
Freya en la tienda de Tenochtitlán
Novela erótica conquistaHistórico12 min de lectura
Un relato de Freya Andersen
Freya Andersen ha cruzado el océano con una hueste española hasta el valle de México. En la tienda de un capitán pide que no la manden de vuelta al mar, y lo que hacen esa noche no tiene deshacer.
La lona de mi tienda se hinchaba con el viento seco del valle y, más allá de las piquetas, el campamento de la hueste olía a cuero caliente, a aceite y a humo de pino. Mandé a un hombre a buscar a Freya Andersen cuando el recuento hubo terminado y las hogueras bajaron a brasa. Entró sin pedir permiso, el pelo suelto sobre los hombros y el polvo de la estación seca todavía pegado a las botas, y tenía veintitrés años que en aquella luz de candil parecían una provocación más que una cifra. La había visto dormir entre los soldados, no con el tren de bagaje, y aquella noche no iba a preguntarle por qué.
«Me has llamado», dijo, y se quedó de pie junto al catre, las manos abiertas a ambos lados del sayo. El ámbar que le colgaba del cuello brilló un instante contra la piel. Fuera, dos hombres reían en voz baja y alguien pasaba el filo de un cuchillo contra una piedra, una y otra vez, con esa paciencia de final de jornada.
«Te he llamado para que te quedes aquí, no para que duermas otra noche en el suelo», contesté, y el silencio que siguió pesó más que cualquier orden. Freya se acercó, me quitó el tahalí de la espada con las dos manos y se arrodilló en la esterilla sin que se lo pidiera. Desató los calzones con una calma que no coincidía con el temblor de sus dedos. Cuando los tuvo abiertos, sacó mi polla ya dura y me miró desde abajo, la boca entreabierta, como si quisiera oír de mí lo que ya estaba dispuesta a hacer.
«¿Esto es lo que querías, Diego?»
No esperó respuesta. Me metió la polla en la boca de un golpe, caliente y húmeda, y bajó hasta que la nariz se le aplastó contra el vello. Un sonido le nació en la garganta, profundo, y lo dejó salir a propósito, lo bastante alto para atravesar la lona. Apreté los dientes cuando, al otro lado, alguien dejó de reír.
Freya chupaba con una hambre que no pedía permiso y que tampoco pedía que la cubriera. La lengua le daba vueltas a la cabeza de la polla, lenta al principio, saboreando, y después me la tragó otra vez hasta el fondo, la garganta apretada, los ojos húmedos y fijos en los míos. Le sujeté el pelo con una mano y no la aparté. Quería verla así, de rodillas en mi tienda, con la saliva escurriéndole por la comisura y el sayo entreabierto sobre los pechos.
«Me la has metido hasta el fondo», murmuró al retirarse un palmo, la voz ya ronca. «¿Te gusta oír cómo te la chupo?»
Asentí, y volvió a bajar, más brava, las mejillas hundidas, una mano cerrada en mis huevos y la otra abierta sobre mi muslo. El candil, colgado de su vara, temblaba con cada movimiento. Cada vez que la polla le tocaba la garganta soltaba un ruido húmedo, deliberado, y supe que lo hacía para que lo oyeran. Un hombre tosió al otro lado de la lona. Otro dijo algo que no alcancé a entender y se calló enseguida. Freya sonrió con la boca llena y aquel gesto me recorrió la espalda como un hierro puesto al fuego.
La follé la boca con tiento primero, midiendo hasta dónde podía empujar, y después sin él, al ritmo que ella misma pedía con las uñas clavadas en mi cadera. Se atragantó y no se retiró. Tragó, respiró por la nariz y siguió, la saliva brillándole en el mentón. El sayo acabó de caerle de los hombros y los pechos le quedaron sueltos al aire, el pezón ya duro cuando lo alcancé con los dedos. Gimió alrededor de la polla y la vibración fue tan clara que tuve que detenerme un segundo para no correrme todavía.
«Ja», dijo, un sí sin adorno en su lengua, y me miró como si preguntara si de verdad iba a dejarla terminar lo que había empezado. La levanté del suelo antes de contestarle con la boca. La besé con el gusto de mi polla todavía en su lengua y se rio contra mis dientes, breve, caliente, mientras me guiaba la mano debajo de las bragas.
Estaba empapada. El coño se me abrió al paso de los dedos, hinchado, resbaladizo, y metí dos de una vez hasta el nudillo. Se le doblaron las rodillas. La sostuve contra el pecho y la follé con la mano allí mismo, de pie, mientras fuera alguien pasaba tan cerca que se le oyeron las hebillas del cinturón. Freya no bajó la voz. Al contrario: apoyó la frente en mi cuello y gimió mi nombre lo bastante alto para que el hombre de las hebillas no pudiera fingir que no lo había oído.
La puse de rodillas sobre la esterilla, de espaldas a mí, las nalgas altas y el sayo subido hasta la cintura. Le bajé las bragas hasta medio muslo, donde se le quedaron tensas como una atadura, y el coño se le vio entero a la luz del candil, abierto, brillante, el clítoris gordo entre los labios. Me agarré a sus caderas y empujé de una vez, hasta el fondo, y soltó un gemido que la lona no pudo contener.
«Me la has metido entera», dijo, la voz rota contra el catre. «¿Vas a follarme así delante de todos?»
«Que oigan», contesté, y empecé a moverme de verdad. Cada embestida le hacía temblar las tetas y le sacaba un sonido distinto, a veces un quejido, a veces una risa corta que se le ahogaba cuando le daba en el sitio. El coño se le contraía alrededor de la polla, caliente, estrecho, y la follaba con la certeza de que al otro lado de la tela había por lo menos tres hombres que ya no hablaban. El silencio de ellos pesaba más que cualquier comentario. Freya lo supo también. Empujó las caderas hacia atrás para encontrarme, más honda, y golpeó la lona con la palma abierta, una vez, como quien llama a una puerta.
Un hombre dijo su nombre al otro lado, bajo, casi con cuidado, y Freya se corrió con esa voz todavía en el aire. Se le puso rígida la espalda, el coño le apretó la polla en pulsos largos, y un hilo le corrió por el muslo interior hasta las bragas a medio bajar. No paré ni para dejarle recobrar el aliento. La seguí follando a través del temblor, más despacio, más hondo, y volvió la cara, el pelo pegado a la boca, los ojos muy abiertos.
«Otra», pidió. «No pares ahora».
La agarré del pelo y la tuve así, de rodillas, mientras le daba con toda la cadera. El catre crujió bajo las rodillas y la piqueta de la esquina se movió un palmo, arrastrando un poco de tierra. Alguien, fuera, soltó una risa breve que no era burla, y Freya contestó con un gemido más alto, casi un desafío, y sentí cómo se le volvía a poner el coño duro alrededor. Iba a correrme. Lo supe por la presión en los huevos y por el modo en que, de pronto, dejó de pedirme con palabras y empezó a pedírmelo con el cuerpo, encogiendo las nalgas, abriéndose para que llegara más hondo.
Me la saqué cuando ya no podía más. La giré sobre la esterilla y la senté de golpe sobre los talones, de frente, el pecho abierto hacia mí. Entonces me corrí en los pechos, espeso, caliente, chorro tras chorro. Le cubrió el pecho izquierdo primero y después el hueco del cuello, donde el colgante quedó manchado y no lo limpió. Respiraba con la boca abierta. Se pasó dos dedos por la leche, se los metió en la boca y me miró mientras los chupaba, lenta, como si quisiera que el hombre de las hebillas se imaginara exactamente aquello.
La tumbé en el catre y le aparté las rodillas. El coño se le veía usado, rojo, reluciente, y aun así bajé la cabeza y metí la lengua. Freya se arqueó y me agarró la cabeza con las dos manos, sin pudor ninguno, y se frotó contra la boca hasta que le temblaron los muslos. Le chupé el clítoris con tiento al principio, reconociéndole el gusto, y después con gana, dos dedos otra vez dentro, curvados hacia arriba, y hablaba en ese castellano corto suyo, frases que acababan en pregunta aunque no quisieran respuesta.
«Me estás lamiendo el coño después de correrte en las tetas. ¿Lo sabes?»
Lo sabía. Lo sabía y me gustaba el gusto mezclado, la leche mía y lo suyo, y seguí hasta que se corrió otra vez, más callada esta, con un temblor que le nació en el vientre y se le subió al pecho. La besé por dentro un momento más, porque aquel silencio suyo, tan raro en ella, me apretaba la garganta. Después me subí entre sus piernas y le metí la polla otra vez, de frente, para verle la cara.
Se le llenaron los ojos. No de llanto. De esa cosa que aparece cuando alguien deja de guardar un camino de vuelta. Me puso la mano en el pecho, abierta, exactamente encima del corazón, y habló sin bajar la voz, aunque la lona no guardaba nada.
«No tengas cuidado. No me mandes a la costa».
La follé entonces como si aquella tienda fuera la última habitación del mundo. Le abrí más las piernas hasta que no pudo cerrarlas. Le puse una rodilla al hombro, doblándola contra el pecho, y le di hasta que el catre golpeó el suelo en un ritmo que nadie, en cien pasos a la redonda, podía fingir que era otra cosa. Freya no se tapó la boca. Me miró todo el tiempo, la mano todavía en mi pecho, y cada vez que le tocaba el fondo dejaba salir un sonido que era mío y de los que escuchaban. Estuve a punto de correrme y me contuve. Me la saqué y le di la vuelta otra vez porque quería el culo también, y ella, en vez de apartarse, se abrió las nalgas con las dos manos.
«También ahí», dijo. «Si me vas a quedar, quiéreme entera».
Le escupí en el culo y le trabajé el agujero con el pulgar hasta que cedió, caliente, ridículamente tenso, mientras Freya respiraba por la boca contra la manta. Le puse la cabeza de la polla y empujé despacio, y entró. Soltó un quejido largo, distinto de los otros, y me detuve a medio camino, la frente sudada, esperando a que el cuerpo le dijera si podía seguir. Empujó ella. Se la metió el resto con un movimiento de cadera que me sacó el aire.
La follé el culo con cuidado primero, porque el cuidado era parte de tomarla, y después más hondo, más seguido, cuando vi que se tocaba el coño con la mano libre y que se mojaba otra vez. La lona se movía con nosotros. Un hombre, muy cerca, dijo que se iba más lejos y no se fue. Freya lo oyó y se rio, rota, y esa risa me la apretó alrededor de la polla de un modo que casi me cegó.
«Te estoy follando el culo y te oyen», le dije, inclinado sobre su espalda. «Y te estás corriendo igual».
«Más», pidió. «Que oigan más».
Se corrió con los dedos en el coño y la polla en el culo, un temblor feo y hermoso que le duró más de lo que había visto en nadie. La seguí. Se la saqué del culo y se la abrí de coño otra vez, de un tirón, porque quería correrme dentro de ella y no en la tierra, y el cambio de estrechez me hizo gruñir. El coño la recibió como si no la hubiera dejado nunca. Tres, cuatro embestidas, y me corrí hondo, a pulsos, agarrándola de las caderas con una fuerza que iba a dejar marca y que ella, al sentirme llenarla, empujó hacia atrás para no perder ni una gota.
Me quedé dentro y el corazón se me oía en las sienes. Freya respiraba contra la manta, la mano todavía entre las piernas, y por un rato no hubo más campamento que aquel calor y el hilo que se nos escapaba por el muslo. Fuera, alguien tosió por fin y se alejó de verdad. El cuchillo contra la piedra no volvió a sonar.
La limpié con un paño del petate, despacio, recorriéndole el vientre y el interior de los muslos, y se dejó hacer, tendida de lado, el sayo por la cintura y el colgante sucio contra el hueco del cuello. No lo buscó. La mano le pasó cerca una vez, como por costumbre, y siguió hasta mi muñeca, donde se quedó. No había pedido otra cosa, desde que la conocía, que una toma así de completa, y ahora que la tenía no miraba el colgante.
«Hay un barco de abastecimiento en unos días», dije, porque alguien tenía que poner las palabras sobre la mesa. «Puedo mandarte a la costa con escolta. Nadie te lo discute».
Freya negó con la cabeza, un movimiento pequeño, y me apretó la muñeca.
«No me mandes al barco. Quédame en esta tierra. No a escondidas».
La miré. El candil se moría y la tienda era una boca caliente en medio del valle. Quedársela no era una noche más en el catre. Era llevarla a la vista de la columna, con mi nombre pegado al suyo, en una guerra que no se acaba cuando se acaba el follar. Lo sabía. Lo tenía en la boca desde hacía días, esa pregunta de si la iban a quedar cuando acabaran de usarla, y ahora la había dicho sin rodeos, con el coño todavía abierto y mi leche secándosele en el vientre.
«Marchas conmigo», dije. «No con el bagaje. Mañana, a la vista de todos».
Se le abrió la cara en esa sonrisa suya, cálida, sin nada que vender, y me besó el pecho donde antes había puesto la mano. No preguntó qué iba a ser de ella cuando el valle se tragara el último recuerdo de su casa. No llevó los dedos al cuello. Se durmió así, a medias, con una pierna sobre las mías, y escuché el campamento rehacerse poco a poco, las voces volviendo, alguien riendo ya sin bajar tanto el tono, porque lo que había ocurrido detrás de la lona era ya de todos y ella había querido que lo fuera.
Al amanecer la columna se puso en marcha hacia la ciudad del lago. El cielo de la estación seca salió blanco, sin una nube, y el polvo se levantó enseguida bajo los cascos y las botas. Freya no fue al tren de bagaje. Caminaba a mi izquierda, el sayo cerrado otra vez, el pelo trenzado a duras penas, y el ámbar le colgaba a la vista, quieto, sin que los dedos lo buscaran cuando el camino se estrechó entre las milpas, aquellos campos de maíz que cerraban la senda a ambos lados.
Los hombres que la habían oído la miraban y no decían nada que me obligara a cortar. Contestaba a los que le daban los buenos días con esa franqueza suya, una frase corta, a veces una pregunta que obligaba al otro a seguir hablando, y seguía a mi paso, no detrás. Más adelante el valle se abría y el agua brillaba como una moneda sucia. Freya miró aquel brillo un rato largo, la boca entreabierta, y por un instante creí que iba a llevarse la mano al cuello, pero no lo hizo.
La vi entonces como quien ve una cosa que ya no tiene puerta. Iba tomada, y lo sabía, y caminaba de todos modos hacia la ciudad del lago con el polvo en las botas y mi corrida todavía, acaso, en el cuerpo. Lo que no pude leerle en la cara, mientras la columna avanzaba y el fiordo se le quedaba a otra distancia que no se mide en leguas, fue quién era Freya cuando ya no podía volver.