
Fitri se acuesta con los amigos
Sexo grupal entre amigosGrupo11 min de lectura
Un relato de Fitri Gunawan
Fitri pasa la tarde en una villa de amigos de Mateo en las afueras de Ubud. Son cinco adultos que ya se han visto en la playa: ella, Mateo, Rafa, Lucía de 27 y Dani de 30. Lo que empieza como una comida se convierte en sexo grupal entre amigos, elegido por todos.
La villa se abría al valle con las persianas a medio bajar y el olor a fruta cortada flotando en el aire caliente. Éramos cinco adultos en una casa privada a las afueras de Ubud, en plena estación seca, y la tarde pesaba sobre la madera como un cuerpo más, denso y lento. Fitri Gunawan tenía veintidós años y se había sentado en el suelo con el sarong de batik, esa falda envolvente de tela estampada, subido hasta el muslo de un modo que no parecía del todo casual. Yo, Mateo Herrera, de veintinueve, la había traído el día anterior al salir de la playa, porque ella misma había dicho que sí a un fin de semana entero sin rodeos ni condiciones. Rafa, de treinta y dos años, cortaba mango en la cocina abierta, el cuchillo golpeando la tabla con un ritmo distraído. Lucía, de veintisiete, y Dani, de treinta, eran pareja y se movían por el salón como si la casa les perteneciera, lo cual era cierto: el alquiler estaba a su nombre.
Fitri tocó el borde del cuenco antes de mirarnos a ninguno. Dijo que el salón tenía el mismo calor que la arena a esa hora y se rió bajito, como si la observación le bastara y no necesitara más comentario. Yo sentía el peso de lo que no habíamos nombrado. Entre amigos aquello ya no podía esconderse en el azar ni en los extraños. O pedía ser el centro o seguía fingiendo que solo fluía.
Lucía se inclinó y le pasó un trozo de mango por los labios. Fitri lo aceptó y la lengua de Lucía se detuvo un segundo de más en su boca, un roce que no podía atribuirse al descuido. Dani observó el gesto sin apartar la vista. Yo también miré. Rafa dejó el cuchillo sobre la tabla y se quedó quieto, las manos aún húmedas de jugo. Nadie fingió sorpresa. Fitri se recostó contra mis rodillas y levantó la cara hacia mí con esa calma que a veces parece indiferencia y no lo es.
«Si vamos a hacer esto», dijo, «que sea porque todos queremos, no porque el calor nos empuje.»
Rafa se limpió las manos en el pantalón y se acercó. Lucía ya tenía los dedos en el muslo de Fitri, subiendo la tela con una lentitud deliberada. Yo le aparté el pelo de la nuca y besé esa línea que ella ofrece cuando está decidiendo, la piel caliente bajo los labios. El aire olía a incienso barato y a fruta madura. Fitri abrió las rodillas lo bastante para que viéramos que no llevaba ropa interior, y el salón entero se quedó más quieto, como si el silencio también se hubiera sentado entre nosotros. Lucía deslizó dos dedos por su coño y los sacó brillantes. Se los mostró a Dani, que sonrió sin decir nada, y luego a mí. Yo los chupé, el sabor ácido y dulce a la vez. Fitri exhaló un sonido pequeño y verdadero, apenas un aliento que no intentó disimular.
Rafa se arrodilló frente a ella y le abrió más las piernas con las palmas. Las manos le quedaron firmes sobre la cara interna de los muslos. Fitri no apartó la mirada de ninguno de nosotros; nos sostenía a todos con los ojos como si llevara la cuenta. Me desabroché el pantalón y saqué la polla, ya dura. Ella giró la cabeza hacia mí como si aquello formara parte del menú que acababa de aceptar. Me tomó en la boca con lentitud, sin teatro. Sentí el calor húmedo de su lengua al mismo tiempo que Rafa le hundía la cara entre los muslos. Lucía se había quitado la camisa. Se sentó al lado, una mano en el pecho de Fitri y la otra en el de Dani, que se había puesto de pie para que ella le bajara la cremallera.
Fitri chupaba con ganas, la saliva asomándole en la comisura, y cada vez que Rafa le metía la lengua en el coño ella gemía alrededor de mi polla y el sonido me subía por la columna. Dani le agarró el pelo con cuidado y le ofreció la suya cuando yo me retiré un segundo. Ella cambió sin quejarse, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Vi cómo Lucía se inclinaba para lamerle el pezón al mismo tiempo. El salón olía ya a sexo. Nadie hablaba alto. Se oían solo la respiración y el ruido húmedo de una boca ocupada.
«Mírala», dijo Lucía, y no era una orden para Fitri, sino para nosotros. «Le gusta que la veamos. ¿Verdad?»
Fitri soltó la polla de Dani lo justo para contestar, la voz ronca.
«Sí. Me gusta que miréis. No fingáis que no.»
Rafa se incorporó, la boca brillante, y le pasó la polla por los labios, dejándole un rastro de saliva. Yo me coloqué detrás, de rodillas, y le abrí los glúteos con las dos manos. Fitri empujó el culo hacia mí sin dejar de chupar. Lucía se rió bajito y le sujetó la cabeza para que no pudiera esconderse. Dani la miraba como se mira una cosa que uno no posee del todo y por eso la desea más. Yo le metí dos dedos en el coño, que estaba empapado, y ella se arqueó. Cuando se los saqué se los ofrecí a Lucía, que los lamió sin prisa, los ojos fijos en Fitri.
La tumbamos de lado en el sofá bajo. El sarong ya estaba en el suelo, un montón de tela estampada junto a los cojines. Rafa se puso delante y le metió la polla en el coño de un empujón largo, hasta el fondo. Fitri soltó un quejido que no era queja, un sonido abierto y bajo que se quedó colgado en el aire. Yo le sujeté un muslo en alto para que Lucía y Dani vieran cómo entraba y salía, brillante, y cómo el coño se le cerraba alrededor. Lucía se había sentado en el brazo del sofá, las piernas abiertas. Fitri, incluso así, alcanzó a pasarle la lengua por la cara interna del muslo. Dani se masturbaba despacio, mirándolas a las dos.
«Dile lo que es», murmuró Lucía, y se lo dijo a Rafa, no a mí.
Rafa se inclinó sobre Fitri, sin dejar de follarla, y le habló al oído lo bastante alto para que lo oyéramos todos.
«Eres la amiga que se deja usar. La que se moja cuando nos la pasamos.»
Fitri asintió, la boca abierta contra el muslo de Lucía, y empujó las caderas al encuentro de cada embestida. Yo le besé la nuca y le metí un dedo en el culo, solo hasta el primer nudillo. Ella se puso más rígida y luego más blanda, como si el cuerpo le hubiera dado permiso. Lucía le agarró el pelo y se sentó más cerca, el coño contra la boca de Fitri. Fitri lamió con esa atención que pone en las cosas antes que en las personas, como si el sabor le importara más que el espectáculo. Dani se arrodilló al lado y le acarició la cara mientras ella comía a su pareja.
Rafa se corrió primero, con un gruñido, y se retiró para corrérsele en el vientre, tiras blancas sobre la piel morena. Fitri lo miró, se pasó dos dedos por el semen y se los metió en la boca. Yo no pude esperar. Me puse donde había estado él y entré en ella de una vez, el coño resbaladizo, caliente. Ella me rodeó la cintura con una pierna. Lucía gemía ya, las caderas moviéndose contra la lengua de Fitri. Dani le sujetaba los muslos a Lucía para que no se cerrara. El salón entero era un nudo de respiraciones.
Yo follé a Fitri con ganas, sin prisa falsa, y le hablé porque ella me miraba como pidiendo que no la tratara de cristal.
«Te estamos viendo toda. Te estamos usando. Y tú lo has pedido.»
Ella asintió otra vez, la boca ocupada, y se corrió alrededor de mi polla con un temblor que le subió por el abdomen hasta el cuello. Lucía se corrió poco después, apretando los muslos contra las orejas de Fitri. Dani la besó a ella en la boca mientras yo seguía dentro de Fitri, que no pedía que parara.
La pasamos al suelo, sobre los cojines que Rafa tiró sin ceremonia. Fitri se puso a cuatro patas y miró hacia atrás, primero hacia mí y luego hacia Dani, que se había colocado delante. Le metí la polla en el culo con saliva y con lo que le quedaba de corrida en el coño, despacio al principio. Ella bajó la frente al cojín y respiró hondo. Dani le ofreció la polla y ella la tomó, la garganta relajada. Lucía se recostó a un lado, una mano entre sus propias piernas, mirándonos sin pudor. Rafa, aún medio duro, se sentó cerca y le acarició la espalda a Fitri, como quien anima a una amiga a no darle tantas vueltas.
Cuando Dani se retiró de su boca, yo seguía follándole el culo y ella habló, la voz rota de saliva.
«Los dos. Quiero a los dos.»
Dani se tumbó de espaldas y ella se montó sobre su polla, el coño tragándosela de un golpe. Yo me coloqué detrás, le abrí el culo otra vez y entré. La doble penetración la dejó sin aire un segundo. Sentí la polla de Dani a través de la pared delgada, el roce, el calor compartido. Fitri soltó un sonido que no era risa ni llanto. Lucía se acercó, se arrodilló junto a su cara y le ofreció el coño otra vez. Fitri lamió, torpe de tan llena, y yo vi cómo se le humedecían los ojos de esfuerzo y de ganas.
Rafa se puso de pie al lado y se masturbaba mirándola tragar, mirándola ser penetrada por dos, mirándola servir a Lucía. La degradación no era un accidente. Era el plato. Fitri empujaba hacia atrás y hacia abajo a la vez, pidiendo más. Yo le agarré las caderas con fuerza, sin hacerle daño, y le di lo que pedía.
«Eres nuestra», dije, y oí que Lucía lo repetía, más suave. «La que se pasa entre amigos. La que se corre cuando la llaman puta.»
Fitri apartó un segundo la boca del coño de Lucía y habló claro, sin broma, las palabras pesando en el aire caliente.
«Usadme. Pasadme de uno a otro. Quiero ser esa. La amiga que se usa. Dejad de tratarme como si no lo supiera.»
El salón se quedó un instante en silencio salvo por el ruido de los cuerpos. Luego Dani le agarró la cintura y la folló desde abajo con más fuerza. Yo le llené el culo hasta el fondo. Rafa se acercó a su boca y ella lo chupó. Lucía le sujetó la cara para que no pudiera esconderse de ninguna mirada. Fitri se corrió así, llena, vista, nombrada, y el orgasmo le duró tanto que se le fue la voz. Se quedó callada, temblando, la boca abierta sin sonido. Sentí cómo se le contraían el coño y el culo a la vez, apretándonos a Dani y a mí hasta dolernos de gusto.
Seguimos un rato más porque ella no nos apartó. Me corrí en su culo, profundo, y me quedé dentro mientras Dani se corría en su coño. Rafa se corrió en su lengua. Lucía se sentó sobre su cara una última vez y se frotó hasta terminar, los muslos temblándole contra las mejillas de Fitri. Cuando nos separamos, Fitri se quedó tendida de lado, el semen saliéndole de los dos agujeros, el pelo pegado a la frente. Respiraba. Luego, sin aviso, se le llenaron los ojos y lloró.
No era un llanto de arrepentimiento. Era de alivio, espeso, y nos miró a todos mientras le bajaban las lágrimas por la sien. Yo me recosté junto a ella y le limpié la cara con la palma. Rafa le puso una manta ligera sobre las caderas, inútil y tierno. Lucía le sostuvo una mano. Dani se quedó sentado cerca, en silencio, respetando el tiempo que ella no había pedido con palabras.
«Está bien», dijo Fitri al fin, la voz pequeña. «Estaba cansada de fingir que solo me pasa con gente que no voy a volver a ver.»
Nadie contestó de inmediato. El ventilador del techo movía el aire denso. Yo le besé el hombro y sentí que el cuerpo aún le temblaba, no de miedo, sino de haber dicho la cosa en voz alta delante de gente que tenía su número y su cara para el resto de la semana. Si lo decía, el grupo la trataría así a partir de ahora. Si no lo decía, el alivio no llegaba. Lo había dicho. El coste ya estaba en la habitación.
Más tarde, duchados a medias, volvimos al salón con agua y fruta que nadie tenía ganas de comer. Fitri se había puesto de nuevo el sarong y una camiseta de Rafa, demasiado grande para ella, los hombros cubiertos de una tela que no era suya. Lucía y Dani se sentaron juntos otra vez, como pareja, y esa evidencia cambió el aire. Rafa fregaba platos con una concentración absurda. Yo me quedé al lado de Fitri, no encima, y esperé.
Lucía dejó el vaso sobre la mesa de madera y habló con la misma claridad con la que antes le había agarrado el pelo.
«Otra noche», dijo, «si queréis, hacemos un intercambio formal. Dani con Fitri. Mateo conmigo. Sin improvisar. Con reglas. Los cuatro, y Rafa si le apetece mirar o entrar.»
Dani asintió, la mano en la rodilla de Lucía.
«No es una trampa», añadió. «Es una propuesta. Fitri ha pedido que nos la pasemos. Mateo la ha traído. Nosotros somos pareja y queremos probarlo con gente a la que vamos a volver a ver. Tú decides.»
Fitri no contestó. Miró el vaso, miró mis manos, miró la terraza donde la tarde ya se iba hacia un naranja seco. Yo esperé. En su silencio cabía todo: que aquello la convirtiera en mi pareja de cara al intercambio, o que la convirtiera en una pieza que circula entre amigos que conocen su nombre. Las invitaciones mías la habían llevado hasta esa villa. La pregunta de si era mía o de todos quedó sobre la mesa, intacta, mientras el ventilador seguía y ella no decía ni sí ni no.