
Fitri cierra la biblioteca con dos extraños
Cuentos eróticos de tríosGrupo11 min de lectura
Un relato de Fitri Gunawan
Fitri Gunawan, 22 años, se queda después del cierre a ordenar rollos en la biblioteca de Ubud. Mateo Herrera, 29, investigador visitante y narrador, y Rafa, 32, piden quedarse a consultar. Un apagón por la lluvia convierte la sala en un trío que los tres eligen.
La lluvia de noviembre golpeaba los cristales altos de la biblioteca de Ubud con una constancia que ya no pedía permiso a nadie. Fitri Gunawan, veintidós años, devolvía a sus estantes los rollos de wayang kulit, aquellas siluetas de cuero pintado del teatro de sombras que aquella tarde habían pasado por demasiadas manos, y el sarong de batik se le pegaba a las caderas cada vez que se agachaba. Rafa tenía treinta y dos y yo veintinueve; él había llegado aquella misma semana y yo llevaba un mes entre manuscritos y el olor a papel húmedo. La sala de lectura se había ido quedando vacía a medida que arreciaba el chaparrón. Apagó la lámpara de la mesa de consulta y nos miró como si el cierre fuera un trámite menor, con esa calma de quien ya ha decidido que la noche no se acaba cuando lo dice el reloj.
«Podemos quedarnos un rato más». Rafa lo dijo sin alzar la voz, apoyando los codos en la madera oscura. «Solo queremos terminar las notas de los rollos de la sala de atrás».
Fitri se pasó una onda de pelo a un lado y sonrió, sin prisa, como si la petición encajara en algo que ya tenía pensado. El aire olía a incienso viejo y a tierra mojada que se colaba por las juntas de las ventanas.
«La luz se va a ir si sigue así». Dejó la frase a medias, como si el resto ya no importara, y se encogió de hombros. «Pero vale. Cierro la puerta y punto. Si os quedáis, ordenáis lo que toquéis».
Cerró el pestillo con un clic suave y se quedó un segundo escuchando el agua contra el cristal, prestando más atención al sonido de la sala que a nosotros. Luego volvió a los rollos y nosotros a las mesas, aunque ninguno de los tres fingía ya que el trabajo era lo único que pesaba en el aire. Un relámpago iluminó los estantes de golpe y, un instante después, la biblioteca se quedó a oscuras. Quedaron el ruido de la lluvia y la respiración de Fitri, más cerca de lo que había calculado.
El móvil de Rafa encendió una franja de luz blanca que recorrió el cuello de Fitri y el borde de la camiseta corta, y no se apartó. Alargó la mano hacia el haz como quien comprueba si el calor es real, y al hacerlo rozó mi muñeca. El contacto duró lo bastante para que ninguno de los tres lo disimulara.
«Qué oscuro». Lo dijo en broma, aunque la voz le salió más baja de lo que pretendía. «Si os perdéis entre los estantes no pienso iros a buscar».
Rafa se rio por lo bajo y apagó el móvil. La oscuridad nos devolvió el cuerpo del otro con más nitidez: el calor, el olor a piel mojada, el roce de la tela contra la tela. Me acerqué hasta que el pecho le rozó la espalda y no dio un paso adelante; al contrario, se apoyó un poco, como si el apagón le hubiera dado permiso para no fingir distancia. Rafa se colocó delante, le sujetó la cara con las dos manos y la besó despacio. Vi el beso de cerca, vi cómo se le abría la boca y cómo se le humedecían los labios. Fitri giró apenas el rostro hacia mí mientras todavía lo besaba a él, ofreciéndome la mejilla y luego la boca con una franqueza que no pedía perdón.
La besé y supe que estaba mojada antes de meterle la mano bajo el sarong. Las bragas se le habían pegado al coño; al apartarlas encontré el calor, el pelo rizado, la hendidura ya resbaladiza. Abrió un poco las piernas contra la mesa de consulta y soltó un sonido que quiso ser risa y no lo consiguió del todo. Rafa le levantó la camiseta hasta el pecho y le sacó las tetas, pequeñas, con los pezones duros. Se las chupó con calma mientras yo le metía dos dedos despacio, buscándole el ritmo que ella misma iba pidiendo con la cadera. Nos mirábamos por encima de su hombro, y a Fitri le gustaba eso, que la viéramos y que nos viéramos las manos sobre ella. Lo supe porque no apartó la cara y porque, cuando Rafa le bajó el sarong hasta los tobillos, se quedó así, desnuda entre los dos, sin pedir que encendiéramos nada ni que la noche nos cubriera.
«Si alguien pasa por la calle y mira, que mire». Lo dijo contra mi boca, con esa honestidad que disfrazaba de broma. «Total, no se ve nada con esta lluvia».
La arrodillé sobre el sarong extendido en la madera y no tardó en entender lo que queríamos. Nos desabrochamos encima de su cara. Las dos pollas le quedaron a la altura de la boca, ya duras, y Fitri las miró como se mira un libro que se ha deseado abrir. Primero me lamió a mí, de la base a la cabeza, con la lengua caliente y sin prisa; Rafa se la frotó contra la mejilla para que no olvidara que éramos dos. Se rio con la boca llena y el sonido le vibró alrededor de la polla, y entonces se la metió a Rafa hasta casi atragantarse, chupando con ganas, con saliva, mientras me la masturbaba a mí con la mano libre.
Vi cómo se le hundían las mejillas y cómo se le nublaban los ojos, y cómo se frotaba el coño con la otra mano porque no aguantaba quedarse quieta. Rafa le sujetó el pelo y empezó a follarle la boca con cuidado. Luego empujó más hondo. No aparté la vista: quería verla, y quería que me pillara en ese mirar. Fitri giró la cabeza y me la metió a mí, profunda, hasta que la punta le tocó la garganta, y se quedó ahí un segundo, respirando por la nariz, mirándome hacia arriba con una lucidez que me desarmó. Luego pasó de una polla a la otra como quien no quiere elegir, lamiendo, escupiendo un poco para mojarnos, dejándonos la saliva brillante en el vientre.
«Os sabéis iguales y no. Qué raro. Qué rico». Lo murmuró con la voz ronca, entre una y otra.
Rafa estuvo a punto de correrse y se contuvo, apartándole la cara con un dedo en la barbilla. Yo también estaba al límite. Fitri se pasó el dorso de la mano por los labios, soltó una risa más baja y más sincera, y se recostó sobre los rollos que aún no había guardado, abriendo las piernas para que la viéramos del todo: el coño hinchado, brillante, las bragas hechas un hilo a un lado del tobillo.
La follé primero yo, de pie, con ella sentada al borde de la mesa. Se me metió entera de un empujón porque ya estaba abierta y caliente, y el gemido que soltó no tuvo nada de broma. Rafa se puso a su lado y le ofreció la polla a la boca. Fitri la aceptó sin dudar, y yo empecé a metérsela entera en el coño, despacio al principio para sentir cómo se le cerraba alrededor. Luego empujé más fuerte, hasta que la madera de la mesa crujió. Cada vez que yo entraba se atragantaba un poco con Rafa; cada vez que Rafa se la metía hasta el fondo, apretaba el coño contra mí. Nos mirábamos por encima de su cuerpo, y ella sostenía esa mirada como si formara parte del trato. El cristal que daba a la calle devolvía apenas una mancha oscura; de vez en cuando un relámpago nos dibujaba encima, tres cuerpos pegados a la mesa, y a Fitri se le endurecían todavía más los pezones cuando la luz nos alcanzaba.
«Más, Mateo, más. No pares». Lo pidió con la boca ocupada, casi ininteligible.
Oír el nombre en su boca, dicho así, me destrozó el ritmo. La agarré de las caderas y la follé de verdad, hasta el fondo, y se corrió alrededor de la polla con un temblor largo, callada al principio y luego con un quejido que se le escapó a pesar suyo. Rafa se la sacó de la boca para alcanzarle la cara en ese instante, y Fitri no escondió los ojos: quiso que presenciáramos el temblor, sin taparse ni girar la cabeza. Todavía temblaba cuando Rafa me apartó con una palma en el pecho y se colocó él entre sus piernas. Se la metió de un golpe. Yo le ofrecí la polla, todavía mojada de ella, y Fitri me chupó el sabor de su propio coño sin apartar la mirada, lamiéndome la cabeza, tragando lo que le iba dejando.
Rafa la follaba con tandas largas, agarrándola de un muslo, y yo le acariciaba las tetas y le pellizcaba los pezones para que no bajara de esa cresta. Fitri se agarró a mi cintura con una mano y a la muñeca de Rafa con la otra. Por un momento dejó de hablar y se limitó a respirar, a dejarse llenar por los dos lados, boca y coño, como si aquello hubiera sido exactamente lo que había esperado cuando nos dijo que cerraba la puerta.
Cuando Rafa se la sacó, reluciente, la giré con cuidado y la recosté de lado sobre la mesa, una pierna flexionada. Me coloqué detrás y le humedecí el culo con saliva y con lo que le chorreaba del coño. Le pedí con la voz que me dijera que sí y asintió, una vez, sin broma ninguna. Entré despacio en el culo, muy despacio; apretó los dientes y luego soltó el aire. Rafa se arrodilló delante y le metió la polla otra vez en el coño, y entonces los dos estuvimos dentro a la vez.
Fitri dejó de bromear el tiempo suficiente para agarrarnos a los dos: una mano en mi muslo, detrás, y la otra en el hombro de Rafa. Nos apretó como quien no quiere que nadie se retire. El coño y el culo se le cerraban alrededor, calientes, estrechos, y cada embestida de uno empujaba a la otra. La sentía temblar por dentro. La veía de perfil, con la boca abierta, con una lágrima de esfuerzo o de placer que no limpió. Rafa le besó la frente sin dejar de follarla, y yo le mordí el hombro al mismo tiempo. Fitri soltó un sonido largo, casi un llanto, y se corrió otra vez, más fuerte, apretándonos a los dos hasta hacernos daño de lo rico que era.
«No paréis. Ahí. Los dos. Por favor». Ya no había risa en la frase.
La follamos así hasta que el ritmo se volvió imposible de sostener. Sentía la polla de Rafa a través de la pared fina de ella, sentía cómo se le deshacía el cuerpo, cómo nos usaba para no pensar. Un destello volvió a llenar la sala y en el cristal aparecimos los tres, y Fitri miró esa imagen y se corrió una tercera vez, más corta, más honda, con un gemido que se le quebró en la garganta. Quise que nos viera quien quisiera, y que ella se viera también. Lo queríamos los dos, y ella lo quería igual, y no hizo falta decirlo.
Me corrí primero en el culo, hondo, agarrándola de la cadera. Lo notó y apretó para no perder ni una gota. Rafa se la sacó del coño, se puso en pie y se la metió en la boca. Fitri se la chupó hasta que él se corrió también, llenándole la lengua y los labios; se lo tragó casi todo y se pasó el resto por la comisura con el dedo, como quien limpia una mancha de tinta. Todavía tenía mi semen resbalándole entre las nalgas cuando soltó, por fin, esa risa suya de siempre, la que usa para no decir que ha pedido exactamente esto.
«Menudo apagón». Se incorporó con las piernas temblorosas y se recostó contra mi pecho un segundo, solo un segundo. «Si llega a haber luz os habríais ido a las diez, ¿no? Qué conveniente».
Rafa le limpió la boca con el pulgar y ella le mordió el dedo, suave, y yo le aparté el pelo de la cara. El agua seguía golpeando los cristales. Nadie había pasado por la calle, o sí, y no nos había importado. Fitri se quedó un rato así, desnuda, olorosa a sexo y a lluvia, y luego empezó a buscar el sarong con el pie, como si el cuerpo le pidiera volver a ser la chica con la que es fácil estar. La vestí despacio: le subí las bragas, le ajusté el batik en las caderas y le bajé la camiseta sobre las tetas, que se le marcaban todavía. Me dejó hacer y no preguntó qué éramos ahora.
«Esto no ha pasado porque se fuera la luz». Lo pensé en voz alta, casi. Me tapó la boca con dos dedos.
«Ha pasado porque éramos tres y porque apetecía». Lo dijo ligero, demasiado ligero. «No le des más vueltas, tío. Mañana catalogo y punto».
Encendimos los móviles para no tropezar con las sillas. La biblioteca volvió a ser biblioteca a trozos, un haz aquí, otro allá, los rollos todavía fuera de sitio. Fitri recogió dos y los dejó mal alineados, y supe que le costaba volver a esa mesa como si no hubiera ocurrido nada. Rafa se abrochó y le dio un beso breve en la sien. Salió primero a comprobar que el patio estuviera vacío. Nos quedamos ella y yo entre los estantes, oliendo a semen y a papel mojado.
«El sábado hay luna llena». Se lo dije mientras fingía ordenar una etiqueta. «En la playa de Ketewel, cara al mar, hacia las once. Voy a estar ahí. Quiero que vengas».
Fitri me miró de reojo, con esa atención que primero se posa en el sitio y después en las personas. El agua ya caía más fina. Se mordió el labio, soltó una risa por lo bajo y asintió, una vez, sin preguntar cuánta gente habría ni si seríamos otra vez los tres o más.
«Vale. A las once. Si no me ahogo de camino». Dejó la frase colgando y se encogió de hombros, genuina, como si una cita en la arena fuera lo más sencillo del mundo. «Llevo el sarong que no se te pega tanto. O sí. Ya veremos».
No le dije que no seríamos solo nosotros tres. Le toqué la muñeca un segundo y no la retiró. La puerta del patio chirrió cuando Rafa la abrió del todo. Fitri apagó la última lámpara, que había vuelto con el generador, y la biblioteca se quedó a medias entre la oscuridad y esa luz sucia de pasillo. Al cruzar el umbral supe que ya no podría volver a catalogar en aquel espacio sin recordar lo que había pedido con el cuerpo. El sábado, bajo la luna, iba a tener que decidir si lo pedía otra vez con la boca.