
Irene en la gruta de las sirenas
Relato eróticoFantasía12 min de lectura
Un relato de Irene Kwon
Irene Kwon, 20 años, entra sola al amanecer en una gruta de una cala cerrada de Cádiz. Marín, sireno adulto, la espera. Ella se acuesta con él en el agua sabiendo que el acto le cambia el cuerpo.
La cala permanece fuera de las guías y del rumor de Cádiz, un recorte de piedra y agua que el otoño deja más limpio y más frío, y el amanecer apenas rasga la boca de la gruta con una franja oblicua que muere antes de tocar el fondo. Llevo esperando el cambio de la marea con el cuerpo ya hecho de hombre, las piernas firmes contra la losa sumergida, porque lo que va a ocurrir no admite cola ni escamas mientras dure. Irene Kwon tiene veinte años y baja descalza por las rocas con esa energía que no pide permiso, la misma que en otra vida llenaba gradas y ahora ha seguido una llamada hasta aquí, después de oír el mar donde no estaba. La ropa queda sobre una piedra plana, el jersey, el pantalón, las bragas dobladas al final, y el viento le pega el pelo negro a la nuca, donde una mordedura antigua no ha querido cerrar del todo.
Salgo hasta la orilla con el agua escurriéndome por el pecho y por el vientre, y no hay un paso atrás. Me mira de frente, con una sonrisa que ya está a medio camino de la broma, y suelta el nombre como si lo hubiera sabido siempre. «Marín, vaya manera de esperar escondido». La voz le sale alta, clara, y el eco de la gruta se la devuelve un segundo más tarde. Sé lo que el agua y yo vamos a pedirle si sigue. El club, los vídeos y Seúl siguen en tierra. El mar no. Si completa el acto, una parte no vuelve a las gradas.
La tomo por la cintura y la piedra le queda fría en los talones. El pecho se le acelera contra el mío y las tetas, pequeñas y tensas por el frío, se me pegan a la piel todavía salada. La beso con la boca abierta y Irene responde con lengua y con dientes, sin pedir que vaya despacio, y la polla se me pone dura contra el vientre desnudo, rozándole el vello húmedo. «Qué calor das para haber salido del agua», dice contra los labios, y la frase le sale encima de otra, como si las dos cupieran a la vez. «A ver si de verdad puedes conmigo, que vienes muy seguro». Me mete la mano entre los dos y me cierra los dedos alrededor de la polla, apretando con una gana que no finge, y yo le bajo la otra mano al coño y encuentro el pliegue ya resbaladizo, caliente, abierto a dos dedos que entran sin esfuerzo.
La tumbo sobre la arena húmeda de la orilla, donde la ola llega y se retira dejándonos el muslo cubierto un instante, y Irene abre las piernas con una decisión que me deja dentro del pecho un golpe sordo. No hay cola. No hay escamas. Tengo piernas de hombre y rodillas clavadas en la arena, y la polla se me apoya entera en la raja mojada mientras la miro a la cara para ver si hay duda. No la hay. Me coge de la nuca y me baja, y cuando empujo de una vez el coño me traga hasta el fondo, caliente y estrecho, y un gemido le sale de la garganta mezclado con una risa breve que se le rompe al notar cómo la lleno.
La follo despacio al principio, para sentir cada centímetro, y el agua nos lame los tobillos con un vaivén que marca el ritmo mejor que yo. Irene se mueve al encuentro, levantando el culo de la arena para que la polla le dé más hondo, y las uñas se le clavan en los hombros con una fuerza que pide más y no menos. «Así, joder, más fuerte», dice, y la voz le sube porque el silencio de la gruta amenaza con volverse íntimo de verdad. Le cojo las muñecas y se las pego a la piedra por encima de la cabeza, y el desequilibrio de fuerza queda a la vista, mi peso sobre el suyo, y aun así es Irene quien cierra las piernas alrededor de mi cintura para que no pueda salir. La polla le entra y le sale brillante de su propio jugo, y cada vez que llego al fondo el clítoris se le aplasta contra el hueso y un temblor le recorre los muslos.
Le suelto una muñeca para bajarle la mano al cuello. Los dedos le cierran la garganta lo justo, no para hacer daño, para que el aire le llegue más estrecho y el coño se le apriete alrededor de la polla como una boca. Irene asiente con los ojos muy abiertos, pidiendo que no quite esa presión, y follo más hondo mientras el sonido de su respiración se vuelve corto y húmedo. El poder está en mi mano y en el mar que tenemos a un palmo, y lo quiere, se nota en cómo empuja el cuello contra la palma en vez de apartarla. Cuando aflojo un segundo para que coja aire, inspira con avidez y dice, todavía sin voz del todo, que otra vez. Se lo doy. La polla se me pone más dura dentro de ese apretón, y el agua fría que nos sube por los muslos contrasta con el calor del coño de una manera que me deja al borde demasiado pronto.
La saco de debajo y nos sentamos contra la pared de la gruta, donde una cornisa queda fuera del alcance de la ola. El pecho le sube y le baja y el cuello tiene la marca rosada de mis dedos, nada que rompa, solo el recuerdo de haber pedido menos aire. Le paso el dorso de la mano por la mejilla y Irene se ríe, baja, como si el silencio le pesara, y entonces habla por encima de sí misma para no dejarme espacio. «Qué bien me has tenido, qué hondo llegas, qué poco te ha costado dejarme sin frase». Cada alabanza se le apila encima de la anterior hasta volverse un reto, y al final rompe ella misma la frase con una risa para que nadie tenga que quedarse sentado en lo que acaba de decir.
Le pregunto si sabe lo que el agua hace cuando se mezcla conmigo, y asiente sin adornos, mirándome a la boca. «Lo sé. Por eso he dejado la ropa fuera». Hay una ternura rara en esa frase, una vulnerabilidad que no encaja con el brillo de quien recluta a un público, y me agacho a besarle el hueco del cuello, justo donde la mordedura vieja sigue oscura. El olor que llamó a otros ya no llama. Llama al mar. Irene me coge el pelo y me baja la cabeza hacia las tetas, y le chupo un pezón hasta dejarlo duro y salado, mientras la otra mano le vuelve al coño y le recorre el clítoris con dos dedos lentos, solo para oírla perder el hilo otra vez.
Se pone de rodillas en la losa sin que se lo pida. Me toma la polla con las dos manos, todavía brillante de su coño, y se la mete en la boca hasta que la nariz le toca el vientre. El calor de esa garganta es distinto, más estrecho, y cuando empujo un poco más Irene no retrocede, abre, y la polla le entra entera mientras los ojos se le humedecen. Le sujeto la cabeza, no para forzar, para marcar el ritmo, y el aire le falta cada vez que la dejo a fondo. Es otro modo de quitarle el aliento, y lo pide con las uñas en mis muslos, sin apartarse. La saliva le baja por la barbilla y se le mezcla con el agua de la orilla, y cuando la retiro un instante para que respire, inspira hondo y vuelve a bajar sola, chupando con una gana sucia que me arranca un sonido que la gruta agranda. Me corro casi, y salgo de su boca porque no quiero terminar ahí. Irene se limpia el labio con el dorso y me mira desde abajo, con las rodillas marcadas por la piedra, y no hay nada en esa mirada que pida que pare.
La cojo en brazos y entro en el agua hasta la cintura, todavía con piernas, todavía con el cuerpo entero de un hombre, y el frío le sube por la espalda y le pone la piel de gallina. La gruta se cierra sobre nosotros, más oscura, y el techo gotea en una nota constante que tapa el rompiente de fuera. Irene se me engancha al cuello y envuelve las piernas en mi cintura, y la polla, que no se me ha bajado, encuentra otra vez el coño y se desliza dentro con el agua haciendo de todo más resbaladizo y más extraño. La follo de pie, sujeto el culo con las dos manos, y cada embestida le saca un sonido corto que el eco devuelve más grave.
«Si te llevo abajo, puedes subir cuando quieras», le digo contra la sien, y la frase me sale baja porque aquí el poder cambia de lado del todo, el mar es mío y el aire es suyo, y aun así me está pidiendo con las caderas que no la deje en la orilla. Asiente. Me besa con la boca abierta y el sabor de mi polla todavía en la lengua. Respiro hondo y la bajo conmigo, un metro, dos, hasta que la luz de la boca de la gruta se vuelve un óvalo lejano y el silencio del agua nos tapa los oídos.
Abajo la follo con el mismo cuerpo, las mismas rodillas abiertas contra el fondo de arena, y Irene cierra la boca por instinto los primeros segundos, las mejillas hinchadas, los ojos muy abiertos. Le sujeto la nuca y no la dejo subir, no con violencia, con esa firmeza que hemos ensayado en la orilla con la mano en la garganta, y el pecho le da un vuelco de pánico que dura apenas un latido. Entonces el mar le entra. No como un ahogo. Como un cambio. Las agallas que aún no se le ven empiezan a trabajar en los costados, y el pecho se le abre a un aire que no es aire. Me mira a través del agua verde y no empuja hacia arriba. Podría. La suelto lo bastante para que se vea que hay camino hacia la superficie, y Irene, en vez de tomarlo, me cierra las piernas con más fuerza y mueve el coño contra la polla para que siga follándola ahí abajo.
Ese es el momento en que el acto deja de ser un juego de orilla. Sigo teniendo piernas, polla, manos, nada de cola, y la empujo contra una pared de piedra pulida por siglos de marea, y el coño me la aprieta con una fuerza nueva, como si el cuerpo ya no estuviera solo hecho para el aire. Las tetas le flotan hacia arriba, el pelo le forma una nube negra, y cada vez que la polla le da hasta el fondo una burbuja le escapa de la boca, última costumbre de quien respiraba de otra manera. Le cojo la cara con las dos manos y follo más despacio para sentirla entera, para verle los ojos cuando entiende que puede quedarse. No hay duda. Hay hambre. Irene me clava las uñas en los riñones y me pide, sin voz, que no pare, y el poder que tengo aquí abajo, el de devolverla al aire o no, se lo entrego otra vez a su decisión. Se queda.
El agua y yo le vamos cambiando los costados mientras la follo. Una rugosidad baja, casi invisible, le nace bajo las costillas, escamas aún blandas que el roce de mis palmas nota antes que la vista. El semen que voy a dejarle dentro hará el resto, eso lo sé, y aun así no retiro la polla. La mano vuelve a su cuello, ahora innecesaria para el aire y necesaria para el juego, y le aprieto con el pulgar en la arteria mientras la embisto más hondo, y Irene arquea la espalda y se corre bajo el agua con el coño palpitándome en oleadas, la boca abierta en un grito que no suena, el cuerpo entero entregado a un orgasmo que le dura más que en la orilla porque aquí el tiempo se estira. La sigo follando a través de ese temblor, sin darle tregua, y el segundo orgasmo le llega encima del primero, más sucio, más desordenado, y las piernas se le aflojan alrededor de mi cintura.
Entonces me corro yo. La polla se me hincha y el semen le sale a chorros dentro del coño, caliente contra el frío del agua, y lo siento quedarse, espeso, mezclándose con lo que el mar ya le está haciendo a la sangre. Sigo empujando hasta vaciarme del todo, hasta que las caderas me duelen y la boca se me abre contra su hombro. Irene me sujeta la cabeza y no me deja salir, y el semen le resbala un hilo hacia el muslo y se pierde en el verde, y los costados se le acaban de marcar con esa línea baja de escamas que ya no es promesa, es hecho. El pico nos deja temblando contra la piedra, y el después llega lento, la polla ablandándoseme dentro, las manos recorriéndole la espalda, la frente contra la frente a través del agua que ahora los dos respiramos.
Subimos cuando el cuerpo me lo pide a mí, no a Irene, que se habría quedado. En la superficie la luz de la mañana ya es otra, más alta, y toso el agua de más que aún no me corresponde, porque este pecho sigue siendo de hombre solo mientras el acto dura. La siento contra mí, con las escamas recién nacidas brillándole bajo las costillas cuando el sol las alcanza, y le beso la boca con un sabor a sal y a semen que no se lava. Hay un rato en que no follamos, un rato de palmas en la cara y de respirar el aire viejo como quien visita un idioma. Irene no dice que está cansada. No dice que esto era un papel. Se ríe contra mi cuello y habla en ráfagas que se pisan, alabando lo hondo, lo frío, lo de no haberme escapado hacia arriba, y otra vez convierte el elogio en un desafío que rompe ella misma antes de que se asiente.
Solo cuando hemos terminado del todo, cuando la polla se me ha salido y el temblor se nos ha ido de las piernas, el cuerpo me reclama su otra forma. Las rodillas se me funden, las escamas me suben desde los muslos, y la cola, larga y oscura, me devuelve al agua con un golpe suave. Irene me mira desde la cornisa, sentada, con los costados ya no del todo humanos, y no pide que me quede. Me alejo hacia el fondo porque el acto está cerrado y la cala no me guarda de día. La última imagen que me llevo es la de esa muchacha de Seúl tocándose las escamas nuevas con una curiosidad que no es miedo.
Horas después, cuando el sol ya ha subido del todo y la cala humana de más allá de las rocas empieza a tener una pareja lejana y un hombre que fuma sentado, Irene sale del agua a medias. Camina con las piernas todavía suyas y con esa línea baja de escamas que el bañador, si lo llevara, no taparía del todo. La mordedura del cuello por fin está quieta, sin olor que llame a nadie que no sea la marea. La veo desde donde ya no puedo tocar, y entiendo el precio con una claridad que no tenía al amanecer. Ha pagado con la posibilidad de una vida solo de gradas. El mar la reclamará en cada marea y ya no puede fingir que solo actuaba. No hay un quinto amante. Hay mareas contra partidos y un vestuario que ya no le basta.