
Freya en la capilla cerrada
Novela erótica histórica medievalHistórico12 min de lectura
Un relato de Freya Andersen
Freya Andersen, noruega de veintitrés años, pide cobijo en un castillo del Camino. El señor la hace entrar de noche en la capilla y cierra. Ella no sabe si es huésped o prisionera, y aun así se queda.
La vi llegar al anochecer, cuando el patio de armas ya estaba negro de lluvia. Se llamaba Freya Andersen, noruega de veintitrés años, y pedía cobijo con la capa empapada y una sonrisa que el otoño de Navarra no había conseguido apagar. El Camino pasaba a los pies de los muros y su voz no temblaba, aunque el viento ya olía a helada y el agua corría entre las juntas de piedra. No la llevé al salón. La hice cruzar el patio, entrar en la capilla cuya puerta chirrió al ceder, y eché el cerrojo a sus espaldas. El golpe de hierro recorrió la nave como una sentencia que nadie se había molestado en leer en alto.
Ella se quedó en el centro de las losas, mirando la tranca, y luego me miró a mí. El colgante de ámbar que le colgaba al cuello lo rozó con dos dedos, un gesto pequeño, y soltó una risa breve que no encajaba con el recinto.
«¿Así recibes a las que piden cobijo, Rodrigo?».
Oí el nombre en su boca y no contesté de inmediato. Fuera, el patio crujía con el paso de los hombres de armas que volvían de ronda. Dentro, las velas del retablo temblaban y el olor a cera vieja se mezclaba con el de su ropa mojada. Freya no apartó los ojos, como si el juego consistiera en no ser la primera en bajar la mirada.
«El salón está ocupado», dije al fin. «Aquí no entra el viento».
Se quitó la capa y la dejó caer sobre un banco de madera oscura. Debajo llevaba un vestido de viaje, ceñido por el agua, y el ámbar golpeó suave contra el hueco de la garganta. Preguntó si había fuego y si el Camino seguía siendo tan largo hacia el oeste, y contesté poco, porque no había venido a explicarle las reglas de mi casa. Lo que quería lo tenía delante, empapada y sonriente, cerrada conmigo en un recinto que olía a santo y a humedad.
Me acerqué sin prisa y ella no retrocedió. La piedra fría se sentía siquiera a través de las botas, y el calor de su cuerpo contrastaba con el aire de la capilla de un modo que me apretó el bajo vientre. Puse la mano en su cintura, encima de la tela húmeda, y sentí cómo respiraba. Subí los dedos hasta el pecho y noté el pezón duro bajo el paño, sin prisa, como quien toma lo que la noche ya le ha puesto en las palmas.
Freya soltó una risa baja y me miró a la boca.
«Tu mano está en mi teta. ¿Eso forma parte del cobijo?».
La oí nombrar lo que hacía y no retiré los dedos. Al contrario, apreté, y ella arqueó un poco la espalda, ofreciendo más, aunque en los ojos se le veía esa duda rápida de quien no sabe si puede irse. Bajé la mano por el vientre, alcancé el ruedo del vestido y lo levanté. Las bragas estaban húmedas, no solo de lluvia, y cuando metí los dedos por el borde ella abrió un poco las piernas sobre las losas y apoyó una mano en mi pecho, no para apartarme.
«Estás mojada», dije.
«Y tú no me has dado ni pan», contestó ella, y la frase le salió juguetona, casi amable, como si el miedo se le pudiera disfrazar de broma. Le aparté las bragas hacia un lado y le pasé dos dedos por el coño, lento, abriendo los labios, y Freya inspiró con fuerza y dejó caer la frente contra mi hombro. Seguí frotándola, buscando ese punto que la hizo morderse el labio, y el sonido que soltó se perdió contra la piedra y contra mi cuello. Estaba caliente, resbaladiza, y cuando metí un dedo dentro el coño se le cerró alrededor con una avidez que no coincidía con la risa de antes. Añadí otro y la follé así, con la mano, mientras el vestido le subía por la cintura y las velas hacían temblar la sombra de los dos contra el muro.
Ella empujó las caderas contra mis dedos y preguntó, muy cerca de la oreja, si aquello era hospitalidad o otra cosa. No le di respuesta. Le saqué los dedos, se los mostré brillantes y se los llevé a la boca. Freya los chupó sin que se lo pidiera, mirándome, y esa obediencia voluntaria me puso la polla tan dura que me dolió contra el paño.
La hice bajar de rodillas sobre las losas. El frío de la piedra debió de subirle por los muslos, porque tembló un instante, y aun así se quedó ahí, con las manos abiertas sobre sus propias rodillas y la boca un poco abierta, esperando a ver qué iba a hacer con ella. Me desaté con calma. La polla le golpeó la mejilla, caliente, y Freya giró la cara y la lamió desde la base hasta la cabeza, sin prisa, como si aún pudiera fingir que mandaba en el juego. Le agarré el pelo claro, no con saña, y le metí la polla en la boca de un empujón que le arrancó un sonido ahogado.
La follé la boca contra las losas. Cada vez que retrocedía un palmo la volvía a clavar hasta el fondo, y ella se atragantaba y aun así abría más, con las uñas clavadas en mis muslos, no para apartarme, sino para tenerse. La garganta se le cerraba alrededor de la cabeza de la polla y las lágrimas se le saltaban sin que el resto de la cara pidiera que parara. Saliva le corría por el mentón y le caía al pecho, y el ruido húmedo de aquella mamada llenó la capilla de un modo que ninguna oración había llenado en años.
«Mira», dije, y ella levantó los ojos. Seguí metiéndosela, más hondo, hasta que la nariz se le aplastó contra el vientre y se quedó sin aire un instante largo. Cuando la solté un poco, Freya tosió, tragó, y volvió a abrir la boca ella sola. Esa decisión me encendió más que su miedo. Me corrí así, de pie, con las rodillas de ella en la piedra santa, y le eché la leche en la garganta a pulsos espesos. Freya tragó lo que pudo y el resto se le escapó por la comisura, blanco contra el labio, mientras yo seguía metido dentro, temblando, vaciándome hasta el final.
La dejé un momento así, de rodillas, con la boca abierta y la respiración rota. Se pasó el dorso de la mano por los labios, miró la tranca de la puerta, y luego me miró a mí con una claridad que no esperaba.
«Me has follado la boca contra las losas hasta correrte en la garganta», dijo, y la frase le salió limpia, casi ligera. «¿Y la puerta sigue trancada?».
No contesté. Ella no se levantó. Se quedó en el suelo de la capilla, con las rodillas marcadas y el vestido torcido, y comprendí en esa quietud que no quería que parara, aunque el hierro siguiera echado y el recinto no tuviera otra salida que yo.
La levanté por los brazos y la senté sobre las losas, de espaldas a un pilar. El vestido le quedó subido hasta la cintura y le quité las bragas del todo, húmedas, y las dejé junto a la capa. Freya abrió las piernas sin que se lo pidiera y el coño se le veía oscuro, hinchado, brillante todavía de lo que le había hecho con los dedos. Había un silencio distinto ahora, no el de la tranca, sino el de dos cuerpos que ya sabían lo que iba a ocurrir y fingían que aún podían hablar de otra cosa.
«Tengo hambre», dijo ella, y se rio bajito, como si el hambre fuera el único problema honrado de aquella noche. «Y no sé si mañana voy a poder salir a buscar pan. ¿Me vais a quedar cuando acabéis de usarme?».
La pregunta se le adelantó a la boca con esa facilidad suya, y no le di el consuelo de una respuesta. Me coloqué entre sus muslos, le pasé la polla, todavía sensible, por los labios del coño, y ella arqueó las caderas para buscarla. Entré de frente, de un golpe largo que la abrió hasta el fondo, y Freya soltó un gemido que se le quebró a mitad. Estaba estrecha y caliente, y el coño se le ajustó a la polla con una lentitud obscena mientras yo me quedaba hondo, sin moverme, dejándola sentir el peso.
Empecé a follarla contra el suelo. Las losas le subían el frío por la espalda y yo le daba calor por dentro, una y otra vez, con las manos sujetándole las caderas para que no se me escapara ni un palmo. Ella se agarró a mis hombros y empujó a contrapelo, pidiendo más sin usar esa palabra, con la boca abierta y los ojos fijos en los míos. Cada embestida le hacía temblar los pechos dentro del vestido, y le bajé el escote de un tirón para sacárselos, para tenérselos en la boca mientras la follaba. El pezón se le puso aún más duro entre los dientes y Freya dijo mi nombre otra vez, más bajo, como si el nombre fuera lo único que tenía de mí.
«Más», pidió. «Así, no pares».
Se lo di. La abrí las piernas más, le puse un muslo sobre el mío y la tomé más hondo, hasta que el choque de la pelvis contra la suya sonó húmedo y constante bajo las bóvedas. El coño le chorreaba por el culo hasta la piedra. Freya se corrió así, de frente, con un temblor que le recorrió el vientre y una risa incrédula pegada al gemido, y yo no me detuve, la seguí follando a través de aquello, porque su placer no era el final de nada, solo el medio.
La di la vuelta antes de que el temblor se le acabara. La puse de pie contra el muro, junto a un santo de piedra que nos miraba sin ojos, y le levanté el vestido por detrás. El culo se le veía blanco a la luz de las velas, marcado aún por las losas, y le separé los muslos con la rodilla. Freya apoyó las palmas en la pared y giró la cara, buscando mi boca, y se la di un momento, un beso hondo que sabía a semen y a ella, antes de volver a meterle la polla en el coño de un empujón que la aplastó contra la piedra.
La follé por detrás con más fuerza. Cada vez que entraba ella empujaba el culo hacia mí, pidiendo el golpe, y el sonido de la piel contra la piel llenó la capilla de un modo grosero y vivo. Le agarré el pelo y le hice arquear la espalda, y el coño se le veía tragar la polla hasta el fondo, rosado, brillante, abierto. Le di una palma en el culo, no para herirla, para oírla, y Freya soltó una risa rota y dijo que otra, y se la di, y el coño se le apretó alrededor como si aquello le gustara más de lo que estaba dispuesta a explicar.
«Dime si mañana estará abierta la puerta», pidió, con la mejilla contra el muro y la voz entrecortada por las embestidas.
No respondí. Seguí follándola, más hondo, más seguido, y ella dejó de preguntar con palabras y empezó a pedir con el cuerpo, abriendo más las piernas, bajando la espalda, ofreciendo el coño como quien ya ha decidido quedarse aunque nadie le haya dicho que puede. Le alcancé el clítoris con los dedos, frotándoselo al ritmo de la polla, y Freya se corrió otra vez, más callada, con un temblor largo que le hizo flaquear las rodillas. La sostuve contra el muro y no se la saqué. Quería correrme dentro, y esa gana no pedía permiso a nadie.
La tuve así, clavada, hasta que el temblor se le convirtió en otra cosa, en una necesidad que le hacía empujar hacia atrás aunque ya no pudiera más. Le hablé al oído, poco, solo para decirle que se la iba a llenar, y Freya asintió contra la piedra, con un sonido que no era del todo sí y no era del todo otra cosa. Me corrí dentro de ella a pulsos lentos y densos, hondo, y el coño se le quedó apretado alrededor de la polla mientras le echaba la leche hasta que no me quedó nada. Sentí el calor de aquello, el desborde, y me quedé metido un rato más, respirando contra su nuca, con las manos aún en sus caderas.
Después del pico vino un silencio distinto. Le salió un hilo de semen por el muslo cuando al fin me retiré, y Freya se quedó apoyada en el muro, con las piernas abiertas y el vestido hecho un guiñapo, respirando como quien acaba de cruzar un río frío. Me giró la cara y me besó, lenta, y en ese beso había una ternura que no le había pedido y que aun así tomé. Se rio contra mi boca, un poco ronca.
«Eso ha sido… mucho», dijo. «¿Mañana estará abierta la puerta?».
La miré y no contesté. Le subí un poco el vestido, no para cubrirla del todo, solo para que no se le cayera, y ella buscó mis ojos con una pregunta que ya no era solo la de la tranca. Había entregado el cuerpo en un recinto cerrado a un hombre del que apenas tenía el nombre, y esa entrega se le veía en la boca hinchada y en la forma en que no se apartaba. Quería más de ese no saber, y se le notaba en cómo se quedaba quieta, esperando una regla que yo no iba a pronunciar.
Me até, recogí poco, y eché a andar hacia la puerta. Freya se quedó junto al muro, vestida a medias, con las bragas en el suelo y el pelo pegado a la cara, mirándome irse como si aún pudiera cambiar el final de la frase.
Levanté la tranca y dejé la hoja sin cerrojo. El hierro sonó menos que al entrar. El patio de armas olía a lluvia y a caballo, y dos hombres de armas cruzaban hacia la ronda con las capas al hombro, ajenos al recinto que acababa de abrir. El aire de otoño se metió en la capilla de golpe, frío, y Freya se cruzó de brazos sobre el pecho desnudo, no tanto por recato como por el viento.
Me detuve en el umbral. Ella miró más allá de mí, hacia el patio, hacia esos hombres que pasaban sin entrar, y algo se le encendió en la cara, una curiosidad que no era miedo puro. Se tocó el cuello, donde el ámbar le golpeaba el hueco, y habló lo bastante alto para que la oyeran mis espaldas y no ellos.
«Me has traído a una sala santa y has cerrado», dijo, y la voz le salió casi alegre, casi grave. «¿Qué sería que me tomaran a la vista, como en un saqueo, y no invitándome a un recinto con tranca?».
No me giré del todo. Vi su perfil contra las velas, el vestido torcido, el semen secándosele en el muslo, y esa pregunta colgando en el aire entre la capilla y el patio. Los hombres de armas siguieron su ronda. Freya se quedó en el umbral de lo abierto, sin cruzarlo, mirando el patio como quien mide una gana nueva, y yo salí a la lluvia sin decirle si era libre.