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Noor Ahmad

Noor, ahora la jefa

Relatos eróticos con la jefaOficina11 min de lectura

Un relato de Noor Ahmad

Noor Ahmad, 21, ya es coordinadora y cierra su propio despacho a última hora con Diego Ruiz, 24, el asistente que le han asignado. Ella propone follar en esa mesa, ahora suya. Él acepta. El despacho es el mismo tipo de sitio que el del primer episodio, y por eso cuenta: la llave ha cambiado de dueño.

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La tarde de invierno en Madrid se había quedado a medias, con esa luz gris que no acaba de caer y un frío que se cuela por los cristales del edificio. Yo, Diego Ruiz, tenía veinticuatro años y el cargo de asistente desde que el viaje le había dejado a ella el despacho, la llave y el rumor. Entré con el briefing bajo el brazo, la carpeta todavía un poco húmeda de la calle, y vi a Noor Ahmad de pie junto a la ventana. Tenía veintiún años y era coordinadora ahora; llevaba la chaqueta puesta porque la calefacción nunca llegaba a tiempo. El pelo oscuro lo tenía recogido con descuido, un mechón suelto contra la mejilla, y la luz sucia le dibujaba el perfil con una paciencia que a mí me ponía nervioso. No se volvió enseguida, y dejó que yo viera primero el despacho y después a ella, como si el orden de las cosas ya no fuera el de antes.

El despacho era el mismo tipo de sitio que el de dirección: madera oscura, persiana a media altura, una silla de respaldo alto que ya no pertenecía a Javier. Olía a barniz viejo y a café frío. En la mesa había un vaso a medio beber y un bolígrafo alineado con el borde, demasiado preciso para ser casual. Ella no me pidió que dejara el papel y me fuera. Caminó hasta la puerta y la cerró con un clic suave. Después giró la llave. Esa llave había cambiado de dueño y yo lo sentí en el pecho antes de pensarlo. El ruido fue pequeño y, aun así, me dejó la boca seca. Pensé en el pasillo, en las voces de la agencia a esas horas, en lo fácil que habría sido fingir que yo solo entregaba papeles.

«Quédate un rato, Diego», dijo, y la frase no era todavía una orden, aunque salía de la boca de mi jefa. «Quiero follar en esa mesa. Ahora es mía. Si no quieres, sales y mañana seguimos como si no hubiera preguntado. ¿Te quedas?» La voz no le temblaba cuando me miró a la cara y no a la carpeta, y yo entendí que el briefing podía esperar en cualquier rincón.

Me miró y esperó, sin rellenar el silencio con una broma. Dije que sí y me quedé. Ella sonrió apenas, como si hubiera ganado algo que no iba a nombrar, y se apoyó en el borde del escritorio con las palmas abiertas sobre la madera. Yo dejé la carpeta donde pude, sin mirar si quedaba derecha. El frío de los cristales seguía ahí, pero ya no era lo que más notaba.


Noor se sentó en la silla de respaldo negro y se subió la falda con las dos manos, sin prisa. No llevaba bragas, y el frío de la habitación le tocó la piel; yo lo vi en el temblor breve de los muslos. La tela oscura se le quedó hecha un cinturón alto, y el contraste entre esa ropa de oficina y lo que no cubría me dejó un segundo sin saber dónde poner las manos. Me señaló el suelo con un gesto pequeño, casi educado, y yo entendí lo que pedía.

Me arrodillé entre sus rodillas. El suelo era duro y frío, y el borde de la silla me rozaba el pecho cuando ella abrió más las piernas. El coño lo tenía ya húmedo, oscuro, con el olor caliente de alguien que lleva horas pensando en esto y no en el informe. Vi el vello recortado, la piel más clara hacia dentro, el brillo que no era de la luz de la calle. Puse la boca y lamí despacio, de abajo arriba, y ella dejó salir un sonido bajo, no un gemido de pose, sino algo más corto, más suyo. Su mano buscó mi hombro primero, como para comprobar que yo no me iba a levantar.

«Más adentro», dijo, y me sujetó la nuca con una mano que no apretaba del todo. «Tienes toda la tarde, Diego. No hace falta que corras como si alguien fuera a abrir.» La uña me rozó el pelo de la nuca. Yo tragué saliva y volví a bajar la cabeza.

Le metí la lengua y la noté caliente. Chupé el clítoris con los labios y ella se movió hacia mí, no hacia atrás. La silla crujió. Yo tenía las rodillas abiertas y la polla dura dentro del pantalón, rozándome a cada respiración, y aun así no levanté la cabeza. Ella respiraba por la boca, irregular, y de vez en cuando me apretaba la nuca un poco más para marcarme el ritmo. Lamí otra vez más lento, más plano, y sentí cómo se le humedecía más contra la lengua, cómo le temblaba el interior del muslo junto a mi oreja.

Ella se corrió contra mi boca con un temblor que le recorrió el vientre y le cerró los muslos un segundo contra mis orejas. No gritó; dijo mi nombre como si estuviera comprobando que yo seguía ahí, de rodillas, con la cara mojada y las manos en sus caderas. Me aparté lo justo para respirar y ella me miró desde arriba, la falda todavía subida, la respiración irregular, y no me pidió que me levantara todavía. Me pasó el pulgar por el labio inferior y recogió lo que yo había dejado brillante. Lo miró un instante como si el despacho mereciera también esa prueba.


Me hizo levantarme, se inclinó hacia delante y, con los dedos fríos, me desabrochó el pantalón. La polla me saltó hacia fuera, pesada, y ella la tomó en la mano. El contraste entre su palma fría y el calor mío me hizo cerrar los ojos un segundo. Se bajó de la silla y se arrodilló frente a mí sin perder el equilibrio; me miró un instante antes de abrir la boca. Desde arriba yo veía la raya de su pelo, la chaqueta todavía abotonada, esa mezcla de formalidad y de boca abierta que no iba a olvidar.

La sentí caliente, húmeda, demasiado precisa. Noor no chupaba como quien pide permiso. Tomó la cabeza entre los labios y la pasó despacio. Después bajó hasta donde pudo, con la lengua plana contra la vena. Yo apoyé las manos en el escritorio a su espalda para no caerme. El briefing se deslizó unos centímetros. Ella hizo un ruido en la garganta cuando yo toqué fondo, y ese ruido me recorrió entero. La vi tragar y adaptarse. Después volvió a subir con los labios apretados, dejando la piel brillante. Una de sus manos me sujetaba la base; la otra se apoyaba en mi muslo, firme, como para recordarme que yo no mandaba el tiempo.

«No te corras todavía», dijo al apartarse, con un hilo de saliva uniendo su labio inferior a mi polla. «Quiero montarme. Quiero que esta mesa se entere de que ya no es de nadie más.» Me miró a los ojos al decirlo.

Me acarició con la mano mientras hablaba, lenta, y yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no adelantarme. El despacho olía a ella, a madera y a sexo, y la persiana dejaba entrar una franja de luz sucia que le cruzaba el cuello. Yo pensé, con una claridad absurda, que si alguien llamaba ahora yo no sería capaz de hablar. El pulgar le daba vueltas en la punta, recogía lo que yo ya goteaba, y lo usaba para seguir, sin prisa.

Ella se rió bajito, como si me hubiera leído, y me dio un último lametón largo, de las pelotas hasta la punta, antes de ponerse de pie. Me dejó el pantalón a medio muslo, con la polla brillante y las rodillas todavía marcadas por el suelo. Me tocó la camisa y alisó un pliegue que no importaba, y esa pequeña corrección me encendió más que si me hubiera empujado contra la mesa.


Noor se subió al escritorio de un movimiento limpio. Se sentó al borde y me atrajo hacia ella con las piernas. La falda le quedaba hecha un rollo en la cintura. Yo entré de pie, de una vez, y el calor de su coño me cerró la garganta; estaba empapada. Me apretó por dentro y yo solté el aire contra su hombro. Sentí el borde de la mesa contra mis muslos, el peso de sus pantorrillas en mi espalda, el modo en que ella no se recostó del todo hasta que yo estuve dentro hasta el fondo.

Ella se recostó sobre los papeles, las palmas abiertas a los lados de la carpeta, y me miró desde abajo. «Muévete», dijo. «Fóllame como si el cargo fuera mío de verdad. Porque lo es.» El briefing crujió bajo su omóplato y ella no lo apartó.

Empujé y el escritorio se quejó. Ella levantó las caderas para recibirme más hondo y yo sentí el choque de mi pelvis contra la suya, húmedo, ruidoso, imposible de disimular. Cada embestida le subía un sonido a la boca. Yo le agarré los muslos y los abrí más, y ella no se quejó: se acomodó, se dejó ver, me pidió más con la forma en que se cerraba alrededor de mi polla. La madera le golpeaba el culo con un ritmo sordo. Yo veía cómo se le movían los pechos bajo la chaqueta, y cómo se le abría un poco la boca cada vez que yo llegaba al fondo.

El poder estaba en ella y yo lo sentía en cada orden pequeña, en cada vez que me paraba con una mano en el pecho para cambiar el ángulo. Cuando ella me giró un poco la cadera con el talón, yo obedecí sin preguntar. El nuevo ángulo le arrancó un sonido más abierto, y ella lo dejó salir, sin taparse la boca.

«Más fuerte», dijo, y yo obedecí. El borde de la mesa le marcaba los muslos. Su coño me chupaba al salir y me tragaba al entrar. Yo veía su vientre tensarse, veía cómo se mojaba más, cómo le brillaba el vello oscuro. Pensé en correrme dentro y ella, como si lo hubiera oído, negó con la cabeza apenas. Me sujetó la muñeca un segundo, no para pararme del todo, sino para que yo entendiera el no sin tener que repetirlo.


Me detuve un segundo, demasiado cerca, y oí mi propia voz antes de poder callarla. La llamé jefa, con ese tono bajo y rendido que yo había oído en este mismo tipo de despacho, en otra boca, en otra tarde. El eco me dio asco en cuanto salió. Noor levantó la cabeza, me miró a los ojos y no apartó las piernas. Seguía caliente a mi alrededor, palpitando, y aun así el silencio que puso entre nosotros pesó más que el escritorio.

«¿Eso te lo enseñó Javier, Diego?», preguntó, y la pregunta me clavó donde estaba. «Llámame Noor. Ahora. Quiero oírlo cuando te corras, no el cargo.» No alzó la voz, y no hacía falta. La vergüenza me subió a las orejas y, al mismo tiempo, me puso más duro.

Dije Noor. Lo dije contra su boca, contra su cuello, y ella me besó entonces, breve y sucio, con sabor a mí. Me volvió a mover las caderas, me hizo seguir, y el nombre le cambió el ritmo: más hondo, más suyo. La llamé Noor otra vez cuando ella se apretó y se corrió con un temblor largo, el coño palpitándome, las uñas en mi camisa. Dije el nombre contra su piel, una vez más, y ella lo recibió con los ojos entrecerrados.

Yo estaba al límite y ella lo supo. Se incorporó, todavía ensartada, y me miró. Señaló la silla, donde había dejado una camisa clara, la de trabajo que ya no usaba para posar, la que olía a plancha y a agencia. El cuello estaba un poco abierto. Yo la reconocí de las reuniones, de las fotos de producto.

«Ahí», dijo. «Quiero verte correrte encima. Esa ropa ya no me cubre. Que se entere también.» Me apretó por dentro una última vez, lenta, como para despedirme de ese calor, y luego me soltó con la mirada.


Salí de ella con un sonido húmedo que llenó el despacho. Me quedé de pie, la polla oscura y brillante, y ella se bajó del escritorio con las piernas todavía temblando. Tomó la camisa y la extendió sobre el asiento de la silla. Después se sentó al borde del escritorio otra vez, observándome. Se alisó la falda solo lo justo para no estorbar la vista. No se tapó, porque quería que yo la viera mientras lo hacía.

Me masturbé mirándola. Ella no apartó la vista. Me habló bajo, con frases que acababan en una pregunta que me dejaba clavado: si me gustaba así, si iba a mancharla de verdad, si entendía que mañana yo seguiría siendo el asistente y ella la que cerraba la puerta. Le dije que sí a todo, con la voz rota, y ella asintió como si estuviera tomando nota. La mano me temblaba. Ella se mordía el interior del labio al verme apretar más fuerte. Me corrí con un golpe sordo en el pecho, el semen blanco cayendo a chorros sobre la tela clara, caliente, indecente, imposible de hacer pasar por un accidente de plancha. Algunas gotas alcanzaron el borde del asiento. Yo no pude disimular el sonido que se me escapó.

Ella miró la mancha y luego me miró a mí. No sonrió del todo. Pasó un dedo por el borde de la camisa y comprobó que estaba húmeda. Se lo llevó a la boca un segundo. Yo respiraba mal. El pantalón me seguía a medio muslo. El despacho olía a semen y a ella. Solo bajó la mano y dejó la camisa donde estaba, a la vista.

«Vístete», dijo. «Sigue siendo mi asistente. Yo sigo siendo tu jefa. El rumor va a decir que Noor folla en el despacho de dirección. No te pido que lo calles.» Me miró y añadió, más bajo: «Tampoco te pido que lo cuentes. Haz aquello con lo que puedas vivir mañana.»


Me subí el pantalón con las manos todavía un poco torpes y me abroché. Ella se bajó la falda, se alisó la chaqueta, y volvió a ser, para cualquiera que abriera, la coordinadora de veintiún años que cierra tarde. El coste estaba en el aire, en la camisa manchada que ella no escondió, en la llave que seguía del lado de dentro. Me pasé el dorso de la mano por la boca, inútilmente. El sabor seguía ahí. El frío de los cristales volvió a notarse.

Ella se sentó, abrió la carpeta que yo había traído y la dejó en el centro de la mesa, junto a la franja de luz sucia. El briefing del rodaje en Amán, en Jordania, estaba en su mesa: ella sería a la vez la cara y la jefa, y el rumor viajaba con el contrato. Yo me quedé de pie un segundo más, esperando a que ella dijera la hora, el vuelo, lo que hiciera falta. Noor pasó la primera hoja con el mismo pulso con el que me había parado en el pecho, y yo entendí que el trabajo, ahora, también empezaba así.