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Zara Malik

Zara en el club privado

Cuento eróticoBDSM12 min de lectura

Un relato de Zara Malik

Zara Malik, 22, deja que Mateo Vargas, 39, la lleve de noche a un club privado de Madrid para adultos, según la cláusula que faltaba. Socios adultos miran. Ella elige que la vean y que no la toque nadie más.

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El club no tiene nombre en la calle; existe únicamente como un sótano de Madrid, en una noche de invierno en la que el abrigo de Zara Malik pesa más que la tela y el aire del barrio de Salamanca se pega a los cristales. Yo soy Mateo Vargas, treinta y nueve años, su marido según un contrato que ella firmó con los ojos abiertos, y ella tiene veintidós. La cláusula que no habíamos ejecutado era esta sala, estos socios adultos y esta regla de que la miraran sin que ella posara.

Zara camina delante de mí por el pasillo estrecho y no pregunta si hay cámaras, porque ya lo sabe; lo que todavía ignora es qué se siente al ser vista cuando deja de dirigir la luz. El tacón suena seco contra el cemento pintado, un ritmo corto que yo reconozco de otras noches en las que no había público, y yo observo la línea de su nuca, el pelo recogido a medias y el modo en que el abrigo le marca los hombros como si aún estuviera frente a un plató. Ella no se gira; respira por la nariz, despacio, y yo veo el vapor mínimo de su aliento cuando pasamos bajo una bombilla desnuda.

La sala huele a madera y a alcohol caro. Unas veinte personas, hombres y mujeres, ocupan sofás bajos y nadie alza la voz, de manera que el silencio tiene el peso de quienes han pagado por no interrumpir. Zara se quita el abrigo y debajo aparece un vestido corto negro que no pertenece a ninguna campaña, un corte que deja ver el grosor de los muslos y la curva de las caderas con esa mezcla de glamour antiguo y herencia que ella no disfraza. La tela se le pega un segundo a la piel por el calor del sótano y después cae con lentitud. Yo le pongo la mano en la nuca. Ella se arrodilla porque yo se lo pido y porque ella quiere que se lo pida. Los dedos se me hunden un poco en el pelo de la nuca; ella traga saliva y baja, las rodillas juntas primero, después abiertas lo justo para no caer.

«Gatea hasta el banco», le digo, y mi voz no sube. Ella me mira una vez, con esa chispa breve que usa cuando prefiere pinchar un hecho antes que entregarlo, y luego apoya las palmas en el suelo. Al inclinarse, el vestido sube y el culo queda a la vista de toda la sala. Entre las piernas se le ve la braga negra, ya húmeda, y yo no le doy tiempo a acomodarse. Me agacho detrás de ella y le bajo la braga hasta los muslos. Entonces le meto dos dedos en el coño de un solo golpe. Está caliente y abierta; un hombre a la izquierda inhala, pero Zara no gira la cabeza. Gatea de todos modos, con mis dedos dentro, y cada movimiento la empapa más contra mi mano. La sala entera oye el sonido húmedo. Yo le abro los labios con los dedos y le froto el clítoris con el pulgar mientras ella avanza, y ella se muerde el labio inferior para no gemir todavía. Quiero que gima. Quiero que lo haga cuando yo decida. El suelo le enfría las palmas. Siento el pulso de ella contra los nudillos, rápido, y el calor que se le concentra donde yo la toco. Ella avanza otro palmo, las rodillas rozando, y yo le sigo el ritmo para que no pueda huir del contacto ni convertirlo en pose.


El banco está en el centro, de cuero oscuro, con argollas en los laterales. Zara llega de rodillas y se queda así, con las palmas en el asiento, esperando. El cuero le pinta una raya fría en las muñecas. Yo le subo el vestido hasta la cintura y se lo dejo ahí, convertido en un trapo inútil. Le ato las muñecas a las argollas con correas de cuero que ya conocen otras noches ajenas. Le ato también los tobillos, separados, de modo que el coño queda expuesto hacia la sala y ella no puede cerrar las piernas aunque quiera. No quiere. Lo sé porque cuando le paso la palma por la raja, empuja hacia atrás contra mi mano como si el público no existiera. La piel de la cara interna de los muslos le tiembla. Yo dejo la mano ahí un segundo más, sin entrar, solo midiendo lo mojada que está, y ella aprieta los dientes.

«Te van a ver correrte», le digo al oído. «Nadie te va a tocar. Eso es mío.» Ella asiente con la frente contra el cuero. Le doy la primera palmada en el culo, plana y sonora, y la carne tiembla. Le doy otra. La tercera deja la piel rosada. Zara suelta un sonido bajo, no de dolor, sino de esa vergüenza que ella misma pidió. Sigo. La azoto con la mano abierta hasta que ambos lados arden y ella mueve las caderas sin poder ir a ningún sitio. Entre azote y azote le meto los dedos otra vez, tres ahora, y el coño se le aprieta alrededor como si quisiera quedárselos. La sala no aplaude. La sala mira. Un vaso choca contra una mesita. Yo le doy en la cara interna del muslo, cerca de la humedad, y ella jadea mi nombre. No dice por favor. Todavía no. Le aparto el pelo de la cara para que no pueda esconderse y le dejo la mejilla contra el banco, vuelta hacia mí, no hacia ellos. El rubor le sube hasta las orejas. Yo veo una gota de sudor en la sien y se la limpio con el pulgar, lento, para que sepa que la estoy viendo yo, no ellos.

«Mírame a mí», le digo. «Si miras a otro, paro.» Ella abre los ojos y me busca. Están brillantes. Le doy dos azotes más, más duros, y el sonido llena el sótano. Después le acaricio el culo enrojecido con la palma, lento, y ella tiembla de otra manera. Me bajo la cremallera del pantalón. Mi polla sale pesada, ya dura de verla atada y abierta. Se la paso por la mejilla. Zara abre la boca antes de que se lo pida. La lengua le toca primero el glande, caliente, y yo siento el aliento de ella contra la piel, corto, como si estuviera contando hasta poder tragar.


Le meto la polla en la boca de un empujón medido, no hasta el fondo todavía, y ella la recibe con la lengua plana, saliva ya de más. La sala ve el perfil de su cara, el labio estirado, la manera en que las mejillas se le hunden cuando succiona. Yo le sujeto la cabeza con las dos manos y empiezo a follarle la boca con ritmo corto. Ella babea. Un hilo le cae hasta el cuello y se le pierde entre los pechos, todavía vestidos. Le bajo el escote con un tirón y le saco las tetas, pesadas, los pezones ya duros. Un socio de la segunda fila se inclina. Zara no lo mira. Me mira a mí por encima de la polla, los ojos entrecerrados, y eso me pone más duro que el resto de la habitación junta. Yo le acaricio la mejilla con el pulgar mientras empujo, un gesto casi doméstico en medio de lo otro, y ella cierra un instante los ojos de gusto, no de huida.

«Más», murmuro, y empujo hasta que siento la garganta. Ella se atraganta un segundo y después se abre, profesional de otra cosa ahora, y yo le follo la boca de verdad, hondo, saliendo hasta el glande para que respire y volviendo a entrar. La saliva le empapa el mentón. Le aprieto un pezón entre los dedos mientras le uso la boca y ella gime alrededor de la polla, un sonido ahogado que la sala oye entero. Me corro casi. No lo hago. Se la saco de los labios con un hilo brillante entre ella y yo, y le doy una palmada suave en la cara, no para herirla, para recordarle quién manda esta noche. Ella lame lo que le queda en la comisura y espera. Las muñecas tiran de las correas. El coño se le ve palpitando, abierto, brillante hasta el perineo. Yo le paso dos dedos otra vez, solo para comprobar, y ella empuja contra ellos con un quejido bajo que no llega a ser palabra.

«Dilo», le pido. Zara traga saliva y habla contra el cuero, la voz baja y clara.

«Quiero que me folles aquí. Quiero que me vean cuando te corras dentro.»

No es un ruego bonito. Es una decisión. Yo me pongo detrás de ella, le abro los labios del coño con los pulgares y le apoyo la polla en la entrada, sin entrar todavía, solo frotando el glande contra el clítoris hasta que las caderas le tiemblan atadas. Alguien en un sofá dice su nombre de pila, no el de la campaña, y yo no contesto. Entro de un golpe. Ella suelta el aire de golpe, un sonido abierto, y yo me quedo un segundo hondo para que sienta el lleno antes del movimiento.


El coño de Zara me traga hasta el fondo y se me aprieta con una fuerza que me deja sin aire. La follo así, hondo, con las manos en las caderas enrojecidas, y cada embestida hace que las argollas suenen. Ella no posa. El cuerpo se le mueve porque yo lo muevo, las tetas golpeando el borde del banco, la boca abierta contra el cuero. La sala tiene el privilegio de verle el coño empalado, el culo marcado, la cara vuelta hacia mí. Yo le sujeto el pelo y le levanto la cabeza para que no cierre los ojos. El cuello se le tensa. Yo veo el pulso en la garganta y lo beso una vez, rápido, sin soltar el ritmo.

«Aquí», le digo. «Conmigo.» Empujo más fuerte. El sonido es obsceno, piel y humedad y el golpe de mis caderas contra las suyas. Le meto un pulgar en el culo, solo la yema, y ella se corre casi al instante, el coño exprimiendo mi polla en oleadas, un gemido largo que no disimula. No mira a los que miran. Me mira a mí mientras se corre atada, los ojos húmedos, la boca diciendo mi nombre como si fuera la única palabra que le queda. Yo no paro. Sigo follándola mientras se corre, más lento ahora, más hondo, y ella llora un poco sin pedir que pare. Le acaricio la espalda con la mano libre. Tiene la piel caliente, sudada en la línea de la columna, y yo le hablo bajo, solo para ella, para que el sótano no se lo lleve.

«Otra», le digo. No es una orden cruel. Es lo que ambos hemos venido a hacer. Le froto el clítoris con los dedos mientras la penetro y el segundo orgasmo le llega más sucio, más largo, las piernas temblando contra las correas, el coño chorreando por los muslos. Un hombre aplaude una sola vez y se calla. Yo siento que se me sube. Le aviso. Zara empuja hacia atrás todo lo que las ataduras le permiten y yo me corro dentro de ella, hondo, a sacudidas, llenándola mientras la sala ve cómo se me sale el semen por los bordes cuando sigo metido. Me quedo así un rato, palpitando, con la frente contra su espalda. Ella respira como si hubiera corrido. Le desato primero los tobillos, después las muñecas, y le masajeo los surcos del cuero con los pulgares. No hay sangre. No hay rotura. Hay una mujer de veintidós años que acaba de correrse delante de extraños adultos y que todavía no se ha puesto de pie. Le beso el hombro, por encima del vestido arrugado, y ella cierra los ojos un segundo como quien acepta el peso de haber sido vista.


La ayudo a sentarse en el borde del banco. El vestido le cuelga de la cintura. Le limpio el semen que le baja por el muslo con mi pañuelo y ella deja que lo haga, las piernas abiertas todavía, sin recogerse para nadie. El pañuelo se le pega un instante a la piel. Zara mira mis manos, no la sala. Un socio se acerca, un hombre de unos cincuenta, traje oscuro, la copa en la mano. No pide tocar. Se queda a dos metros, que es la distancia que yo permito.

«La conozco», dice, y no mira el coño. Mira la cara. «La campaña de invierno. La de las medias y el sofá rojo. Zara Malik.» Zara se queda quieta. Por un segundo veo en ella el cálculo de quien lleva un libro privado de quién trató su trabajo como broma y quién lo trató como oficio. No sonríe para él. No niega. Yo le subo el vestido, le acomodo las tetas dentro de la tela y le pongo el abrigo sobre los hombros como si el sótano pudiera volverse calle. El forro le toca la nuca. Ella se abrocha el primer botón ella misma, con dedos que aún le tiemblan.

«Se acaba la función», digo. El socio asiente y se retira. Zara se pone de pie con las piernas todavía inseguras y camina hacia el pasillo sin mirar atrás. En el vestíbulo, mientras se ajusta el abrigo que ya lleva puesto, me habla en un tono corto y claro, el de quien no va a endulzar el hecho.

«Ahora hay alguien del oficio que me ha visto sin luz. Eso no se deshace.» Yo no le ofrezco consuelo barato. Le tomo la cara con las dos manos y le beso la boca, despacio, con el gusto de ella y de mí todavía mezclado. Ella responde. Elige quedarse en el beso. Elige, otra vez, el contrato. El portero nos abre la puerta de hierro y el frío de Madrid nos da en la cara de golpe, limpio, distinto al calor de abajo.


Fuera nieva poco, una nieve sucia que no cuaja en el asfalto. El coche está a media manzana. Antes de abrir la puerta del copiloto saco la cámara que he llevado todas estas semanas y que me he negado a disparar mientras ella siguiera ofreciendo la cara como un decorado. Zara se detiene bajo la farola. No se coloca. No busca el ángulo. Me mira con los labios hinchados y el abrigo mal cerrado, y yo disparo una sola foto. El flash le deja la pupila abierta un instante. En la pantalla se la ve exactamente así: no posando, recién follada, casada, reconocible. Ella no pide verla. Asiente apenas, como quien firma otra cláusula sin papel.

En el coche ella se abrocha el cinturón y apoya la sien en el cristal. Madrid pasa en recortes de invierno. Yo conduzco en silencio hasta que ella habla, y lo hace sin teatro.

«La semana que viene hay pin-up. Sofá, medias, la misma mentira útil. No voy a hacerla como si esta noche no hubiera existido.» Yo asiento. La foto está en la cámara. El socio del club tiene boca. Zara Malik sigue casada bajo el contrato que ella no ha pedido romper. Lo que ha perdido no es el trabajo. Es la separación limpia entre la mujer que vende la mirada y la mujer a la que ya han visto sin que ella dirigiera nada. Apoyo la mano en su muslo, encima del abrigo, y ella no la quita. La campaña de la semana siguiente ya no puede hacerse como si la mirada fuera un decorado; la foto que le he hecho existe.