
Noor y el compañero del almacén
Relato eróticoOficina11 min de lectura
Un relato de Noor Ahmad
Noor Ahmad, 21, hace inventario en el almacén de muestras con Lucas Fernández, 27, booker de la agencia, el compañero que la vio salir del despacho. Entre percheros hablan de Amman y no de la campaña, y eligen follar ahí. Lucas tiene novia en otra ciudad y Noor sigue liada con el jefe.
El atardecer de octubre se colaba sucio y naranja por el ventanal alto del almacén de muestras. Cerré la puerta metálica con el hombro, porque las dos manos las tenía ocupadas con la tablet del inventario. Noor Ahmad ya estaba dentro, de pie junto a la mesa de corte, con veintiún años y esa manera de ocupar el espacio que no pedía permiso a nadie. Yo tenía veintisiete, un cargo de booker que aquella tarde se reducía a contar perchas, y la certeza de haberla visto salir el día anterior del despacho de dirección. El edificio de la agencia, en Madrid, se había vaciado después del cierre. Quedábamos nosotros dos, las filas de ropa de campaña y el olor a cartón nuevo mezclado con tela guardada.
Noor pasó un dedo por el hombro de una americana colgada y no miró la tablet.
«¿Hasta qué hora piensas contar, Lucas?», preguntó, y la pregunta me clavó donde estaba, entre un perchero de lana y la superficie marcada de tiza. Le dije que hasta que el listado coincidiera con lo que había en las barras, y ella sonrió como si eso le pareciera una excusa decente. No hablamos del anuncio. No hablamos de lo que yo había visto. Le pregunté si estaba bien, sin adorno, y ella tardó un segundo en contestarme, como si sopesara si merecía la pena mentirme.
«Estoy bien a las siete y diez de un jueves», dijo, y entonces habló de Amán. Nombró una cuesta concreta, una hora concreta en la que el aire huele a cardamomo y a gasolina, y el modo en que el dabke, esa danza de palmas y de pies plantados, le había enseñado a llevar el peso abajo y no en los hombros. No glosó nada para quien no hubiera estado allí. Yo escuché. Dejé la tablet sobre un cajón de botones y me acerqué porque la luz naranja le cortaba la mejilla y porque no iba a chantajearla con lo que sabía. Ella levantó la cara. El primer beso fue una decisión de los dos, lenta al principio. Después su boca se abrió con unas ganas que no pedían disculpas. La empujé con suavidad contra el perchero. Las perchas tintinearon. Ella me metió una mano bajo la camisa y me mordió el labio inferior lo bastante para que yo entendiera que no estábamos ensayando nada.
«La puerta», dije contra su boca.
«Déjala entornada», contestó Noor, y lo dijo como quien elige el riesgo y no como quien lo sufre. Fui hasta el marco, dejé un palmo de pasillo a la vista y volví a ella con la sangre ya densa. Si alguien bajaba por la escalera de servicio nos vería de perfil, entre la lana y el tablero de tiza, y esa posibilidad nos tensó a los dos de la misma manera.
La besé otra vez. Le bajé la cremallera de la falda con dos dedos, sin prisa falsa. Noor levantó una pierna para ayudarme y el tejido cayó alrededor de sus botas. No llevaba nada debajo. El vello le sombreaba el monte y ya estaba brillante cuando deslicé la palma por dentro del muslo. Ella soltó un aire corto contra mi cuello y me agarró el pelo con una mano que no temblaba de duda, sino de ganas. Me arrodillé entre los percheros. Las rodillas me encontraron el cemento frío del almacén. Le abrí los muslos con los pulgares. El primer lametón lo di plano, de abajo arriba, recorriéndole los labios del coño con la lengua hasta el clítoris. Noor apoyó la nuca en una chaqueta de campaña y dejó salir un sonido bajo que se perdió entre la ropa.
«Ahí», dijo, y no era una instrucción vaga. Apretó mi cabeza contra su coño y yo se lo comí de rodillas, sucio, con la boca abierta y la saliva mezclada con ella. Le chupé el clítoris con los labios y metí la lengua dentro, una y otra vez, mientras ella se movía contra mi cara con una cadencia que no pedía permiso. El sabor era ácido y caliente. Yo tenía la polla dura contra el pantalón y las manos clavadas en sus nalgas para no dejarla recular. Cada vez que alguien podía haber aparecido en aquel rectángulo de pasillo, ella no cerraba las piernas. Al contrario. Se abría más y me miraba desde arriba, con los ojos oscuros y la boca entreabierta, y eso me encendía más que cualquier pestillo echado.
Le metí dos dedos mientras la lamía y los curvé buscando ese punto que le hizo arquearse. Noor dijo mi nombre sin disfrazarlo y me empapó la mano que yo tenía dentro. La follé con los dedos despacio y después más hondo, y no dejé de comerle el coño ni cuando le temblaron los muslos. Quería sentirla corrérseme en la boca. Ella tiró de mi pelo, me apretó la cara contra su carne y se corrió con un gemido que no intentó contener, mojándome la barbilla y los labios, con las rodillas blandas y una risa corta después, como si el propio cuerpo le hubiera ganado una apuesta.
Me levanté lamiéndome la boca. Noor me miró esa humedad y se rio otra vez, más bajo.
«Qué sucio eres», dijo, y me limpió la barbilla con el pulgar antes de metérselo ella misma entre los labios.
La senté un momento en el borde de la mesa porque las piernas todavía le temblaban. Le aparté el pelo de la frente con una ternura que no habíamos pactado. El almacén seguía en silencio salvo el zumbido lejano del aire acondicionado. Ella me abrió el cinturón sin dejar de mirarme a los ojos, y esa mirada era una pregunta y una provocación al mismo tiempo. Le dije que podíamos parar. Noor negó con la cabeza y me bajó la bragueta.
«No pares tú ahora, Lucas», murmuró, y se deslizó del tablero hasta ponerse de rodillas sobre el mismo cemento que yo había ocupado. Me sacó la polla con las dos manos, me la pesó y se la metió en la boca de un golpe húmedo que me sacó el aire. Era caliente y estrecha. Usó la lengua en la vena de abajo y me miró desde abajo mientras me la tragaba casi entera, con esa gracia suya que no desaparecía ni de rodillas. Yo le sujeté la nuca sin empujar de verdad, solo para sentir el movimiento, y ella se lo tomó como un permiso. Me chupó despacio primero, con saliva que le bajaba hasta el puño, y después más rápido, dejando que la cabeza de la polla le golpeara el fondo de la garganta. El sonido era obsceno. El palmo de puerta entornada seguía ahí, un recorte de pasillo vacío, y cada vez que Noor se retiraba para respirar me daba un lametón en la punta como si quisiera que yo no olvidara quién estaba eligiendo aquello.
«Te gusta que puedan vernos», dije, y no era una acusación.
Ella apartó la boca lo justo para hablar, con los labios brillantes.
«Me gusta que tú no cierres», contestó, y volvió a tragársela. Me folló la polla con la boca hasta que yo tuve que apartarla, porque si seguía así me iba a correr antes de estar dentro de ella. Noor se dejó levantar con una obediencia juguetona que no le quitaba el mando. La subí al tablero, le abrí las piernas y le froté la polla por el coño mojado, de arriba abajo, sin entrar todavía. Ella se recostó sobre los antebrazos, entre retales y una regla de metal, y me miró con una calma que me desarmó más que cualquier gemido.
Entré de una vez. El coño de Noor me apretó hasta la base y los dos soltamos el aire al mismo tiempo. La mesa crujió. Yo le agarré las caderas y empecé a follarla con embestidas hondas, sacándola casi del todo para volver a metérsela entera, y ella me rodeó la cintura con las piernas para no resbalar. Cada embestida le hacía temblar los pechos dentro de la blusa. Se la subí de un tirón para sacárselos, para tenerle los pezones entre los dedos mientras la polla se le hundía. El almacén olía ahora a sexo y a lana. La puerta seguía entornada y yo la follaba contra aquella superficie de trabajo como si el inventario hubiera sido siempre una excusa.
Ella me agarró la muñeca.
«Casi te cuento una cosa», dijo, y la frase se quedó a medias porque yo empujé más hondo y le saqué un gemido. Vi el nombre formársele en la boca, el del despacho, el de lo que yo ya sospechaba, y ella lo tragó. En vez de eso me miró a los ojos y me pidió otra cosa.
«Dime cómo te he llamado. Repítemelo mientras me follas.»
Me había puesto el apodo minutos antes, cuando todavía tenía mi saliva en los muslos, y lo había repetido contra mi boca como quien marca una ternura sin pronunciar la palabra ternura. Ahora quería oírmelo decir. Yo no pregunté por lo que no había contado. La follé más despacio, más hondo, y se lo dije al oído, una vez y otra, «boca sucia, soy tu boca sucia», mientras le daba con la polla hasta el fondo y ella se aferraba a mi camisa. Noor se rio entre gemidos, una risa rota de placer, y me pidió que se lo repitiera otra vez. Se lo repetí. El apodo nos quedó entre los dientes y entre los golpes de cadera, y ella se empapó más, tan mojada que yo sentía el ruido de cada entrada. Le froté el clítoris con el pulgar al ritmo de las embestidas. Noor echó la cabeza atrás, con la garganta tensa, pidiéndome que no parara, que siguiera, que se lo dijera otra vez.
La bajé de allí porque quería verla encima. Me senté en el único taburete del almacén, junto a un cajón de botones, y ella se subió a mi regazo con las botas todavía puestas y la falda hecha un lío a un lado. Se guió la polla al coño con la mano y se la hundió de un descenso lento que nos dejó a los dos con la boca abierta. Noor se montó con el peso bien puesto, esa cadencia que ella misma había nombrado al hablar de sus pies, y me folló desde arriba con las palmas en mi pecho. Yo le sujeté las nalgas y le chupé un pezón mientras ella subía y bajaba, cada vez más húmeda, cada vez más descompuesta. El taburete chirriaba. El pasillo seguía vacío. Ella se recostó un poco para que yo viera cómo mi polla desaparecía dentro, brillante, y ese espectáculo me duró poco porque a Noor empezó a írsele el ritmo, a buscar su propio orgasmo con una honestidad que me dejó sin estrategia.
«Mírame», dijo, y no era un lema. Era una hora y un sitio: aquel tablero, aquellas perchas, yo debajo. Se corrió encima de mí con todo el cuerpo, apretándome la polla a sacudidas, y yo la sostuve mientras se le iba el aire en gemidos que ya no disimulaba. Seguí moviéndola yo cuando ella se quedó blanda, follándola desde abajo hasta que no pude más. La levanté un palmo, saqué la polla y me corrí en sus pechos, chorros calientes que le mancharon la piel y el borde de la blusa levantada. Noor bajó la mirada, pasó dos dedos por el semen y se los llevó a la boca sin teatro, solo porque quería, y yo sentí una ternura que no había pedido y que me dejó más expuesto que la puerta entreabierta.
Nos quedamos así un rato, respirando, con su frente contra la mía y mis manos en su espalda desnuda bajo la blusa.
Fue ella quien habló primero, todavía sentada en mi polla ya blanda, con el semen secándosele entre los pechos.
«Tengo algo con el jefe», dijo, y no suavizó el hecho. «Sigo liada con él. No te lo iba a contar antes y casi lo hago cuando me tenías contra la mesa.» Yo asentí. Le dije que tenía novia en Barcelona, que no vivíamos juntos, que aquello tampoco era un hueco limpio. Noor no se apartó. Me acarició la nuca con los dedos y me preguntó, clavándome otra vez, si eso nos hacía peores o solo más claros. Le contesté que yo había elegido follarla con la puerta abierta sabiendo las dos cosas, y que ella también. Nos besamos despacio, con un sabor a sexo y a confesión, y las manos volvieron a buscarse sin que nadie fingiera que el inventario importaba. La toqué otra vez, dos dedos dentro de su coño todavía sensible, y Noor se dejó, moviéndose contra mi palma con una risa cansada y caliente, hasta que le tembló otra vez el muslo y me mordió el hombro para no gritar.
Después nos vestimos sin prisa. Ella se limpió los pechos con un retal que había quedado sobre el tablero y se rio de la mancha en la blusa, diciendo que el otoño en Madrid pedía chaquetas para algo. Yo le subí la cremallera de la falda y le besé el cuello. Quería verla fuera de la agencia. Se lo dije así, sin disfrazarlo de plan de trabajo. Noor abrochó un botón y no prometió nada. Me miró con esa calidez que no es permiso y tampoco es un no, y yo entendí el coste en el mismo instante: ahora tenía dos hombres en el mismo edificio, y yo le había dado una ternura que ella no había solicitado.
Cerramos el almacén juntos. Yo bajé la palanca de la puerta metálica y ella apagó la luz con el interruptor del fondo. El pasillo de servicio nos devolvió al silencio de la agencia después del cierre. En el rellano, mientras ella se ajustaba el abrigo, el teléfono me vibró con el aviso interno del día siguiente. Lo leí sin querer disimular. La agencia mandaba a Noor a Valencia a cerrar la campaña. No viajaba yo. Viajaba un director de cuentas. El mensaje tenía hora de salida y nombre de hotel, y yo lo supe antes de que ella cruzara la puerta de la calle. Noor me miró, todavía con el rumor a punto de nacer en los pasillos, todavía con la llave de dirección girando en alguna mano que no era la mía, y no me preguntó qué había leído. Yo tampoco se lo leí en voz alta. El aire de octubre nos golpeó en la acera y el asunto se quedó ahí, entre nosotros, sin promesa y sin cierre, con ella a punto de irse y conmigo sabiendo ya hacia dónde.