con ese gesto, sin necesidad de palabras. Al otro lado de la habitación, Lucía ya tenía la boca de Dani en la garganta y una mano dentro de la blusa, y nos miraba sin disimulo. Fitri siguió esa mirada y no apartó la cara. Me desabrochó el pantalón con dedos firmes, metió la mano y me encontró ya duro.

«Que te vean», dijo, casi para los cuatro. «Quiero que te vean conmigo primero.»


Me saqué la polla y ella la rodeó con la palma, lenta, como si midiera lo que iba a entrar. Lucía se había quedado quieta un instante, la blusa abierta y los pechos al aire, mientras Dani le bajaba la falda sin dejar de observarnos. Yo subí el vestido de Fitri hasta la cintura. No llevaba nada debajo. Estaba mojada, el coño caliente contra mis dedos, y cuando le aparté los labios con el pulgar ella abrió más las piernas hacia la otra cama, ofreciéndose también a esa atención. Lucía soltó un sonido bajo y se sentó a horcajadas sobre los muslos de Dani. Le tomó la polla con la mano para frotársela contra el coño, y los dos nos veían follar antes de follarse.

Entré en Fitri de un empujón hondo y ella agarró la sábana con las dos manos. Estaba estrecha y resbaladiza. Cada vez que yo me hundía hasta el fondo ella buscaba a Lucía, no a mí, como si quisiera que la otra mujer viera exactamente cómo se le abría el cuerpo. Dani levantó a Lucía y la sentó en su polla de un golpe. Lucía gritó contra su cuello, las tetas rebotando, los ojos fijos en el sitio donde yo entraba y salía de Fitri. El cuarto se llenó de piel contra piel y de esa humedad que no se disimula. Yo le froté el clítoris a Fitri con el pulgar mientras la follaba, y ella empujó las caderas hacia mí y hacia ellos al mismo tiempo.

«Más fuerte», dijo, y no era una broma. «Que se oiga.»

Se lo di más fuerte. La cama golpeó la pared y Dani aceleró el ritmo para igualarnos, Lucía rebotando en su regazo con la boca abierta. Fitri se corrió primero, el coño apretándome a oleadas, un gemido largo que no intentó guardar. Lucía se corrió casi enseguida, como si el sonido de Fitri le hubiera tirado de un hilo. Yo no me corrí. Me quedé dentro, palpitando, sosteniéndole la cara mientras ella volvía del orgasmo con las mejillas encendidas y una risa pequeña, genuina, que no pedía disculpas.

Dani sacó la polla de Lucía, brillante, y la dejó recostada, las piernas abiertas, el coño palpitando a la vista. Fitri me miró y luego los miró a ellos.

«Ahora ellos», dijo. «Y nosotros miramos.»


Dani recostó a Lucía de espaldas y le abrió las piernas hacia nuestra cama. Le metió dos dedos, se los sacó brillantes y se los ofreció a la boca. Lucía los chupó sin apartarnos de su campo de visión. Fitri se había quedado sentada a horcajadas sobre mi muslo, mi polla todavía dura contra su vientre, y no desvió la atención ni un segundo. Dani le puso la polla en la boca a Lucía y ella se la tragó hasta donde pudo, la garganta trabajando, un hilo de saliva cayéndole al pecho. Después la puso a cuatro patas, de cara a nosotros, y se la folló así, hondo, las manos en las caderas. Lucía jadeaba con la boca abierta hacia Fitri, como si le contara algo que no necesitaba palabras.

Fitri se pasó dos dedos por el coño, lenta, y me los puso en los labios. Sabían a ella, caliente y clara. Yo se los chupé mientras Dani le daba a Lucía contra el colchón. El sonido era obsceno y constante. Lucía se corrió otra vez con un grito ahogado, el culo temblando. Dani la sostuvo para no salirse y la folló todavía unos golpes más, más lentos, hasta que ella negó con la cabeza, riendo, pidiendo un respiro.

Fitri se volvió hacia mí. Tenía los labios entreabiertos y esa atención quieta que pone en las habitaciones antes que en las personas, como si el aire de la suite le estuviera diciendo algo que yo aún no oía.

«Ya», dijo. «Ahora cambiamos. Quiero a Dani. Y tú a ella. Y tú me miras. Todo el rato que él esté dentro, me miras. Si dejas de mirarme, paro.»

Le dije que sí. No era una condición que yo hubiera inventado. Era ella eligiendo, con esa honestidad que a veces disfraza de broma y esta vez no disfrazó.

Dani se limpió la boca con el dorso de la mano y esperó a que Fitri se levantara. Ella cruzó el espacio entre las dos camas desnuda, el vestido olvidado en el suelo, y se arrodilló delante de él. Lucía se acercó a mí, se sentó a mi lado y me tocó la polla con una familiaridad que no pedía romance. Fitri tomó la polla de Dani con las dos manos, la sostuvo un segundo y luego me buscó a mí con los ojos antes de abrir la boca.


Se la metió entera, despacio, y no cerró los ojos. Me miraba por encima de la polla de otro hombre, las mejillas hundidas, la saliva brillándole en la comisura, y yo sentí un golpe de celos y de hambre que no supe separar. Lucía me acariciaba, me besaba el cuello, y yo la toqué entre las piernas porque ella lo quería, porque estaba empapada y porque Fitri me había pedido que no dejara de atenderla, no que no tocara a nadie. Dani le sujetó el pelo a Fitri sin tirar de verdad, solo para guiarla, y ella dejó que le follara la boca con un ritmo hondo, mojado, el sonido de garganta llena llenando la suite.

«Así», murmuró Dani, y Fitri hizo un ruido afirmativo alrededor de él, los ojos todavía clavados en los míos.

Cuando ella se apartó, un hilo de saliva la unía a él. Se recostó en la cama de ellos, se abrió con las manos y me dijo, clara:

«Ahora el coño. Y no mires a otro lado, Mateo.»

Dani se puso entre sus piernas y se la metió de una vez. Fitri arqueó la espalda y un sonido le salió del pecho, más animal que los que me había dado a mí esa noche, y yo sentí cómo se me endurecía todavía más en la mano de Lucía. Dani la follaba con golpes largos, el pubis chocándole al clítoris, y Fitri no apartaba la cara de la mía. Lucía se sentó sobre mi polla y bajó hasta sentarse del todo, caliente, usada, distinta. Yo la agarré de la cintura sin dejar de sostener a Fitri con la vista. Las dos mujeres se encontraban. Lucía rebotaba en mí y Fitri recibía a Dani, y hubo un momento en que las cuatro caderas parecían el mismo movimiento.

«Más hondo», dijo Fitri, y no era para Dani solo. Era para que yo lo oyera. «Dime que me estás viendo.»

«Te veo», dije. La voz se me rompió. «Te veo con la polla de él dentro. Te veo mojada. Te veo.»

Ella se corrió así, clavada en esa atención, el coño apretando a Dani, las uñas en su espalda. Lucía se apretó alrededor mío al oírla, como si el orgasmo de Fitri le recorriera el cuerpo por simpatía. Dani no se corrió. La sacó despacio, la polla oscura y brillante, y Fitri, todavía temblando, se giró sobre el costado y se tocó el culo con dos dedos, buscándome.

«También ahí», dijo. «Quiero saber si puedo. Y quiero que lo veas.»


Lucía se bajó de mí y se arrodilló junto a Fitri. Le besó la boca con una ternura sucia y le humedeció el agujero del culo con saliva y con lo que le escurría del coño. Fitri respiraba por la boca, las rodillas abiertas, y me tendió una mano para que yo me acercara. Me acerqué. Me arrodillé junto a su cara mientras Dani le apoyaba la polla en ese agujero apretado y empujaba, milímetro a milímetro. Fitri apretó mi mano hasta dolerme y no dijo que parara. Dijo mi nombre. Dijo que la mirara. Dani entró. Ella soltó el aire en un hilo largo, los ojos llenos de agua que no era tristeza, y cuando él empezó a follarle el culo de verdad, hondo y lento, Fitri me besó con la boca abierta, desordenada, como si necesitara mi lengua para no perderse.

«Jangan…», susurró en indonesio, la palabra colgándole en la boca, y luego, porque el español no le llegaba del todo, «no pares de mirarme. Sama kamu. Contigo. Aunque esté él.»

Yo le besé los párpados y le metí dos dedos en el coño, que seguía empapado, y la sentí llena por los dos sitios. Lucía se puso a horcajadas sobre la cara de Fitri y Fitri la lamió sin que nadie se lo pidiera, la lengua en el coño de Lucía mientras Dani le daba por detrás y yo le frotaba el clítoris. Los cuatro estábamos en la misma cama. El colchón se hundía. Lucía se recostó hacia mí y se metió mi polla en la boca un momento, me la chupó con ganas, y después se la ofreció otra vez a Fitri, que la tomó de lado, torpe y hambrienta, mientras el culo se le abría alrededor de Dani.

Fitri se corrió otra vez, más callada, el cuerpo entero en un temblor que le duró más que los anteriores. Dani se salió de su culo con un gemido contenido, al borde, y se recostó un segundo, la polla palpitando contra el muslo de ella. Lucía se rió, cansada y feliz, y se dejó caer a mi lado.

«Cambio otra vez», dijo Fitri, todavía sin aliento. «Tú. Dentro. En el coño. Quiero que te corras ahí. Ellos que sigan. Al lado.»


Lucía y Dani se enredaron a nuestro lado, ella de espaldas contra su pecho, él entrando otra vez en su coño con esa calma de quien ya no tiene nada que demostrar. Yo recosté a Fitri de cara a mí, le aparté el pelo pegado a la frente y la tuve de cerca. Tenía los labios hinchados, el rímel corrido, y no pedía que yo fingiera que Dani no acababa de tenerla en la boca, en el coño y en el culo. Me guió con la mano y me metió dentro. Estaba abierta, resbaladiza, caliente de todo lo que había pasado, y al entrar del todo sentí que volvía a un sitio que era mío de otra manera. Empecé a follarla despacio y ella envolvió mis caderas con las piernas.

«Más», dijo. «No me trates como si me fuera a romper. Ya sé lo que quiero.»

Se lo di más hondo. El golpe de nuestras caderas se mezclaba con el de ellos, a un palmo, Lucía gimiendo contra el hombro de Dani, Dani echándonos un vistazo de reojo sin invadir. Fitri me agarró la cara con las dos manos y no me dejó ir a otro lado, aunque esta vez el que estaba dentro era yo.

«Quiero seguir así», dijo, y la frase no se le quedó a medias. «Tuya. Y compartida. Las dos cosas. No voy a volver a dejarlo en broma para no nombrarlo. Si te asusta, dímelo ahora.»

No me asustaba. Me destrozaba de otra forma, más limpia. La follé más fuerte, la sentí apretarse, y le dije que sí contra su boca, que la quería así, que la había querido también cuando otro la tenía, que no iba a pedirle que eligiera una sola versión de ella para que yo durmiera tranquilo. Ella se corrió conmigo dentro, un orgasmo largo que le hizo clavar los talones en mi espalda, y yo me corrí entonces, hondo, llenándola, la polla palpitando contra el fondo de su coño mientras al lado Lucía se corría otra vez y Dani se corría dentro de ella con un gruñido bajo. El semen me salió a oleadas y Fitri lo recibió todo, las uñas en mi nuca, la frente contra la mía, respirando como quien acaba de decir una verdad que ya no se puede recoger.

Nos quedamos así un rato, yo todavía dentro, ellos abrazados a nuestro lado, el aire de la suite denso y el ventilador moviendo apenas las cortinas. Fitri me besó el pecho, una vez, sin teatro.

«Mañana abro la biblioteca», dijo, y se le oyó la sonrisa. «Y ya no es solo esa mujer la que gira la llave. Tú lo sabes.»


Nos separamos de mutuo acuerdo, sin deudas, como habían prometido las reglas. Lucía se duchó primero y salió con el pelo mojado. Nos besó a los dos en la mejilla con una familiaridad que no pedía continuación esa noche, y Dani nos apretó el hombro a cada uno antes de cerrar la puerta de la suite por fuera. Quedamos Fitri y yo en las sábanas revueltas, el semen secándosele en el muslo, el silencio de Seminyak metiéndose otra vez por las ventanas.

No me pidió que fingiera que no había pasado. Se recostó en mi brazo y se quedó un rato contemplando el techo, como si midiera el cuarto ahora que ya no había otros cuerpos, y yo le acaricié el pelo sin preguntarle si se arrepentía, porque no se le oía arrepentimiento. Se le oía otra cosa. La chica que no necesitaba a nadie, la que podía reírse de todo y volverse al mostrador como si el mundo cupiera en un sello de préstamo, se había quedado en alguna de las camas. Lo que había en su sitio era una mujer que necesitaba esto, que había nombrado las dos cosas, que iba a cargar con esa consecuencia hasta la mañana.

«Duerme», le dije, y ella cerró los ojos sin soltarme la mano.

Al día siguiente iba a abrir la biblioteca sabiendo que ya no era solo esa mujer, y que yo lo sabía.