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Melissa Sandringham

Melissa apaga las luces del estudio

Relato erótico infidelidad adultaTabú10 min de lectura

Un relato de Melissa Sandringham

Melissa Sandringham, 22 años, modelo casada, acude de noche a un estudio alquilado en Nottingham para un shooting de último momento. El fotógrafo es Andrés, 39, casado, un hombre que la conocía de las tiendas de cómics antes de que ella publicara. Los dos saben que no deberían quedarse a solas y el encuentro se vuelve sexual enseguida.

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El local alquilado ocupaba un segundo piso de Nottingham y olía a calefacción encendida demasiado tarde y a papel de fondo recién desenrollado. El otoño golpeaba los cristales con una lluvia fina que no merecía nombre de tormenta. Melissa Sandringham llegó cuando ya era de noche, con el abrigo cerrado hasta el cuello y el paso de quien ha ensayado el trayecto más veces de las que quiere contar. Tenía veintidós años, un anillo de casada que no se había quitado ni para el taxi, y esos ojos verdes que yo recordaba de las tiendas de cómics del centro, cuando ella todavía no publicaba nada y yo todavía podía fingir que solo buscaba números atrasados. Yo me llamaba Andrés, tenía treinta y nueve años y un matrimonio que no había subido las escaleras conmigo. Los dos sabíamos que no debíamos quedarnos a solas en aquel cuarto.

Ella dejó el bolso sobre una silla plegable y se pasó una mano por el pelo con un gesto que empezó siendo una disculpa y terminó siendo otra cosa. Yo encendí las luces suaves y coloqué el trípode sin prisa, porque la prisa habría sonado a confesión. Melissa se quitó el abrigo. Debajo llevaba una camisa clara y unos vaqueros que no eran de sesión, como si la sesión de última hora hubiera sido una excusa que ella misma se había creído a medias.

«Pensé que si veníamos tan tarde el material iba a quedar distinto, más contenido, más... da igual», dijo, y cortó la frase como si ya hubiera decidido que sobraba. «¿Cuántas tomas necesitas de verdad?»

Le dije que pocas. Ella asintió y se colocó delante del fondo gris con esa reserva que yo le conocía de antes, la de alguien que había dejado que el trabajo se le acumulase encima mientras miraba hacia otro lado. Disparé tres veces. En la cuarta bajó la barbilla y me miró por encima de la cámara, no al objetivo, a mí. El obturador sonó como una mentira pequeña. Melissa no sonrió. Se quedó quieta el tiempo justo para que yo entendiera que las fotos ya no eran el motivo.


Dejé la cámara en el trípode con el piloto de grabación todavía encendido. Ella lo vio y no pidió que la apagara. Se acercó hasta quedar a un paso de mí, miró mi mano izquierda con una atención que no era discreta y dijo, con esa voz baja que usaba cuando ya había juzgado que no se lo iban a devolver como prueba:

«No te lo quites.»

El anillo pesó de pronto como si acabara de ponérmelo. El suyo también estaba ahí, una raya de oro contra los dedos fríos. Antes de que yo terminara de pedirle nada, Melissa Sandringham se arrodilló sobre el suelo del estudio por su propia decisión, con las rodillas abiertas sobre el cemento pintado y la camisa todavía abotonada. Me desabrochó el cinturón con una calma que me dejó sin aire. Sacó mi polla ya dura y la sostuvo con las dos manos, el oro de su alianza rozándome la piel, y me miró desde abajo con esos ojos verdes que ya no se escondían.

Empezó a chuparme sin prisa y sin pudor, la boca caliente y húmeda cerrándose alrededor de la cabeza, la lengua plana recorriéndome el glande como si hubiera pensado esto en el taxi y hubiera llegado dispuesta a cumplirlo. Sentí el anillo de ella contra mis huevos cuando bajó más, y el mío brillaba a un palmo de su mejilla cada vez que ella se retiraba para tomar aire. Gemí su nombre. Melissa no contestó con palabras. Abrió más la boca y se metió mi polla hasta donde pudo, la garganta apretándome un segundo, los ojos humedeciéndose sin que eso la detuviera. Chupaba con una hambre que no encajaba con la reserva de la puerta, saliva brillante en la comisura, una mano rodeándome la base para no perderme mientras la otra se apoyaba en mi muslo.

Yo le aparté el pelo de la cara para verla. Ella me dejó. Cada vez que subía, sus labios se quedaban rojos y abiertos un instante, y cada vez que bajaba yo sentía que el matrimonio de los dos estaba ahí, metido entre su lengua y mi polla, y que a los dos nos encendía precisamente eso. La cámara seguía grabando a nuestra espalda, el punto rojo quieto, y Melissa giró un poco la cabeza como para ofrecerle el perfil, la boca llena, el anillo visible. Lo hizo a propósito. Lo supe porque después me miró a mí, no al objetivo, y siguió chupando más hondo, más sucio, con un sonido húmedo que llenó el estudio mejor que cualquier flash.


La levanté antes de correrme. Melissa se dejó alzar con una docilidad que no era pasividad, porque fue ella quien se bajó los vaqueros y las bragas de un tirón y los dejó enredados en una bota. La puse de pie contra el fondo de papel gris, la camisa subida hasta los pechos, y le metí dos dedos en el coño para comprobar lo que ya olía. Estaba empapada. Se le escapó un sonido bajo, casi ofendido de lo evidente que resultaba, y abrió más las piernas contra el papel. Le aparté la ropa del todo y le apoyé la polla en la raja, frotándome entre los labios hinchados, el glande resbalando de tanto que mojaba.

«Métela», dijo ella, y la frase le salió entera esta vez, sin recortarla. «Andrés, métela.»

La atravesé de una embestida que la clavó contra el fondo. El papel crujió. Melissa soltó el aire contra mi cuello y me rodeó con una pierna, el tacón golpeándome el muslo, el coño apretándome con una fuerza que me hizo maldecir entre dientes. Empecé a follarla de pie, profundo, sin sacarla del todo, el pubis golpeándole el clítoris en cada embestida. Ella se agarró a mis hombros y a la vez giró la cara hacia la cámara, no para esconderse, para que se viera el anillo en la mano que me sujetaba la nuca. Yo se lo agradecí follándola más duro. El estudio se llenó del ruido húmedo de mi polla saliendo y entrando, de su respiración rota, de los golpes cortos de su culo contra el papel.

Le bajé la boca a un pecho y le chupé el pezón hasta dejarlo rojo mientras no dejaba de meterla. Melissa arqueó la espalda y se corrió así, de pie, con un temblor que le recorrió los muslos y un gemido que intentó morderse y no pudo. El coño se le cerró alrededor de mí en oleadas. Seguí follándola mientras se corría, más lento, sintiendo cada contracción, la polla bañada en ella, el anillo de casado presionándole la cintura cuando la sujeté para que no se resbalara. Ella apoyó la frente en mi hombro y rió un poco, tarde, esa risa breve que usaba cuando ya había comprobado que nadie iba a usarla en su contra.

«Esto se me ha acumulado encima», murmuró, y no añadió si hablaba del trabajo, del matrimonio o de lo que yo le estaba haciendo contra aquel fondo barato. No hacía falta.


La bajé al suelo. El cemento estaba frío y Melissa no se quejó. Se recostó sobre el abrigo que había quedado tirado y me atrajo entre sus piernas con una claridad que ya no pedía permiso. Volví a metérsela así, de rodillas, las nalgas de ella en mis manos, y la follé más hondo que contra el papel, viéndole el coño tragar la polla una y otra vez, los labios oscuros y brillantes, el clítoris hinchado cada vez que se lo rozaba con el pulgar. Ella se tocaba a sí misma sin vergüenza, dos dedos rápidos, los ojos verdes entrecerrados, y me pedía que no parara con la cadera más que con la voz.

Cuando sentí que se me iba a ir, se lo dije. Melissa me empujó hacia atrás con una palma en el pecho, se incorporó y se volvió a arrodillar entre mis piernas como al principio, la boca abierta ya, la lengua fuera. Me chupó la polla empapada de ella, el sabor de su coño mezclado con mi piel, y me miró mientras yo me corría. El primer chorro le llenó la lengua. El segundo se lo eché más adentro y ella tragó, la garganta trabajando, un hilo blanco escapándosele al labio que se limpió con el dorso de la mano donde seguía el anillo. Tragó lo que pude darle y después lamió lo que quedó en la cabeza, lenta, como si no quisiera que se acabara el momento en que mi semen le pesaba en la boca y los dos lo sabíamos.

Me quedé de rodillas frente a ella, la respiración descompuesta, viéndola tragar otra vez por si acaso. Melissa se pasó el pulgar por la comisura y se lo metió en la boca. La cámara seguía ahí. Ninguno de los dos la había apagado. Ella miró el punto rojo y después me miró a mí, y en esa mirada había una transgresión consentida que me endureció otra vez más rápido de lo que la edad debía permitir.


La tumbé de nuevo. Melissa abrió las piernas sin que se lo pidiera y me guió con la mano hasta encajarme otra vez en su coño, todavía resbaladizo de ella y de lo que no había terminado de bajarle por la garganta. La follé más despacio al principio, para sentirla, para oírla. Cada embestida le sacaba un sonido distinto, más bajo, más sucio. Le hablé al oído de lo mojada que estaba, de cómo se le veía el anillo cada vez que se agarraba a mi espalda, de lo bien que me había tragado la corrida. Ella no me pidió que callara. Apretó las rodillas contra mis costados y me pidió que se la metiera toda, que no me saliera, que se la dejara dentro.

El fondo gris nos quedaba a un lado, arrugado. El piloto de grabación no parpadeaba. Follé a Melissa Sandringham en el suelo de un estudio alquilado de Nottingham mientras el otoño seguía contra los cristales y los dos estábamos casados con otras personas, y ella se corrió otra vez con la polla dentro, el coño exprimiéndome, un gemido largo que no cortó a mitad. Yo no pude aguantar. Me enterré hasta el fondo y me corrí dentro de ella, a sacudidas, llenándola, el semen caliente que ella recibió sin apartarse, la cadera todavía moviéndose para no perder ni una gota. Me quedé encima un rato, palpitando, sintiendo cómo se me salía un poco por los bordes cuando respiraba. Melissa pasó una mano entre nosotros, se tocó donde estábamos juntos y se llevó los dedos a la boca otra vez, no para el teatro, para ella.

«Que siga», dijo, y esta vez no recortó nada. Hablaba de la cámara. Yo no la apagué. Le besé la boca y supe que estaba besando mi propio sabor y el de ella mezclados, y que eso era exactamente lo que habíamos venido a hacer cuando ella aceptó una sesión de última hora y yo dejé la puerta del edificio sin el seguro de siempre.


Nos vestimos sin prisa y sin teatro. Melissa se subió los vaqueros con mi semen todavía escurriéndole entre los muslos, un detalle que ella no intentó limpiar del todo, y abotonó la camisa con los dedos un poco torpes. Yo recogí el cinturón. El teléfono vibró sobre la mesa de trabajo con el nombre de mi mujer en la pantalla, una llamada que no era urgente y que no por eso dejaba de ser exactamente lo que era. Melissa lo vio. Yo no tapé el aparato. Ella no apartó la vista ni fingió sorpresa, y yo tampoco. El tono siguió tres segundos más y se calló solo.

Ella se puso el abrigo. Yo escribí mi número en el reverso de una tarjeta del estudio, la misma que usaba para los clientes que nunca volvían a esa hora, y se la tendí. Melissa la miró como se mira una cosa que ya se ha decidido guardar. No dijo que no iba a usarlo. No dijo que sí. Se lo puso en el bolsillo interior, junto al teléfono, y se acomodó el bolso en el hombro con ese gesto contenido que yo le conocía de las tiendas, cuando todavía no había nadie grabándola.

«Gracias por las tomas», dijo, y la frase era tan insuficiente que los dos la oímos como lo que era. Yo le abrí la puerta del local. El pasillo olía a humedad de otoño. Melissa bajó las escaleras sin volver la cara, y yo me quedé lo bastante para oír el portal de abajo y no lo bastante para arrepentirme.


Ella volvió al piso que compartía con su marido con mi semen todavía dentro, el anillo en su sitio y el número en el bolsillo. Yo lo supe porque más tarde, cuando ya había apagado las luces del estudio y la cámara seguía con el archivo intacto, me llegó un mensaje suyo que no pedía nada y no borré. Melissa se acostó junto a un hombre que no era yo y dejó el número sin borrar, y el coste de esa noche ya no podía disfrazarse de accidente ni de sesión que se había ido de las manos. Al día siguiente viajaba a una reunión de campaña con su jefe, ya sin la excusa de no saber qué era capaz de hacer.