Ir al contenido
1000girls logo
Emma Grace

Emma en el hotel del extraño

Aventura eróticaVacaciones11 min de lectura

Un relato de Emma Grace

Emma Grace, 26, llega sola a un hotel antiguo de Sevilla con su aire de otra época. Un huésped de otra planta parece saber cómo va a terminar la noche. Ella no cierra la puerta del todo.

3,6 mil lecturas985 me gusta

El vestíbulo olía a cera y a naranjo de patio cuando Emma Grace se detuvo ante el mostrador con la maleta pequeña y el sombrero todavía en la mano. El recepcionista leyó el nombre en voz alta y ella asintió como si aquello bastara para el resto de la noche. Tenía veintiséis años y un vestido de corte antiguo que no le pedía permiso al calor de agosto. La tela, de un azul casi negro, se le ceñía al talle con una dignidad de otra época, y el aire de la calle, todavía espeso de siesta, le había dejado un brillo fino en la clavícula. Yo esperaba la llave un poco más atrás, a mis treinta y cinco, con la chaqueta del tren todavía sobre el brazo y la certeza de que aquella mujer no iba a explicar nada a nadie. El ventilador del techo giraba con un clic irregular. En el mostrador, el bolígrafo del registro rodó hasta el borde y nadie lo recogió.

El ascensor se abrió para los dos. Las luces parpadearon una vez y el espejo nos devolvió de lado, ella con el cuello largo y yo con la sombra de un día entero de viaje. Emma no me miró de frente. Ajustó el reloj de pulsera con un gesto lento y el tejido se le pegó a las caderas cuando el camarín arrancó. Se oía el cable, un quejido metálico que subía con nosotros, y el calor del camarín olía a barniz viejo y a colonia barata. El número de su planta coincidía con el trayecto que yo había pensado interrumpir un piso antes. Dijo «Tercera». con una voz que no invitaba a preguntas y yo pulsé el mismo botón. Los números se encendieron uno a uno. No hubo más palabras. El silencio entre los dos tenía peso, como si ya hubiera ocurrido algo que aún no había empezado.

El pasillo de alfombra gastada olía a humedad antigua y a jabón de hotel. Emma caminó delante sin acelerar el paso, como si el extraño a sus espaldas formara parte del mobiliario. Los tacones apenas sonaban. Una pareja cruzó al fondo, riendo bajo, y desapareció en otra esquina sin volverse. La llave giró en la cerradura de la 314 y la puerta se abrió lo justo. No la cerró del todo. El resquicio dejó pasar un hilo de luz amarilla y el rumor de Sevilla a través de la ventana que ya tenía entreabierta. Me quedé un segundo en el umbral, lo bastante para que ella se volviera y me midiera con esa compostura que no se disculpaba de nada. Los ojos, oscuros, no pedían nada y tampoco ofrecían una explicación. Entonces apartó un poco más la hoja y yo entré.


La habitación era alta de techos y estrecha de cama, con un cristal que daba al edificio de enfrente y la lámpara de mesilla ya encendida. El aire traía un resto de naranjo y de asfalto. Emma dejó el sombrero sobre la cómoda y no preguntó cómo me llamaba. El gesto de dejarlo allí, con cuidado, como si el sombrero importara más que el hombre que acababa de cruzar la puerta, me encendió de un modo lento y preciso. Me acerqué por detrás, le alcé el vestido hasta la cintura y le bajé las bragas de un tirón, el encaje oscuro quedándose enredado en un zapato. El coño lo tenía ya húmedo, caliente contra los dedos, y ella abrió un poco las piernas sin perder el equilibrio. La piel de los muslos olía a jabón y a calor de calle. Empujé hacia el cristal, le separé los muslos con la rodilla y me desabroché el pantalón lo justo para sacar la polla, dura de haberla seguido por aquel pasillo.

La clavé de pie, de una vez, y el gemido se le quedó atragantado contra el vidrio. El vestido le subía por la espalda y las nalgas le temblaban cada vez que empujaba hasta el fondo. Estaba estrecha, caliente, y el coño se le cerraba alrededor con una avidez que no coincidía con aquella calma de mostrador. La luz de la mesilla nos pintaba enteros, sin sombra donde esconderse, y al otro lado de la calle un hombre se había asomado a un balcón, el cigarrillo a medio encender. Emma no bajó la persiana. Apoyó las palmas en el cristal y empujó el culo hacia mí, como si aquella mirada de enfrente formara parte del trato. Le agarré la cadera y la follé más hondo, el golpe húmedo de la polla dentro del coño resonando en la habitación estrecha. El cristal se empañaba bajo los dedos. Cada embestida le subía el vestido un poco más y el encaje de las bragas, todavía enredado en el zapato, se arrastraba contra el suelo.

«Que nos vea». dijo ella, y la frase llegó despacio, con esa calma que no pedía permiso. Seguí metiéndosela, el muslo temblándole contra el mío, y el hombre de enfrente no se apartó. El coño se le apretaba a cada embestida, caliente y estrecho, y yo le mordí el hombro por encima del vestido para no decirle nada que rompiera aquel barniz. La respiración se le aceleró sin perder del todo el control, un hilo de sonido contenido que se le escapaba entre los dientes. Emma se corrió de pie, con un temblor largo que le recorrió la espalda y le empañó el cristal bajo las manos. El coño palpitaba alrededor, mojado, y las piernas le fallaron un instante. Seguí follándola hasta que las piernas le flaquearon y entonces la sujeté contra el vidrio, la polla todavía dentro, palpitándole el pulso alrededor. Afuera, el cigarrillo del balcón dibujó un círculo de luz y se quedó ahí, quieto.


El baño olía a toallas nuevas y a caliza. Emma se recostó contra el lavabo, el vestido todavía subido, y me miró con esa paciencia que convertía cualquier prisa en una grosería. El azulejo frío le marcaba la rabadilla. Me arrodillé un instante para quitarle del todo las bragas y se las dejé en el suelo, junto a un zapato. El encaje quedó hecho un nudo oscuro contra el mármol. Cuando me incorporé ella ya tenía una mano en mi cinturón. Me sacó la polla, húmeda de su coño, y se agachó con la misma compostura con la que había firmado el registro. La boca se la abrió despacio, la lengua caliente recorriéndome el glande, y yo le agarré el moño para no perderme el modo en que me miraba desde abajo. Los ojos no se apartaban. Había en aquella mirada una atención casi profesional, como si chuparla formara parte de un ritual que ya había ensayado mil veces en la cabeza.

Le metí la polla hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta. Emma no apartó la cabeza. Un hilo de saliva le bajó por la comisura y yo empujé otra vez, más hondo, hasta atragantarla. El sonido húmedo llenó el azulejo. Le sujeté la nuca y me la follé la boca con la misma insistencia que el cristal, sintiendo cómo la garganta se le cerraba y se le abría alrededor. Las lágrimas se le asomaron sin estropear el rímel del todo. Las rodillas le temblaban sobre el suelo frío y aun así no pidió que parara. Cuando noté que iba a correrme le agarré el pelo con más fuerza y le llené la lengua de leche, chorro tras chorro, mientras ella la recibía con la boca abierta y los ojos húmedos. El sabor, el calor, el modo en que la lengua se le movía debajo, todo aquello duró más de lo que el pulso podía sostener.

Tragó una parte y el resto se le quedó brillándole en el labio inferior. Se puso en pie con calma, se pasó el dorso de la mano por la boca y dijo «Raúl». porque había visto el nombre en la ficha que yo había dejado junto a la llave en la cómoda. No preguntó de dónde venía ni a qué hora me iba. El nombre, dicho así, sin más, me dejó un segundo sin saber qué hacer con las manos. Se encendió el grifo, se aclaró apenas y me tendió la toalla como si aquello fuera el orden natural de una noche de verano en un hotel que no nos conocía. El agua corrió un instante. En el espejo, el rímel apenas corrido le daba a la cara un aire de fiesta que no había empezado.


En la cama le quité el vestido sin prisa y lo dejé al alcance, por si acaso. La piel le olía ahora a saliva y a jabón de hotel. Emma se puso a cuatro patas encima de la colcha, el culo alto, el coño todavía reluciente, y miró por encima del hombro con una media sonrisa que no pedía que apagara la lámpara. Las tetas le colgaban hacia el colchón, pesadas, y la nuca conservaba todavía el moño, aunque ya deshecho por mitad. Me coloqué detrás, le abrí los muslos con las palmas y volví a metérsela de un empujón. El coño la recibía ahora más fácil, empapado, y cada embestida le hacía temblar las tetas hacia el colchón. La ventana seguía abierta. El hombre de enfrente ya no estaba en el balcón, o sí, más adentro, y Emma no se ocupó de comprobarlo.

Le agarré la cintura y la follé con ganas, el choque de la piel llenando la habitación, y ella gemía contra la almohada sin perder del todo aquella voz medida. «Más». dijo, apenas, y el sonido se le quedó entre la tela. Le metí un pulgar en el culo, solo la yema, y el coño se le apretó de golpe. «Sigue». dijo, y yo seguí, más hondo, hasta que las rodillas se le hundieron en el colchón. El pulgar le cabía apenas y aun así empujaba hacia atrás, tomándolo. Se corrió otra vez con un temblor que le recorrió los muslos y yo no saqué la polla. La dejé latirle dentro mientras recuperaba el aire, la nuca sudada, el peinado ya menos alto. El coño seguía apretándose a oleadas, como si el orgasmo no hubiera acabado del todo.

Me recosté un momento a su lado y ella se rio bajo, un sonido breve que no rompía la elegancia, y me preguntó si en mi planta el aire acondicionado funcionaba mejor. No contesté a aquello. Le pasé la mano por la espalda desnuda y ella se dejó, como quien acepta un cumplido que no necesita devolver. Fuera, un motor arrancó en la calle y se alejó. El sudor se nos enfriaba en la piel. Emma cerró los ojos un instante, no para dormir, sino para dejar que el cuerpo se le acomodara otra vez a aquella compostura que no se le caía ni desnuda.


La volví a poner a cuatro patas un rato después, cuando el silencio del pasillo se hizo más denso. Le unté el culo con lo que quedaba de ella en mis dedos y le apoyé la polla entre las nalgas. Emma bajó un poco la espalda, ofreciendo, y yo empujé despacio hasta que la cabeza se le metió. El culo se le cerró caliente, estrecho, y ella soltó un jadeo que esta vez no disimuló. Seguí entrando, un poco más, otro poco, hasta que la tuve dentro del todo y las caderas le temblaron contra las mías. Estaba tan apretada que el aire se le quedó un segundo en la garganta. Las manos se le cerraron sobre la colcha.

La follé el culo con cuidado primero y después con ganas, sujetándola de los hombros para que no se me adelantara. El coño le chorreaba contra el colchón. Cada vez que le daba hasta el fondo un gemido más grave le subía por la garganta. El edificio de enfrente tenía algunas luces todavía y yo no aparté la cara de su nuca. Emma empujaba hacia atrás, tomándomela entera, y cuando le dije que me iba a correr dentro no apartó el culo. «Hazlo». murmuró, la voz ronca contra la almohada. Me vacié en él, hondo, la polla palpitándole mientras la leche se le quedaba dentro y le resbalaba después por el muslo. El temblor le duró más que el mío. Las nalgas le seguían palpitando alrededor, calientes, sucias de los dos.

La giré sobre la espalda antes de que el pulso se me bajara del todo. Todavía semiduro, me masturbé encima de ella y le corrí otra vez en el pecho, la leche blanca contra la piel y contra el escote del vestido que le había vuelto a poner a medias. Emma miró hacia abajo, se pasó un dedo por una gota y se lo llevó a la boca con esa misma calma de recepción. No se limpió el vestido. Lo dejó manchado, pegado al pecho, como si el estropicio formara parte del traje. El sabor, a juzgar por el modo en que se lamió el dedo, no le extrañó. Se quedó así un rato, mirando el techo alto, el anillo de luz de la mesilla dibujándole el cuello.


El amanecer entró gris por la ventana que nadie había cerrado. Sevilla olía ya a pan y a asfalto caliente. Emma estaba sentada al borde de la cama, el vestido puesto de cualquier manera, y yo me vestí en silencio, el cuerpo todavía lleno de ella. En el fondo del bolsillo de la chaqueta tenía un anillo de bisutería comprado en una tienda de souvenirs junto a la catedral, de esos que venden a los que se van el mismo día. Se lo calcé en el dedo anular izquierdo sin preguntarle si había otro. El metal barato le quedó un poco grande y ella no lo quitó. Lo miró un segundo, como se mira un objeto que no se ha pedido y aun así se acepta.

«Pareces una novia huida». dije, y Emma me miró con esa compostura que no se desmentía ni se confirmaba. No dijo que no. Se quedó el anillo puesto y abrió el móvil sobre la mesilla, la pantalla iluminándole las manos. Buscaba estancias, hoteles anunciados para lunas de miel, habitaciones con balcón y desayuno incluido, y el anillo le brillaba cada vez que pasaba el dedo por la lista. El vestido manchado le cubría apenas el pecho. Me agaché, le besé el hombro por encima de la tela manchada y salí al pasillo con la chaqueta al brazo. La puerta de la 314 se cerró a mis espaldas y el anillo seguía en su sitio.