
Melissa no baja a la playa
Cuento erótico infidelidadTabú12 min de lectura
Un relato de Melissa Sandringham
Melissa Sandringham, 22 años, está de vacaciones en una villa de Mallorca con su marido. Cuando él se va a la playa ella se queda y abre la puerta a Pablo, 31 años, el turista soltero de la villa de al lado. Los dos eligen follar sabiendo que pueden ser vistos y que el marido puede volver.
Me llamo Pablo y aquel verano tenía treinta y un años. Llevaba cinco días en la villa de al lado, en el este de Mallorca, con una maleta pequeña y ninguna razón decente para quedarme tanto tiempo. Melissa Sandringham tenía veintidós y estaba de vacaciones con su marido en la casa que compartía piscina, seto y silencio con la mía. Aquella tarde él había bajado por el camino de piedra hacia la playa, la toalla al hombro y esa tranquilidad de quien cree que su mujer se queda a leer. Yo lo vi marcharse desde mi terraza. El sol pegaba en las tejas y el aire olía a pino y a sal. Conté los segundos que tardó en desaparecer detrás de los tamariscos, como si el tiempo se hubiera puesto de nuestro lado por una vez. Ella me llamó en cuanto el camino se quedó vacío.
«Ya se ha ido», dijo, y la voz le salió más baja de lo que el calor pedía. «Si quieres venir, ven ahora. No voy a repetirlo.»
No preguntó si estaba solo. Tampoco preguntó si me había arrepentido. El teléfono se quedó caliente contra la oreja después de que colgara.
Fui por el seto, no por la calle. Melissa me abrió la verja de la piscina con el anillo de casada puesto, el mismo que no se quitaba nunca, y el bikini blanco se le transparentaba un poco en el pecho. Tenía el pelo suelto, más oscuro de lo que recordaba a esa hora, y una gota de crema solar le brillaba en la clavícula. Noté el temblor mínimo de su pulso en el cuello cuando me dejó pasar. Los ojos verdes me sostuvieron un segundo de más y después apartó la cara, como si aquello hubiera sido demasiado para decirlo en voz alta. El agua de la piscina brillaba a plena tarde. En las villas de alrededor había terrazas, toallas, gente adulta que podía asomarse sin avisar. Los dos lo sabíamos. Los dos lo queríamos.
«Aquí», dijo, y se arrodilló al borde, sobre el cemento caliente, sin mirar si alguien nos veía. Me desabrochó el pantalón con las dos manos. Sacó mi polla ya dura y la sostuvo contra la mejilla un momento, como si midiera el calor de la piel contra la suya. Después se la metió en la boca de un golpe, profunda, hasta que sentí la garganta cerrársele alrededor. El calor de su boca me recorrió hasta la nuca. Oí el sonido húmedo, pequeño, casi indecente contra el silencio de la tarde, y sentí cómo se le humedecían los labios alrededor de mí. Chupó con esa lentitud de quien ha estado esperando el momento exacto, la lengua plana por debajo, la saliva bajándole por la comisura hasta el pecho. Yo le agarré el pelo y ella no se apartó. Alzó los ojos verdes hacia mí con la boca llena y dejó que la usara así, al sol, con el chapoteo de la piscina a un metro y el riesgo abierto como una ventana.
«Más», murmuró cuando sacó la polla, un hilo de saliva uniendo sus labios conmigo. «Que se note. No me importa.»
Me miró un instante más, la boca abierta, la respiración corta, y yo vi el rubor subirle por el pecho hasta el cuello.
Volvió a tragársela. La vi humedecerse entre las piernas, el bikini blanco oscurecido, y entendí que no estaba fingiendo el miedo: lo estaba usando. Su marido podía volver. Un vecino podía asomarse. Ella seguía chupándome como si precisamente de eso se tratara. Le apreté el pelo un poco más y ella gimió alrededor de mí, un sonido que se le escapó sin que lo buscara. El cemento le debía estar quemando las rodillas y aun así no se movió.
La tumbona estaba a plena vista, blanca, con la toalla de él todavía encima. Melissa se recostó, se apartó el bikini a un lado y me agarró de la camisa para que me echara encima. Noté la piel caliente, el olor a cloro y a ella, el modo en que me buscó con las caderas antes de que yo hiciera nada. Entré en su coño de una vez, caliente, empapado, y ella soltó un gemido que no intentó contener. El sol le daba en la cara. Yo la follé despacio al principio, para sentir cómo se cerraba, y después más fuerte, las caderas golpeándole el culo, la tumbona crujiendo contra el suelo de piedra.
«No bajes la voz», dijo, y la frase le salió entera antes de que la cortara, como si de pronto le pareciera demasiado. «Fóllame más fuerte. Justo por él.»
Lo hice. La oí gemir alto, sin vergüenza, y yo no le tapé la boca. Una terraza de la villa de la izquierda tenía la persiana a medio bajar. Podían vernos. Podían oír el golpe de mi cuerpo contra el suyo, el sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño. Melissa abrió más las piernas y se agarró a mis hombros, el anillo rozándome la piel, y me miró con una lucidez que no tenía nada de víctima.
«Que me vean si quieren», dijo más tarde, cuando ya no le temblaba la voz. «Yo te he llamado. Yo lo he buscado.»
Le besé el cuello, salado, y ella arqueó la espalda para que llegara más hondo. Le dije al oído que estaba mojadísima, que se le oía, y ella asintió con los ojos entornados, como si eso también formara parte de lo que había venido a pedir.
La follé así, a plena tarde, hasta que se corrió contra mí con un temblor largo, el coño apretándome a rachas, y yo tuve que parar un segundo para no correrme dentro. Ella se rió, baja, esa risa que llega tarde y solo cuando ha decidido que no van a usársela en contra. Me besó con la boca abierta, con su propio sabor en la lengua, y me empujó hacia la casa con la palma en el pecho.
«Dentro. Ahora. Quiero que me uses de verdad.»
La villa olía a protector solar y a fruta olvidada en la encimera. Cerré la puerta del salón y no corrí las cortinas. Melissa se quitó el bikini y se quedó desnuda en medio de la luz, el cuerpo marcado por la tumbona, los pezones duros, el coño brillante. Vi las marcas rojas en la espalda, el brillo en los muslos, el modo en que se quedó quieta un segundo como si quisiera que yo la mirara bien. Se arrodilló otra vez, esta vez sobre el suelo fresco, y se metió mi polla en la boca con una hambre distinta, más sucia, como si ya no hubiera que negociar nada. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y le follé la boca, hondo, hasta que tosió y aun así no se apartó. La saliva le corría por el pecho. El anillo le brillaba en la mano que me sostenía los huevos.
«Mírame», dije, y ella lo hizo, los ojos verdes vidriosos, la boca abierta alrededor de mí. «Para que te hagan esto has mandado a tu marido a la playa.»
Asintió con la polla todavía dentro, un sonido ahogado que me recorrió entero. La saqué, le pasé el glande por los labios, y ella sacó la lengua para lamerlo, lenta, deliberada. No pedía permiso. No pedía que la tratara bien. Me guió hacia el sofá, se recostó de espaldas y se abrió con los dedos, mostrándome el coño hinchado, rosado, todavía abierto de la tumbona.
«Ahí», dijo. «Y no pares aunque llame a la puerta.»
Entré otra vez. El sofá se hundió. La follé con las rodillas abiertas, una mano en su garganta sin apretar de verdad, la otra en su cadera, y ella empujaba hacia mí cada vez, buscando el golpe. Le hablé al oído, sucio, y ella contestaba con gemidos y con frases cortadas, como si cada una le pareciera excesiva en cuanto la oía salir.
«Me gusta más esto que la playa», consiguió decir. «Más que ser la que espera. Más que…» Se detuvo, se mordió el labio, y acabó: «Más que ser amada ahí abajo.»
La besé entonces, para que no se tragara la frase, y ella me mordió el labio inferior con una fuerza que no era cariño. Seguí follándola, más hondo, y sentí cómo se le humedecía otra vez alrededor, cómo me buscaba con las uñas en la espalda.
La llevé al dormitorio de invitados, no al de matrimonio, aunque la cama grande estaba a diez pasos. Melissa se puso a cuatro patas sobre el colchón blanco y me miró por encima del hombro, el culo alto, el coño goteándole por el muslo. Tenía la voz ronca cuando me dijo que no tardara. Vi el anillo brillar contra la sábana cuando apoyó las palmas. Me acerqué, le pasé la polla por la raja, la empujé otra vez dentro de su coño y la follé así un rato, profundo, escuchándola mojarse más. Después la saqué, junté saliva en los dedos y se la pasé por el culo, despacio, hasta que el agujero se le ablandó. Ella bajó la frente a la almohada y no dijo que parara.
«Hazlo», murmuró. «Quiero sentirte ahí. Quiero irme a cenar con él y que me duela.»
Entré en su culo con cuidado al principio, el anillo de ella apretado contra la sábana, y después con más peso cuando sentí que lo pedía. Estaba apretadísima, caliente, y cada embestida le sacaba un sonido grave, distinto del del coño. La agarré de las caderas y la usé, la vi abrirse y cerrarse alrededor de mí, y ella empujaba hacia atrás para que llegara más hondo. El colchón golpeaba la pared. Si el marido volvía por el camino de piedra, nos oiría antes de vernos.
«Más fuerte», pidió, y esta vez no recortó la frase. «Que se oiga. Que si entra sepa lo que soy.»
Le dije que sí, que se oía, que el sonido de mi cuerpo contra el suyo llenaba la habitación. Ella gimió más alto, deliberada, y yo sentí cómo se le relajaba el agujero para recibirme entero.
Me corrí así, hondo en su culo, con un gemido que no contuve, llenándola a pulsos mientras ella temblaba y se apretaba. Me quedé dentro un momento, respirando contra su espalda, y cuando salí el semen le bajó por el agujero hasta el coño. Melissa metió la mano atrás, se tocó, se llevó los dedos a la boca y me miró mientras los chupaba. No había timidez en eso. Había una decisión.
«Otra vez», dijo. «En la boca. Quiero tragártela antes de que se vaya el sol.»
Se arrodilló al borde de la cama, el semen todavía resbalándole entre las nalgas, y me tomó la polla semidura entre los labios hasta que volvió a ponérseme dura del todo. Chupó con lentitud primero, limpiándome, y después más rápido, la mano en la base, los ojos fijos en los míos. Yo le aparté el pelo de la cara para verla. Era hermosa de una manera que no pedía permiso: la boca roja, el cuello manchado, el anillo dando contra mi muslo cada vez que subía y bajaba.
«No te mientas», le dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía. «No eres la que se cuela en el hueco de un matrimonio ajeno. Eres la esposa que manda al marido a la playa para que la usen.»
Ella se detuvo un segundo, la polla apoyada en el labio inferior, y asintió. No discutió. No suavizó. Después se la metió otra vez hasta la garganta y me dejó correrme en su boca, caliente, a golpes, y se lo tragó todo, la garganta moviéndose, una gota escapándosele al mentón que se recogió con el pulgar. Se quedó arrodillada un momento más, respirando, la frente contra mi cadera, y yo le acaricié la nuca porque de pronto el silencio pesaba de otra manera.
«Lo sé», dijo al fin, y debajo del español fluido y claro se le oyó el acento de Nottingham, esa marca inglesa que no había querido disimular del todo. «Lo he sabido desde que te llamé. Desde antes. Solo que hoy he dejado de ponerle otro nombre.»
La ayudé a levantarse. Se le veían las marcas de mis manos en las caderas y el temblor en los muslos. Fuimos al baño juntos. Ella se metió bajo la ducha y yo me lavé en el lavabo, mirándola a través del vapor. El agua le corría por el pecho, entre las piernas, y se llevó lo que yo le había dejado en el culo y en la boca. No hablamos mucho. No hacía falta. Cuando salió se secó con una toalla que no era la de él, se puso un vestido holgado, sin ropa interior, y se miró al espejo como quien comprueba que todavía puede sentarse a una mesa.
«Vete por el seto», dijo. «Si te ve, diré que eres el de al lado y que venías a devolver una cosa. Mentira vieja. Ya no me sirve, pero él no tiene por qué saberlo hoy.»
La besé en la boca, despacio, y supe que sabía a pasta de dientes de más, a disimulo. Ella me apretó la mano contra el vestido, justo encima del coño, y se quedó así un segundo, con los ojos cerrados, antes de apartarse. Le dije que la vería desde la terraza. Ella asintió, se alisó el vestido con las palmas, y no me pidió que no mirara.
Volví a mi villa por el mismo seto. Desde la terraza vi el camino de piedra. El marido no entró en la casa enseguida: se quedó en la ducha exterior, se sacudió la arena, canturreó algo que el viento no me trajo entero. Melissa ya estaba sentada a la mesa del porche, un libro abierto que no estaba leyendo, el vaso de agua delante, el vestido cayéndole recto. Cuando él llegó, ella sonrió con esa reserva suya, le preguntó por el agua, y él se sentó frente a ella como si el día hubiera sido exactamente el que había planeado.
Cenaron. Yo los vi desde mi lado, el tenedor de ella subiendo y bajando, las piernas cruzadas bajo la mesa, el anillo dando contra el vaso. Él hablaba. Ella asentía. Nadie habría dicho que dos horas antes había tenido mi polla en la garganta y el semen en el culo, y que lo había pedido más fuerte precisamente por él. El coste no estaba en que la pillaran esa tarde. El coste era que ya no podía llamarlo accidente: había buscado a un desconocido a propósito, había abierto la verja, se había arrodillado al sol.
Me quedé en la terraza hasta que recogieron. Melissa giró la cabeza una sola vez hacia mi lado, un instante, y no hizo ningún gesto. Después entraron. Se encendió la luz de la cocina. Yo me metí en la mía con el sabor de su boca todavía, y con la certeza de que lo que habíamos hecho no cabía ya en ninguna historia de desliz.
Tres días después, la mañana en que iban al aeropuerto, Melissa me escribió desde el coche. No era para despedirse. Me reenvió, sin comentario, la captura de un chat con un hombre casado que llevaba años haciendo la segunda pregunta, esa que no se conforma con mirar. Debajo, ella misma había contestado que iría a su casa cuando su mujer no estuviera. El anillo seguía en la foto de su mano, al borde de la pantalla. Yo leí el mensaje dos veces, con el mar todavía visible desde mi ventana, y entendí que Mallorca no había sido el final de nada: había sido el momento en que dejó de fingir que los números se le acumulaban solos.