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Freya Andersen

Freya en el drakkar del saqueo

Novela erótica vikingos saqueoHistórico12 min de lectura

Un relato de Freya Andersen

Tras un saqueo en la costa, Freya Andersen sube al drakkar de un capitán vikingo que podría habérsela llevado como botín. En alta mar, el fuego de tierra queda atrás y entre los dos empieza otra clase de entrega.

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El humo todavía subía de los almacenes cuando bajé al muelle. Habíamos caído sobre el puesto comercial al atardecer, en pleno verano, y el Mar del Norte se abría a popa como una losa oscura que no pedía permiso a nadie. Los hombres cargaban hierro y pieles hacia el drakkar; me aparté de aquella prisa porque la había visto al final de los tablones, de pie, con el incendio a la espalda y sin ningún gesto de huida. Freya Andersen tenía veintitrés años y el viento le pegaba la falda a los muslos. Un colgante de ámbar le golpeaba el hueco del pecho cada vez que respiraba.

Me detuve cerca. Olía a sal y a madera quemada, y me miró a la boca antes que a los ojos, con una sonrisa caliente que no pedía perdón por estar allí.

«Huele a humo», dijo, y señaló las llamas con la barbilla. «¿Eso dejáis siempre detrás, Soren?»

Le mostré el barco con una mano y la orilla que aún no ardía con la otra, y dejé que el mar llenara el silencio un momento, largo, mientras el fuego chasqueaba a sus espaldas.

«El drakkar o la tierra. Subes o te quedas».

Freya se tocó el ámbar, breve, como quien se asegura de no haberlo perdido, y echó a andar hacia la pasarela sin esperar a que la tomara. Subió por su pie. Zarpamos con el fuego todavía alto y ella se sentó contra la borda, mirando cómo se iba reduciendo lo que había sido un muelle. No hablé del saqueo. El viento de verano hinchó la vela y la costa se hizo una raya roja, luego nada.

Al caer la noche el mar se quedó en calma. Los hombres dormían entre los bancos o fingían dormir, y un farolillo junto al mástil era el único fuego que nos quedaba. Freya se acercó al timón. El humo se le había quedado en el pelo. Me puso una mano en el pecho y levantó la cara, juguetona, con esa calidez que no vendía nada.

«¿Aquí? ¿Con ellos tan cerca?»

La pregunta no apartaba. Le rodeé la cintura y noté, bajo la tela fina, el calor de las bragas. El drakkar crujió. Alguien se revolvió a pocos metros, y ella no se apartó.


La atraje contra mí y le besé el cuello donde el ámbar se había calentado con la piel. Freya se rio bajito, una risa que se le quedó en la garganta, y se dejó resbalar de rodillas entre mi cuerpo y la borda. El farolillo le daba en el pelo. A tres bancos de distancia un hombre tosió y se dio la vuelta hacia la cuaderna, y ella no bajó del todo la voz cuando me abrió el taparrabos, me sacó la polla ya dura y me miró desde abajo, con la boca entreabierta.

La tomé por la nuca para sentir cómo se adelantaba ella, no para imponerle el gesto. Abrió los labios y me metió la cabeza dentro, caliente, húmeda, y succionó con una lentitud que me arrancó un sonido que el mar no alcanzó a tapar. La lengua se le recorrió el glande, lenta, y bajó por el palo hasta los huevos, y sentí los dientes apenas, un roce, antes de que se la tragara más hondo. La saliva le brillaba en la comisura. Follé su boca con cuidado al principio, dejándole que marcara el ritmo, y Freya se impacientó y se la metió hasta casi la garganta, con un ruido húmedo que alguien, más a proa, tuvo que oír.

Los huevos se me tensaron. Le aparté un mechón para verle los ojos. Freya me miraba mientras chupaba, las mejillas hundidas, y cuando saqué la polla un instante, un hilo de saliva la unió a su labio inferior y se le quedó temblando ahí, grosero y claro bajo la luz pobre del farol.

«Me has agarrado del pelo», dijo, y se pasó el dorso de la mano por la boca, todavía de rodillas, todavía con la polla a un palmo. «¿Ahora qué?»

Volvió a bajarse, se la metió entera otra vez y me la folló con la garganta, profunda, hasta que se le humedecieron las pestañas. Le apreté la nuca y empujé un poco más, y Freya gimió alrededor de la polla, un gemido que no era queja. Un hombre murmuró algo entre sueños, o fingiendo sueños, y el sonido se mezcló con el chapoteo pequeño del mar contra la obra viva. La saqué de la boca antes de correrme, porque no quería acabarme aún, y Freya se quedó jadeando, con los labios rojos y la saliva en la barbilla, mirándome como si el barco entero le perteneciera por un rato.


La levanté y la senté en el cajón de los cabos, contra la borda, con las piernas abiertas hacia mí y el mar negro a un palmo de su cadera. Le subí la falda hasta la cintura. Las bragas estaban empapadas, oscuras en la tela, y se las bajé por los muslos con un tirón que le arrancó una risa corta. El coño se le veía hinchado, brillante, y el olor a ella se mezcló con la brea y la sal. Me arrodillé entre sus rodillas y le aparté los labios con los pulgares.

La lamí despacio, de abajo arriba, y Freya se le fue el aire en un sonido que no intentó guardar. El clítoris se le puso duro bajo la lengua y lo chupé, lo rodeé, lo aplasté con la punta hasta que las caderas se le adelantaron solas contra mi boca. Metí la lengua dentro, la saqué, la volví a meter, y el gusto a ella me llenó la boca, espeso, limpio. Le sujeté los muslos para que no se cerraran y la follé con la lengua mientras el drakkar se mecía, suave, y Freya se agarró a mi pelo con las dos manos.

«Ahí», dijo, y la voz se le quebró. «Otra vez. ¿Me vas a dejar correr así, con ellos oyendo?»

No contesté con palabras. Le metí dos dedos en el coño, mojados de ella, y los moví buscando ese punto de dentro mientras la lengua no le dejaba el clítoris. Freya apretó los muslos contra mi cabeza y se corrió con un temblor largo, el coño apretándome los dedos a golpes, un gemido que se le escapó alto, demasiado alto para la hora y para la tripulación. Alguien se removió en un banco y soltó una risa baja, cómplice o cansada, y Freya se rio también, sin vergüenza, con la cabeza echada atrás y el ámbar temblándole en el pecho.

La seguí lamiendo mientras se le acababa el temblor, más despacio, hasta que se me empujó la cadera para apartarme un poco, sensible, y aun así no cerró las piernas. Le besé el muslo por dentro, donde la piel le latía, y me incorporé con la cara mojada de ella y la polla doliéndome contra el taparrabos a medio poner.


La giré, la puse de pie contra la borda, y le aparté la falda otra vez. El mar abierto le quedaba al lado, negro y sin testigos que no fueran los nuestros. Podría haberle atado las muñecas a la cuaderna y haberla tomada como se toma lo que se carga. No lo hice. Le sujeté la nuca, le hablé contra la boca, despacio, para que no hubiera duda de lo que pedía.

«Di que quieres que te folle. Di que quieres mi polla».

El farolillo le pintaba la mejilla y el agua golpeaba la borda a un palmo de su cadera. Freya tragó saliva, se pasó la lengua por el labio y me miró como si el pedido le diera exactamente lo que había subido a buscar.

«Ja. Quiero tu polla, Soren. ¿La vas a meter ya?»

Se la metí de un golpe, hasta el fondo, y el coño se me cerró alrededor, caliente, empapado, todavía temblando del orgasmo de antes. Freya soltó un quejido que se le quebró en dos y se agarró a la borda con las dos manos. La follé duro desde el primer envión, con las caderas golpeándole el culo, y cada vez que entré del todo se le escapaba un sonido claro, abierto, que el mar no tapaba. La polla se me hundía y salía brillante de ella. Le agarré una teta por encima de la tela, le encontré el pezón duro y se lo pellizqué al ritmo de las embestidas.

Un hombre tosió otra vez, más cerca, y Freya no bajó la voz. Me empujó el culo hacia atrás para tomarme más hondo y el chapoteo de la polla dentro de su coño se volvió obsceno, rítmico, imposible de disimular entre los bancos. Le aparté el pelo, le mordí el hombro y la follé más rápido, con la mano en la cadera para clavármela. El drakkar crujía. Ella mojaba hasta los huevos. Cada vez que le daba hasta el fondo, Freya decía mi nombre como si fuera parte del golpe, no un ruego.

Le bajé la mano al clítoris y se lo froté con los dedos, tosco, al mismo tiempo que la polla se la abría. Freya se tensó, se le fue la rodilla, y se corrió otra vez conmigo dentro, el coño ordeñándome a sacudidas, un gemido largo que se le quedó temblando en la garganta. Seguí follándola a través de eso, sin parar, porque el cuerpo se le abría más con cada temblor y porque ella no pedía que parara. El mar olía a verano y a sexo. La borda se le clavaba en las palmas y no las soltaba.


Me corrí dentro de ella con un empujón hondo, la polla palpitándole contra el fondo del coño, y le llené el vientre a pulsos, uno detrás de otro, hasta que se me aflojaron las rodillas. Freya gimió al sentirlo, caliente, y apretó alrededor mía como si quisiera guardármela. No me salí. Me quedé clavado, respirándole en el cuello, con la leche empezando a escapársele por los muslos, tibia, y le sujeté la cara con las dos manos para que me mirara de cerca, con el farolillo entre los dos y el mar a un palmo.

«No eres carga», le dije, y el pulgar se me quedó en su boca un segundo. «Has subido. Te follo porque lo has dicho».

Freya me besó el pulgar, juguetona todavía, con la polla dentro y el semen resbalándole hacia las bragas caídas en un tobillo. El pelo se le había pegado a la sien. Me miró con los ojos húmedos de esfuerzo y de gana, y no apartó la cara.

«Me has llenado», dijo, baja, y se rio un poco contra mi palma. «¿Me vas a quedar cuando termines de usarme?»

La pregunta llegó pronto, más pronto de lo que el oficio suele permitir. Seguí dentro, duro todavía, y le acaricié la mejilla con el mismo pulgar que le había tocado los labios. No le di una respuesta de puerto. Le besé la boca, lenta, y el sabor de ella y el mío se mezclaron. Un hombre se levantó a mear por la borda de proa, a unos pasos, y Freya no se tapó. Me apretó el coño a propósito, una vez, como quien recuerda quién ha elegido, y el semen se le escapó un poco más, caliente contra mi palo.

Me moví dentro, corto, y Freya cerró los ojos. La cara se le quedó entre mis manos. El ámbar le golpeaba el dorso de los dedos cada vez que respiraba. No era un saco ni un hierro ni una piel. Lo supe en la forma en que me miró cuando abrió los ojos otra vez, y en la forma en que no pidió que la cubriera.


La saqué despacio y el semen se le derramó, espeso, por el muslo interno, hasta la corva. Freya se volvió, se arrodilló otra vez sobre la cubierta húmeda y me tomó la polla con las dos manos, todavía sucia de los dos, y se la metió en la boca sin asco. Me lamíó el palo, me chupó la cabeza, y tragó lo que le quedaba de la corrida anterior mezclado con ella. Me duró otra vez contra su lengua, más sensible, y Freya se rio con la boca llena, un sonido vibrándome por dentro.

Le agarré el pelo y le follé la boca con menos cuidado que la primera vez, porque ya no había nada que fingir entre el farol y los bancos. Freya se dejó, abrió la garganta, y los ruidos húmedos se oyeron claros. Le corrían las lágrimas de esfuerzo, no de pena, y cuando le aparté un segundo para que tomara aire me miró desde abajo, con la polla palpitándole en el labio.

«Otra vez en la boca», dijo. «¿Me la das?»

Se la di. Me corrí en su lengua a empujones, llenándole la boca, y Freya tragó, tragó otra vez, y se pasó el pulgar por la comisura para no perderse lo que se le escapaba. Me temblaban los muslos. Me arrodillé con ella, le besé la boca salada y le limpié la barbilla con el dorso de la mano. Freya se dejó caer contra mi pecho, riendo bajito, y el drakkar siguió su camino como si nada, con el mar de verano lamiéndole el costado.

Le subí las bragas, torpes, y le bajé la falda. El semen se le notaba todavía en la tela, un calor que no se iba. Le toqué el ámbar sin quitárselo y Freya me dejó la mano ahí, quieta. A popa, dos hombres hablaban en voz baja, ya sin disimulo, y el farolillo chisporroteó. Nos quedamos sentados contra la borda, el hombro de ella en mi costado, y el cuerpo se le iba calmando a oleadas, como el agua. No hablé de puertos. Freya se quedó un rato sin preguntar, con la respiración lenta, y eso también fue una forma de quedarse.


Amaneció otra costa, baja, con una franja de arena y humo de cocinas lejanas. El verano se veía más claro de día. Recogimos vela un tramo y el drakkar se acercó lo bastante para oler tierra otra vez. Freya se había dormido un rato contra la cuaderna y despertó con el primer sol en la cara, el pelo revuelto, la falda aún marcada. Se tocó el colgante, una vez, cuando miró la orilla, y no dijo enseguida lo que estaba pensando.

Me acerqué al timón. El próximo puerto quedaba a unas horas, si el viento aguantaba. Freya se puso en pie, se acercó, y me miró la boca otra vez, igual que en el muelle, aunque ahora olíamos a sexo y a mar y no a incendio.

«Hasta el próximo puerto», dije. «No te prometo más».

Lo oyó entero. Asintió, pequeña, y se le quedó la mano en el ámbar un momento más largo que el de la noche. Luego la bajó. Miró la costa nueva, las casas pequeñas, un hombre que ya andaba por la playa, y me habló sin alzar la voz, con esa manera suya de dejar la frase abierta para que el otro la termine.

«En el mar me has tomado y no me has quedado», dijo. «Sin incendio, sin esta noche que esconde, ¿un hombre de palacio me querría igual?»

No tuve una respuesta que no fuera el oficio. El viento nos empujó hacia aquella orilla y Freya se quedó a mi lado, mirando lo que venía, con la pregunta todavía caliente en la boca y el ámbar quieto contra el pecho.