Ir al contenido
1000girls logo
Akira Sato

Akira en el coche del extraño

Sexo en el coche relatoRiesgo Público12 min de lectura

Un relato de Akira Sato

Akira Sato, de 21 años, pierde el último metro después de una sesión nocturna de catálogo en Barcelona. Lucas, de 28, un desconocido callado, se ofrece a llevarla y aparca en una calle lateral cerca del puerto por la que todavía pasan otros adultos. Deciden tener sexo en el coche mientras el tráfico y los peatones pueden ver las ventanillas.

1,6 mil lecturas373 me gusta

El último metro ya había pasado cuando la vi al borde de la acera, cerca de las naves del puerto, con el bolso apretado contra el pecho y el pelo negro todavía sujeto como para las fotos. La luz de la parada le daba de lado y le dejaba un brillo frío en la clavícula, en el borde de la blusa clara, en esa manera de estar de pie que no era del todo de una chica perdida ni del todo de una que espera. Akira tenía veintiún años y acababa de terminar un shooting nocturno de catálogo, según me contó luego en el coche; yo tenía veintiocho y no iba a ninguna parte con prisa. Llevaba todavía el maquillaje de trabajo, un poco corrido en el párpado, y los zapatos de plataforma le hacían un ruido mínimo contra el bordillo, como si no quisiera despertar la calle. El calor de principios de verano se quedaba pegado al asfalto y olía a sal y a gasolina barata. Un camión lejano arrastraba cadenas en el muelle y el mar, invisible detrás de las naves, empujaba un aire húmedo que se le pegaba al cuello. Me detuve porque ella miraba el horario vacío con un cansancio que se leía antes que cualquier palabra, y porque algo en su silencio me pidió que bajara la ventanilla.

«¿Te llevo?», pregunté, y ella dudó un segundo, leyéndome la cara como quien busca bondad y no discurso, y luego asintió con un gesto pequeño. No dijo el nombre de la calle de inmediato. Solo murmuró un «sí, por favor» que se le quedó casi dentro de la boca, y cuando abrió la puerta el interior del coche se llenó de un perfume barato de shooting, algo dulce y de peluquería, mezclado con el sudor de haber posado horas bajo focos. Subió al asiento del copiloto con la falda corta del catálogo todavía puesta, las rodillas juntas, y el cinturón le cruzó el pecho con un clic que sonó más alto que el motor. Conduje en silencio por el frente marítimo y la miré en el cristal, no de frente, sino en ese reflejo oscuro donde su perfil japonés se mezclaba con las luces de los muelles. Tenía las pestañas muy negras y la boca pintada de un rosa que ya no era perfecto, y cada vez que tragaba se le movía un poco la garganta, como si estuviera a punto de hablar y se arrepintiera. Akira no hablaba casi; cuando lo hacía, las frases se le quedaban a medias, suaves, con un acento que no terminaba de soltar las vocales. Dijo su nombre y el barrio del hostal, y poco más, y yo asentí como si eso bastara para toda la noche. Yo pensé en llevarla hasta la puerta de su hostal y desaparecer. Ella miraba el parabrisas como si el cristal fuera otra cámara, y yo no supe entonces que eso era exactamente lo que la estaba deshaciendo por dentro.


No la dejé en la acera de su calle, porque antes de llegar fue ella quien me pidió, en voz baja, que parase. Doblé hacia una transversal iluminada, cerca del puerto, donde todavía pasaban adultos de vuelta de los bares y algún taxi lento buscaba clientes. El motor hizo un ruido bajo al girar y ella no se tensó, o se tensó de una forma que yo no supe leer: las manos sobre el bolso, los muslos apretados, la mirada fija en un punto del salpicadero que no merecía tanta atención. Aparqué bajo una farola que dejaba el interior del coche medio iluminado, y corté el motor. El silencio que quedó después fue más denso que el de la carretera, lleno de grillos lejanos y de una risa de alguien que cruzaba dos calles más allá. Akira no explicó por qué me había pedido que parase antes. Solo giró un poco el rostro y me miró de reojo, con esa quietud tímida que en las fotos se vuelve juguetona apenas alguien dispara. Yo alcé la mano hacia la visera, pensando en cubrirla, en bajar un poco más la ventanilla del lado de la calle para que la sombra nos tragase. Ella no me contradijo. Se limitó a rozarme la muñeca con dos dedos y a dejar una pregunta en el aire, una de esas que no persigue.

«¿Aquí se ve mucho?», dijo, y se le escapó una risa corta, más cerca del sollozo contenido que de una carcajada, y yo entendí mal el sentido. Creí que quería menos luz, menos cristal, menos riesgo para esa cara con la que pagaba el mes en Barcelona. Aparté la visera a medias, no del todo, y ella no insistió. Su falda se le había subido un palmo sobre el muslo y yo miré esa piel y después el parabrisas, por donde resbalaban los faros de un coche que no se detuvo. La piel era lisa, un poco brillante de calor, y tenía un lunar pequeño cerca de la rodilla que el catálogo habría retocado o dejado, según el humor del retocador. El hambre que ella traía encima no era de metro ni de cena. Yo seguía creyendo que la estaba protegiendo.


Akira se inclinó hacia mí sin pedirme permiso con palabras. Su mano pequeña buscó el cinturón de mi pantalón, lo abrió con una concentración seria, y sacó mi polla ya dura al aire caliente del habitáculo. Noté el temblor mínimo de sus dedos al rodearme, no de miedo exactamente, sino de esa prisa contenida de quien ha pensado esto más veces de las que está dispuesta a admitir. No hubo preámbulo elegante. Se agachó sobre el asiento delantero, el pelo negro cayéndole hacia adelante, y se metió el glande en la boca de un golpe húmedo y deliberado. Sentí la lengua plana contra la vena, el calor de su garganta cuando empujó un poco más, y tuve que agarrar el volante para no levantar las caderas demasiado. La saliva le brillaba en la comisura y un mechón se le pegó a la mejilla; yo se lo aparté con dos dedos y ella no levantó la vista, solo respiró por la nariz y siguió, más hondo, como si el coche entero se hubiera reducido a esa boca. Por el parabrisas pasaban coches. Cada haz de luz le cruzaba la nuca y yo veía, un segundo, el brillo de saliva en el borde de sus labios antes de que la oscuridad los devolviera a mí.

«Así», murmuré, y ella hizo un sonido bajo alrededor de mi polla, no una queja, sino esa risa breve otra vez, mientras chupaba con un ritmo que no pedía disculpas. Le metí la mano bajo la falda, encontré la tela mojada de la braga, la aparté y le enterré dos dedos en el coño de una vez. Estaba caliente y estrecha y se cerró alrededor de los nudillos con un temblor que le recorrió los muslos. Un gemido le vibró contra mi polla y se le humedecieron más los labios, y yo sentí cómo se le abrían un poco las rodillas sobre el asiento, no del todo, apenas lo suficiente para que mis dedos entraran hasta el fondo y le buscaran ese punto que la hizo arquearse. Seguí follándola con la mano mientras ella me la mamaba, el pulgar buscándole el clítoris, y el líquido de Akira se me escurrió por la palma hasta la muñeca. Un turismo resbaló muy cerca, tan cerca que el conductor podría haber visto la cabeza de ella subiendo y bajando, y yo no aparté los dedos. Ella tampoco levantó la cara. Al contrario, se abrió un poco más de rodillas sobre el asiento, ofreciéndome el coño contra mi mano, y yo pensé, equivocado otra vez, que si cubría el cristal lateral con el hombro la estaba salvando de algo que no quería.


Nos pasamos atrás porque el cambio y el volante nos estorbaban, y porque el asiento trasero daba a la acera con un cristal más amplio, más limpio, más estúpido de lo que yo habría elegido si hubiera entendido. Ella se movió primero, con la falda todavía subida, y yo la seguí tropezando un poco con el reposabrazos, riendo bajo sin que ella riera del todo. Akira se sentó a horcajadas sobre mí con la falda ya subida hasta la cintura, la braga corrida a un lado, y guió mi polla hasta el borde de su coño. Bajó despacio, tomándome entero, y el calor de ella me apretó de una forma que me dejó sin aire. La sentí abrirse y luego cerrarse, húmeda hasta el fondo, y por un segundo se le quedó la boca abierta sin sonido, los ojos fijos en un punto de mi cuello. La agarré de la cadera y empecé a follarla hacia arriba, con golpes cortos, hondos, mientras ella se agarraba a mi hombro y dejaba que los pechos, pequeños y firmes bajo la blusa del shooting, se le movieran contra mi pecho. Le subí la blusa un palmo y le toqué un pezón con la yema, duro ya, y ella apretó los dientes y dejó escapar un «más» tan bajo que casi se lo llevó el ruido de un scooter al pasar. La farola nos cortaba a trozos. Cada vez que un peatón cruzaba la acera, la luz le daba en la espalda desnuda donde yo le había subido la ropa, y yo inclinaba el cuerpo como para taparla, creyendo que eso era lo que ella no se atrevía a pedir.

Akira no dijo que parara. Se dejó follar en mi regazo con la boca entreabierta, los ojos muy oscuros, y de vez en cuando giraba un milímetro hacia el cristal como si comprobara cuánta calle quedaba pegada a nosotros. Yo le besé el cuello y le hablé bajo, diciéndole que nadie nos veía bien, que la sombra nos cubría, y ella asintió y me pidió en voz baja que siguiera. Por dentro, alrededor de mi polla, estaba empapada. Cada vez que yo la alzaba y la volvía a clavar, un sonido húmedo llenaba el coche, grosero y claro, y ella apretaba los muslos contra los míos en vez de esconderse. Le dije que estaba preciosa así, que el cristal no importaba, y ella respondió solo con un jadeo y con las uñas clavadas un segundo en mi hombro. El conflicto estaba ahí, entre su silencio y lo que su cuerpo hacía con la luz: yo cerraba un palmo de visibilidad y ella se arqueaba hacia el palmo que quedaba abierto.


La giré. La puse de rodillas sobre el asiento, de cara al cristal de atrás, y entré en ella otra vez por detrás, la falda hecha un lío en la cintura, las tetas y la mejilla presionadas contra el cristal tibio. La follé con ganas, sin eufemismo posible, la polla saliendo brillante y volviendo a desaparecer en su coño, y el golpe de mis caderas le aplastaba el pecho contra esa superficie que cualquiera podía mirar. Le agarré la cadera con una mano y con la otra le sostuve la nuca, no para forzarla, sino porque ella misma empujaba la cara contra el cristal como si quisiera que la ciudad le viera los ojos. Akira jadeó, empañó el cristal con la boca, y no bajó la cabeza. Una pareja adulta pasó por la acera, dos personas de nuestra edad o un poco más, y se detuvo el tiempo justo para entender lo que el coche estaba haciendo. Los vi en el reflejo. Ellos nos vieron a nosotros: la cara de ella aplastada, mis manos en su cintura, el vaivén imposible de disimular.

Akira no se agachó. Al contrario, se cerró alrededor de mi polla con una fuerza súbita, un espasmo que le recorrió el vientre, y se corrió así, mirándolos a través del cristal, con un gemido que no intentó tragar. El gemido le salió largo, partido, y le temblaron las rodillas contra el asiento mientras yo la seguía clavando, sintiendo cada contracción como un puño caliente. Yo la sentí correrse en oleadas, el coño exprimiendo cada centímetro, la humedad corriéndole por los muslos hasta mis huevos, y seguí metiéndosela mientras aquellos dos adultos apartaban la vista demasiado tarde y seguían andando. El miedo de ella, el de perder los trabajos kawaii, la cara inocente, el mes pagado, estaba en alguna parte; no estaba en ese orgasmo. Yo la había querido proteger del cristal y ella se había corrido precisamente porque el cristal no la había protegido.


Salí de ella cuando ya no pude aguantar. Le aparté un poco el culo, le di con la polla contra la piel brillante, y me corrí en su espalda y en el pliegue de las nalgas, chorros calientes que le marcaron la piel y le resbalaron hacia la falda arrugada. Ella se quedó quieta, recibiendo, con la mejilla todavía pegada al cristal empañado, y yo vi cómo se le contraían los hombros con cada respiración, cómo el semen le brillaba un segundo bajo la farola antes de bajarle por el surco. Akira se quedó un segundo contra el cristal, respirando, con mi semen en la piel como una evidencia que la farola no se molestaba en ocultar. Después se giró, se limpió con un pañuelo que sacó del bolso, con movimientos pequeños, casi educados, y se bajó la ropa como si pudiéramos devolverle al cuerpo la compostura de las fotos. No me miró a la cara mientras lo hacía. Se alisó el pelo con los dedos, se corrigió el cuello de la blusa, y solo entonces me buscó con esos ojos oscuros que todavía tenían el temblor del orgasmo. El interior olía a sexo y a verano y a la sal que venía del puerto.

«Gracias», dijo, demasiado bajo, y la palabra se le quedó corta, sin el resto que yo habría necesitado para entenderla del todo. No me dio un número. No me pidió que la llevara hasta la puerta. Le dije que la dejaría a una manzana del hostal para que nadie del shooting viera el coche, y ella asintió, otra vez sin contradecirme, aunque en los ojos oscuros había quedado colgada la imagen de aquellos dos extraños mirándola mientras se corría. Yo seguía pensando que la había cubierto lo bastante. Ella abrió la puerta y el aire de la calle le golpeó la cara.


Se bajó a una manzana del hostal, se alisó la falda con las palmas y caminó sin mirar atrás hasta que la acera la tragó entre dos farolas. Yo me quedé en el coche con las ventanillas todavía demasiado abiertas y el cristal de atrás empañado a la altura de su mejilla, y no tuve su teléfono ni su apellido escrito en ninguna parte. Lo que me llevé fue la mentira que ella se había dicho sobre sí misma, esa de que solo le gustaba que la miraran a través de una lente, con un equipo y un director y un catálogo que la dejaba inocente al día siguiente. La mirada a través del cristal, la de verdad, la de dos adultos que no debían verla, era lo que la había deshecho.

No supe entonces, no de inmediato, que Akira iba a quedarse rebobinando esa escena cada vez que cerrara los ojos. No supe que empezaría a dejar las cortinas un palmo abiertas y las puertas un poco sin cerrar, como quien no se atreve a pedirlo en voz alta y aun así coloca el cuerpo donde alguien podría ver.