
Noor cierra el cliente en Valencia
Relatos eróticos viaje de negociosOficina11 min de lectura
Un relato de Noor Ahmad
Noor Ahmad, 21, viaja a Valencia dos días con Andrés Molina, 32, director de cuentas, para cerrar un cliente. En la habitación del hotel después de la cena de trabajo ella deja de tratar el sexo de la agencia como un accidente. Los dos eligen follar sin pose.
La cena con el cliente se había alargado hasta las once en un restaurante junto al Jardín del Turia. El otoño de Valencia se colaba húmedo por las ventanas, con un aire que olía a río y a hojas mojadas. Yo soy Andrés Molina, treinta y dos años, director de cuentas de la agencia. Noor Ahmad, veintiuno, la modelo que había sostenido toda la presentación, caminaba a mi lado hacia el hotel con la americana doblada sobre el brazo.
El comedor había olido a arroz y a naranja amarga durante toda la velada. Cada vez que el cliente bajaba la vista hacia las cifras, yo miraba el hueco del cuello de Noor, y ella lo sabía sin que yo abriera la boca. Lucas se había quedado en Madrid. Con esa ausencia bastaba para entender el resto: no había que justificar la hora, ni el hotel, ni el silencio que nos acompañaba por la acera.
El ascensor olía a madera nueva. Cuando las puertas se cerraron, ella apoyó la espalda en el espejo y me miró como si la cena hubiera sido solo un pretexto largo, una coreografía necesaria para llegar hasta aquel cubículo de luces suaves.
«¿Subimos a repasar las cifras o subimos a dejar de fingir?», preguntó, y la pregunta me dejó exactamente donde ella quería, sin margen para una broma ni para un aplazamiento educado.
Le dije que las dos cosas, porque el contrato todavía no estaba cerrado y porque yo ya no tenía ganas de mentir en el pasillo. Ella sonrió con esa calidez que usa para clavarte, una sonrisa que parece hospitalidad y es, en realidad, una decisión. Cuando la puerta de la habitación se abrió con un clic suave, ella dejó la americana en la silla y se sentó en el borde de la cama con la carpeta abierta sobre las rodillas.
Las cifras estaban bien. El cliente iba a firmar al día siguiente, o al menos eso prometían los números y el tono con el que había pedido la cuenta. Lo que no estaba bien era el silencio que habíamos arrastrado desde Madrid, ese acuerdo tácito de partir el trabajo de día y la cama de noche como si fueran dos habitaciones distintas, dos versiones de nosotros que no debían verse.
«No quiero seguir partiendo el trabajo y la cama», dijo, y alzó la vista. «Si vamos a follar, que sea sin pose. ¿Tú quieres eso, Andrés, o prefieres que yo siga siendo la chica que sonríe en las diapositivas?»
Acepté. Lo dije en voz alta, para que quedara en la habitación y no solo en la garganta. Ella cerró la carpeta y la dejó en la mesilla con un cuidado que no tenía nada de casual, como si también estuviera cerrando el último pretexto.
Noor se arrodilló entre mis rodillas sin pedir permiso. Me desabrochó el cinturón con dedos firmes, tirando de la hebilla con una decisión que no dejaba espacio para una pregunta. Yo me senté en el borde del colchón. El aire acondicionado me alcanzó la piel del vientre en el mismo instante en que ella bajó la cremallera y apartó la tela.
Su boca encontró mi polla todavía a medio endurecer y la tomó entera, caliente y húmeda, hasta que la tuve dura contra su paladar. No miraba hacia otro lado. Me miraba a mí, con los labios estirados alrededor del glande, y cada vez que subía dejaba un hilo de saliva que le brillaba en la comisura.
«¿Así te gusta que te la chupe después de una cena de trabajo?», preguntó, y la pregunta le salió ronca porque tenía la boca llena. Le dije que sí, que más, que no parara. Ella dejó escapar una risa breve contra la piel, una vibración que me recorrió hasta los huevos. Usó la mano para apretar la base mientras la lengua recorría la vena de abajo arriba, lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no un tren al día siguiente.
Yo le aparté el pelo de la cara para verla. Ella dejó que se lo apartara, sin encogerse ni bajar los párpados. Cuando metí los dedos en su nuca, ella gimió con la polla dentro y el sonido me subió por la espalda como un calambre bueno, un espasmo que no pedía que parara.
La chupó más profundo, hasta que se le humedecieron los ojos, y yo sentí el fondo de su garganta cerrarse un segundo alrededor de la cabeza. No me corrí, porque no quería correrme todavía: quería verla elegir esto, no tragárselo como un favor de cierre de campaña. Ella lo entendió, o lo adivinó, porque se apartó con un hilo de saliva uniendo su labio inferior a mi polla y se pasó el dorso de la mano por la boca sin disculparse.
«Tú también vas a usar la boca», dijo. «Ahora.»
Me recosté del todo. Ella se subió a la cama, se quitó la falda y después las bragas, un gesto seguido del otro, y se sentó en mi cara con las rodillas a ambos lados de la cabeza. Su coño estaba ya mojado, caliente, y me cubrió la boca y la nariz con un peso que yo busqué con las manos en sus caderas. Lamí de abajo arriba, despacio al principio, y ella se apoyó en el cabecero y dejó caer la cabeza hacia atrás. El sabor era suyo, salado y dulce a la vez. Metí la lengua dentro y la saqué para chuparle el clítoris con los labios cerrados.
Noor se movió sobre mi boca como quien sabe lo que quiere. No fingió timidez. Frotó el coño contra mi lengua y me dijo, entre respiraciones, que más fuerte, que ahí, que no me apartara. Yo le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra la cara hasta que me costó respirar. Ella soltó un gemido largo que no tenía nada de campaña ni de secretaría. Su muslo temblaba contra mi oreja. Cuando metí dos dedos en su coño mientras le chupaba el clítoris, ella se inclinó hacia adelante y se recostó un poco, abriéndose más, y yo sentí cómo se apretaba alrededor de los nudillos.
«Andrés», dijo, y mi nombre en su boca sonó a algo que no iba a caber luego en un informe. «No pares. Quiero correrme así, encima de tu cara, y que lo sepas.»
La sentí llegar. El coño se le contrajo en oleadas cortas contra mi boca y ella se quedó un segundo quieta, temblando, con las uñas clavadas en el cabecero. Yo seguí lamiéndola hasta que ella misma se apartó, con las piernas inestables, y se dejó caer a mi lado con la risa todavía en la garganta. No se tapó. El vello le brillaba húmedo. Me miró de reojo, me pasó un dedo por los labios recogiéndose a sí misma, y se metió ese dedo en la boca como si comprobara el sabor.
La puse boca arriba y le abrí las piernas. Mi polla estaba dura y brillante de su saliva. Cuando la hundí en su coño, ella arqueó la espalda y me agarró de la camisa, que yo todavía no me había quitado del todo. Entré de una vez, hasta el fondo, y el calor de ella me apretó tan justo que tuve que quedarme quieto un segundo para no correrme. Ella me rodeó las caderas con las piernas y me empujó más adentro con los talones.
«Fóllame», dijo. «Sin ese tono de reunión. Fóllame como si el cliente no existiera.»
Empecé a moverme. Cada embestida le sacaba un sonido bajo, y yo se lo devolvía con la boca en su cuello, en la clavícula, en el pecho que se le había escapado del sujetador. Le chupé un pezón y ella soltó esa risa cálida que usa cuando está a punto de pedir más, y me pidió más. La follé más fuerte. El colchón golpeaba contra el cabecero con un ritmo que cualquier habitación de al lado habría entendido. Noor me miraba a los ojos y no apartaba la vista. En esa mirada había infidelidad y había ganas, y las dos cosas le sentaban igual de bien.
Le di la vuelta. Se puso a cuatro patas y yo se la metí otra vez por el coño, más hondo desde atrás. Le agarré el pelo con una mano mientras la otra le apretaba la cadera. Ella empujaba hacia atrás contra cada embestida, buscando el golpe, y cuando le pasé el pulgar por el culo, húmedo de ella misma, no se apartó.
«Ahí también», dijo. «Si lo vamos a hacer sin pose, que sea todo.»
Saqué la polla, la pasé por su raja hasta el culo y empujé despacio. Ella bajó la frente a la almohada y respiró hondo. Yo sentí cómo se abría, apretada, caliente de otra manera. Entré poco a poco, deteniéndome cuando ella apretaba los puños en la sábana, y cuando estuve dentro del todo me quedé quieto para que se acostumbrara. Noor movió las caderas ella misma, metiéndosela más, y ese movimiento me desarmó más que cualquier gemido.
«Está bien», dijo, con la voz un poco rota. «Muévete. Quiero sentirte ahí.»
La follé por el culo con cuidado primero y después con más hambre, porque ella lo pedía con el cuerpo, empujando hacia atrás, y porque yo también lo quería. El hotel, Valencia, el contrato: todo se redujo al calor de su culo alrededor de mi polla y a su mano, que se metió entre las piernas para tocarse el clítoris mientras yo la tomaba. Le dije que estaba preciosa así, abierta, eligiendo esto, y ella dejó escapar un sonido breve contra la almohada, entre la risa y el aire.
La saqué de esa postura y la recosté. Me arrodillé a horcajadas sobre su pecho, le pasé la polla por los labios y me corrí en su cara, espeso, caliente, en la mejilla y en la boca entreabierta. Ella cerró un ojo por el chorro y se rió, de verdad se rió, y se pasó la lengua por el labio superior para recoger lo que había alcanzado. No se cubrió. No pidió perdón. Me miró desde abajo con el semen brillándole en la piel y me hizo un gesto con la cabeza para que me tumbara.
Se sentó encima de mí, todavía mojada, y se frotó el coño contra mi vientre y contra la polla que empezaba a ablandarse. No necesitaba que yo estuviera duro del todo. Se buscó el ángulo, se apoyó en mi pecho y se movió hasta que el clítoris le encontró la presión que quería. Yo le agarré las caderas y la miré. Ella se corrió encima de mí diciéndolo en voz alta, sin disfraz.
«No quiero ser la secretaria ni la cara de la campaña», dijo, y la voz se le quebró en el orgasmo. «Solo esto. ¿Lo oyes? Solo esto.»
Se quedó temblando, con las palmas abiertas sobre mi pecho, y después volvió a reír, sin taparse el coño ni la cara sucia, y se dejó caer a mi lado. Habló de Amán, de su ciudad, como quien nombra una hora concreta y no un eslogan. Dijo que allí las tardes de octubre también huelen a lluvia cuando baja el calor, y que el despacho de Madrid le había enseñado a sonreír para que otros firmaran, y que esta noche no iba a sonreír para eso. Me pasó un dedo por el pecho, recogiendo el sudor, y se quedó callada un rato, cálida, juguetona todavía en la forma de mirarme de reojo.
«A las diez tenemos al cliente otra vez», dijo. «Si firman, firman. Si no, no voy a fingir que esta cama fue un accidente.»
Le dije que no hacía falta fingir nada. Ella se durmió casi encima de mi brazo, con el semen ya seco en la mejilla, y yo me quedé despierto lo bastante para saber que lo que había tenido con Lucas, o lo que había creído tener, se había quemado en esa risa.
Por la mañana Noor se duchó primero y salió con el pelo húmedo y un vestido oscuro que no pedía permiso a nadie. Desayunamos en el vestíbulo del hotel, café y tostada, y hablamos del margen y de los plazos como si la noche hubiera sido otra reunión, solo que yo le veía el chupetón leve en la clavícula y ella me veía mirándolo. En la sala del cliente, a las diez y pico, ella llevó la conversación con esa precisión suya de horas y de detalles, sin eslóganes, y cuando el director de marketing dudó de un número ella lo clavó con una pregunta que no le dejó sitio para escurrirse.
Firmamos. El contrato quedó cerrado antes de las doce, con copias para las dos partes y un apretón de manos que a mí me duró menos que la mirada que Noor me echó por encima de la mesa. En el taxi de vuelta al hotel ella apoyó la frente en la ventanilla y dijo, casi para el cristal, que le aliviaba haberlo dicho en voz alta, y que también le quemaba, y que las dos cosas podían ser ciertas a la vez.
Comimos poco. Recogimos las maletas. En el andén de la estación Joaquín Sorolla el otoño olía a metal y a naranja, y ella se rió de un anuncio ridículo en el andén contrario, cálida otra vez, como si el cuerpo todavía le recordara la noche y no le importara que se le notara.
El tren a Madrid iba medio vacío. Nos sentamos frente a frente y yo saqué el portátil más por costumbre que por ganas. A la altura de Cuenca me llegó el correo de dirección: el cliente cerrado, la siguiente campaña, y la propuesta de que Noor coordinara el equipo con un asistente a su cargo. Se lo leí en voz alta. Ella escuchó hasta el final, se pasó el pulgar por el borde del vaso de plástico y asintió.
«Acepto», dijo. «Que me pongan un asistente. Que sea hombre, si quieren. Lucas y Javier se van a enterar igual, y prefiero que se enteren de un cargo y no de un rumor a medias.»
Le dije que el rumor interno ya no iba a ser solo de un despacho. Ella lo sabía. Apoyó la cabeza en el asiento y me miró con esa mezcla de juego y de fuego que no pide que la salven.
«Cuando lleguemos», dijo, «yo voy a tener llave de algo que antes estaba en la mano de otros. Y van a empezar a llamarme jefa, aunque sea en voz baja. ¿Tú vas a soportar eso, o vas a querer que yo vuelva a ser la chica de las diapositivas?»
Le contesté que iba a soportarlo. El paisaje corría húmedo junto a las vías y yo pensé en Madrid, en el pasillo de la agencia, en el asistente que todavía no tenía nombre. Noor cerró los ojos un momento, sonrió sin disculparse, y el tren siguió hacia una ciudad donde el apaño sentimental ya estaba roto y el rumor, por fin, iba a llamarla por un cargo.