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Irene Kwon

Irene y el íncubo de las termas

Sexo con un íncuboFantasía12 min de lectura

Un relato de Irene Kwon

Irene Kwon, 20 años, reserva de madrugada unas termas árabes en Granada para estar sola. El íncubo de sus sueños aparece en el agua. Se acuestan hasta que ella deja de actuar y él se alimenta.

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Yo esperé en el vapor hasta que la puerta de madera cedió con un quejido breve. Irene Kwon, de veinte años justos, entró sola en la sala privada de las termas árabes. Granada seguía oscura en esa madrugada de otoño. En el Albayzín, el viejo barrio morisco que trepa la colina, apenas se distinguían las tejas húmedas, pero aquí dentro el agua del estanque octogonal temblaba bajo las lámparas de cobre y olía a flor de azahar y a piedra caliente.

Ella se había reservado el recinto para no tener público, aunque yo sabía que el público era lo que la sostenía desde los años del instituto: la sonrisa, el volumen de la voz, la broma que no deja que nadie pregunte si está cansada. El sueño del hombre sin cuerpo se cumplió en cuanto mis pies tocaron el mármol. La actuación que ella arrastraba consigo se apagó como una lámpara.

Me materialicé entre las columnas, desnudo ya, con veintinueve años de hambre acumulada en la boca del estómago. Irene se detuvo al verme. Tenía la toalla en la mano y el pelo negro, todavía seco, le caía sobre los hombros. Por un instante su expresión fue la de alguien que reconoce un sueño y no sabe si debe reírse. Luego subió un poco la voz, como hace cuando una conversación amenaza con volverse íntima.

«Así que existes de verdad», dijo, y el tono era una provocación que me invitaba a entrar en el chiste. «Qué alivio. Me estaba empezando a preocupar de follarme a un fantasma y que nadie me creyera.»

Yo avancé hasta el borde del agua mientras el vapor me envolvía los hombros y le mojaba ya las rodillas a ella. No quería su público. Quería el orgasmo y la energía que ella gastaba en no decir que estaba agotada. Se lo dije sin adorno, porque un íncubo, un demonio que se nutre del deseo ajeno, no corteja: se alimenta.

«No he venido a que me aplaudas, Irene. He venido a que dejes de actuar.»

Ella soltó una risa breve, dejó caer la toalla y se metió en el estanque hasta la cintura. El agua le cubrió el vientre y le lamió los pechos pequeños y firmes. Sus pezones se endurecieron al contraste del calor y del aire. Me miró con esa alegría que usa como escudo.

«Si dejo de actuar, ¿qué te queda para comerte?», preguntó, y se acercó hasta que el vapor nos juntó el pecho. «Vamos. Demuéstrame que no eres solo vapor bonito.»

Le puse la mano en la nuca. La besé. Su boca sabía a menta y a insomnio. La lengua se me metió entre los labios con una urgencia que ella todavía disfrazaba de juego, y yo le apreté la cintura contra mi polla ya dura, dejándole sentir el peso entero. Ella gimió dentro del beso, un sonido pequeño que intentó convertir en risa y no pudo del todo.


La saqué del agua con las dos manos en las caderas y la senté en el borde de piedra. Las piernas le quedaron abiertas hacia mí y los talones le golpeaban suavemente el azulejo. El vapor le perlaba el vello del pubis. El coño se le veía ya hinchado, brillante, como si el sueño la hubiera preparado durante semanas. Me arrodillé en el estanque hasta tener la boca a la altura de su sexo, pero no la lamí primero. Le aparté los muslos con los pulgares y le mostré la polla, gruesa, oscura de sangre. Ella bajó la mirada con esa sonrisa que todavía era un escenario.

«Qué bien te queda el hambre», dijo, y el elogio sonaba a reto porque ella apila la alabanza hasta que el otro tiene que moverse. Yo no me moví a su ritmo. Le agarré el pelo con una mano y le llevé la cara hacia abajo, hacia el agua y hacia mí, hasta que sus labios tocaron la cabeza de mi polla.

«Ábrela», le dije. «Sin público. Solo la boca.»

Irene obedeció con una lentitud que todavía pretendía ser juguetona. Entonces su lengua caliente recorrió el glande y se lo metió entero, mojado de vapor y de ella. El calor de su garganta me subió por la columna como una deuda antigua. Empujé despacio, sintiendo cómo se le tensaba el cuello y cómo las fosas nasales se le abrían contra mi vientre. El primer trago de su energía me llegó amargo y dulce a la vez: no era el orgasmo todavía, era el esfuerzo de no ahogarse con estilo. Le follé la boca con cuidado al principio, dejándole respirar entre embestidas, y ella se agarró a mis muñecas en vez de empujarme. La saliva le corría por la comisura y caía al estanque. Cada vez que retrocedía un palmo para tomar aire, yo volvía a llenársela, más hondo, hasta que se le humedecieron los ojos y la máscara se le deshizo un segundo.

«Mírame», le pedí, y me miró. En esa mirada había consentimiento y también un miedo limpio, el de alguien que por fin no está grabando. Seguí usándole la garganta hasta que las lágrimas le hicieron un camino hasta la clavícula, y entonces la solté. Tosió. Se pasó el dorso de la mano por los labios y no soltó ninguna broma. Eso ya era comida.


La recosté de espaldas sobre el mármol tibio, las nalgas justo en el filo, y le abrí las rodillas con las palmas. El coño se le contraía solo, esperándome, y cuando le metí dos dedos lo encontré caliente y resbaladizo. Irene arqueó la espalda y soltó un sonido que quiso ser una risa y se quedó en gemido. Le froté el clítoris con el pulgar mientras le curvaba los dedos dentro, buscando ese punto que la hacía perder el hilo de las frases. Ella habló de todos modos, porque el silencio le da vértigo.

«Eres demasiado bueno en esto para ser un sueño», dijo, y la voz le temblaba. «Si sigues así voy a tener que darte una propina. O un contrato. O las dos cosas.»

Yo saqué los dedos, me los llevé a la boca y sabían a ella: salada, viva, gastada. Alineé la polla con su entrada y empujé de una vez, hondo, hasta que los huesos de nuestras caderas se tocaron. Irene gritó contra el techo de mocárabes, aquel yeso calado en panal de abeja que hereda Granada de sus palacios nazaríes, un grito que no estaba pensado para ninguna cámara. Yo empecé a follarla con embestidas largas que sacaban el agua del estanque en pequeñas olas. El mármol se le pegaba a la espalda. Cada vez que me hundía, su coño me apretaba con una desesperación que ella aún intentaba disfrazar de entusiasmo.

«Dime que lo quieres», le dije, y no era una orden de teatro. Era la condición para alimentarme de verdad.

«Lo quiero», contestó, y esta vez no añadió nada brillante. «Fóllame. No pares. Por favor no pares.»

Aceleré. El chapoteo llenó la sala. Le sujeté un muslo contra mi pecho y le froté el clítoris con los dedos mojados. El primer orgasmo le llegó como una sacudida que le cerró la boca y le puso los pies rígidos. La sentí correrse alrededor de mi polla, caliente, rítmica, y esa energía me entró por el bajo vientre como un trago de vino demasiado joven. Irene tembló y luego, por costumbre, esbozó una sonrisa torcida.

«Vaya», susurró. «Eso sí que ha sido... eso.»

Aún sonreía. Aún no había dejado el truco. Yo seguí dentro de ella, sin sacársela, esperando a que el cuerpo le pidiera más, porque un solo orgasmo no iba a saciarme y ella todavía tenía días enteros de fingir por delante.


La hice sentarse a caballo sobre mí en el banco de piedra, el agua lamiéndonos las pantorrillas, mi polla todavía dura clavada en su coño. Irene se apoyó en mi pecho con las palmas y empezó a moverse, subiendo y bajando con esa energía profesional que usa para arrastrar a una grada. Las caderas le dibujaban un círculo que me hacía ver puntos blancos. El pelo se le había pegado a la frente. Los pechos le rebotaban cerca de mi boca y se los chupé, uno y otro, hasta dejarle los pezones oscuros y sensibles.

«Apriétame el cuello», dijo de pronto, y la frase le salió baja, casi privada. «Hazlo. Lo pido yo. Quiero sentirte ahí.»

Le puse la mano derecha alrededor de la garganta, el pulgar sobre un lado, los dedos sobre el otro, sin cerrar del todo. Esperé a que asintiera con los ojos, y entonces apreté lo justo para que el aire se le volviera un privilegio. Irene gimió contra mi palma y cabalgó más fuerte, el coño tragándome hasta el fondo en cada bajada. El poder estaba en esa presión y en que ella la hubiera pedido: yo podía quitarle el aliento y devolvérselo, y cada vez que se lo devolvía ella estaba un poco más cerca de correrse. La segunda oleada le llegó con la boca abierta y sin sonido, el cuerpo entero en un arco, y yo bebí ese orgasmo entero, denso, con un dejo de miedo que a los dos nos gustaba.

Aflojé los dedos. El aire le entró de golpe y se le escapó en un sollozo que ella intentó convertir en risa y no consiguió. Seguí apretándole el cuello a intervalos, porque ella empujaba mi mano cuando la soltaba, pidiendo otra vez esa frontera. El tercer orgasmo le desordenó la cara. Ya no había coreografía. Solo el golpe húmedo de su coño contra mi pelvis y el temblor de sus muslos.

«Otra», le dije al oído. «Dame otra y deja de sonreír si no te sale.»

Irene negó con la cabeza, no para negarme el sexo, sino para negar el permiso de dejar de actuar, y aun así su cuerpo me lo dio: se corrió otra vez, más largo, más feo, con un quejido que le nació en el pecho y le salió por la boca entreabierta. Yo sentí cómo su energía, la misma que usa para grabar y para animar, se me metía por la polla y me llenaba la boca del estómago. Cada orgasmo era un día menos de fingir. Ella lo sabía. Yo también.


La bajé al agua hasta tenerla de pie, de espaldas a mí, las manos en el borde del estanque, y la follé así un rato, hondo y lento, solo para no dejar que el silencio se instalara demasiado pronto. Irene lloraba. No era un llanto de rechazo. Era el llanto de alguien a quien le quitan el truco y descubre que debajo había cansancio de verdad. Las lágrimas se le mezclaban con el vapor y le corrían hasta los pechos. Yo le besé el hombro y le sujeté la cadera, sin dejar de entrar y salir de su coño, y esperé a que hablara ella.

«Para», dijo, y yo paré dentro, duro, palpitándole contra el fondo. «No... no pares del todo. Para de esperar que te elogie. Ya no voy a decirte lo bien que lo haces. Ya no hay público. Vacíame. Vacíame sin broma.»

Esa fue la frase que yo había venido a oír. Le di la vuelta y la alcé un poco para que me mirara a la cara. Vi a Irene Kwon sin el volumen, sin la risa apilada, con los ojos hinchados y la boca temblando. Tenía veinte años y llevaba demasiado tiempo sosteniéndose con un truco aprendido en el instituto. Si seguía actuando, yo no me saciaba y ella no descansaba. Si dejaba de actuar, se quedaba sin la armadura. Había elegido quedarse sin armadura.

«Consiento», añadió, y la voz le salió ronca. «Otra ronda. Quiero que me dejes hueca. Lo pido. Lo quiero aunque me asuste.»

Le sequé una lágrima con el pulgar y se lo metí en la boca. Chupó. Asintió otra vez, más claro. El consentimiento no era un papel. Era esa mirada rota y decidida. Yo la besé con la sal de sus propias lágrimas entre los labios y volví a hundirme en ella, esta vez sin ofrecerle un escenario donde esconderse.


La recosté otra vez en el mármol, más adentro de la sala, donde el vapor era más espeso y el estanque nos quedaba a un paso. Le abrí las piernas, se las puse sobre mis hombros y la follé con todo el peso, la polla entera, el roce del pubis contra su clítoris en cada embestida. Irene ya no sonreía. Gritaba cuando le daba en el sitio, lloraba cuando el orgasmo se le acercaba, y entre una cosa y otra me pedía más con las uñas en mis omóplatos. Le volví a poner la mano en el cuello porque ella guiaba mi palma hacia allí, y apreté al ritmo de las embestidas, soltando cuando el color se le subía demasiado, volviendo cuando ella asentía contra mis dedos.

Se corrió con un sollozo que le sacudió el pecho entero. El coño se le cerró alrededor de mí en oleadas tan fuertes que me costó no correrme todavía. Bebí ese orgasmo como se bebe agua después de cruzar un desierto, y sentí cómo se le iba de las venas la energía de varios días: la de los ensayos, la de las grabaciones, la de sonreír cuando el cuerpo pide una cama. Irene jadeó y no reconstruyó la cara. Me miró con una honestidad que le debía doler.

«Otra», susurró. «Hasta que no me quede nada que fingir.»

Se la di. La saqué al borde del clímax y la volví a meter. La hice correrse con los dedos en el clítoris y la polla clavada. La hice correrse otra vez con la mano en la garganta y la boca abierta contra mi hombro. Cada vez que se corría yo me alimentaba, y el hambre del íncubo se iba cerrando como una herida. Cuando por fin me corrí yo, lo hice hondo, llenándole el coño de semen caliente mientras ella temblaba en un último orgasmo que ya no tuvo sonrisa ninguna. Se le escapó un llanto limpio. Se le aflojaron los muslos. La dejé recostada, mi polla saliendo de ella con un hilo blanco que el vapor no disimulaba, y me quedé un rato con la frente contra la suya, respirando el mismo aire húmedo.

«Ya está», le dije. «Te he vaciado. Descansa de verdad.»

Irene asintió sin inventar una respuesta. Por primera vez desde que la conocía en sueños, no tenía nada que venderle a nadie. Amanecía hueca y honesta, y el precio estaba a la vista: varios días de fuerza pagados, y la imposibilidad de volver a fingir que no estaba cansada. Al equipo, al club, a la cámara, no les iba a poder dar esa versión brillante, no al menos esta mañana.


Me vestí de ausencia antes de que el primer gato cruzara el Albayzín. El cuerpo se me volvió vapor otra vez, pero me detuve en el umbral lo bastante para verla. Irene seguía en el borde del estanque, desnuda, con el semen secándosele en el muslo y las marcas de mis dedos aún rosadas en el cuello, sin sangre, sin daño, solo el recuerdo de lo que ella había pedido. Se pasó la mano por la cara y no sonrió. Escuchó algo que yo también oí, aunque Granada no tiene mar: un rumor de agua salada, lejos, con voz propia, como si la sed que yo le había dejado abierta llamara a otra cosa más grande.

Cada amante deja una marca que el siguiente lee, y la mía no cicatrizaría del todo. El olor de lo que nos habíamos hecho se le quedaría en la piel, y esa sed iba a crecer hasta volverse llamada. Yo ya no estaba cuando ella se puso de pie, inestable, y miró hacia ninguna costa. Si baja al mar, lo que empiece no será un encuentro. Será un cambio de cuerpo. Yo me fui con el estómago lleno y con esa certeza abriéndose como una puerta al fondo de su pecho, y el otoño de Granada siguió oliendo a piedra mojada mientras ella, por fin sin público, se quedaba a solas con la marea que no debería existir.