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Emma Grace

Emma en la tienda del camping

Sexo en el campingVacaciones11 min de lectura

Un relato de Emma Grace

Emma planta una tienda en una cala apartada de Cabo de Gata, sin el vestido de siempre. Un senderista acampado más arriba baja a su fuego y se queda. Entre la lona y la arena ya no hay ciudad ni disfraz.

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La luz se iba por el oeste cuando bajé la loma con la cantimplora golpeándome la cadera. En la cala no había más que una tienda baja, del color de la arena húmeda, y un fuego pequeño que no pretendía verse desde el mar. Una mujer estaba sentada junto a las llamas, con una camiseta oscura y pantalones cortos, sin el aire de quien espera compañía. A los veintinueve años había dormido en suficientes playas para reconocer aquella soledad: no era cala de grupos ni de voces altas, sino de gente que se esconde un poco y no pide testigos.

Me detuve a cuatro pasos del círculo de piedras. Le dije que el agua se me había acabado arriba y que no me quedaba ni para el café de la mañana. No se levantó. Me miró por encima de las llamas con una calma que no pedía permiso y señaló hacia la lona con un movimiento corto de la muñeca. «Hay un bidón detrás de la tienda. Coge lo que necesites».

Fui a llenar la cantimplora. El bidón estaba tibio del día. Cuando volví, había dejado un hueco en la arena a su lado, el espacio justo para que un extraño se sentara. Me senté. El fuego olía a madera seca y a salitre. En el anular izquierdo le brillaba un anillo de metal barato, demasiado pequeño para ser una promesa seria, demasiado presente para no verse.

«Emma», dijo, como quien entrega una cosa y no un relato. «Si te quedas, no hagas ruido cuando te duermas. El mar ya habla bastante».

Le dije que me llamaban Javier y que mi tienda estaba más arriba, entre las pitas, y que no tenía prisa por subir. Emma asintió y le dio la vuelta a un palo en las brasas. No llevaba pintalabios ni rímel. La piel se le veía marcada por el sol de varios días, y aun así conservaba esa compostura que no se explica. No pregunté de dónde venía. Ella tampoco preguntó cuánto tiempo llevaba yo en el Cabo.

Estuvimos un rato sin hablar, oyendo el vaivén. Cuando el cielo se puso del color del vino rebajado, Emma se levantó y abrió la cremallera de la tienda con un gesto tan natural como si el fuego ya hubiera cumplido su parte. Se arrodilló junto a la lona y habló sin alzar la voz. «Entra. El viento de noche pega en esta cala y no pienso dar explicaciones a nadie».

Dudé un segundo en el umbral, lo bastante para ver que me miraba de verdad, y entonces entré. El interior olía a tela caliente y a ella. Había un saco abierto y una esterilla estrecha. Emma cerró la cremallera desde dentro y se quedó a cuatro puntos sobre mí, con el pelo cayéndole hacia adelante. Me besó sin avisar, con la boca abierta y salada, y la mano se le fue directa al botón de mi pantalón.


Emma se sentó en mi cara antes de que yo terminara de bajarle los pantalones. Se quitó la camiseta de un tirón y me dejó el coño sobre la boca, ya sin bragas, caliente y abierto, y se apoyó en la lona con las dos manos mientras buscaba mi lengua. La chupé. Tenía el sabor de un día entero de sal y de calor, y se movía con una precisión perezosa, restregándome el clítoris contra los labios, exigiendo sin alzar la voz. Le agarré los muslos. Emma gimió bajo y se hundió más, tapándome la respiración con esa carne mojada.

Me la comí con ganas, metiendo la lengua, lamiéndole los pliegues, succionándole el clítoris hasta que las rodillas le temblaron a ambos lados de la cabeza. Se apretaba contra mi boca. Le metí la lengua lo más hondo que pude y se balanceó hacia adelante, mojándome la barbilla, el cuello, el borde de la camiseta. Se corrió así, sentada, con un temblor largo que le recorrió el vientre y me llenó la boca de ese líquido espeso que no es agua. No se apartó. Siguió frotándose contra mi cara, más despacio.

«Sigue», dijo, y la voz le salió entera, sin prisa. «No te pares ahora que ya sabes cómo estoy».

La seguí lamiendo mientras se le ablandaban los muslos. Emma se rio bajito, un sonido juguetón que no encajaba con la compostura de fuera, y se recorrió los pechos con las dos manos, pellizcándose los pezones hasta dejarlos duros. Me miró por encima del vientre, con la boca entreabierta, y se levantó lo justo para girarse y presentarme el culo, todavía temblando, todavía abierto por la corrida. Me agarró el pelo y me acercó. Le pasé la lengua por el coño otra vez y subí, despacio, hasta el agujero del culo, que se le contrajo al contacto. Emma empujó hacia atrás. «Ahí también. Quiero notarte la cara».

Le lamí el culo hasta que se le puso blando, y entonces se dejó caer a un lado, tirando de mí para que me pusiera encima. La esterilla crujió. Emma abrió las piernas y me guio la polla con la mano, sin mirar hacia otro sitio, con esa decisión limpia de quien ya ha elegido lo que va a pasar.


La follé contra el suelo de la tienda, con la lona rozándonos los hombros y la arena debajo. El coño se le cerraba alrededor de la polla con una fuerza húmeda, y cada embestida le sacaba un ruido corto, contenido, que se le escapaba por la nariz. Emma me miraba a los ojos mientras se dejaba atravesar, y esa mirada no pedía que la tratara con cuidado. Le agarré un muslo y se lo abrí más. La polla le entraba hasta el fondo, y el sonido de la carne mojada llenaba la tienda.

Le pasé la mano por debajo, buscándole el culo, y le metí un dedo mientras la seguía follando. Emma arqueó la espalda y apretó los dientes. El dedo se le hundió con facilidad, caliente, y empujó hacia atrás para tenerlo más dentro. Le metí un segundo. Los dos dedos le cabían juntos, y el coño se le contraía alrededor de la polla cada vez que se los movía. Emma dijo mi nombre entonces, entero, como si quisiera clavármelo en la nuca.

Saqué la polla del coño, lenta, brillante de ella, y se la apoyé en el agujero del culo. Emma no apartó la mirada. Se palpó el clítoris con dos dedos y asintió, una sola vez, y yo empujé. El culo se le abrió con un esfuerzo dulce, milímetro a milímetro, hasta que la cabeza quedó dentro y soltó el aire que había estado guardando. Seguí metiéndosela. La polla le cabía en el culo con una estrechez que me apretaba la base, y Emma se tocaba el coño al mismo tiempo, rápida, sucia.

La follé el culo contra el suelo hasta que el ritmo se me deshizo. Emma se corrió otra vez con los dedos en el clítoris y la polla dentro, apretándome de una manera que no pude aguantar. Me corrí dentro, hondo, con la frente contra su hombro y las manos clavadas en la esterilla. La leche se le quedó en el culo y empezó a salirse en cuanto retiré la polla, caliente, espesa, resbalándole por el perineo hasta los muslos. Emma no se limpió. Se pasó dos dedos por el semen, se lo untó en la piel interior del muslo y me miró como si aquello fuera el punto, no el accidente.

«Déjalo», dijo. «Quiero notarlo cuando salgamos».


Salimos desnudos. El fuego se había quedado en brasas y la cala olía a sal y a noche cerrada. Arriba, en la loma, se veía el punto oscuro de otra tienda y, a ratos, el resplandor mínimo de un frontal que alguien encendía y apagaba. Emma lo miró. No se cubrió. Se pasó la mano por el muslo, donde la leche se le había secado a medias, y se me acercó hasta pegarme el vientre a la cadera.

«Hay un hombre ahí arriba», dijo, sin bajar la voz del todo. «Si mira hacia el mar, nos ve. Fóllame así».

La puse de pie contra mí, de espaldas al agua, y le entré el coño de un empujón, todavía resbaladizo de antes. Emma se apoyó en mis antebrazos y abrió las piernas sobre la arena. La follé de pie, con las palmas en su cintura, y cada vez que la polla le llegaba al fondo ella miraba hacia la loma, no para esconderse, sino para comprobar que el riesgo seguía ahí. El mar le llegaba a los tobillos cuando una ola más larga se acercaba. Emma se rio contra mi cuello y apretó el coño a propósito, lenta.

La arena se nos pegaba a los pies. Le agarré las tetas desde atrás y se las apreté mientras la embestía, y Emma arqueó el cuello hacia la noche abierta, con el anillo brillándole a cada movimiento. Alguien, a cincuenta metros de desnivel, podía estar viendo cómo se le abría el coño alrededor de mi polla.

«Más fuerte», dijo. «Que se entere si está mirando».

La follé más fuerte. El sonido de las caderas contra su culo se oyó claro entre las olas. Emma se puso de puntillas para que le llegara mejor y se tocó el clítoris con la mano derecha, rápida, sucia, mientras la izquierda me buscaba el muslo para no caerse. Se corrió de pie, con un temblor que le dobló las rodillas, y yo la sostuve para que no se fuera al suelo. La polla se me quedó dentro, dura, y Emma respiró contra mi boca antes de soltarse y bajarse ella misma a la arena.


Se puso de rodillas en la orilla, con el agua lamiéndole las canillas, y me tomó la polla con las dos manos. Se la metió en la boca hasta la base y me miró hacia arriba mientras la chupaba, con los labios brillantes y el pelo pegado a las sienes. Le follé la boca despacio al principio, sintiendo la lengua, el paladar, la garganta cuando decidía tragar más. Emma no apartó las manos de mis muslos. Dejaba que le llegara al fondo y luego se retiraba lo justo para respirar, y volvía.

Me corrí en su boca cuando ya no pude más. Emma se quedó quieta, recibiendo la leche, y se le escapó un hilo por la comisura que se le bajó hasta la barbilla. Se lo tragó. Se pasó el dorso de la mano por los labios y se rio bajito, y se recostó sobre la arena con las piernas abiertas, invitándome otra vez al coño, que se le veía hinchado e inmundo a la luz pobre de las estrellas.

Me puse de rodillas entre sus muslos y se la metí de nuevo. El coño la recibió con un calor blando, ya usado, y Emma me rodeó con las piernas, clavándome los talones en los glúteos para que no saliera. La follé contra la arena, con una mano en su nuca y la otra en su cadera. Arriba, el frontal se encendió un segundo y se apagó. Emma giró la cabeza hacia la loma y sonrió, pequeña, y apretó el coño alrededor de la polla para que yo lo notara.

«Que nos vea», dijo. «Estoy harta de que me miren solo cuando voy pintada».

Me corrí otra vez dentro del coño, hondo, con el cuerpo entero encima del suyo. La leche se le salió en cuanto retiré un poco, mezclada con lo de antes, resbalándole hacia el culo y hacia la arena. Emma se quedó tumbada, respirando, con una mano en su bajo vientre. El agua le llegó a las caderas en una ola más larga y no se movió. Dejó que el mar le lavara un poco los muslos y que le dejara lo demás.


Nos sentamos junto a lo que quedaba del fuego, todavía desnudos, con una toalla estrecha a medias entre los dos. Emma tenía arena en el pelo y el anillo sucio de sal. No buscó la camiseta. Se quedó con las rodillas recogidas y me miró de lado.

«He estado representando un papel», dijo, sin prisa. «Durante mucho tiempo. La gente se acostumbra a la postal y uno termina creyéndosela».

No le dije que la postal me daba igual. La follé otra vez, más despacio, sobre la toalla, con ella encima, moviéndose a su ritmo. Se apoyó en mi pecho y se recorrió el cuello con la boca, y cuando se corrió lo hizo callada, con la frente contra la mía. Después se quedó así, sentada en mi regazo, con la polla todavía dentro, blanda, y el anillo dándole un toque frío contra mi hombro cada vez que cambiaba de peso.

Le pregunté por el anillo. Emma miró la mano como si la viera por primera vez en horas. «Me lo puso un desconocido en Sevilla. No es de nadie que yo pueda explicar. No me lo quito».

No insistí. El mar seguía. Arriba, la otra tienda se había quedado a oscuras. Emma se recostó contra mí y habló hacia las brasas, con la voz entera. «Hay una manera de ir por el mundo que cierra muy bien en las fotos. Esta no cierra. Y aun así te has quedado».

Le dije que me había quedado porque quería follármela, no porque me encajara en ninguna estampa. Emma se rio, baja, y me mordió el hombro. El cielo empezaba a aclararse por el este, un malva sucio sobre el acantilado. Miró sus uñas, cortas, sin esmalte. Se quedó así, con las manos sucias de arena y de mí.


El sol salió plano y la cala se quedó del color del plomo caliente. Emma se puso la camiseta y los pantalones cortos sin sacudirse del todo la arena, y el anillo le seguía ocupando el dedo. Recogió la tienda con movimientos precisos. Subí a por mi mochila y volví cuando ella cerraba las piquetas con una piedra.

En la lona, al lado del saco, había una maleta pequeña, con una etiqueta de cartón donde se leía Nueva York en letra clara. Emma la vio en mi mirada y no la escondió. Se sentó sobre la maleta cerrada, con las uñas todavía desnudas, y se pasó el pulgar por el anillo.

«Allí esperan a una mujer que sale muy bien en las fotos», dijo. «Esta ya no le cierra del todo. No sé qué voy a hacer con la que queda».

No le pregunté el vuelo ni la fecha. Emma se quedó mirando el mar, con el pelo sin peinar y la boca todavía marcada. El hombre de la loma bajaba ya por el sendero, lejos, ajeno. Emma no se tapó el anillo. Se levantó, se colgó la maleta y me miró una última vez, sin recomponerse, y el viaje se le acababa ahí, en la arena, sin que yo pudiera saber qué iba a hacer con lo que le quedaba.