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Emma Grace

Emma en el camarote del crucero

Aventura eróticaVacaciones11 min de lectura

Un relato de Emma Grace

Emma embarca en un crucero que sale de Palma sin decir a dónde huye. En el bar de cubierta un pasajero no le pregunta nada de lo que lleva en la mano. Ella lo lleva al camarote antes de que el barco pierda de vista la costa.

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El sol de la tarde aún pegaba en la cubierta cuando Emma Grace se sentó a mi lado sin pedir permiso. El crucero no había largado amarras. Palma seguía ahí, blanca y perezosa al otro lado de la borda, y el aire olía a salitre mezclado con ginebra. Pedí un combinado fuerte. Emma pidió el mismo sin mirar la carta, con esa calma de quien no va a explicar el vestido negro ni el maquillaje pintado para una cámara que no existía. Tenía treinta y cuatro años y viajaba solo. El hielo tintineó en los dos vasos con un retraso idéntico y el camarero del bar de cubierta ni siquiera preguntó si íbamos juntos. El vestido le ceñía el pecho con una tela mate, de esas que no piden comentario, y el cuello se le veía tenso, como si hubiera ensayado aquella llegada. Emma bebió el primer trago dejando que el hielo diera vueltas contra el cristal. En la mano izquierda brillaba un anillo que no mencioné. La piedra cogía el sol de Palma y lo devolvía sin vanidad, como un detalle que Emma hubiera olvidado llevar puesto.

«El barco tarda», dijo, y dejó la frase completa, sin añadir nada que la volviera ordinaria.

«Mejor. Así da tiempo de beber».

Sonrió despacio, como si la respuesta le hubiera llegado con retraso y le gustara más por eso. Los dientes se le vieron un segundo, imperfectos, humanos, y luego la sonrisa se le quedó en los ojos, quieta. Bebimos la segunda copa. El alcohol me subió por el pecho con el calor de Mallorca. Emma tenía los labios de un rojo que no se movía y, cuando se pasó la lengua por el borde del vaso, supe que no estábamos hablando del puerto. Una pareja reía más allá de los taburetes. El motor vibraba bajo los pies sin decidirse. Emma dejó la copa a medio acabar, se levantó y me tocó la muñeca con dos dedos.

«Ven abajo. Antes de que se acabe la costa».

Los dos dedos pesaban más que una mano entera. La voz le había salido baja, casi una orden disfrazada de invitación, y no se apartó hasta que me puse en pie. La seguí por la escalera interior. El pasillo olía a moqueta nueva. Las luces del techo eran demasiado blancas para aquella hora y el vestido negro absorbía cada reflejo. Emma abrió el camarote con la tarjeta y Palma se veía todavía por el portillo, borrosa y cerca. El camarote olía a sábanas planchadas y a ese aire acondicionado que nunca acaba de convencer. Cerró la puerta con el pie y me besó con la boca tibia de ginebra, sin prisa y sin pedirme dulzura. El sabor a enebro se mezcló con el pintalabios y las uñas se le clavaron un instante en la nuca, midiendo. Las manos bajaron a mi cinturón. Me abrió el pantalón con la misma calma con la que había pedido la copa. El metal de la hebilla sonó contra la moqueta. Se arrodilló sobre la moqueta estrecha, me sacó la polla y me miró un segundo, eligiendo el momento. Entonces pasó la lengua desde la base hasta la punta y me envolvió la cabeza con aquellos labios pintados. El rojo se le corrió un poco enseguida. Sentí el frío que aún le quedaba del hielo y el calor de la boca. Emma chupó con ganas, hundiendo la cara, y un sonido húmedo llenó el camarote mientras el muelle seguía ahí fuera.


Emma no apartó la mirada mientras me la metía más adentro. La polla le llenaba la boca y las mejillas se le hundían. Los ojos se le humedecieron enseguida, no de llanto, sino de ese esfuerzo que Emma buscaba a propósito, y el rímel ya amenazaba con bajarle. Agarré el pelo, sujeto con una horquilla que saltó al suelo, y empujé un poco más. Emma gimió alrededor, un ruido de garganta, y se llevó una mano bajo el vestido. Las bragas se le adivinaban oscuras de lo mojada que estaba. Los dedos se le movían con torpeza, frotando por encima de la tela, y las rodillas se le abrieron un palmo sobre la moqueta para tener mejor ángulo. Escupí hacia abajo. La saliva le cayó en los labios ya brillantes y Emma la recogió con la lengua, mezclándola con lo que ya tenía, y volvió a tragarse la polla como si pidiera más suciedad. Follé aquella boca en tandas lentas, saliendo hasta que la punta le golpeaba el labio inferior, volviendo a entrar hasta donde Emma abría. El rímel empezó a apuntarle en las pestañas y no paró. Al contrario: abrió más, me agarró los muslos y se dejó usar con un hambre que no pedía permiso.

«Así», dijo cuando saqué la polla un segundo, con la voz ya ronca. «No me trates como si este vestido mereciera respeto».

Un hilo de saliva le unía el labio inferior a la punta y no lo limpió. Respiraba por la nariz, rápida, y el pecho se le alzaba contra el escote negro como si el traje le estorbara de verdad. Volví a metérsela. Emma se atragantó un instante y luego empujó la cabeza hacia adelante, pidiendo el fondo. La saliva le hilosaba la barbilla y le caía al escote. El camarote era tan estrecho que mis rodillas rozaban la litera. Cada vez que Emma tragaba alrededor, un ruido feo y húmedo llenaba el cubículo, y Palma seguía ahí, inútil, al otro lado del cristal. Emma se tocó el coño por encima de las bragas, con dos dedos torpes de alcohol y de ganas, y el sonido de su boca se volvió más profundo, más feo, más suyo. Le hablé bajo, sucio, diciéndole que aquella cara de película no le iba a servir de nada con la polla hasta la garganta. Emma gimió que sí, que siguiera, y el anillo le brilló un segundo cuando se agarró a mi cadera para no caerse.


La levanté antes de correrme. Emma se dejó caer de espaldas en la litera, se alzó el vestido hasta la cintura y se corrió las bragas a un lado con un gesto impaciente. El coño la tenía hinchado y brillante. Los labios se le veían oscuros, abiertos, y el vello le brillaba de humedad hasta el muslo. Me coloqué entre las piernas y la follé de una embestida, hasta el fondo, y Emma arqueó la espalda contra el colchón fino del camarote. Palma temblaba en el portillo. El calor de dentro era inmediato, apretado, y Emma soltó un aire por los dientes como si hubiera estado esperando exactamente aquello. La apreté contra la litera y la tomé con fuerza, sin buscar un ritmo amable, y Emma me clavó las uñas en los hombros y pidió más, más duro, que no la mirara como si fuera frágil. El vestido le quedó arrugado bajo las tetas. Cada vez que entré del todo, un gemido le salía ronco, de borracha y de alivio.

«En el suelo», dijo de pronto. «Quiero el suelo».

La bajé a la moqueta. Emma se puso a cuatro patas junto a la litera, el vestido todavía puesto, las bragas colgándole de un tobillo, y me ofreció el coño con la cara apoyada en el antebrazo. El culo se le veía blanco contra el negro de la tela y las rodillas le temblaban un poco, de alcohol o de ganas, o de las dos cosas. La follé así, agarrándola de la cintura, y el golpe de las caderas sonaba bajo y obsceno en aquel cubículo. Emma se corrió primero, con un temblor largo que le recorrió los muslos, apretándome por dentro de una manera que me sacó el aire. Un gemido le nació en la garganta y se le quedó a medias, ahogado contra el antebrazo, y las uñas se le clavaron en la moqueta. Seguí. Cuando ya no pude más, la giré, me arrodillé sobre su pecho y me corrí en la cara. La leche le saltó en la boca abierta, en el rímel, en ese rojo que ya no era un dibujo. Emma la recibió con los ojos entornados, se pasó la lengua por los labios y se rio bajito, cansada y satisfecha, mientras el barco daba por fin el primer tirón y Palma empezaba a alejarse de verdad.


La noche siguiente el mar ya no tenía costa. Bebimos en el bar de popa hasta que las copas nos pesaron en la lengua. Emma llevaba el mismo vestido, el maquillaje rehecho con esa precisión que no iba a explicar, y el anillo seguía en su sitio. No hablamos de tierra. El pintalabios era el mismo rojo inmóvil y, debajo, se le adivinaba aún una sombra del día anterior, un morado mínimo en la comisura que Emma no había tapado del todo. Emma se reía tarde, con esa pausa que convertía cada frase en una espera, y yo le servía más ginebra porque los dos lo estábamos eligiendo. Bajamos a la discoteca cuando el pasillo ya olía a cierre. El local estaba vacío. Las luces de colores giraban sobre una pista sin nadie y el bajo latía contra las paredes como un corazón tonto. Emma dejó el bolso en una mesa alta, bebió de mi vaso y me miró de otra manera, sin aquel retraso elegante.

«Basta de provocar», dijo, y la voz le salió clara, sin juego. «Rómpeme el maquillaje, Tomás. Úsame en este suelo. Quiero que este disfraz no sirva para nada».

La agarré por la nuca y la besé con dientes. Escupí en su boca y Emma lo tragó. Un sonido breve le salió de la garganta, de asentimiento, y las manos se le fueron a mi cinturón otra vez, menos calmas que en el camarote. La arrodillé en medio de la pista, bajo aquella luz estúpida, y le metí la polla hasta la garganta de un golpe. Emma abrió, tosió, y volvió a abrirse. Follé aquella garganta con las dos manos en su pelo, sin cuidado de peinado, y el rímel le bajó en dos líneas negras enseguida. Emma se agarró a mis muslos y se dejó empuje tras empuje, babeando, con el vestido negro ya torcido. El alcohol nos hacía más torpes y más sinceros. Le dije que parecía una puta cara de revista arrodillada en una discoteca vacía, y Emma gimió alrededor de la polla, mojada, pidiendo que no parara.


La tumbé en el suelo de la pista. El linóleo le pegó en la espalda desnuda cuando le subí el vestido y le bajé las bragas de un tirón. Emma abrió las piernas sin teatralidad, el coño reluciente bajo las luces de colores, y me guio con una mano hasta meterse. La follé contra el suelo, con las rodillas doliéndome, y Emma se corría la cara contra mi cuello para no gritar demasiado. Cada embestida le deshacía un poco más el maquillaje. El rojo ya era una mancha. El polvo de las mejillas se le había ido. Las luces le pintaban el pecho de verde y de rojo a ratos, ridículas, y Emma no apartaba la cara. Emma me miró entonces, sucia de verdad, y me pidió que le hablara peor, que le recordara que el disfraz estaba acabado. Se lo dije. Que aquel glamour no le cubría el coño. Que la estaba usando en el suelo de un barco porque lo había pedido con todas las letras. Emma se corrió apretándome, con un sollozo que no era tristeza, y me mordió el hombro para no decir mi nombre otra vez.

Nos levantamos tambaleándonos. Emma no se arregló. El vestido le colgaba mal y las bragas se las metió en el bolso. Subimos a la cubierta cerrada, esa galería de cristales donde el mar negro pasaba a un palmo y nadie se asomaba a aquellas horas. El pasillo olía a cera y a sal y el bajo de la discoteca aún se oía lejos, como un rumor tonto. Emma se apoyó en la barandilla interior, de espaldas al pasillo, y me alzó el vestido otra vez.

«Aquí. De pie. Que se vea lo que queda de mí».


La entré de pie, contra el metal de la barandilla, con una pierna de Emma enganchada a mi cadera. El cristal nos devolvía una imagen borrosa: el vestido subido, el culo blanco, yo follándola con el pantalón a medio bajar. Emma gemía hacia el mar, la cara ya hecha un desastre, y me pedía la boca. Se la di a ratos, sacándola, metiéndosela otra vez en los labios para que chupara lo que llevábamos encima. El sabor era a ginebra y a ella y a lo de la pista, y Emma chupaba sin vergüenza, con los ojos entornados hacia el cristal. El alcohol nos mantenía en ese filo en el que todo parece permitido. Le corrí una mano al cuello, sin apretar de verdad, y Emma asintió, pidiendo que la ensuciara otra vez. Me corrí primero en su boca. Emma se quedó con la leche en la lengua, se la pasó por los labios rotos y luego me guio la polla al pecho, todavía dura, para que le acabara de manchar el escote. La leche le bajó entre las tetas, sobre el negro del vestido, y Emma se rio con un sonido bajo, rendido, hermoso de tan feo.

Un camarero apareció al fondo del pasillo, con una bandeja vacía. Se detuvo. Emma lo vio y no apartó la cara. Seguí follándola contra la barandilla, más despacio, más hondo, hasta terminar del todo, hasta que el último temblor nos dejó a los dos pegados al metal. El camarero carraspeó y se fue. Emma apoyó la frente en mi hombro, sucia, borracha, viva, y no pidió un pañuelo.


Amaneció en un puerto pequeño, de dos muelles y una calle con toldos. Emma desembarcó sin recomponer nada. El rímel le había dejado dos sombras, el rojo era una memoria en la comisura, y el vestido negro llevaba la marca seca del pecho. El aire olía a pan y a gasoil y a pino caliente, tan distinto del salitre de Palma que el barco parecía de otro país. Bajé con Emma hasta el muelle porque no sabía hacer otra cosa. En una tienda de deportes, junto a las cañas y los bidones, Emma compró una tienda de campaña plegada en una bolsa verde. Pagó en efectivo. El dependiente no preguntó nada; Emma tampoco ofreció explicación. En la acera, con el sol ya alto, me miró con aquella cara deshecha que ya no era un retrato.

«Quiero un sitio sin paredes», dijo. «Sin este vestido. Sin gente mirando como si fuera una película».

Se colgó la bolsa al hombro y echó a andar tierra adentro, hacia los pinos y el polvo de la carretera, sin volverse a mirar el barco. El anillo le seguía brillando en la mano cuando dobló la esquina.