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Noor Ahmad

Noor cierra el despacho

Relatos eróticos jefe secretariaOficina11 min de lectura

Un relato de Noor Ahmad

Noor Ahmad, 21, modelo de la casa que hace de secretaria del director creativo, se queda a cerrar con él una noche de otoño en Madrid. Javier Ortega, 38, cierra la puerta del despacho y le propone follar ahí mismo. Ella acepta y no queda claro si es un desliz, un secreto o parte del puesto.

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La lluvia fina de octubre pegaba contra el cristal del despacho y Madrid, abajo, era un mapa de farolas mojadas. Yo tenía treinta y ocho años y el cargo de director creativo de la agencia. Noor Ahmad tenía veintiuno y, además de ser la modelo que la campaña iba a poner en todos los escaparates, hacía de secretaria mía desde que aterrizó en la ciudad. Se había quedado a ordenar el calendario de la semana siguiente, sentada en el borde de mi mesa con la blusa aún abrochada y el pelo recogido como si la jornada no hubiera terminado para nadie.

Yo la miraba desde la silla y pensaba en lo que estaba a punto de pedirle. El pasillo ya estaba vacío y el edificio, casi también. Lo que había entre nosotros no tenía nombre todavía y eso era exactamente el problema: ella quería aprender el negocio de verdad y yo no le había dicho si esta noche era un desliz o parte del puesto.

Cerré la puerta y el pestillo sonó más alto de lo que esperaba.

Noor levantó la cara. Tenía esa manera de mirarme que te deja clavado, como si la siguiente frase fuera a decidirlo todo.

«¿Vas a quedarte a revisar las horas del viernes o vas a decirme de una vez lo que estás pensando, Javier?»

Me acerqué. El otoño se colaba por la rendija de la ventana y olía a humedad y a su perfume, ese que no había cambiado desde las primeras semanas.

«Quiero follarte aquí mismo», dije. «En este despacho. Ahora.»

Ella no se asustó. Se pasó la lengua por el labio inferior y sonrió con esa calidez que usa para pincharte sin que parezca un ataque.

«¿Y si alguien baja a por las llaves?»

«Nadie baja. Acabo de cerrar.»

Se quedó un segundo en silencio, sopesándome, y luego asintió una sola vez, como quien acepta una hora extra que no está en el contrato.

«Está bien», dijo. «Pero no me hagas esperar hasta las doce, que mañana hay prueba de vestuario a las nueve.»


Me puse de pie y ella bajó de la mesa sin que yo se lo pidiera. El gesto era suyo, no mío, y eso me encendió más que cualquier orden. Se arrodilló sobre la alfombra oscura del despacho, entre mis rodillas, y me desabrochó el cinturón con una concentración que no tenía nada de tímida. Yo le toqué la nuca mientras ella sacaba mi polla, ya dura, y la miró un instante como si estuviera midiendo el trabajo.

«Si te atragantas, no pares», le dije, y oí mi propia voz más baja de lo habitual.

Noor levantó los ojos y me sostuvo la mirada mientras abría la boca. Su lengua caliente recorrió la cabeza primero, lenta, y después se la metió más hondo, con las manos apoyadas en mis muslos. El calor de su garganta me subió por la espalda. Yo apreté los dientes y le sujeté el pelo, no para guiarla del todo, sino para sentir cómo se movía ella. Tragaba saliva, se apartaba un segundo para respirar y volvía a bajar hasta que la punta le golpeaba el fondo de la boca. Un sonido húmedo llenó el despacho. Ella se atragantó de verdad, tosió contra mí, y aun así no se retiró: se quedó ahí, con los ojos brillantes y la saliva corriendo por la comisura, y volvió a tragarme hasta que su garganta se cerró alrededor de mi polla.

«Así», murmuré. «Justo así.»

Sus uñas se clavaron un poco en la tela de mi pantalón. Yo empujé con las caderas, corto, y ella dejó que le llenara la boca otra vez, más brusco. El ruido que hizo al atragantarse me recorrió entero. No pedía permiso. No fingía que no le gustaba. Cuando se apartó, un hilo de saliva unía sus labios a mi polla y ella lo rompió con el dorso de la mano, riéndose bajito, caliente todavía.

«Si cierras a esta hora todos los miércoles, avísame con tiempo», dijo, y la frase tenía esa punta de broma que te deja sin sitio para fingir que no te ha entendido.

La levanté del suelo por los brazos. La blusa se le había descolocado. El botón de arriba ya no coincidía con el ojal. Yo la senté en el borde del escritorio, entre el teclado y la pila de pruebas de estampado, y le subí la falda y le bajé las bragas de un tirón. Ella abrió las piernas sin que se lo pidiera. El coño lo tenía ya húmedo, oscuro contra la piel, y cuando pasé dos dedos por la raja ella exhaló por la nariz y apoyó las palmas detrás del cuerpo para no caerse.


Me arrodillé yo esta vez. El despacho olía a papel, a su humedad y a la lluvia que no dejaba de golpear el cristal. Le abrí los muslos con las manos y le comí el coño como si no hubiera otra cosa en la mesa que mereciera atención. La lengua plana primero, de abajo arriba, y después la punta en el clítoris, apretando con un ritmo que ella empezó a marcar con la cadera. Noor no se quedó quieta. Empujaba contra mi boca, pedía más sin decirlo, y cuando metí la lengua dentro de ella le salió de la garganta un sonido que no tenía nada de oficina.

«Más despacio no», dijo, y la voz le temblaba. «Si paras ahora te juro que dejo el calendario a medias.»

Yo no paré. Le chupé el clítoris con los labios cerrados alrededor, succionando, y metí dos dedos en su coño, curvándolos hacia adelante. Estaba caliente y apretada, y cada vez que los dedos le rozaban ese punto ella se arqueaba y me agarraba el pelo. El escritorio crujió. Una carpeta resbaló al suelo y ninguno de los dos la miró. Yo la follaba con la mano y la comía a la vez, y ella mojaba mis dedos, mi boca, la barbilla. Cuando se corrió la primera vez lo hizo en silencio, con los muslos temblando a ambos lados de mi cabeza y la respiración rota. Seguí lamiéndola hasta que intentó apartarme con una risa entrecortada, demasiado sensible, y entonces me puse de pie, me limpié la boca con el dorso de la mano y le besé el cuello.

Ella me miró desde abajo, con las piernas todavía abiertas sobre la madera, y no había vergüenza en esa mirada. Había hambre y una pregunta que no iba a hacer todavía.

«Fóllame ya», dijo. «Encima de esto. Quiero sentirte.»


Le aparté las rodillas y le hundí la polla de un empujón. El coño la recibió entera, mojado como estaba, y el calor me subió hasta los dientes. Noor echó la cabeza atrás y soltó un gemido que se le quedó a medias, como si todavía recordara que el pasillo existía. Yo la agarré de las caderas y empecé a follarla contra el escritorio, profundo, sin sacarla del todo. Cada embestida le movía el cuerpo hacia atrás y ella se agarraba al borde de la mesa para no resbalar. La blusa le subía. Un pecho se le había salido del sujetador y yo se lo cogí con la mano, el pezón duro entre los dedos, mientras le daba más fuerte.

El sonido era obsceno: piel contra piel, su coño chapoteando alrededor de mi polla, la mesa golpeando la pared con un ritmo que cualquier vigilante habría oído si hubiera habido vigilante. Yo la miraba. Tenía veintiún años y estaba abierta debajo de mí, en mi despacho, y lo quería. Eso era lo que me destrozaba la cabeza. No era que yo se lo estuviera imponiendo. Era que ella empujaba hacia adelante cada vez que yo empujaba hacia dentro.

«Más», pidió. «No me trates como si me fuera a romper.»

Le agarré un muslo y se lo subí contra el pecho para entrar más hondo. Ella gimió alto. Yo le froté el clítoris con el pulgar mientras la follaba y sentí cómo se le cerraba el coño alrededor, otra vez cerca. Noor se corrió así, conmigo dentro, apretándome, y el temblor le recorrió el vientre hasta las rodillas. Yo no me detuve. Seguí metiéndosela mientras ella bajaba, húmeda, blanda y todavía agarrándome la camisa con un puño.

Cuando la saqué, un hilo de ella me unía a su coño. La puse de pie. Las piernas le fallaron un segundo y yo la sostuve contra mí, la polla resbaladiza entre los dos, y la giré hacia el cristal.


La persiana estaba casi bajada. Quedaba una franja de ciudad, luces mojadas, el perfil de un edificio de oficinas al otro lado de la calle. Yo la puse de cara al cristal, le levanté la falda que aún le colgaba de una cadera y entré en ella de pie, desde atrás, con una mano en su vientre para pegarla a mí. Noor apoyó las palmas en el cristal. El aliento lo empañó. Yo le follé el coño así, de pie, duro, y cada embestida le pegaba el cuerpo a esa franja de Madrid que no podía vernos del todo y aun así estaba ahí.

«Si alguien mira hacia arriba…», empezó ella, y se le quebró la frase en un gemido cuando le di más profundo.

«Que mire», dije contra su oreja. «No van a ver nada. Y si ven, que vean.»

Ella rio, un sonido roto, y empujó el culo hacia mí. Yo le agarré el pelo y le eché la cabeza un poco hacia atrás para besarla mal, de lado, mientras le metía la polla hasta el fondo. El coño le hacía un ruido mojado cada vez que yo salía y volvía a entrar. Le bajé una mano al clítoris y se lo froté en círculos, sucio, sin delicadeza, y ella empezó a temblar otra vez. El cristal se le llenó de huellas de dedos. Yo la sentía abrirse y cerrarse, y pensé, con una claridad que no quería, que mañana ella iba a sentarse en esa misma mesa a tomar notas y yo no le había dicho qué éramos.

Saqué la polla. La giré. Se dejó. Se arrodilló otra vez porque yo se lo pedí con un gesto, y abrió la boca. Me corrí en su lengua, espeso, y ella tragó lo que pudo y el resto se le quedó en el labio y en la barbilla. Yo le aparté el pelo de la cara para verla. Noor me miró desde abajo, con la boca llena de mí, y se pasó el pulgar por el labio para recoger lo que se le había escapado y se lo metió dentro.

«Otra», dije. «Quiero correrme dentro.»

Ella asintió. Se levantó. La volví a sentar en el borde de la mesa, las piernas abiertas, y entré en ella de frente. Esta vez fui más lento al principio, sintiendo lo resbaladizo que estaba todo, y después más hondo, más cerrado. Le agarré la cara con una mano.

«Mírame.»

Me miró. Yo la follé así, viéndola, y ella se agarró a mis hombros. Cuando se acercó otra vez, me lo dijo a medias en broma, con la voz rota por las embestidas, esa manera suya de clavar una frase al final para que no puedas fingir que no la has oído.

«No me trates como a la cara de la campaña mientras me la estás metiendo. No me llames modelo ahora. ¿Vale?»

No respondí. Le besé la boca para no tener que hablar y le di más fuerte. Ella se corrió conmigo, apretándome por dentro, y yo me corrí dentro de su coño, hondo, sosteniéndola para que no se cayera de la mesa. El pulso me golpeaba en las sienes. Ella respiraba contra mi cuello, caliente, y por un segundo el despacho fue solo eso: su cuerpo alrededor del mío y la lluvia en el cristal.


Me salí de ella con cuidado. Lo que yo había dejado dentro le resbaló un poco por el muslo y ella lo vio, lo tocó con dos dedos, y no dijo nada. Nos vestimos en silencio primero, después con el ruido pequeño de hebillas y cremalleras. La falda le quedó torcida. La blusa, mal abrochada, un botón saltado. Yo me metí la camisa por dentro del pantalón y recogí la carpeta del suelo como si el orden del escritorio pudiera devolverle al cuarto su otra vida.

Noor se pasó las manos por el pelo y se miró en el cristal oscuro, corrigiéndose a medias. Yo abrí la agenda, la de papel, la que ella había venido a dejar lista, y le dicté el día siguiente como si no me hubiera corrido dos veces en ella hacía diez minutos.

«A las nueve, prueba de vestuario. A las once, reunión con producción. A las cuatro, las pruebas de color. No quiero que falte nadie del almacén.»

Ella anotó. La pluma le temblaba un poco y después dejó de temblarle. No me preguntó qué éramos. Yo no se lo aclaré. La llave del despacho seguía en su mano, la que yo le había dado por la tarde para que cerrara si yo salía antes, y no se la pedí. Ella la metió en el bolsillo de la falda sin comentar nada. El metal sonó contra el móvil.

«Hasta mañana, entonces», dijo ella, y la frase era profesional y no lo era.

«Hasta mañana.»

Abrí la puerta. El pasillo olía a lejía y a nada. Le hice un gesto para que saliera ella primero. Salimos por separado, con un minuto de diferencia que no engañaba a nadie que hubiera estado escuchando.


Yo bajé por la escalera de servicio. Ella tomó el pasillo largo, el de las vitrinas de muestra, y cuando yo asomé al rellano la vi a lo lejos. Un compañero, el booker de las gafas y la chaqueta siempre demasiado grande, venía de los baños y coincidió con ella bajo el fluorescente. Noor llevaba la blusa mal puesta, el cuello abierto de más, la falda un poco girada sobre la cadera. El hombre la miró. La miró de verdad, un segundo entero, y no dijo nada. Siguió. Ella siguió también, con la llave todavía en el bolsillo y el paso un poco demasiado firme para alguien a quien acaban de follarse encima de una mesa de dirección.

Al día siguiente, ese mismo hombre coincidió con ella en el almacén de muestras. Yo lo supe porque los dos estaban ahí cuando bajé a firmar las pruebas, ella con la carpeta contra el pecho y él fingiendo que buscaba un rollo de tela que no necesitaba. Nadie habló del pasillo. Nadie habló de la llave. El aire entre los tres tenía el peso de una cosa que todavía no tenía nombre y que, si alguien lo pronunciaba, le costaba a ella el puesto y la campaña.